Gabriela Larralde camina, a paso firme, por la tierra, pero le tira irremediablemente el agua. Es una mujer anfibia.
Gabriela Larralde y la provocadora historia de su sirena del Paraná: "Estar en contacto con el agua me hace bien"
Desde muy joven tenía un cuerpo esbelto, como de anguila, lo que la llevó a convertirse en avezada nadadora.
En literatura, uno de sus primeros libros de poemas se llamó Lo que el agua promete (2017).
El camino estaba trazado para llegar a su reciente novela, La pez, donde la autora toma el legendario tema de las sirenas, que nos viene desde el clasicismo griego de Homero, para resignificarlo en nuestra tierra. Más precisamente, en el río Paraná. Y durante la época colonial, con Isabel, una mujer infértil destinada a ser reina de Castilla como participante activa de la historia.
Un originalísimo relato de época, enriquecido por localismos guaraníes, por intensos personajes femeninos que ayudan a reescribir la época y una libertad creativa que no repara en géneros. Que hasta se permite coquetear con los fantasmas.
Gabriela, nuestra mujer pez, nuestra ondina criolla, está en Villa Ruiz, un pueblo que queda a unos 75 kilómetros de Buenos Aires, paseando.
“Suelo venir bastante. Es muy lindo”, dice a modo de introito con el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Tu papá vive en Capitán Sarmiento. ¿Vos de la zona, naciste ahí?
-Yo nací en Capital, pero desde los cinco años mi viejo vive en este pueblo, al lado de Areco. Mi familia paterna es toda de Areco, así que siempre ando yendo y viniendo. Y un poco encontré en esa combinación de vivir en la ciudad y huir de la ciudad, una identidad y una forma de vida. Me gustan las dos cosas.
-Hablando de cosas que te gustan, ¿cómo te llevás con el agua?
-Qué linda la pregunta porque tengo un vínculo bastante fuerte con el agua. Es con el elemento con el que más me relaciono, más allá de que el aire uno no lo tiene en cuenta, pero es vital.
-¿Y de qué manera te relacionás?
-Nada demasiado exótico, como bañarse, simplemente. Meterme abajo de la ducha me hace bien, llenar la bañera; si está lloviendo, juntar agua; o tomar agua, lavarme las manos. Me lavo mucho las manos. Sí, hay algo de estar en contacto con el agua que me hace bien. Me cambia el día.
-¿Nadás?
-También. De chica competía.
-¿Seguís en eso?
-Dejé de nadar así, profesionalmente, si se quiere. Y ahora es algo más de disfrute o de jugar con mis hijos, ese tipo de cosas.
-¿En qué estilo competías?
-En todos porque hacía postas, también, en equipo. Dependía de qué me tocara. Por ahí una pasada era crol, después era pecho, después era espalda. Lo que más me gustaba era con equipo, más que sola.
-¿Cómo fue que te volviste nadadora?
-Fue algo medio que se dio porque yo soy muy alta, mido casi un metro ochenta desde que era adolescente. Y en la pileta del club del pueblo, Fideo, que era un poco el que la limpiaba, un poco el que entrenaba, un poco el que nos cuidaba, un día me dijo: “Flaca, vení acá, tirate”. Y, claro, como una brazada mía eran dos de las muchas que todavía no habían pegado el estirón, me empezó a entrenar.
-Caíste como anillo al dedo.
-Fue por una cuestión de altura y de agilidad física. Y estuvo lindo, estaba bueno.
-En suma, una gran amiga tuya el agua.
-Sí, me pasa que en la playa soy a la que nunca le importa si el agua está fría o si se nubló. Estoy todo el día metiéndome en el mar. O en una pileta soy la que se tira de bomba o de cabeza, apenas llega. Nunca me vas a ver bajando por la escalerita despacito.
-¿Qué encontrás en esa actividad?
-Hay algo muy lindo en lo que te devuelve el agua porque hay diferencias con, por ejemplo, correr, algo en lo que nunca me enganché, ni en otros deportes. El agua es un obstáculo y a la vez es una facilidad.
