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Fuguet ilumina la reedición de Missing: "Los escritores no nacen de cualquier lugar. La mayoría viene de familias extrañas"

El chileno Alberto Fuguet es periodista, escritor y cineasta. Ahora reeditó Missing, novela que publicó en 2009, sobre un desaparecido pero no por el régimen pinochetista

Entrevistar a Alberto Fuguet (Santiago de Chile, 1963) resulta tan atrapante como leer Missing, uno de sus títulos icónicos, ahora reeditado.

Tan atrapante, justamente, como toparse con el inclasificable tío Carlos, una persona de carne y hueso, pero que ya merece figurar, con derecho propio, entre los grandes perdedores -los losers- de la literatura universal.

Cuando Fuguet publicó esta novela en 2009, ya había consolidado su nombre en el firmamento de la literatura chilena y latinoamericana con Mala onda (1991), su visión de la dictadura chilena a través de ojos adolescentes.

Esta vez se dedicó a buscar a un "desaparecido", pero no por responsabilidad del régimen de Pinochet. Era un familiar, su tío Carlos, hermano de su padre Jaime, que, un buen día, con los Fuguet instalados en EEUU a la espera de "hacer la América", decidió huir del clan familiar.

Buscaba ser libre. A su manera. Y nadie de los suyos se dio por enterado. Le perdieron el rastro.

Hasta que le picó al bichito de la curiosidad al propio Alberto que inició una obsesiva investigación tras los pasos del pariente outsider, incómodo, tentado siempre por desviarse hacia los caminos incorrectos.

Missing hoy tiene más vigencia que años atrás. Porque la inmigración se ha vuelto un tema demasiado candente en el mundo, porque el sueño americano empieza a resquebrajarse y porque los fantasmas que rondaban tanto a Alberto como a Carlos siguen deambulando por ahí.

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Alberto Fuguet, escritor chileno. Autor de Missing.

Alberto Fuguet, escritor chileno. Autor de Missing.

Desde Valparaíso, antes de presentarse en la Feria del Libro de Viña del Mar, Fuguet habla, con campechana familiaridad, a corazón abierto, en un español muy chileno y muy argentino a la vez, con el programa La Conversación de Radio Nihuil, mientras suena Nebraska, de Springsteen, un disco que lo inspira.

-Hola, Alberto, ¿cómo estás?

-Hola, buenas tardes. Gracias por lo de Nebraska. Aquí estoy, en Valparaíso, porque me toca la Feria del Libro de Viña.

-En tu libro contás un episodio parecido, cuando andabas por Viña para una ceremonia parecida.

-No me acuerdo (risas). Yo no recuerdo nada de lo que escribo. Y no releo los libros, incluso cuando se reeditan. Hablo con el editor, ahora mi editora, y vemos algunas cosas.

-¿Y por qué eso?

-Porque me da un poco de vergüenza leerme en los libros antiguos.

-Missing apareció en 2009. ¿La idea de reeditarlo ahora fue tuya, fue de la editorial o fue en conjunto?

-De los tres, supongo. Pero, básicamente, de la editorial, porque uno siempre quiere que los libros se reediten o que sigan siendo editados.

-Enhorabuena, pues.

-Es loco, porque realmente muchas veces los libros antiguos son considerados, justamente, eso, antiguos, que ya tuvieron su vida. Y, de hecho, hoy presento Sudor, que es otra novela mía.

-Bien por el sello.

-Tusquets está editando todos los libros antiguos, entre medio que voy publicando libros nuevos. ¡Y está rebueno porque me doy cuenta de que todo libro es nuevo! Basta con que la portada sea distinta y con que a lo mejor alguien que nos esté escuchando no lo conozca, entonces le va a parecer un libro nuevo. El libro es nuevo desde el momento en que alguien abre la página.

-¿Cómo estás vos con relación a esta reedición porque, sobre el final del libro, en tu diálogo con Renato Cisneros, decís, al pasar, "me queda claro que aquel que escribió Missing ya no está interesado en lo mismo o ve las cosas de otro modo". ¿Has perdido el feeling con la historia?

-No con el libro. Con la historia sí.

-¿Qué pasó?

-Siento que ahora no saldría a buscar a mi tío. O no siento que yo tenga que salvar a alguien. No me corresponde ser detective. Ahora me interesa ser mucho más escritor que detective.

-Estás en otro proceso. Se entiende.

