(Editado por Paola Alé) ¿Cómo sobrellevamos los duelos, cómo vivimos el amo, cómo se desarrolla la particular relación entre un analista y su paciente, por qué elegimos parejas violentas, cómo vivimos nuestra sexualidad, qué tanto trabajo y cuán predispuestos estamos a bucear en el inconsciente? En el libro Palabras Cruzadas, el analista y escritor Gabriel Rolón, va transitando esas temáticas a través de casos reales de personas que pasaron por su consultorio.
Gabriel Rolón fue entrevistado en el Ciclo de Escritores Grupo Planeta-Grupo América
La entrevista a Gabriel Rolón, realizada por el periodista Andrés Gabrielli, es la tercera entrega del Ciclo de Escritores Grupo Planeta - Grupo América. El encuentro está auspiciado por la Municipalidad de Las Heras y corresponde a la segunda edición digital de este mano a mano con los autores.
La entrevista
-Ya en el Segundo año de pandemia, y el segundo año del Ciclo Planeta vía virtual, ¿qué balance hacés, tanto personal como professional?
-Mirá, desde lo personal el balance es bueno. Quiero decir: en medio de estos pesares que nos han tocado, aproveché un poco el tiempo y en estos dos años de pandemia escribí dos libros. Tuve que suspender todas mis actividades teatrales, pero me animé al estreno, a hacer cosas, a dar algunas charlas. Me pude afianzar en el tratamiento y el consultorio vía online, que para mí era una cosa muy rara, muy novedosa, pero bueno, le he encontrado el mecanismo. Como te digo esto, te digo también que han habido ausencias y tristezas y falta de abrazos, de encuentros en pandemia. He sido abuelo y no he podido acompañar, digamos, la gracia de mi hija. Cómo me hubiera gustado ver esa felicidad, estar más cerca. He podido ver poco a mi nieta. Estas cosas tienen sus costos emocionales, pero por suerte, lo he llevado bien. Aquí hemos estado en casa con Cinthya también escribiendo, con lo cual hemos compartido mucho, sobre todo el ámbito de la literatura. Y bueno, y esperando, ojalá este sea nuestro último evento de esta manera. Me gustaría estar en Mendoza teniendo esta charla, sabiendo que nos espera un Malbec al final de la charla con algún quesito. ¿No? Pero bueno, es así. Creo que hay que adaptarse.
-¿Estas tristezas, estas ausencias que vos y todos hemos padecido, son parte de los duelos que vos enseñás a elaborar en tus libros? ¿Son duelos personales que has tenido que elaborar vos también?
-Sí, por supuesto. Cada pérdida trae aparejada la necesidad de un duelo, si es que lo que se ha perdido es algo que se ama. Uno no extraña ni duela algo que no ama. Si vos no encontrás más una remera a veces te olvidás y después, aparece. Decís, a esta remera me la había olvidado, pero no hiciste un duelo por esa remera. Pero si tenés un reloj que era de tu viejo y que para vos vale mucho y no lo encontraste más, eso angustia porque hay una carga afectiva sobre eso. Entonces, todo aquello sobre lo que pongamos una carga afectiva, nuestro trabajo, una pareja, nuestros padres o nuestros hijos, nuestros sueños, nuestros proyectos, bueno, todas esas cosas. No importa que sea una persona, un objeto o una actividad: es allí donde volcamos nuestro amor. Si hay una pérdida, va a haber que hacer un duelo. Y todas estas circunstancias que yo te contaba que han sido como los costos de la pandemia, por supuesto que me implicaron a mí un duelo y creo que cada uno de nosotros sabe perfectamente, si mira hacia dentro, qué es lo que esta pandemia le obliga a duelar.
-Ahora, vos estás entrenado para eso, para enseñarle a la gente o para llevarla de la mano por el camino del duelo, Pero cuando te toca a vos, ¿lo haces vos mismo, vos solito o vas con tu analista? Por ejemplo, en el libro Palabras Cruzadas, hablás de esto, de si se hace solo, o en compañía. ¿Cómo se hace en tu caso, que sos un profesional?
-Sí, depende, depende. En este momento yo no estoy yendo a análisis. Después de 30 años de análisis me he tomado un receso. Si bien no descarto que pueda ocurrirme algo que me haga sentir la necesidad de recuperar ese espacio para hablar de mí con alguien que me escuche. Pero hoy este tipo de cosas la voy atravesando un poco solo, no solo por ser psicólogo, sino por el camino analítico que uno ha realizado. Digo, entre alguien con título que no sea analizado y una persona que teniendo cualquier otra profesión tiene 5 u 8 años de análisis bien llevado, yo confío más en que va a superar mejor el duelo esta persona que el psicólogo. ¿Entendés? Pasa por ese lado.
Yo hasta ahora he podido solo con este tipo de duelos. Si no pudiera, la verdad, no me temblaría el pulso de llamar a algún analista de mi confianza y recuperar un espacio analítico para mí. Pero en este momento he podido.
También he trabajado mucho con pacientes que no pueden o no han podido solos, porque ya están en un proceso analítico y los duelos son parte del trabajo por el que se acercaron. Vinieron a partir de esta pandemia y de los duelos que le implicaba y de las dificultades y las imposibilidades de acomodarse o encontrar una respuesta para las nuevas exigencias de este momento, que este aislamiento, que esta temporada de temor, de incertidumbre, nos ha traído a todos.
- Es curioso verlos desde el llano, desde la vereda de enfrente a los analistas cuando van al analista. Vos lo contás en la serie En Terapia, cuando vemos al analista que tiene que ir a la mujer, a su vieja amiga, a analizarse porque tiene problemas. ¿Ustedes lo hacen porque sienten una necesidad íntima o porque profesionalmente está como establecido que ustedes lo tienen que hacer?
- No, no, yo creo en el análisis por una necesidad y un deseo personal. Por supuesto que después, por ejemplo, si vos querés ser psicoanalista, no podés ser psicoanalista si no te analizaste.