-¿En qué sentido? ¿Cómo lo entendés?
-Dependiendo de qué tipo de agua. Yo aprendí a nadar en el mar porque pasaba las vacaciones en Mar del Plata, en una casa que tenía mi abuelo. Y a cierta edad a mí y a mis primos nos mandaban a unos piletones que había en Playa Grande. Ahí te enseñaban.
-¿Cómo te fue en esa primera experiencia?
-Yo tenía cuatro o cinco años. Y el profesor hizo esa técnica que se usaba en los noventa. O por lo menos él la usaba. Yo era la más chiquita de mis primos. Entonces dijo: “¡Ah, ella todavía no sabe nadar!”. Entonces me agarró, me revoleó y me tiró lo profundo.
-¡Qué bárbaro! ¿Y cómo te fue?
-Yo salí, imaginate cómo. Aparte, ya de chiquita era mal llevada. A las puteadas. Mi vieja medio no entendía qué hacer, cómo responder ante este hombre que era el profesor de natación. Y mi abuelo, que estaba ahí, me agarró y dijo: “¡No vuelve más!”.
-¿Quién te enseñó, entonces?
-Mi abuelo. Me enseñó en el mar, porque yo no quería volver a la pileta como mis primos. Y ahí aprendés redistinto.
-¿Y seguís siendo mal llevada, seguís siendo jodida?
-(Ríe) ¡Jodida no!
-La gente mal llevada es medio jodida. Hay que aguantarla.
-Lo de mal llevada, depende. Es como que me hago respetar si te molestan, si te hacen algo feo.
-Brava.
-Sí. Eso.
-Sos una pez, entonces, porque la pez de tu relato va por va ahí. No es fácil de arrear.
-Y… a veces hay que defenderse.
-No me digas que sos de Piscis también.
-No. Tengo una hija de Piscis. Yo soy taurina. La última corrección que le hice a la novela fue cuando nació Bruna, que es pisciana. Yo no sé nada de astrología, pero cada hijo trae un aprendizaje y el de ella fue bastante acuático en su personalidad.
-Empezamos haciendo estas relaciones acuáticas porque la acción de tu novela empieza y termina en el agua, además de que el personaje central es una suerte de sirena.
-¡Mirá! No me había dado cuenta de eso.
-Claro, arranca por el río Paraná y se cierra en el estanque del castillo francés de Ville de Trappes.
-Me encanta que me lo digas. Está bueno que haya sido así. Evidentemente tenía que ser así, ¿no?
-Tratándose de una criatura anfibia, claro que sí. ¿Las sirenas, culturalmente hablando, se remontan a la Grecia clásica, a Homero?
-Sí, exactamente. De hecho, las primeras sirenas son mitad mujer, mitad ave, con alas. Después, con Ulises empiezan a ser mitad mujer, mitad pez. Pero por un tiempo conviven ambas sirenas. Y después ya queda establecida, a nivel mitológico y universal, la que lleva cola de pez.
-¿Qué diferencia hay entre la sirena y las ondinas?
-Me parece que es otra forma de llamarlas, porque dentro de las sirenas también hay especies donde tienen extremidades, piernas y otro tipo de formas. De hecho, donde más aparece eso es en la pintura.
-¿Y en los textos?
-En lo que tiene que ver con la literatura es más estable la descripción de la cola de pez. En las artes visuales hay más variaciones.
-Respecto de la criatura que anima tu novela, es muy significativa la tapa del libro con la ilustración de Flor Marrapodi.
-Sí. En Instagram la encuentran como @podridisima. Es una artista que me encanta. Generacionalmente estamos muy cerca, tenemos la misma edad.
-Fue una buena elección, teniendo en cuenta el resultado.
-Fue, a su vez, una apuesta de la editorial, porque es una tapa hermosa, aunque también un poco perturbadora, porque tiene ese ojo ahí, herido, como cerrado, no se sabe bien. No está sonriendo.
-Ustedes dudaron mucho en cuanto a mostrar a la pez de cuerpo entero, de frente o solo de espalda, ¿no?