-También, una de las cosas que he aprendido con Missing, es que el libro puede afectar mucho más a alguien como ustedes o a un lector que nos esté escuchando por ahí.

-¿En qué sentido decís que nos puede afectar? ¿Por qué eso?

-Porque siento que todo el mundo tiene un tío, una tía, un primo, que es un pastel, que es una oveja negra. Toda familia tiene a esa persona que se perdió, que salió un desastre, por así decirlo, que nunca se encontró, que no tiene vínculos; que algo pasó, que esa es la persona que termina siendo como el lunar de la familia.

-El riesgo existe, está claro.

-Pero lo que sí, nunca esperé que el libro tuviera tan buena acogida con gente desconocida. Pensé que este era un trabajo más bien personal, que no le iba a interesar a nadie que no tuviera algún lazo morboso con mi familia, como unas primas, cosas así.

-Ya que lo decís, ¿qué pasó hacia adentro, en tu entorno familiar?

-Me doy cuenta, sin embargo, que el libro no cambió mucho a mi familia ni mucho a Carlos. Yo escribí este libro un poco para salvar a Carlos. Y me doy cuenta, con el tiempo, de que ni la literatura ni la música pueden salvar a alguien. Pero sí pueden salvar a los que la escuchan.

-Toda una conclusión.

-El libro ha afectado mucho más a gente desconocida que al propio Carlos. Eso es loco. Y, a la vez, no tiene nada de loco. Es lo normal. Los libros no están hechos para eso. Yo no soy terapeuta, no soy psiquiatra, no soy policía, por lo tanto, yo no podía salvar la vida de Carlos. Pero, sin embargo, este libro sí creo que ayuda a que otros se den cuenta cómo funcionan sus familias, cuánto tiene eso de estar perdido, qué significa estar encontrado.

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Alberto Fuguet está ahora en la Feria del Libro de Viña del Mar.

Alberto Fuguet está ahora en la Feria del Libro de Viña del Mar.

-Obviamente que es así. Es, entre otras cosas, lo que avala su reedición.

-Y hay una cosa que mucha gente me ha dicho del libro: que provoca algo como una especie de fantasía.

-¿Cuál?

-Del que ha tenido la idea o la fantasía de mandar todo al carajo y de perderse. Y mucha gente no lo ha hecho porque... bueno, el qué dirán es más fuerte, la culpa, el cómo me voy a escapar y a mi mamá nunca más le vamos a celebrar el cumpleaños.

-Cuántos sentimientos entremezclados, ¿no?

-Recuerdo a una chica que, en un aeropuerto, se me puso a llorar. Me contó que una vez estaba en un bus viajando hacia Argentina. Y cuando llegó a Los Andes, se bajó, llorando, porque se daba cuenta de que, si ella cruzaba, literalmente, la frontera, con destino final en Brasil o no sé dónde, iba a pasar un límite. Y se volvió.

-El momento limítrofe. Novelesco.

-Nunca nadie supo que ella estuvo durante cinco horas perdida. No se atrevió a seguir y volvió al marido y a los hijos y a su familia. Pero, durante cinco horas, esta chica, esta mujer, mandó todo al carajo y se fue. Pero no logró más que cinco horas. Está buena la historia.

-El asunto es que tu tío Carlos resulta un personaje extraordinario. Hay algunos como él que pertenecen como a los clásicos del existencialismo. Pero lo asombroso es que se trata de alguien real, no inventado. Y como vos has dicho que este libro es un poco, también, tu autobiografía, ¿cuánto tiene el personaje del propio Carlos y cuánto de Alberto Fuguet? Como si fuera un blend, ¿cuánto tiene de cabernet y cuánto de malbec?

-El libro está escrito de una manera rara, porque yo me fui dando cuenta de que mi obsesión era superior al grado de complejidad literaria de Carlos.

-¿Cómo es él al respecto?

-Básicamente, Carlos es un tipo que tomó alguna decisión incorrecta. Es verdad que, al estar rodeado del mito americano, se le daba esto de estar en Arizona. Pero me acuerdo que, estando en Colorado, en Denver, con él, para entrevistarlo, yo pensaba que con esa entrevista ya tenía el libro y un material increíble.

-Y no. Contás esto con mucho detalle.

-Es que, ante la pregunta más dura, que a mí me costó decírsela, la respuesta fue tan básica que se vino el libro abajo.

