La historia de esta panadería atraviesa un siglo y medio de la identidad argentina. Fundado en 1875 por Ángel Lucca, un inmigrante italiano, este establecimiento, bajo el nombre Lucca, ha logrado lo que pocos han podido en un país de economía cambiante.
Permanecer abierto ininterrumpidamente durante más de 148 años no es para cualquiera, pero esta fue una de las pocas panaderías que lo logró. ¿Quién se hubiera imaginado que un simple lugar que vende pan y algunas facturas sobreviviría a tanta historia?
La historia de la panadería más antigua de Argentina
Desde su fundación bajo la presidencia de Nicolás Avellaneda, la panadería Lucca ha sido testigo silencioso de hitos mundiales y muy importantes, tal como las dos guerras mundiales, el auge y caída de modelos económicos, el "Rodrigazo", la hiperinflación de los 80 y la crisis del 2001. A pesar de todo, sus hornos nunca se apagaron y los panes jamás dejaron de amasarse.
De hecho, según cuenta la historia, el propio Bartolomé Mitre, mientras cumplía arresto en el Cabildo de Luján tras la revolución de 1874, recibía el pan amasado por las manos de Don Ángel, dueño de la resiliente panadería.
Además, la panadería aún conserva el legado de los panaderos anarquistas de principios del siglo XX, que acostumbraban a llamar a las personas u objetos con apodos y fueron quienes bautizaron las facturas que conocemos hoy en día con nombres irónicos como "vigilantes", "cañoncitos" o incluso "bolas de fraile" para desafiar a las instituciones.
Lucca, el dueño de la antigua panadería, supo adaptar su producción al paso del tiempo sin perder la esencia artesanal, el toque de un gusto que pocas personas logran hacer sentir en el paladar de personas que han vivido épocas distintas.
Si bien hoy en día, cualquier panadería suele hacer todo tipo de producciones que rozan entre lo artesanal y lo casero, ya sea tortas, pastas, panes, sanguches y miles de otras cosas, Lucca durante los primeros 65 años se dedicó exclusivamente al pan, las galletas y los tallarines.
Recién en las décadas de los 40 y 50 incorporaron las facturas y, mucho más tarde, en los años 80, principios de los 90, los sándwiches de miga.
Hoy, la cuarta y quinta generación lideran un equipo de casi 40 personas a su cargo para prender los hornos a las cuatro de la mañana. Su secreto para perdurar en el tiempo no es una fórmula mágica, sino el hecho de poder adaptarse para revolucionar recetas y mejorarlas. ¿Quién le diría que no a unas facturitas o a un pan recién hecho con miles de años siendo la panadería con más historia del barrio?