-Sí, había algo difícil ahí, porque como vos la vas construyendo a medida que el texto avanza, lo lindo de la pez es que cada uno se la imagina y se la arma en la cabeza. O sea, yo la describo, pero siempre con el cuidado de no acabarla, sino de que haya la posibilidad de que cada uno se imagine una pez un poco distinta.
-¿Cuál fue la lucecita que se te prendió para elegir el tema de las sirenas y llevarlo al Paraná, durante la Conquista española? ¿Qué te inspiró?
-Un dibujo. En realidad, un poquito antes. En mi primer libro de poesía hay un poema donde una mujer recibe un llamado después de dos años y ella dice que tiene una merluza en la mano.
-¿Qué le sucede a esa mujer con un pescado?
-Dice: llamaste, llamaste después de dos años. Estoy parada en la esquina de mi casa. Tengo un filete de merluza en la mano y la sensación es de que soy la única mujer en toda la ciudad con un filete de merluza en la mano.
-¿Qué se desprende de ahí?
-Ese es un poema muy chiquito de mi primer libro de poesía, que tuvo bastantes lecturas y bastantes vueltas. Y una vez, un lector uruguayo me dijo que me había escuchado leerlo en un recital de poesía y que se había imaginado a una mujer que se convertía en pescado, en pez, una cosa así.
-¿Y te quedó dando vueltas la cosa?
-Una noche me quedé trasnochando. Estaba sola en casa, justo, y me puse a dibujar a dibujar unas mujeres anfibias que eran, la parte de arriba pez y la parte de abajo con piernas y sexo. Hice varios. Después, de casualidad, los vio un curador y me propuso hacer una muestra en el Centro Cultural Borges.
-Curioso itinerario, sí.
-Yo fui, pero a decirle que, en realidad, escribo, no pinto. Era una sensación medio rara que me llamaran para exponer, pero fue una linda
oportunidad de decir, bueno, a ver cómo una persona que escribe monta una muestra.
-¿Y cómo salió la cosa?
-Además de los dibujos, hice también un texto y armé una historia y objetos, con amigos. Fui armando toda una situación. Y era la historia del hallazgo de una mujer anfibia en el Río de la Plata.
-Tuviste una buena repercusión de esa muestra, pero ¿cómo llegaste a esta novela?
-Hay ideas que te abandonan rápido y por ahí terminan en un cuento y ya. Pero esta no. Seguía creciendo y me seguía dando vueltas y había gente que me escribía pidiéndome que las hiciera sirenas. Se llamaban sirenas invertidas. Otros me pedían que las dibujara.
-¿Cómo reaccionaste?
-Me puse a dibujarlas y a vender esos cuadros. Me presenté a una beca del Fondo para tener tiempo para escribir una historia sobre esto. La gané y ahí empecé a escribir. Yo pensé que iba a ser una novela juvenil, me la imaginaba como algo así.
-Pero no iba la cosa por ahí, está claro.
-Me di cuenta de que no. Perdí muchos años investigando más que escribiendo. Y ahí me metí con los diarios de los navegantes y a investigar mucho de época. Fui perdiendo un poco el rumbo, pero creo que también esa fue la manera de encontrarlo después.
-Ahora bien, tu sirena, finalmente, tiene piernas y el sexo a la vista de todos, lo cual perturba a la tripulación que la captura. ¿Cómo fue que elegiste estas características?
-Yo me acuerdo del primer cuento que escuché de La Sirenita, que era el original de Anderson. Ella se moría al final. No adquiría piernas ni se quedaba con el príncipe. Era traicionada por este y se terminaba muriendo y se transformaba en espuma de mar.
-La cosa cambió en el cine.
-Cuando después vino la película de Disney me acuerdo que sentí una decepción. Era chica, tendría ocho, nueve o diez años. Sentía que algo no funcionaba porque a mí me gustaba la sirena que se convertía en espuma de mar.
-¿Por qué? ¿Qué te atrapaba de esa versión?