-Esa pregunta es la que le da sustento al libro.

-Yo siempre le pregunté: ¿en qué momento te perdiste? Y él me dijo: yo nunca me he perdido, yo siempre sé dónde estoy yo.

-Te levantó una pared. No te dejaba ir más allá.

-Era claro que él lo entendía como si yo le estuviera preguntando a un niño pequeño ¿en qué momento te perdiste en el Parque Arauco? Bueno, fue cuando me fui al baño y después había mucha gente... podría ser la respuesta.

-No cuadraba.

-Carlos no sentía, con toda razón, quizás, que él era un personaje y que lo que él había hecho, no sé si era malo, pero sí había provocado grandes conflictos y, en mi caso, una verdadera obsesión.

-Fue tu primer baño de realidad sobre esta obsesión.

-Claro. Al conocer a Carlos cara a cara, era bastante más aburrido y no tan sexy, por ponerle un nombre. Entonces, en ese sentido, la parte que gusta más del libro, donde él habla y cuenta su vida en su propia voz, yo te diría que es 85% malbec.

-Tal cual.

-Pero siguiendo ciertos puntos, como decir, por ejemplo, en este momento yo dejé Chile, en este momento llegué a Estados Unidos, en este momento fui reclutado por el Ejército, me di cuenta de que Carlos era capaz de contarme su historia sin emociones.

-Con un evidente distanciamiento.

-Me decía: yo a los diecinueve hice esto, a los veintitrés hice esto otro, a los veintiséis fui preso, después me fui al estado de Colorado, me fui al estado de Nevada. Usando esos puntos, fui imaginándome que, si yo fuera Carlos, ¿por qué haría las cosas que él hizo?

-Había que encarnar el personaje.

-¿Qué se siente estar en el ejército? ¿Qué se siente estar lejos de todos? ¿Qué se siente blablablá? Fue eso, inventé un personaje un poco como hacen en las películas, ¿no? Es cuando dicen este personaje está basado en un hecho real. Pero yo le puse la emoción.

-Lo que pasa es que, a los losers, a los perdedores, los envuelve una gran fascinación, producen empatía humana.

-Todos tenemos algo de eso.

-Por algo ahí están Chaplin, Buster Keaton, Woody Allen, esos personajes que enamoran.

-Y la gente muy triunfadora da un poco de asco y de miedo. Da temor identificarse, empatizar, con alguien que es millonario, poderoso y todo lo ha hecho bien. Pero yo creo que el libro funciona más en la medida en que hay identificación y empatía. Digamos, capaz que tú tienes algo de Carlos y ves cosas tuyas ahí, cosas así. Es cuando se produce un poco la empatía.

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Alberto dio detalles de la historia de su tío Carlos.

Alberto dio detalles de la historia de su tío Carlos.

-Uno empatiza con él, ok, pero se sigue su historia con el corazón en la boca, porque una vez que entra en la senda torcida jamás deja de meter la pata: huye, roba, se engancha con mujeres como Suzette, que sabés de entrada que lo va a joder. Una infinita sucesión de calamidades hasta que lo encontrás pelado, venido a menos, gordo y petiso como un Mickey Rooney viejo.

-(Ríe) Tal cual, tal cual. Sí, pero recuerda que él no se daba cuenta de lo que estaba haciendo. La gracia, primero, del escritor y de las novelas es que uno trabaja con el tiempo y con la distancia. Pero toda persona, tanto tú como yo, no sabemos exactamente si las decisiones que uno hizo han sido correctas o no.

-Él lo sabe menos que nadie, se ve.

-Pero, al incluirlo en una narrativa, uno dice: che, ¿cómo te podés meter con Suzette? ¡Alejate de esa loca!

-¡A los dos minutos te lo decís!

-Sí. Ahora, creo que en la vida real el verdadero error de Carlos fue haberse ido a Estados Unidos.

-¿Contaba con margen para no ir?

-Él ya tenía dieciocho años cuando sus padres decidieron a emigrar. Pudo haber dicho que les vaya muy bien y mándenme postales.

-No fue tu caso.

-Exacto. Yo, con el tiempo y con terapia, me doy cuenta de que a mí me secuestraron (sonríe). Yo vine de vacaciones y me dejaron acá sin permiso. Eso sucedió. No sé, si yo hubiera estado en otro momento, era como para llamar a la policía y acusarlos de maltrato infantil.

-No te dejaron alternativa.