No importa que tengas un título psicólogo médico. Podés tener los títulos habilitantes para ejercer la psicoterapia, no te van a venir a buscar del Ministerio de Salud para pedirte la credencial y la matrícula profesional. Eso lo podés tener, pero íntimamente, sabés que vas a hacer muy mal tu trabajo si no te analizan. Entonces, esto es un compromiso de aquellos que nos gusta el psicoanálisis. Haber recorrido un camino analítico es parte de nuestra formación. Después existe lo que se llama el control, que es sobre todo para los analistas más jóvenes, que se les recomienda que cada tanto controlen su caso con algún analista experimentado, una especie de supervisión. Esto se hace sobre todo, cuando hay que analizar un caso complejo, por cuestiones obvias. Yo supongo que un cirujano cuando comienza a operar, tendrá algún otro cirujano al lado que lo guíe. Como sucede en todas las profesiones de impacto, de riesgo para el paciente y el psicoanálisis es una de ellas. Lo que vos le digas, un paciente puede ponerlo emocionalmente en un lugar muy particular, y vos tenés que saber que él va a poder manejar eso que generás, y que va por la línea adecuada, con lo que el tratamiento requiere.
Tener el título por supuesto que es condición sine qua non, pero no alcanza. A veces hace falta prepararse, analizarse, tener una supervisión más o menos permanente. Hay que pensar, Andrés, que yo tengo más de 30 años de profesión y más de 30 años de análisis. Es decir, en este momento cada tanto superviso o converso con algún colega, porque yo escucho esta cosa o esta otra que en algunas ocasiones ocurre. Por supuesto, sin dar nombres ni datos de los pacientes, pero son cada vez menos, porque bueno, son tantos los casos que he visto, que ya tenés otra posibilidad de ir transitando solo ese proceso.
-Claro. Una de las cosas que vas marcando en tu libro es el tema de la transferencia, y la necesidad de que el que se está analizando empiece a confiar y se ponga en tus manos, una persona de confianza, a quien le puede contar sus secretos más íntimos. Y vos lo decís en algún momento, ahí se pueden producir confusiones y puede haber una atracción erótica o de otro tipo. Imaginás lo que se imagina la persona, que sos como el padre o el hermano,¿Cómo lo manejas? Y ahí te vuelvo a hacer la pregunta: ¿lo manejás solo o lo tenés que hablar con tu analista, cómo te distanciás? Porque es complicado estar tan íntimamente ligado con alguien.
-Sí, claro. El tema es que vos tenés que trabajar mucho para que la ligadura sea del paciente hacia vos, y no de vos hacia el paciente.
-Pero ¿cómo hacés si no sale de esa manera?
-Mirá, vos tenés que tener desarrollada tu capacidad profesional. Vuelvo al ejemplo: imaginate un cirujano que opera a un chico de 9 meses o de un año y sabe que está operando a un chiquitito, que tiene una vida en sus manos y que no es de madera ni de piedra. Es un ser humano. Está preocupado, quiere que le salga bien. Si le llega a pasar algo y el chico se le muere en la sala de operaciones va a ser durísimo, pero mientras opera puede operar tranquilo. Sabe lo que tiene que hacer. En nuestro caso, se parece a esto. Por ejemplo, cuando el paciente se enoja mucho conmigo, sé que no es conmigo. Yo lo sé. Quiero decir, excepto que yo haya hecho una bestialidad, que por lo general no las hago, no cometo un error tan grosero. Pero si no vuelvo a ver en el lugar de quien me puso, la imagen de quien me transfirió en esa sesión. Porque bueno, a ver: me puso en el lugar del cliente, de su padre o su madre, de su esposa, sus hijos, su jefe. Trato de ver la bronca de quien me está volcando. Eso es lo que promueve la transferencia. Yo sé que no es conmigo, entonces que tengo que moverme y poder trabajar con eso y no responder en espejo. Que el paciente sea el que agrede y vos le decís, "bueno, ¿por qué no se aclara?". Queda bien, y no “levantate del diván y decimelo en la cara”. Uno de los trabajos más difíciles para un analista es aprender cómo manejar los momentos transferenciales difíciles, porque cuando el paciente te tiene confianza, cariño, vamos sobre ruedas. Ahora, cuando el paciente te odia o el paciente se erotiza ahí es donde se pone complicado. Ahí ese cuando salió la niebla en la ruta, se hizo de noche y uno dice “bueno, a ver, con mucho cuidado, cómo salimos de este atolladero”, porque en esos son momentos es donde puede haber un quiebre del tratamiento si no lo manejamos bien.
-Lo que pasa que además Gabriel Rolón no es un analista común y corriente. Y vuelvo a tu libro: vos contás un par de anécdotas, donde llega el paciente y te dice “yo te conozco porque te escuché en la radio o leí tu libro”. O a lo mejor te vio en el teatro o de pasada en la tele. ¿Eso ayuda o no? Porque a lo mejor el tipo cree que te tiene ya junado y vos querés ponerte en otro lugar. ¿Tu otra actividad, tan mediática, te ayuda o te jode a la hora de hacer la tarea?
-Un poco y un poco y según con qué paciente. A algunos pacientes los perturba esto. Yo también lo evalúo antes de tomar un paciente, porque si no le voy a hacer bien para qué. Prefiero derivar. Pero a algunos pacientes les gusta. Me dicen: “Estuve mirando un video tuyo de YouTube donde vos hablás de esto y yo me quedé pensando en lo que charlamos el otro día” y forma parte de su proceso analítico. Hay pacientes que te dicen: “¿Cómo no me avisaste que te iban a hacer una nota?”. Y no te tengo que avisar, pero bueno. Hay otro que me dice “yo veo que estás en la tele y cambio”. O sea, cada uno lo va manejando según sus posibilidades. Yo sé que todo analista tiene que enfrentar las dificultades que su persona implica. Si sos alto, bajo, tenés voz suave, tenés carácter o una presencia más dura. Le remitís a su padre, o a su abuelo, vivís lejos, vivís cerca, vas al mismo supermercado, parecés inaccesible. En mi caso, estoy en los medios, a otros no los conoce nadie.
