Primero, el infierno de Florencia Di Marco fue un triángulo. En los suburbios de Palmira, en una zona ya casi rural. La hipotenusa era el carril Chimbas, donde el Chimbas todavía es casi una calle y donde estaba la casa donde vivía con su madre, Carina Di Marco, su padrastro, Lucas Gómez, y sus dos hermanitos.Uno de los catetos era la ruta 50. Sobre el lateral norte de la ruta, apenas 50 metros al oeste del cruce con el Chimbas, estaba el negocio familiar que atendía Lucas Gómez, que era de su padre. Un quiosco hecho de madera, modesto pero surtido que tenía un elemento de atracción clave: vendía café caliente y tortitas, y era el primer punto, viniendo desde San Martín, donde se ofrecía ese desayuno urgente especialmente a los que se ganan la vida recorriendo las calles, desde repartidores hasta policías. "Era un hombre conocido, porque todos parábamos ahí", contó hoy uno de los clientes de ayer. "Era simpático, agradable. Ahora uno ve las imágenes de él en el diario y lo puede ver como un abusador, pero en ese momento jamás nos imaginamos algo así".El otro cateto es la Variante, uniendo los otros dos caminos en diagonal. En aquel ángulo formado por la Variante y la ruta 50 está en barrio Cervantes. Y en el barrio Cervantes está la Escuela 1-162 Florentino Ameghino. Al igual que su paisaje, es una mezcla de escuela urbana y rural, y sus alumnos y maestras también lo son.Ahora a Florencia la recuerda como una niña más bien tímida, retraída, que sólo se relacionaba con sus compañeritos pero que casi no hablaba con los adultos, por más que fueran vecinos de confianza.Ahora, cuando ya el infierno de Florencia es replicado por los medios, la mayoría asocia las actitudes de la niña como síntomas de abuso. Pero antes de eso apenas la veían como tímida, apocada, reservada.Además, la vida de Florencia, aparte de ese territorio triangular, también se desarrollaba en La Colonia, donde vivía y vive la familia de Carina Di Marco, la madre.Los Di Marco son una familia grande y amable. Carina tiene 13 hermanos y la mayoría viven en las inmediaciones de Bolivia y Vignay, un área de ese conglomerado urbano juninense apretado contra las vías del tren. Las viviendas de los Di Marco conforman casi otra barriada dentro del barrio. Allí, entre tantos tíos y primos, quizás se haya desarrollado la parte más feliz, posiblemente la única de la vida de Florencia.Pero la vida de Florencia, la vida de su madre, Carina, y su padrastro Lucas Gómez, no habían despertado el interés ni la curiosidad de casi nadie. Sus nombres no figuran en denuncias ni causa judicial alguna. Sólo hubo una circunstancia que generó revuelo y que cambiaría la vida de la familia. En marzo del año pasado el padre de Lucas Gómez se suicidó. Se disparó. Aquel episodio mereció la intervención judicial, que se cerró con la confirmación de que se trató de un suicidio, a pesar que ahora nadie sabe explicar los motivos que llevaron al hombre a tomar esa decisión.Esa muerte derivó en crisis financiera. Lucas no quería seguir con el quiosco donde vendía café. Entonces decidieron un cambio. Uno de los 13 hermanos de Carina, radicado en San Luis, le propuso a Lucas mudarse allí ya que había más posibilidades laborales. Una era llevar mercadería de Mendoza hacia allá y venderla en forma directa.Fue así que para mayo pusieron en alquiler su propiedad en Palmira y con ese dinero a su vez alquilaron algo en San Luis y se mudaron.La familia viajó algunas veces a Mendoza, pero el lugar de referencia aquí era La Colonia.Y el infierno para Florencia seguía existiendo, pero ahora en otra geografía, pero cada vez más salvaje y más cruel. Hasta que llegó la muerte.Advertencias que se hundieron en el silencioAhora, cuando la jueza puntana Virginia Palacios deja asentado en el expediente que "se conocía abiertamente" que Florencia Di Marco era víctima de abusos, los reproches se concentran en las personas que tenían contacto con la niña y no alertaron judicialmente sobre lo que ocurría. Y si el entorno lo sospechaba, es imposible suponer que su madre lo ignoraba.Por esto, la magistrada dispuso esta semana la detención e imputación de Carina Di Marco por el delito de "abuso sexual con acceso carnal agravado, por su calidad de progenitora, respecto de la víctima, por su condición de guardadora y por mediar la condición de convivencia preexistente".Palacios ha dicho claramente: "Me resulta inentendible que la madre, por los signos detectados, no haya sabido de ellos (los abusos)"; y agregó que "Carina tenía pleno conocimiento de lo que pasaba".En la escuela Ameghino esta semana el clima era de mucha tensión, de preocupación y de silencio hacia afuera. La actual directora del establecimiento, Sonia Poblete, que ocupa ese cargo recientemente y no lo ejercía cuando Florencia era alumna de esa escuela, recibió varias veces la visita de personal de Supervisión de la DGE y se reunieron allí con las docentes que en algún momento fueron maestras de la niña.Para la jueza Palacios está claro que al menos dos docentes se reunieron en algún momento con Carina Di Marco y le advirtieron de que Florencia tenía conductas que indicaban que podía ser víctima de abuso y que la mujer sólo les dijo: "Mi hija miente, porque no quiere venir a la escuela".Lo que aún no está claro es si Florencia les contó en forma directa a sus maestras de los abusos que sufría o si se trató de signos y versiones de compañeritos que les hicieron presumir a las maestras que esto estaba ocurriendo.A los efectos judiciales, sí está claro que en la Oficina Fiscal de Palmira con jurisdicción en esa zona no hay denuncia alguna de abuso y violencia intrafamiliar.Tampoco alertas de ningún tipo hechas por los parientes de la niña, abuelos o tíos, pese a que ahora algunos de ellos han indicado que Carina le solía decir "prostituta" a su hija y que sabían que la nena era obligada a meterse en el baño cuando su padrastro se bañaba.
Radiografía de la familia que se mudó de la zona Este a San Luis, y que en las últimas semanas ha sido noticia por la detención de los adultos, acusados del crimen y de los abusos sexuales a la menor