-Uno no puede ir de vacaciones y cambiar de idioma, de continente, de todo. Pero Carlos, sí. Claro, a los dieciocho años uno no es tan mayor. Pero supongo que le fascinó la idea de ir a Estados Unidos. Y supongo, también, que las familias, en esa época, en los sesenta, eran mucho más duras que las de ahora.

-Eso es seguro.

-Y supongo que debe haber dicho, ¿cómo me voy a quedar solo yo si, de hecho, toda mi familia se va? Pero yo quería dejar claro, ahora que el tema está mucho más en el tapete con toda la cuestión de Venezuela, por lo menos acá en Chile, que la inmigración es algo complicado; que la inmigración es para gente fuerte; y que la inmigración te puede remecer.

-Hay miles de anécdotas al respecto.

-La metáfora de la planta, ¿no? Al perder tus raíces no es tan fácil volver a crecer de la manera como cuando estabas plantado en otra parte.

-Cuando vos publicaste Missing, la inmigración era un tema importante, pero no estaba tan candente ni tan globalizada la situación como hoy. Basta ver lo que está ocurriendo en EE.UU., en Europa y hasta en tu país con los venezolanos. En ese sentido, tu libro funcionó como una especie de crónica de anticipación.

-Me gustaría pensar que sí. Claro, yo sentía que era una de las pocas personas para las que el tema de la inmigración resulta un tema; porque yo me sentía un inmigrante y mi familia había sido inmigrante. Pero hoy me doy cuenta de que casi todo el mundo conoce a inmigrantes y, como dices tú, mucha gente ahora es inmigrante no político.

-Se amplió el arco de la problemática inmigratoria.

-Es distinto. Si bien lo de los venezolanos uno podría decir que responde a un motivo político, yo creo que no tanto. O sea, claramente están escapando de algo que no les gusta. Pero también es la idea del sueño. En este caso sería el sueño chileno.

-Curioso. Mirar hacia acá.

-Mi familia se pudo haber quedado en Chile, porque estaban mal, pero tampoco tan mal. Bueno, en Argentina hay muchísima gente que se va a Europa buscando ese nuevo sueño, como si dijera esto no resultó, entonces a lo mejor España me puede dar lo que yo busco; o Estados Unidos o Chile me pueden dar este sueño chileno, este sueño español.

-Se invirtieron los papeles.

-En este caso, se trata del lado oscuro del sueño americano de Carlos. Es verdad que anda en auto, que usa jeans y que marcha por estas carreteras como la Ruta 66. Pero obviamente le salió el tiro un poco por la culata. Sería raro transformar a Carlos en alguien al que le resultó el sueño.

-En su periplo, el tipo se mete en moteles de baja estofa, pasa por lugares horribles, tiene malas juntas, pero, en un momento, cuando recala en Miami, empieza a tener un montón de cargos ejecutivos, además de tocar música en diversos locales. Uno se pregunta lo mismo que vos en el libro. ¿Cómo no hizo plata? ¿Cómo no guardó una moneda en el banco? ¿Cómo estaba tan pobre cuando lo encontraste?

-Ahora está peor.

-¿Peor!

-Bueno... no peor, pero... el libro no le cambió la vida para nada, digamos. Es como si tú y yo tenemos un amigo que está mal y tratamos de ayudarlo. Al final, uno no puede hacer mucho porque cada uno forja su destino.

-¿Y por qué no juntó dinero?

-Porque gastaba mucho, nomás. O porque vivía el día a día. O es esa típica persona que tiene veinticinco o treinta y ve a un grupo de ancianos y dice: esta gente no tiene nada que ver conmigo; yo nunca voy a tener setenta, nunca voy a tener ochenta. Digamos, si yo ahora puedo ir a comer pizzas o ir de vacaciones a Viña y pasarla bien, ¿por qué no?

-Vivir siempre al sobre el filo.

-Pero de verdad no era tanto un problema económico. Yo creo que se sentía muy, muy, muy, muy empoderado siendo un vagabundo. Es algo que respeto de Carlos.

-¿Un vagabundo?

-No un vagabundo, pero sí un errante. Como un nómade. ¿Para qué necesito una casa de dos pisos con jardín si puedo tener una cama en un hotel y hay gente distinta? Mis vecinos van a cambiar todos los días. Hay algo sexy en eso. Y hay una tradición al respecto.