Yo intento manejar esto. A veces viene un paciente y te dice "che, vi la nota que hiciste el otro día con Fulano. ¡Qué bueno! ¡Me encantó!". Y vos te callás y a los cuatro minutos le decís: “Bueno, muchas gracias, ¿cómo estás?” y listo. O sea, ya está. Pero tampoco se trata de decirle “de mí no hables nada”. Cuando yo empecé a trabajar en los medios, estaba con Dolina y transmitíamos el programa de radio con gente, en una cuestión muy teatral, en vivo en el Café Tortoni y gratis. Yo no podía decir “bueno, la entrada es libre y gratuita para todos, menos para mis pacientes”. O sea, venía algún paciente y me decía: “Hoy tenía ganas de venir a ver el programa porque vine con un primo que es fanático del Negro Dolina y queríamos verlo. Yo no sabía si venir”. ¿Cómo no vas a venir? Claro, estaba sentado ahí y me decía: “No sé si te puedo saludar”. ¿Cómo no me vas a saludar? Si venís una vez por semana y me contabas tu vida, me hablás de tu sexualidad, de tus miedos, de tu historia y no me podés decir “Hola Gabriel, ¿cómo te va?, Buenas noches”.
Uno solo tiene existencia cuando entra al consultorio. Cuando entramos al consultorio sabemos que la cosa cambia, pero yo me cruzo con un paciente en algún lado y me saludo, le doy la mano, antes le daba un beso. Me ha pasado en el Tortoni. Como te digo, por ahí faltaban cinco minutos para el programa y algún paciente que estaba como espectador me decía: “¿Te querés sentar?”. Y yo respondía: “Sí, dale”. Yo estaba con un café en la mano, me sentaba, me ponía a charlar. “Bueno, espero que te guste el programa”. ¿Por qué no ser humano y amable, si él y yo sabemos después dónde está el trabajo?
-Claro, vos sos un tipo con onda, además de analista. Tenés alma de músico, sos un hombre de teatro, de las tablas y eso te hace una persona fluida. Pero, ¿no hay gente que está esperando a alguien más serio, con el gesto adusto, o con una pipa tipo la foto de Sigmund Freud, por ejemplo? Como para ponerlo en un pedestal.
-Seguramente hay pacientes que requieren un analista de esas características. Lo que es raro es que un paciente así me busque a mí. Puede ser que cuando alguien no te conoce y te deriva a una persona, esta persona viene y dice “ay no, yo esperaba a alguien más grande, más joven, más serio, con traje”. En mi caso se da la particularidad de que los pacientes que vienen a mi consultorio sabe quien soy. Digo, desde con qué tipo de persona o de imagen se van a encontrar más allá de cómo vayamos después con el análisis, no dejo de ser un analista duro, más allá de que intento ser una persona cálida. Viste cómo es esto. El médico te puede decir “acuéstese ahí”, o te puede decir, “¿qué hacés, cómo estás?, acostate, amigo, guarda que esto te va a doler”. No importa, lo importante es que lo que haga lo haga bien. Después, cada quien tiene un poco su estilo.
-La otra vez entrevistaba a la gran periodista Leila Guerriero, que acababa de sacar una reedición de un libro Frutos Extraños. Le pregunto si unos años después de escribirlo, cuando se vuelve a leer, considera que es la misma persona que escribió ese libro. Ahora te lo pregunto a vos, Palabras Cruzadas ya tiene unos años. Ahora que lo volvés a leer, ¿considerás que estás vos puesto en cuerpo y alma en ese libro? ¿Te volvés a ver como el mismo de antes o hay cosas que cambiarías o hubieras ido por otro lado? ¿Te corregís a vos mismo releyendo el libro después de tantos años?
Corregir cosas que no se hicieron o modificarlas no se puede en este caso, sí se podría hacer en un ámbito literario. Pero las historias de Palabras Cruzadas están basadas en hechos reales, cuyos pacientes me autorizaron a publicar eso que yo les di en mano, lo que escribí y les dije “léanlo”. O sea, yo no puedo ir diez años después y cambiar la historia de un paciente. Si me autorizó a publicar eso, él se siente cubierto, siente que protegí su identidad con el relato. Lo que sí te puedo decir es que revisar este libro me movilizó mucho, básicamente porque, como Freud decía, los síntomas son una modalidad de la época. ¡Tenía tanta razón!. Aquella época donde yo escribí Palabras Cruzadas era una época muy distinta. Por ejemplo, Andrés, parece que no hablamos de mucho tiempo, pero los cambios han sido tan acelerados, tan abruptos. En Palabras Cruzadas, yo quise instalar dos temas que en aquel momento no estaban muy instalados. Uno era la violencia de género. Por eso está el caso de Luciana, cómo trabajé yo con una mujer que sufría violencia de género.
El otro era el caso de Víctor y su relación con una chica trans. En aquel momento no se hablaba de eso. Es más, en aquel momento no existía el concepto “violencia de género” ni existía “chica trans”. Entonces, yo trabajé con el discurso del paciente y el discurso de alguien está atravesado por su época. Si nosotros decimos “este se hace el piola” los adolescentes se van a reír y si decimos “mirá, se la da de rana”, ahí se van a reír mucho más. ¿Por qué? Porque son terminologías de nuestra época y el lenguaje cambia. Y cuando cambia el lenguaje cambia el sentido. Y los pacientes me hablaban hace 12 años -en realidad hace 12 más o menos que lo escribí- pero los casos tienen más o menos 17 años.
Las pacientes no me hablaban de violencia de género, no estaban tan concientizadas de que esto estaba muy mal, que era un horror y estaba todavía cierta cosa de trabajar con “bueno, pero cuando no toma es bueno y yo creo que lo tengo que ayudar y que va a cambiar”. Hoy tienen mucha información. yo estoy seguro de que la paciente me va a hablar de un modo distinto y que yo tengo intervenciones diferentes. En aquel momento yo no tenía una comisaría de la mujer, un teléfono donde llamar por ayuda para víctimas de violencia de género, no existía nada de eso. Entonces yo tenía que vérmelas con las herramientas del momento.
Cómo el tema se ha instalado en la cultura, cómo hoy se puede hablar de otro modo. Y lo mismo con el caso Víctor y el tema de las chicas trans. Entonces, lo que sí me permití después de esta revisión es agregarle mucha más teoría, hablar, explicar más, decir más. O sea, en aquel momento todavía no tenía escrito los ensayos, no tenía ese vínculo con el lector. No sabía hasta dónde el lector me iba a dejar entrar con el psicoanálisis más duro. Ahora sí lo tengo, entonces ésta versión de Palabras Cruzadas no solo tiene un caso más, sino que además los casos anteriores están muy nutridos de teorías y de explicaciones y de conceptos analíticos que en aquel momento no tenían.