-Porque la espuma de mar tenía un significado. Era alguien que no había renunciado a su condición. Entonces la sirena con piernas que termina trayendo Disney no me terminaba de cerrar del todo. Tal vez desde ese momento hubo algo que empezó a hacer germen. Y después, cuando empecé a dibujar a estas sirenas y a pensarlas, me dije: claro, si tienen piernas y si tienen vagina y si pueden engendrar, esto genera para el mundo una desestabilización.
-¿Por qué? ¿Qué tipo de desestabilización?
-Porque la sirena con cola de pez, seductora hacia los hombres, siempre es una figura que no tenía mucho para dar más que seducir y hacer que los hombres se tiraran locamente al mar.
-¿Cómo fuiste dando vuelta la figura mitológica?
-Empecé a pensar, ni siquiera de manera muy racional, y a decir: ¿qué pasa si tuviesen piernas y pudieran caminar; qué pasa si tuviesen vagina y pudieran engendrar? Giraba en torno a eso. Dije: ¿por qué este mito de la sirena sin sexualidad y, a la vez, mortífera para los hombres?
-Detengámonos aquí. Vos ponés una sirena con vagina, que, al mismo tiempo, resulta embarazada cuando la suben al barco para llevarla a Europa. ¿Quién es el padre de la criatura? Tu novela no lo dice.
-(Ríe) Esa es una gran pregunta. Queda abierto en la novela, no se sabe.
-¿Lo decidiste a propósito?
-Lo que me pasó fue que, cuando empecé a pensar en estas peces y en su forma de reproducción, me puse a investigar acerca de plantas que se reproducen sin necesidad del sexo masculino. Y fue una curiosidad bastante impresionante: encontré que hay unos caracoles que se llaman caracoles de Apipé, que en este momento no están en las islas porque enfrente de ellas se creó la represa Yaciretá.
-Los caracoles, digamos, también son parte de tu novela.
-La cuestión es que la represa cambió las aguas y los caracoles se fueron muriendo. Están ahora en el Ecoparque, se están rehabilitando.
-¿Cómo se reproducen, entonces, los caracoles de Apipé?
-Es una historia muy interesante. Esos caracoles son todas hembras y se clonan a sí mismas, se reproducen ellas mismas. Por lo tanto, lo que yo había pensado que podía pasar con estas peces, después descubrí que en la naturaleza pasa con estas caracolas.
-Lo cual no termina de ser explícito en tu novela.
-Es cierto que hay como un indicio de violación en la novela, en ese día en que la sujetan, que la agarran y no sé qué. Algo pasó ahí. Y después ella está embarazada.
-Okey, las caracolas pueden engendrarse a sí mismas, pero resulta que la pez tiene una vagina hecha y derecha.
-Exacto. Sí, sí, sí. Bueno, queda a la libre interpretación. Es un misterio que la novela trae. Me gusta que sea algo así, que no se sepa del todo.
-Habiendo tantos lugares posibles, ¿por qué pusiste a las peces, justamente, en las Isla de Apipé?
-Cuando empecé a escribir la novela, había inventado, de alguna forma, unas islas. Incluso tenían un nombre y todo. Pero, después, cuando me puse a investigar más, me empezó a parecer medio ridículo haber inventado un lugar o una isla, siendo que hay islas en Argentina.
-¿Y cómo llegaste a estas?
-Cuando leí Islas de Apipé, como suena en la boca, me pareció bellísimo el nombre. No me puede despegar de esa forma en la que los labios se tocan cuando decís a Apipé, Apipé.
-¿Qué siguió al impacto sonoro?
-Empecé a investigar la zona, con la flora y la fauna. Y descubrí, en el primer mapa de Gaboto, que ellos llegan hasta ahí, hasta los saltos de Apipé. Y aparecen las islas. Entonces me dije: ¡Estuvieron ahí!
-Con qué tipo de impresiones.
-Hay avistajes de sirenas en esos diarios. Entonces, todo cuadró. Fui, viajé a Apipé, me enamoré del lugar y de todo. De hecho, descubrí que hay una
laguna que no está en los mapas. Se llama la Laguna de la Sirena. Y eso lo descubrí allá, porque no está en ningún lado.