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Interesantes definiciones dejó Alberto Fuguet en la entrevista con Radio Nihuil.

Interesantes definiciones dejó Alberto Fuguet en la entrevista con Radio Nihuil.

-Pero cuando vos lo encontrás ya viejo, gordo, pelado, en un hotelucho...

-Ojo, yo no lo encontré tan viejo hace veinte años. Lo encontré como de sesenta, que es como lo que tengo yo ahora.

-Pero hay un momento posterior en que lo ves de vuelta y él está en los fondos de un albergue que regenteaba, viviendo ni siquiera en una habitación sino en un garaje, embutido en unos calzoncillos no muy limpios, llena la cocina de trastos sin lavar... Es uno de los tramos más atroces del libro.

-Y... no sé, qué querés que te diga. Ahora, a él no le parecía tan atroz.

-Por eso mismo llama la atención.

-Pero eso es muy americano también. Creo que cada vez América Latina se está volviendo más americana en el sentido de que, si nadie te mira, yo uso los calzoncillos que quiero, ¿me explico? Y además hay algo de libertad en el andar vagando.

-Se entiende. Por eso huye.

-Y obviamente esto viene como de la novela picaresca, la idea de que nadie te conozca, de estar mochileando, vagando por cualquier parte del mundo, viviendo con desconocidos, en cada lugar un amor o lo que sea.

-Sí, va con el personaje.

-Eso. Ahí dependía del hotel. Ahora está viviendo cerca de la frontera con Nevada, en una ciudad pequeña, desértica, donde la gente pasa al baño, va a comprar comida rumbo a Las Vegas. Es decir, es el lugar donde se pasa a ponerle nafta al auto. Otra vez, el lugar que eligió es un lugar de paso. ¿Por qué alguien viviría en un lugar así?

-Mucha de la acción de tu libro se centra en Las Vegas, precisamente, adonde van y vienen en distintas oportunidades. Y, en definitiva, vos terminás diciendo que Las Vegas, vista de día, es deprimente.

-A mí me parece que es una pesadilla, sí, sí, sí. Y, sobre todo, todo el mundo está preocupado por la plata. Pero casi nadie gana. Si todo el mundo ganara, estaría todo bien. Si tú y yo viviéramos en Las Vegas y todos los días nos forráramos en millones de dólares, estaría genial. Pero en Las Vegas todo está hecho para que nadie gane, sino no podría funcionar (sonríe).

-Ni se discute.

-Carlos, supongo, es un perdedor. Pero hizo la vida, como dice Paul Anka, a su manera. También tuvo muchas cosas positivas. O sea, es verdad que Carlos falló en muchas cosas, pero hizo algunas cosas bastante bien.

-¿Como qué?

-No tuvo hijos, no los dejó abandonados.

-No tuvo hijos porque no podía.

-Eso no me consta, pero es lo que yo creo, sí. Pero a lo que me refiero es que Carlos vivió su vida como él quiso vivirla. Y tampoco le pedía mucho. Para él, poder ir a comerse unos huevos fritos era un éxito.

-Se nota, paso a paso.

-Lo que sí yo respeto de Carlos es que tuvo una vida no burguesa. Hay gente que no quiere una vida burguesa, que no necesita ir a un colegio, que no necesita tomar, celebrar los cumpleaños de la nona. A él le gustaba tocar en bares. Es una vida errante.

-Pero hay que bancarse esa vida, porque en algún momento parece un homeless. Vos lo decís claramente. No te hubieras bancado esa manera de vivir.

-No, no, no, pará. Ni tampoco me hubiera permitido escribir viviendo esa vida, no. Y el no tener dientes te va degradando. Pero no por el qué dirán, sino porque no tener dientes te va doliendo, te va dañando la salud y todo eso.

-Durante todos los capítulos vas reflexionando sobre el contenido y el carácter de tu escritura. Hay una cita, entre tantas, que define muy bien el espíritu de este trabajo. Es cuando decís "no quería que fuera el corazón de un libro oscuro acerca de alguien que deambuló demasiado tiempo por la orilla oscura y quedó marcado por la sombra y las cicatrices". Excelente pintura.

-¡Mirá vos! No recordaba eso. Está bueno hablar de libros antiguos (risas).

-¿Viste? Para eso estamos.