-Cuando yo te dije si lo revisarías no era para reescribirlo, porque como vos dijiste, las entrevistas son intocables, pero me refería justamente a eso. Después de tanto tiempo, ves los casos nuevamente y pensás si lo hubiera abordado por este lado... Porque vos hablás de violencia de género, de la chica trans, pero está el tema de la droga, en su momento la marihuana era ilegal, está el tema del aborto, digamos muchos temas que en los últimos tiempos se movieron para un lado diferente de cuando a vos te tocó abordarlos.
-Por supuesto. Además, no se trabaja de la misma manera.
¿Entendés? Aunque el derecho psicológico lo tenías desde antes, no es lo mismo estar haciendo algo que hay que ocultar, que la cultura te podía penalizar si hacía algo que decir, bueno, mirá, es mi decisión y transito mi pena, mi angustia, mi duelo, mi crisis, mis ambivalencias, un montón de cosas que un tema tan importante te genera, pero desde vos, sin tener esa mirada tan juzgadora al menos de una gran parte de la sociedad y sobre todo de la ley.
Porque no nos olvidemos que no es un detalle menor. Vivís en una cultura, estás atravesado por una ley, y vos podés decir “a mí no me gusta” o “para mí no es justa”, pero es. Y cuando vos sacás los pies por fuera de la ley, hay algo en vos que así tuviera razón y la ley fuera injusta, hay algo en vos que te sanciona. Eso que nosotros llamamos superyó, que es una instancia psíquica que está dentro de vos y que representa a tus padres, a tu cultura, que te marca lo que está bien y lo que está mal y que muchas veces hay que enfrentarlo. Pero bueno, por eso digo, hoy estoy seguro de que esos casos hubieran tenido la posibilidad de un abordaje distinto, aunque estoy muy feliz con la manera en la que pudimos abordarlo junto a los pacientes en aquel momento, con las herramientas que había. O sea, en definitiva era lo que se podía.
Estamos hablando de pacientes que gracias a ese proceso dejaron de padecer esto que les ocurría. Algo pudieron hacer para salir de esa violencia de género, aunque no tuviera ese nombre, o para enfrentar una manera de vivir la sexualidad, aunque se pensara de otro modo, que para eso estaba el análisis también, para abrir cosas que la cultura todavía no había abierto.
-Ahora, obviamente en el análisis y lo demuestran todos tus casos, vos te metés en la intimidad más profunda de tus pacientes, pero también tu intimidad está en juego, tus propias convicciones. Te doy un ejemplo: en un momento alguien te preguntaba en el análisis: “¿Vos crees en Dios?” Y vos preferís no dar la respuesta. Pero en el libro hablás sobre tu posición a favor del aborto, decís que apoyaste la legalización del aborto. Cuando vos te posicionás con respecto a esto, ¿te puede joder en la terapia? Por ejemplo, si viene una persona, pero sobre todo una mujer que suelen ser las más afectadas, que es antiabortista y vos ya tomaste esta posición, ¿te jode a la hora de hacer el análisis?.
-Creo que no. Es decir: puede generar en esta paciente algo transferencial difícil para conmigo, o no sé si elegiría un analista como yo esa persona. Digo, esta manera de pararme frente al tema de la Interrupción Voluntaria del Embarazo tiene también que ver con que ha sido una postura pública y yo he ido a hablar al Senado de la Nación en favor de la ley. Quiero decir que mi posición ya se sabía. Yo he tomado el guante, expliqué en su momento en el Senado el por qué, digamos, porque no es una posición caprichosa. No era un “me parece bien, me parece mal”, como una opinión. Hablé del sufrimiento que genera el trauma, de la soledad, el ocultamiento, de la ilegalidad. Hablé de las consecuencias psicológicas que sufrían esas mujeres y expliqué mi postura, lo cual no va a hacer que yo me mueva de mi lugar analítico, de respetar el deseo de una paciente. Y si una paciente me dice que está en contra de hacerse un aborto, yo no me voy a poner a discutir ideológicamente. Es el consultorio, no estoy en el Senado debatiendo con los que están en contra de una ley que yo quiero aprobar. Estoy en el consultorio, acompañando a una persona que tiene sus ideales, que tiene su manera de ver la vida y que tiene todo el derecho del mundo a tenerla. A mí no me molesta porque yo no atiendo solo a pacientes que opinan como yo, imagínate si yo solo atendiera pacientes que ideológicamente o políticamente piensan como yo, con estas cosas que pasan en la patria y un 50 por ciento de pacientes que me estarían vedados.
-Pero el problema no es tuyo, porque tu profesionalismo te lleva a aceptar a todos y a ser amplio. El problema es el que está enfrente. Por eso te digo, te van a tildar de abortista o de antiabortista. Viste que hoy la onda es ponerte una etiqueta. Por eso supongo que vos tratarás de sacarte toda las etiquetas posibles, frente a la gente.
-Cuanto menos sepa el paciente en ese sentido, mejor, justamente para que a él no le haga resistencia hablar con vos de ciertos temas. Pero hay muchísimo más, siendo que mi incredulidad en la existencia de Dios es más o menos pública, aunque solo responda a la pregunta directa en una sesión, porque si lo he respondido en una entrevista, si te puedo responder a vos, Andrés. Esto es una charla, una entrevista. Me ha pasado con algún paciente que me dice “mirá, yo sé que vos no tenés fe, pero yo sí, y entonces fui a la iglesia y recé”.Y yo respondo, bueno, bárbaro, ¿y cómo te sentiste? Yo voy por ese lado. O sea...
Yo trabajo para eso. Después sí, si va a una iglesia, una sinagoga o a ningún lado, ya es parte de la libertad del paciente y como vos decís, será parte de mí desafío personal, si trabajo con esa persona y me dice “yo me quedé mal, porque pensé que vos creías en Dios”, suponete. Lo que yo hago es decir “bueno, ¿y qué te pasa con eso?” Lo que hago es ponerlo a trabajar y destrabar ese momento transferencial complejo que se instala a partir de esta exposición pública que yo tengo.
-Algo que nos hace sufrir a los argentinos como sociedad, como grupo e individualmente, es la política, una política muy pendenciera. ¿Se te mete mucho la problemática política en el análisis?. Y te lo pregunto porque por lo menos en Palabras Cruzadas, la política prácticamente no existe. Ningún paciente te viene con un mambo político grande, ¿pero habitualmente se te mete en el análisis?
