Esto pasó. Les juro que pasó. Fue un 5 de enero de 2011, ahí nomás de la puerta del mercado persa "Los Históricos", en esa jungla de asfalto que es la calle General Paz de Mendoza: un tenso duelo entre un cafetero boliviano y un vendedor de lentes de sol senegalés.
Historias urbanas: "El silencio del cafetero boliviano"
La discusión entre un cafetero boliviano y un puestero senegalés dio origen a una situación particular en la zona de los persas de Ciudad

Historias urbanas de Mendoza: esta ocurrió en la zona de los persas, una caluorsa mañana de enero.
Imagen generada con IA-Gonzalo PonceEse paseo persa se formó con los vendedores ambulantes de los años '80 que la municipalidad de Capital decidió formalizar de alguna manera. Esos tipos tenían códigos, eran filósofos contemporáneos, te ofrecían el mundo en el límite finito entre la vereda, la calle y el código penal.
Vendían de todo: juguetes de plástico que se rompían rápidamente, remeras de marca sin etiqueta original y esa mítica crema de lechuga que prometía a las señoras la juventud eterna por el precio de un alfajor. ¿Estafa? ¿milagro?. Digamos que era una transacción basada en la fe ciega y el bolsillo flaco.
Recomendadas
La municipalidad mandó todo ese mundo a galpones en la General Paz, cápsulas de un multiverso que oscila entre el caos y la esperanza de hallar un tesoro barato como regalo de Reyes.
"Guardá la billetera adelante", te dicen los que saben, como si entraras a una zona de guerra. "La mochila al pecho", te aconsejan los que han visto actuar a mil pungas en primera fila. Y la regla de oro, la que yo, por una disciplina casi religiosa, no quise romper aquel día de Reyes: "No saqués el celular ni que te llame el Papa".
La calle era un hormiguero humano, un laberinto de mesas en la calle con superhéroes de plástico chino, pelotas con malformaciones y muñecas Barbie desangeladas.
El senegalés vs. el boliviano
De golpe, en la puerta de "Los Históricos", se escuchó un murmullo más irresistible que el canto de cualquier sirena. La gente se abrió como el Mar Rojo y pude ver la siguiente escena en la vereda: un senegalés indignado, alto como una antena de radio, con un café humeante en la mano y una tortita raspada en la otra, increpaba a un cafetero boliviano. “¿Ke tu creé, ke nu vi lo ki hiciste?” le dijo con esa forma de hablar que parecía un guiso de idiomas.
El boliviano, montado en su bicicleta y acodado en el manubrio, miraba un punto invisible apenas por encima del cajón que usaba para acomodar los termos de café y las raspaditas que vendía. No solo no emitió palabra, sino que puso la cara más inexpresiva que vi en mi vida. Parecía estar en una suerte de trance, casi como si se hubiera preparado para la ocasión.
El senegalés se bajó un poco los lentes de sol para que no quedaran dudas de que le hablaba al cafetero, se inclinó bastante para acercarse a centímetros de la cara y le repitió a los gritos: “¿Ke tu creé, ke nu vi lo ki hiciste?”.
El boliviano, una suerte de peso pluma que jamás pisó un gimnasio de boxeo, no lo miró, no lo ignoró, no se dio por aludido, no pestañeó, no habló y no se movió. Esto enardeció al vendedor de lentes senegalés que, siempre a los gritos, reveló: “¿Ke tu creé, que no vi que te pasaste la tortita por los huevos”.
Me acomodé la billetera en el bolsillo delantero derecho, me aseguré de que el celular siguiera en el bolsillo delantero izquierdo y me preparé para no perderme lo que venía.
El senegalés, que parecía un jugador de la NBA, con sus motas innumerables y oscura piel que brillaba por el sudor que le provocaba enero, se alejó un poco, tiró la tortita y el café a la acequia y miró al cafetero con desprecio. Antes de retirarse le dijo, un poco más calmo, pero fuerte y claro: “nieeeeeeegru de miuerdaaaaa”. Sí, el senegalés al boliviano.
El cafetero boliviano no cambió su actitud, siguió acodado en la bicicleta mirando fijamente el punto invisible. No contestó, no reaccionó, no se ofendió ni le restó importancia. Tampoco confirmó ni desmintió la acusación sobre el adobo que le habría puesto a la raspadita.
Me quedé un rato esperando que el mundo se terminara de romper, pero la gente en la General Paz se cerró entre ellos como si nada hubiera pasado. El senegalés volvió a su puesto de lentes oscuros y el boliviano, con la tranquilidad que te puede dar un rivotril a los 10 minutos de ingerirlo, empezó a pedalear hacia la calle Patricias.
Me alejé tocándome los bolsillos para comprobar que el celular y la billetera seguían ahí, pensando que en ese galpón de “Los Históricos” el racismo es un búmeran absurdo y la dignidad, a veces, consiste simplemente en no negar que te has pasado una tortita por las bolas.