-Me alegro que el libro esté nuevo. Me tiene recontento. Y es lo que venía diciendo. Toda familia tiene a alguien que no se sintió acogido o, mejor dicho, toda familia tiene a alguien que expulsa. Aquí se puede ver qué es primero, el huevo o la gallina. Es complicado.

-Y nunca resuelto.

-Lo que sí me acuerdo es que a mucha gente le llamó la atención que yo me atreviera a escribir de la familia. Pero cuando yo me di cuenta de que toda familia tiene problemas, me di cuenta también de que no era tan raro hacerlo.

-El libro está plagado, justamente, de alusiones sobre las disfuncionalidades de la familia, tanto de tu parte como de Carlos. Muy cerca del principio, al explicar porqué te vas a meter en esto, te preguntás: "¿Acaso ingresar a una familia no implica hacerse cargo de todo lo que esa familia supura?". Es fuerte el verbo supurar.

-Tal cual (ríe). Lo que sí tengo claro es algo que yo veo con mis alumnos a veces. Mi impresión es que las familias que producen artistas y, sobre todo escritores, son familias que supuran.

-¿Qué quiere decir?

-Que es gente un poco enferma. Quizás no la más enferma del mundo. Pero claramente los escritores no nacen de cualquier lugar. Y la mayoría de los escritores nacen de familias extrañas y de familias que no han hablado. Entonces, básicamente, la labor del escritor -y en este libro en particular- es contar esa historia.

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Reflexión de Fuguet: "La mayoría de los escritores nacen de familias extrañas y de familias que no han hablado".

Reflexión de Fuguet: "La mayoría de los escritores nacen de familias extrañas y de familias que no han hablado".

-Llenar un vacío.

-Las familias que hablan y se gritan en los almuerzos dominicales a lo mejor no producen tantos escritores, porque se cuentan todo.

-¿Y cuál fue tu disparador en particular?

-Una de las cosas que más me llamaba la atención quizás no era tanto Carlos, que optó por una vida no convencional, sino que a nadie le importaba buscarlo. Eso fue lo más extraño de la historia de Missing.

-Una poderosa duda, motivante.

-Sobre todo viniendo de países como Chile o Argentina donde las madres de los detenidos desaparecidos han dado sus vidas por saber qué pasó con su hijo. En mi familia no era tema, ¿cachai? Como si dijeran este Carlos debe estar muerto o debe andar por ahí.

-El corazón del libro es el capítulo VIII, donde Carlos se explaya con todo un monólogo transcripto como en forma de poema. Notable la simpleza y la claridad de cada idea.

-Ya. Sí.

-Hay otro párrafo fuerte sobe la familia. Dice: "una familia te ata,/ te vigila,/ opina/ te obliga incluso a pedir permiso,/ si te matas, sufrirán,/ si vas, preso sufrirán,/ si no tienes hijos, sufrirán,/ las familias no saben otra cosa que sufrir,/ es la manera que tienen para de vez en cuando/ parar la angustia y creer que son felices".

-Yo creo que eso es miedo, para qué te voy a mentir. Pero no porque yo sea un genio.

-¿Por qué, entonces?

-Primero, es un problema literario. Yo ya estaba metido en esto. Me fui a verlo a Estados Unidos, gasté dinero y blablablá. Pero más que nada yo percibía que esto no me funcionaba porque Carlos no daba para el libro, daba más bien para un artículo donde contar esta anécdota de la que estamos hablando: yo tuve un tío que se perdió y nadie lo buscó. Está buena la historia. Pero no había más.

-¿Qué vuelta le fuiste encontrando?

-El verdadero problema de Carlos es que no es escritor. Quizás no piensa estas cosas y no tiene estas reflexiones. Por ejemplo, yo le preguntaba ¿por qué no volviste a contactar con la familia? Porque nunca me buscaron, respondía, como un niño chico. Él no iba a aparecer hasta que ellos no lo buscaran. Y los otros no lo iban a buscar hasta que el otro no apareciera.

-Un perfecto círculo vicioso.

-Y el libro también se hace cargo de ciertos secretos, como que no todos los hijos son queridos, no todos los hijos quieren a los padres.

-¿Pero dónde había una línea de afectos positiva?

-Creo que la historia de amor ahí era entre mi abuela y mi abuelo. Mi abuelo odiaba a Carlos. Y para mi abuela era muy importante mantener el recuerdo de su marido.

-Fue una relación muy particular.