-Se mete en el discurso de los pacientes. Al análisis me llega si un paciente está enojado porque ha salido una ley que lo perjudica o porque es que no sé, llego tarde, porque lo agarró un piquete o porque no importa y viene y tiene ganas de hacer su catarsis. Tiene todo el derecho del mundo a hablar bien, mal del político que quiera, de la situación que quiera. Y yo respeto y escucho, te repito, más allá de mis cuestiones ideológicas, se mete en ese sentido. Yo no trabo discusiones o conversaciones políticas con los pacientes en general, excepto que sea algo que tenga que ver con ellos. ¿Qué quiero decir con esto? Por supuesto, sin dar nombres, he trabajado con políticos. El discurso político se mete en el trabajo con familiares muy directos de políticos, parejas, hijos y ahí sí se juega otra cosa. Pero bueno, forma parte de la problemática de ese paciente y lo tomo como cuando he trabajado con un futbolista o con un periodista o un actor, que vienen y me hablan de un canal de televisión, o un futbolista me habla de un club y es su ámbito, le presenta su problemática. Y yo tengo que escuchar y trabajar en relación a eso. Pero no me trabo en una cuestión de sujeto a sujeto. ¿Entendés? Quiero decir, de opinión a opinión.
Por mí podés decir lo que quieras mientras lo digas y no tengas acciones que yo considere éticamente cuestionables, porque ahí sí, tengo mis cuestiones éticas. Claro, si vos me decís “mirá, yo soy del partido nazi y hoy voy a ir a quemar una sinagoga” y bueno, ahí mi supuesto “ajá”, nada, ahí te voy a denunciar.
Pero bueno, excepto esas cuestiones que no me han ocurrido, por suerte, después que hablen de lo que quieran.
-O sea, ustedes no tienen secreto de confesión, como un cura. El cura no lo podría decir a eso, por ejemplo.
-Nosotros tenemos confidencialidad, pero la ley nos permite romper la confidencialidad en caso de que esté en peligro la vida del paciente o de un tercero. Si yo tengo un paciente que me dice que cuando llegue a la casa va a matar a su esposa, la ley me permite decir pare un segundo y llamar a la policía.
Entonces sí podría yo guardarme, protegerme en el silencio profesional. Pero cuando la vida de alguien está en riesgo o la del paciente mismo... Por ejemplo, si yo siento que un paciente no está bien y cuando salga del consultorio se puede lastimar, tengo todo el derecho de llamar por teléfono a alguien de su familia y decirle “mira, vení a buscarlo, no quiero que se vaya solo porque no está bien”. Antes que nada, está la vida, Andrés.
-Vos decís que has tenido en el análisis a políticos y deportistas. ¿Es muy complicado el tratamiento de los deportistas de élite? Te lo digo porque uno los ve, están en la cumbre, en la gloria y sufren mucho. Como a esta chica japonesa, de Osaka, que prácticamente no puede soportar estar ahí. Uno lo ve a Messi, el tipo más famoso del mundo, y se lo ve sufrir por ahí. O Maradona, que sufría afuera y dentro de la cancha. ¿Cómo se maneja eso? Porque todos queremos llegar a la cumbre y en la cumbre también se sufre.
-Por supuesto, por supuesto que se sufre.
Entonces, muchas cosas que vos creías o fantaseabas que pasarían en el éxito o que el dinero o la fama te iban a dar y que te iban a completar de algún modo... los exitosos tienen tanto vacío existencial como los demás, como todos, como el resto de los mortales. Y esa desilusión, la caída de la ilusión, de la completud. Es muy difícil. Pero además, porque el sostenerse en ciertos lugares de élite implica un esfuerzo muy grande, de entrenamiento, de lectura, de pensamiento, de estudio, según cuál sea tu rama. Y te coloca en la mirada de todo el mundo para lo agradable, que es el reconocimiento por el lado del amor, alguien que te ve pasar y dice “ídolo”, y que es divino. Y también para lo otro, que son aquellos que te critican, aquellos que van a hablar de vos, de tu trabajo.
Son personas que tienen que trabajar muchísimo y tratar de lograr mucho equilibrio, porque además nadie tiene todos los días a los dioses con ellos. Messi habrá jugado partidos malos también, imagino. Maradona ha errado penales y Federer ha hecho dobles faltas, por decirlo de algún modo. Imagino que Darín habrá tenido una actuación floja en algún momento, o algún día, si hace teatro todos los días, porque todos los días no son iguales. Entonces, bueno, eso es muy pesado, porque el nivel de exigencia y la mirada de los demás es muy potente. Lo que sucede es que lo que tiene de bueno, también lo tiene de cierto riesgo.
Hay que que manejarse con mucho cuidado, estar atento y relajado todo lo que se pueda. Yo tenía una paciente que era una tenista que estaba en el Top 100, en algún momento, en el Top 50. Siempre me decía “la diferencia entre la número uno y yo es su cabeza. Técnicamente, yo tengo los mismos golpes que tiene ella, tengo la velocidad que tiene ella, entreno las horas que entrena ella. Técnicamente, del 100 para abajo, todos tenemos las mismas condiciones que ella. Pero ella tiene una cabeza que yo no tengo, yo me quiebro en el lugar en el que ella no se quiebra".
-Era la diferencia que había entre Steffi Graf y Gabriela Sabatini o entre Nalbandian y Federer, tipos de talentos similares. Pero Nalbandian no tenía la cabeza de Federer.
-Claro, digamos, Federer maneja una tranquilidad y una concentración, y Nalbandian, que para mi gusto era tan talentoso o más no. Y el talento de Gastón Gaudio, que no he visto un tenista con tanto talento como él.
-O Coria
-Claro, por eso te digo, tienen sus momentos, son brillantes, son maravillosos. Pero hay uno, dos o tres tipos en la historia que han tenido una mente que les permitió soportar esto del entrenamiento, el esfuerzo y no decir “bueno, hoy no voy a jugar este campeonato, porque tengo ganas de irme a un hotel en el Caribe con unos amigos”. Esa cosa que todo sujeto humano requiere y que esta gente dice “bueno, no, yo no puedo, yo hago esto, trabajo de esto, tengo que estar acá”. Entonces, es fuerte trabajar con esas personalidades.
-Esa mente tan concentrada y tan ganadora, viene de nacimiento, digamos, genética, se trabaja, se entrena, te la ponen en la casa de chiquito. ¿De dónde viene esa mente tan fuerte o una mente tan débil? ¿Cómo cómo se llega a ese punto?