-¿Cómo lo descubriste, entonces?
-Me lo contaron los isleños.
-En su incursión por la zona, los españoles van encontrando todo tipo de bichos naturales, pero hay uno al que vos le otorgás un mayor protagonismo, el aguará guazú, una especie de zorro grande que los termina acompañando hasta Francia.
-Sí. Es bellísimo. Bellísimo. Vi uno en Apipé. Son muy difíciles de ver. Es como un zorrito menudo, pero alto. Tiene patas muy largas. Eso es lo más curioso. Tiene orejas también desproporcionadas. Y es bastante amigable.
-Lo cual lo transformó en personaje.
-Sí, es un lindo protagonista de la novela, uno de los animalitos que más protagonismo tiene. Pero ya que lo decís, yo situé una novela juvenil en el Sur y hay un zorrito también. La tapa, de hecho, es una chica con un zorro. Así que mirá, ahora me estoy dando cuenta de que evidentemente hay algo con eso que también me llama la atención.
-¿Y por qué ponés como personaje a Isabel de Castilla, que termina siendo la narradora del libro?
-Siempre era una mujer la que, de alguna forma, completaba la historia. Siempre me imaginé que era una mujer de la realeza y de Castilla. Eso estuvo siempre como la contracara del acá.
-¿Buscando qué sentido?
-Como si la Conquista no fuera posible de ser pensada sin contar, sin la contracara del allá, del otro lado. Y creo que fue una mujer la que elegí narrar porque me parecía más accesible también o menos contado, ¿no? Como que nos han contado mucho los hombres.
-¿Cómo te fuiste interesando por el tema?
-De adolescente leí biografías como la de Catalina de Medici y de Sissi Emperatriz, grandes mujeres que han tenido mucho poder, incluso con un nivel de salvajismo tremendo. Me interesaba. Me resultaba natural hablar desde una mujer, como, de hecho, podríamos hablar de la reina de Inglaterra o de Thatcher. Hay un montón.
-Eso te dio el impulso esencial, ¿no?
-Sí, contar de este personaje controversial también. Todos son un poco controversiales.
-Hay un capítulo muy sabroso, cuando se relata el viaje de Isabel rumbo a Francia, para ver a la pez. Se detiene en un convento, en Las Casas Reales de Arévalo, y describe a las monjas bernardas que la rodean como “las focas” y a un pequeño que corretea por ahí como “el niño rata”.
-Qué linda lectura que me hacés porque me mostrás cosas que, por ahí, al escribir, yo hago más intuitivamente, más inconscientemente. A veces no tengo registro de los detalles y con entrevistas así vas descubriendo cosas que no son tan pensadas.
-Son detalles que le dan frescura a la narración. Otro punto: tu novela empieza como una ficción histórica o naturalista y termina como un cuento de Henry James, termina siendo una historia de fantasmas.
-(Sonríe) Eso fue un giro casi hacia el final de la última reescritura. Y fue también una sensación de mayor libertad para mí.
-¿De qué manera sentiste eso de una mayor libertad?
-Yo fui en esta novela soltando algunos preconceptos que tenía acerca de mi propia escritura, de la forma en la que yo creía que escribía o que tenía que escribir o que era entendible para un lector o lectora.
-¿Y qué terminó pasando aquí?
-Esta novela me dio un poco una posibilidad. Yo sentí más la libertad de poder romper más el lenguaje, de poder romper una estructura clásica de novela, de irme por las ramas y escribir cosas que a mí me interesaban. O sea, hablar desde un lugar de mis intereses y mis gustos.
-¿Apuntando a qué, a dónde?
-Pensando en que a alguien le podía también llegar a interesar esas cosas que, a priori, por ahí, resultaban algo medio raro describir, no sé, como qué tipo de pescados había en la época de la Conquista en las islas de Apipé, una isla correntina que muchos correntinos no conocen o sí la conocen, pero no fueron.