-Por ejemplo, en el caso de la mayoría de la gente que nos está escuchando, se trata de comer pizza napolitana el domingo, regar el magnolio, etcétera. Pero el caso de mi abuela era mantener los odios de mi abuelo (ríe).

-Fue muy consecuente en eso.

-A mi abuela yo le decía, Yayi, vete a Chile, allí hablas español. Ella no sabía inglés. Allá todavía tienes amigas o te harías de amigas nuevas. En Chile no hay que depender tanto del auto y blablablá.

-Y ella, nada.

-Mi abuela respondía: "No, no y no. Mi marido me pidió que nunca lo abandonara, que estuviera cerca y que me enterraran al lado de su tumba”.

-Pero al final se dio.

-Dicho eso, las cosas cambian y mi abuela se vino a Chile. La trajeron porque estaba con demencia senil y murió en Chile. Ahora está enterrada en el Cementerio General, a millones de kilómetros de donde está mi abuelo. Son unas lealtades raras, ¿no?

-Todo un material para escribir, convengamos.

-Sí. Ahora, cada vez me doy cuenta de que lo que yo necesito para escribir, ya sea ficción o no ficción, es gente, no rara, pero sí lo distinto. A mí no me sirve una madre cariñosa que esté dispuesta a morir con tal de encontrar a su hijo. Eso es algo que tú me puedes contar con un café y yo te digo ¡ah, increíble la señora Sara!

-Está claro, eso a vos no te pasó.

-A mí me parece que es más divertido contarte lo contrario. Mi abuela no hizo nada por buscar a su hijo. Y eso no implica que era mala. Mi abuela era encantadora, pero su reacción era algo así: Carlos se fugó. Bueno, ¡se fugó! ¿Quién soy yo para ir a buscarlo?

-Convengamos que, en líneas generales, las historias felices no sirven para hacer películas ni tangos ni rancheras. Eso lo sabés bien vos, como cineasta.

-¡Claro. Exactamente. ¡Imaginate un tango de pura felicidad! Eso es un jingle de champú (risas).

-Hablando de gente particular, decís que tu abuelo odiaba a su hijo Carlos. Pero, a su vez, vos odiás a tu abuelo Jaime Pedro Fuguet Jover. Seguís guardando un profundo rencor hacia él, como queda testimoniado en el libro.

-No. Es más bien desprecio. Desprecio. Y si nos está escuchando, ¡que se vaya a la mierda! (risas). Pero me parece que es un boludo. Es un boludo. Es un tipo que se hacía el uruguayo y no lo era.

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Alberto Fuguet, escritor y cineasta chileno.

Alberto Fuguet, escritor y cineasta chileno.

-Hablás bastante de él. ¿Qué era, en definitiva?

-Me parece que mi abuelo, más que nada, era un loser, muy paranoico. ¿Odiarme a mí, que tenía dos años, cuatro años? Después, la última vez que lo vi, dieciocho, era un poco mayor. Sí, me parece un boludo. Ahí no tengo problema en decirlo. Pero no es rabia. Es, simplemente, ser escritor.

-No has dejado ninguna duda al respecto.

-Es como si yo te dijera que esta persona es gorda. Sí, es gorda. ¿Qué querés que te diga? ¿Que te mienta?

-Igual hay que saber sobrellevar la carga.

-Yo no te voy a decir que mi abuela es una gran persona. Eso a mí no me hace mejor ni peor persona. Pero sí creo que me libera. Mucha gente odia, ¡odia a algunos de sus parientes! Uno tiene el derecho. Es verdad que somos parientes sanguíneos. Pero la sangre no es tan importante. O sea, tú ya me caes mucho mejor que mi abuelo (risas).

-Decías hace un rato que sentiste que fue como una especie de secuestro cuando tus padres te llevaron a Estados Unidos. ¿De qué manera afectó tu vida y por qué decidiste volver? ¿Hubiera sido mejor no salir de Chile?

-No lo sé. Pero sí sé que no estaría ahora hablando contigo. Si yo me hubiera quedado en Estados Unidos y nunca hubiera aprendido español, no sería escritor, en primer lugar. Y estaría solo hablando en inglés.

-¿Pero podrías haber tenido una vida más feliz?

-Capaz que sí. Ponele, como dicen los argentinos. Creo, sí, que no hubiera sido un intelectual. Hubiera sido alguien más parecido a Carlos. Ese fue uno de los motivos por los que mi mamá nos quiso traer a toda costa.