-La psiquis humana está atravesada por tres tipos de influencias distintas. Nosotros le llamamos series complementarias. Hay algo en todos nosotros que es genético y hay algo con lo que nacemos y con lo que venimos, y que impacta nuestro cuerpo en general. Nosotros somos un cuerpo, habitamos un cuerpo. Y Freud decía "el yo es antes que nada, un yo corporal, es decir, lo que le pase a tu cuerpo, tu genética". Digo, tenés ojos claros u oscuros, sos alto o bajo, tenés ciertas aptitudes físicas o no las tenés.
Con todo eso se tiene que empezar a ver tu personalidad. Después tenés lo histórico como una segunda serie. ¿Quién fue tu abuelo? ¿Cómo fueron tus padres? ¿Se quisieron, o no se quisieron, te trataron bien? ¿Te trataron mal? ¿Te deseaban? ¿Te educaron con cariño, te educaron con indiferencia? ¿Fueron muy rígidos o fueron demasiado sobreprotectores?¿Tuviste problemas de chico? ¿Te pasó algo? ¿Viviste una muerte muy temprano?.
Lo que decíamos antes. Hace 20 años, nadie hubiera dicho “les nenes” y hoy hablás con un adolescente y te dice “les nenes”. Vos podes decir “¿che, mirá, te cuesta mucho decir los nenes y las nenas?” Porque te cuesta el inclusivo, estas de acuerdo o no, pero no importa. Lo que sí podemos decir es que la cultura impacta distinto, te hace pensar distinto y hoy te cuestionan “che, por qué si es nene le vas a comprar algo azul, por qué no rosa, aunque sea nene?". O sea, un montón de cosas culturales que te impactan, que te tiran mandatos encima, maneras de pensar, problemáticas. Como decía Sartre, somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Somos lo que pudimos hacer y lo que sigamos pudiendo hacer con lo que nuestro cuerpo, nuestra historia y nuestra cultura hacen de nosotros. Con eso nos la tenemos que ver, y ahí es donde tu cabeza se puede fortalecer o se puede quebrar. Entonces está multiaspectado el tema.
-Vos has nombrado a Sartre, a Heidegger, a Freud un poquito, pero hay pocas citas. El libro Palabras Cruzadas son casos de análisis, muy distinto del anterior libro, Duelo, que es sobre el dolor y cómo manejar todo eso. Este libro, ya te lo dije, me pareció maravilloso porque tenés una capacidad de ir incorporando una cantidad de cuestiones culturales, algunas populares, otras de la mitología clásica. Me pareció maravilloso, pero son dos libros totalmente distintos. Te pregunto: ¿Tenés dos tipos de lectores distintos o más o menos van de un libro al otro? Insisto, no tienen casi nada que ver un libro con el otro. Es lo que yo sienta como lector.
-Yo trabajo en formatos diferentes de libros: por decisión personal, los libros de casos, los libros clínicos
-Como Palabras Cruzadas.
-Palabras Cruzadas, por ejemplo, o Historias de Diván o Historias Inconscientes. Otro formato son los libros de ensayo, como Encuentros Cara a Cara, El Precio de la Pasión, o El Duelo. O la ficción, como “os Padecientes o La Voz Ausente. Son tres líneas bien diferentes, los libros clínicos de casos son eso, solo libros de casos, psicoanálisis más duro y más vivencial.
En cuanto a los ensayos, son donde suelto “el hilo del barrilete”, ahí me permito decir “bueno, vamos a hablar de la felicidad, del duelo, de las pérdidas o del amor”. Ahí me relajo y puedo ir de Platón, Adorno, pasando por Heidegger, Freud, Lacan, Shakespeare, los novelistas. Tengo toda la humanidad a mi disposición para pensar. Me gusta mucho transitar esos libros, allí doy ejemplos del cine, de la filosofía, de la mitología, de la psicología, de mi propio pensamiento. Son libros muy ricos para mí. Yo espero que para el lector también como lo son para mí, porque me permiten pensar y abrir mucho.
Los libros clínicos son clínicos. Es esto, esto es lo que quiero contar.
En cuanto a las novelas, me permiten de alguna manera, sacarme el gustito de ficcionar historias, anotar atado una historia basada en un hecho real, sino mezclar los otros dos géneros, pero con una línea marcada. Porque cuando elijo escribir ficción, escribo thrillers. Historias de suspenso, no son ni de amor ni existenciales, son de suspenso. Entonces me pongo atrás de un enigma y me encanta jugar un poco al Sherlock Holmes.
-Hablando de thrillers, ¿por qué nos apasionan tanto en libros o en serie los asesinos seriales? Personajes tipo Hannibal Lecter, por ejemplo?
-Bueno, ¿vos viste que el libro “La Voz Ausente” gira alrededor de la búsqueda de un asesino serial?
-Por eso, sí
-Algo no es tan común, digamos en nuestra patria, en Estados Unidos hay muchos asesinos seriales. ¿Viste lo que yo digo de que la cultura impacta?. No es lo mismo un asesino serial que un asesino múltiple. Matar a seis personas no te convierte en un asesino serial. Matar a cuatro con un sistema, con una regla, con una firma y con un mensaje te convierte en un asesino serial.
-Jack el Destripador
-Por ejemplo. Mujeres, prostitutas de tal o cual edad. Matarlas de determinada manera, con un mensaje para la policía. El asesino serial tiene sus reglas. Si no es solo un tipo que asesinó más de una persona. Yo creo que es porque hay una lógica en el asesino serial que te desafía a entenderlo. Si te pone una cabeza sobre la mesa, vos te preguntás ¿quién y por qué? Para mí, una de las más brillantes películas de ese estilo es Pecados Capitales. Lo primero es descubrir que esos asesinatos tienen algo que ver. Segundo, que hay un modus operandi parecido. Y tercero, encontrar la lógica. Dijeron está siguiendo de acuerdo a los pecados capitales y en base a eso tenemos que adelantarnos. Te ofrece la posibilidad de competir con la mente del asesino. Y yo creo que por eso al lector al que mira las series les gusta. Decís: “Va a matar a esta por tal cosa”. Empezás a mirar en la escena, a ver si vos viste antes de que te lo muestre el director cuál es la pista que el tipo dejó. Bueno, me parece que te plantea un desafío. No es solamente sentarte a mirar y recorrer una película o un libro, sino participar. Te plantea el desafío de ser parte del juego. Por eso me parece que nos gustan tanto.