-Pero no solo en los temas das rienda suelta a tu libertad.
-Después está el darse cuenta de que, a veces, no es tanto el qué, sino el cómo. Y poder transmitir mi visión de haber estado, de haber ido allá y contar cómo es.
-Un testimonio directo, en suma.
-Si vos lo contás bien, todo puede ser hermoso, todo puede ser atractivo y bello. Cualquier elemento o cualquier cosa con la que uno se enfrente de la vida. Entonces ahí me fui liberando de ciertas ideas mías que tenía de escribir y hacia el final pude romper esa última barrera e irme más hacia lo fantástico y decir, bueno, este es mi terreno, acá yo hago lo que quiero y como quiero. Así surgió eso que me dio sensación de libertad.
-Haciendo uso de tu libertad, en el primer tramo de la novela apelás a un lenguaje más “sucio”, rompés la sintaxis, vas mechando giros en guaraní, mientras que, al llegar al tramo de Isabel, ella se expresa en un español más ortodoxo. También es un matiz atractivo.
-Esa fue una búsqueda también. Al principio fue como recrear la lengua que se hablaba en ese momento porque tampoco la sabemos bien. Siempre es un relato del relato.
-¿Cómo lo resolviste?
-Al empezar encontraba formas, como, por ejemplo, las del Cid Campeador, más clásicas y antiguas. Pero me aburría. Me parecía que era un embole, que no iba a enganchar y que, sobre todo, no iba a transmitir lo que yo quería, que era: ¿qué le pasa a un tipo, en esa época, adentro de un barco?
-Eso es la clave, en el inicio.
-Claro. ¿Qué siente? ¿Qué ve? ¿Qué les pasa a los que están al lado de él? Y cuando yo iba a esa forma, a esos verbos, sentía que lo alejaba. Entonces fui generando y creando. Por eso también viajé a Apipé. Estar en Corrientes me ayudó mucho porque empecé a encontrar modismos correntinos. Le sumé cosas de campo, por eso que hablamos de mi origen bipartito. Cosas del lunfardo, cosas medio tanas también.
-Un cruce de lenguas populares.
-Una especie de cocoliche, pero lo suficientemente cercano como para que vos puedas comprar eso.
-Está a la vista, y de manera muy lograda, esa intención tuya.
-Es una cosa colectiva, también. Ir enganchando palabras y formas de hablar, y romper el habla.
-Esto de romper el hablar te interesa particularmente, ¿no?
-Estoy leyendo varias novelas que van por ese carril en el último tiempo. Y justamente hablaba un poco de eso con un amigo y decíamos que hay veces, cuando estamos todos tan enojados con todos, a nivel político, porque vos votaste a tal y yo voté a tal, y todo es un desastre, todo está aumentando y no sabemos qué va a pasar, hay algo del tejido social, que es el lenguaje, que se rompe.
-¿Qué sigue a partir de ahí?
-Entonces empieza a haber frases hechas de un lado y del otro, que dicen: “No la ven”. Frases sin contenido, abstractas. En realidad, no te estás comunicando. Te estás peleando, te estás tirando espadas. Y, en ese sentido, se trata de volver a un lenguaje como este, roto, partido, fantástico, ficcional.
-Estamos en un propicio clima de época para estas cosas.
-Leí El parche caliente, de Fabián Casas, sobre la Conquista del Desierto. Leí Las niñas del naranjel, de Gabriela Cabezón Cámara. Estoy leyendo también las obras de teatro Las cautivas y Las ciencias naturales, de Mariano Tenconi. Por lo tanto, volver a toda esa ruptura que se intenta del lenguaje, a mí me ayuda a pensar un poco la actualidad.
-¿Por qué? ¿De qué manera?
-Porque me parece que es un momento bastante crítico, sobre todo esto, lo del tejido social, de cómo nos estamos hablando como sociedad.
► TE PUEDE INTERESAR: Fernando Savater: "Uno cambia porque no es dogmático ni tiene una fijación autoritaria en las ideas"