-Intuía las acechanzas de la vida americana, ¿no?

-Ella tenía esta fantasía de que Estados Unidos podía devorar a sus hijos.

-¿Por qué?

-Como que en Estados Unidos hay demasiada libertad y uno puede terminar haciendo lo que uno quiere.

-¿Y es así, según vos, que conociste esa realidad de cerca?

-Es verdad que en Estados Unidos hay menos represión. Mucho de lo que ocurre en América Latina funciona más, no solo con cariño, sino con también represión.

-Te obliga.

-No me da. No puedo no ir a ver a mi madre. Más que porque quiero ir a ver a mi madre. O sea, que el Día de la Madre hay que celebrarla.

-Sí o sí.

-Mucha gente la pasa muy mal porque hay que ir a ver a la vieja.

-O juntarse en Navidad.

-Claro. O no puedo irme a ir a otro país o a otra ciudad porque, ¡cómo voy a dejar sola a la vieja! Carlos, en ese sentido, nunca pensó así, digamos.

-Resulta curioso que en la larga charla con que cierra esta nueva edición de Missing, ninguno de los dos mencione el prólogo de Mario Vargas Llosa, porque vos tenías un gran afecto y un gran respeto por él.

-Ah, sí, sí, sí, sí. Pero fue porque el prólogo se puso después. Y realmente no es un prólogo como tal. Fue un artículo que él escribió en El País de España cuando salió el libro.

-Pero funciona muy bien como prólogo.

-Por supuesto. Me gusta la mirada que tiene Vargas Llosa. De alguna manera, evoca su propio secreto de sueño americano. Cuenta, por ejemplo, que su papá al final terminó viviendo curiosamente en la misma ciudad de Los Ángeles.

-Vos has dicho que Missing permite hablar de los que emigraron sin una motivación política, lo cual hace que tengan mucho menos prensa. Pero al pegar el título de la novela a la película de 1982 del mismo nombre, que es sobre desaparecidos por la dictadura de Pinochet, ¿no se mezclan las cosa? ¿No resulta medio paradójico que sean dos Missing distintos?

-Sí, sí. Sin duda. Es muy bueno lo que tú me dices. Yo justamente le puse Missing porque era una película sobre de Estados Unidos y sobre Chile. Sobre todo, tiene que ver con eso, que a mí me sorprendía mucho; que, viniendo de Chile, con la imagen de la gente que busca su a sus desaparecidos, aquí, en mi familia nadie los buscaba.

-Son destinos que se cruzan de distinta manera.

-A mí me gusta mucho la película de Costa-Gavras. Es como meterle una capa política por otro lado al libro. Pero no es la típica novela sobre detenidos desaparecidos ni mucho menos. También sirve explicar que hay otro tipo de inmigración y hay otra forma de perderse, ¿no?

-Llegó la hora de despedirnos.

-Ha sido un gusto. Yo me siento muy cercano a Argentina y a la tradición argentina. Y nada. Ahora saco un libro en unos tres o cuatro meses, que se llama Ushuaia.

-¡El momento ideal para retomar esta estupenda charla!

-Ojalá. Y además lo loco es que se trata de un personaje que también inmigra. Pero reconozco que no conocía esa ciudad. Nunca la había escuchado ni mencionar.

-¿Y qué pasó?

-Cuando supe de ella, terminé yendo a conocerla y estuve también como tres semanas en San Luis. Mi libro tiene que ver con San Luis y con el mundo puntano.

-Se nos acabó el tiempo, lamentablemente. En otra ocasión hablaremos de tu crónica sobre Gustavo Escanlar, que acabamos de conocer por aquí.

-Gustavo también es una especie de loser, freak, maldito. Pero más bien desde el punto de vista artístico. Alguien que se perdió. Se perdió tanto que falleció muy joven, ¿no?

-Te gustan estos tipos, Alberto.

-Supongo que sí. Yo tenía algo de eso. Era lo que iba a ser si no hubiera encontrado los libros. Y para terminar, creo que el mayor error de Gustavo Escanlar fue no irse de Uruguay.

-Vos te fuiste y volviste. Un gran abrazo y hasta la próxima.

-Felicitaciones por el espacio y por la radio. Es increíble que la radio tenga un programa de literatura los sábados, que se puede escuchar anda a saber tú dónde. Así era la radio antiguamente y capaz que ahí aparezcan lectores nuevos. Me parece rebonito.

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