-¿Has visto la serie Mindhunter?
- mpecé a verla, no la terminé.
-Te lo digo porque es el mismo director de Pecados Capitales, es ir viendo, metiéndose en la psiquis de los asesinos seriales, creo que debe ser apasionante para un analista.
-Por eso la empecé a mirar, estoy en sus comienzos, en las orillas. Pero me parece interesantísima
- Igual que Unabomber, que es lo mismo meterse en la cabeza del Unabomber y es meterse en la interioridad, en el por qué el tipo hace eso.
-Creo que en mis libros de casos clínicos al lector se le presenta ese desafío. O sea, yo escribo esos casos como si fueran un pequeño thriller, donde en vez de un asesino serial tengo un comportamiento serial que hay que ver de dónde viene y por qué hace lo que hace con ese paciente, ¿no? ¿Y qué fue lo que pasó? Es una investigación cuasi policial la que se establece, por eso yo creo que el público de los casos, terminando responder a tu pregunta anterior, el público que lee los casos y las ficciones es muy parecido. Si hay un público para los ensayos que por ahí me dice “la ficción no la leo tanto”, hay como dos lectores distintos. Igual son buenos conmigo, por lo general los que me leen, me leen en los distintos formatos.
-Yo veo que en tus ensayos sos un prosista acabado, casi con toques de poeta. Te gusta citar el tango. En la marca y en el timing de los diálogos de los casos clínicos, te volvés un actor, un escritor teatral. Son casi obras de teatro. Y la llevás con ese timming. Lo digo desde afuera, no sé si lo ves así.
-La verdad te agradezco ese comentario y esa manera de exponerlo de un modo tan claro, A mí me sucede. Es así. De hecho, cuando hicimos la miniserie Historia de Diván para televisión, no hubo que tocar los diálogos. Cuando adaptamos para teatro el mismo libro y El Lado B del Amor, en el que estaba el caso de esta chica Luciana, de Palabras Cruzadas y ahora mismo, que estoy adaptando para Palabra Plena, el espectáculo que voy a hacer a partir de diciembre, aquí en el Multiteatro, estoy adaptando un caso y me doy cuenta que los diálogos casi no requieren cambios, como que hubieran sido escritos para teatro. Sí puede haber algo un poco más duro, y que yo no me doy cuenta. Y que el que cuando lo lee no te das cuenta y cuando lo hablás sí.
Por ahí Malena, mi hija, cuando hacía de Majo, yo le tiraba el guión y ella me decía “Papá, ¿lo puedo decir distinto?, porque esta chica no lo diría así, no lo diría con las palabras que vos usaste, lo diría con estas otras”. Bueno, cada actor le pone lo suyo y esto porque guarda una cierta literalidad. Pero yo los pienso un poco así, los pienso como obras teatralizables.
-Ahi está tu talento como escritor teatral. Porque yo te digo, ninguna obra se sostiene si los diálogos no son muy buenos. Te doy un ejemplo, se acaba de dar una miniserie Secretos de un Matrimonio basada en la famosa película de Bergman. Son seis capítulos de dos tipos hablando de sus problemas matrimoniales y tenés que sostenerlo, ahí está el talento de los actores, de los guionistas. Ese es tu talento, en ese punto, si no, no se sostiene una serie.
-Bueno, ese es el intento. El intento es justamente que, sobre todo cuando vos tenés un guión donde no hay efectos especiales, donde no hay coches que se prenden, tiroteo de dos minutos y medio.
Hay una serie muy linda que se ha hecho en todos los países. Tenés que haberla visto. Se me fue el nombre ahora, pero probablemente te acuerdes que solamente se trata de alguien a quien se le está tomando declaración.
-En este momento no me acuerdo del nombre.
-Bueno, yo tampoco, pero fijate que está en Alemania, Francia, España. Es simplemente la persona que interroga a un sospechoso y es todo un diálogo así.
A mí me parece que esto genera una tensión. Porque mirá, si hay algo que los griegos descubrieron en su teatro es que las cosas son mucho más potentes cuando se cuentan que cuando se ven. El teatro griego empieza con la cosa que ya ha ocurrido y los personajes te cuentan qué pasó. Vos no ves cuando asesinaron al papá de Hamlet, sino que te lo cuentan. Ya se aparece el fantasma y Hamlet reconstruye la historia y cuenta lo que le hicieron al padre. Y esa narración es tanto más potente que si yo te lo mostrara. Parece que ahí es donde hay que ajustar el lápiz para tratar de ser un guionista efectivo.
- Claro, vos decís en un momento, al principio de Palabras Cruzadas, que todos tenemos un saber inconsciente. ¿Ahora, qué pasa si yo no me analizo? cómo hago para que ese saber inconsciente aflore alguna vez, necesariamente tengo que pasar por el diván o el análisis?
-Vas a tener que pasar por el análisis, porque lo que va a saber de eso que te habita en el inconsciente son sus consecuencias. Vas a decir “es la cuarta vez que me caso con una persona equivocada, es la cuarta vez que me caso con alguien que me termina ignorando, que me condena a una vida sin erotismo, o sea, lo que vas a ver es la consecuencia.
Vas a soñar y no vas a saber por qué, vas a cometer un acto fallido del tipo “no me explico cómo choqué, te juro que venía así y fue casi en un segundo”, vas a ver la manera en la que el inconsciente se te escapa. Algunos contenidos del inconsciente se captan bajo la forma de sueños, lapsus, actos fallidos, síntomas, chistes, repeticiones. Es la manera que tiene el inconsciente de mostrarse. Cuando vos podés trabajar en análisis y llegás a ese saber, dejás de repetir, dejás de ponerte en riesgo.
-¿Por qué algunos analistas usan el diván y otros no? A lo mejor están sentados todo el tiempo. Y te lo pregunto porque vos en varios de los casos, en los prolegómenos, te vas acercando al paciente y en un momento decís, “bueno, ya está para el diván”. Como que es una etapa que hay que pasar. Después explicás que el diván es una metáfora, ¿por qué no o por qué sí al diván?
-El diván es una técnica maravillosa, es una técnica que favorece la asociación libre, que es la regla fundamental del psicoanálisis, es el acuerdo que vos hace con el paciente. “Usted diga todo lo que se le venga a la mente, no seleccione, si le parece poco importante, dígalo igual, si le parece intrascendente, dígalo igual. Si le da vergüenza, diga lo que se le viene a la mente. Dígalo aunque le parezca que no tiene nada que ver con nada. Aunque sea uy me acordé que cuando venía para acá, venía un tipo con un perro. No sé porque te cuento esto”. No importa, decímelo si se te cruza.
Por ahí hace seis horas que estás atendiendo, y hacés algún movimiento
- Claro, como contracturado
-Sí, y el paciente te dice “claro, ya son las siete, hace mucho que estás atendiendo”. Listo, se fue de su discurso. Entonces, el diván favorece muchas cosas. El diván vuelve los silencios más tolerables y un silencio de dos minutos en un cara a cara en mucho más difícil de soportar para el paciente y también para el analista, más difícil de sostener. Bueno, hay un montón de cosas que se favorecen con el diván. A mí me gusta mucho trabajar con diván, pero es cierto que hay pacientes que requieren del cara a cara, funcionan bien con el cara a cara y entonces priorizás que ese análisis vaya avanzando y si no estás muy seguro de que el diván lo va a favorecer, conviene no alterarlo. ¿Por qué yo digo ya está para el diván? Porque ya se sacó un poco de encima la cotidianidad que traía, ya está para meterse en temas más históricos, más pausados. Y además me parece a mí que hay que respetar esto. Yo al menos respeto cuando a ciertos pacientes les va a costar un poco más la abstracción pura del diván y que por ahí necesitan el sostén de la mirada. Yo se los brindo. Y además porque bueno, en el comienzo es muy duro que el paciente me diga “hola diga qué tal. Mucho gusto, soy Andrés”. “Sí, qué tal Andrés? Acuéstese”. Vos pensá que, si bien Argentina es el lugar con más analistas per cápita del mundo y acá la cultura analítica es fuerte, no deja de ser. Si vos la mirás desde afuera, es una situación muy extraña. Decir yo me acuesto y hay un tipo que se sienta a mi espalda y le hablo, es un formato un poco raro. Entonces, a veces a algunos pacientes hay que darles el tiempo para que se relajen y puedan entrar al diván.
-Tengo muchísimas cosas más, porque tus libros dan para una infinidad de derivaciones, pero no quiero transgredir demasiado al tiempo que nos han impuesto y ser coherentes con el ciclo. Cierro con esto, cuando lanzaste Palabras Cruzadas, que el camino iba a ser un poco pasar del dolor a la verdad, que por supuesto implica encontrar esa verdad. En esta oportunidad estuviste más cauto. Hacia el final del libro decís, bueno, el psicoanálisis no lo puede curar todo. Vamos a conseguir algunas verdades y no todas. Y decís algo que tengo anotado, la palabra es abismo. Habitamos en la confusión, me parece tan realista que vos no me vendas el buzón de que vas a encontrar todo y toda la verdad y con toda la palabra clara. Habitamos en la confusión. ¿No, Gabriel? Y por eso creo que nos analizamos, hacemos este tipo de charlas, no?
Entonces es ese abismo donde te permitís transmitir algo sabiendo que en esa transmisión hay una pérdida. Que hay algo que es intransmisible. La palabra es confusión, porque justamente como las palabras no lo pueden decirlo todo, cada vez que decimos algo no deja de ser una metáfora. Y el otro decodifica lo que puede de la metáfora. ¿Cuántas veces alguien le dice a otro, “pero pará esto ya lo hablamos”? Sí claro, si ya lo hablamos, pero vos creías que me decías una cosa y yo entendí otra. O sea, la palabra es comunicación fallida. Es comunicación, por suerte, pero hay que saber que siempre es una comunicación fallida y que por eso nos mete en la confusión con los demás y en la confusión con nosotros mismos, que tenemos que traducir lo que nos pasa y entenderlo. Pensamos con palabras. Tenemos que entenderlo y pensarlo con palabras, que no alcanzan para dar realmente cuenta de lo que nos está pasando. Entonces nos confunde. Uno tiene que saber que como ser humano es maravilloso lo que nos pasa con la palabra dicha, porque nos permite ser la especie que somos. No existe ninguna otra especie que pueda hacer un acuerdo con alguien que está a diez mil kilómetros. Vayamos a los monos, que son los más cercanos, los más evolucionados. Imaginemos que todos los monos del universo se ponen de acuerdo en que el 1de mayo ninguno pela la banana porque es el día del mono trabajador.
- O traer palabras del pasado
-Exactamente, traer palabras del pasado, o planificar demasiado eventos del futuro. Bueno, la palabra nos abre un universo a la vez que nos deja ante una enorme imposibilidad. La leona sabe lo que el león espera en determinados momentos, cuando se miran. Nosotros no sabemos que es lo que el otro humano espera de nosotros. El famoso “qué pretende usted de mí?” como decía Isabel Sarli en una película, es una pregunta que nos pasa a todos. ¿Qué más necesitás de mí para ser feliz? ¿En qué te fallé? ¿No te dije esto? O al revés: “yo te pedí que hicieras algo y no lo hiciste”.
- Y cierro con esto para no ir más demasiado. No recuerdo la cita textual, pero me pareció brillante. Que a vos te sirve más la palabra fallida, el balbuceo, porque ahí se empieza a expresar toda la problemática del paciente. Cuando casi empieza a tartamudear. Ahí es donde te sirve más la palabra fallida que la que la fluida.
Si vos decís “me enojé con mi hermana” y al instante decís “¿qué estoy diciendo? Me enojé con mi hermano, si mi hermana ya murió” yo como analista te digo “pará, dijiste mi hermana, vamos a hablar de tu hermana”. Donde la palabra falla, donde balbucea, donde tartamudea, donde no aparece la palabra y viene el silencio, donde se genera la duda. Ahí es donde se abre un lugar para ese saber no sabido del inconsciente. El ¿entendés? Es lo que al psicoanálisis le interesa. El psicoanálisis es un mundo de palabras, pero no de cualquier palabra. Yo digo que es el mundo del basurero de la palabra, porque los analistas trabajamos con la palabra que el paciente quiere desechar. “No quise decir eso”. Bueno, dámelo, dámelo.

