En 1996, María Eugenia tenía apenas 19 años y un hijo pequeño. Su vida era difícil, como puede serlo la de una adolescente que se enfrenta a la responsabilidad de maternar. Trabajaba en un jardín de infantes, tenía una familia con la que compartía la crianza de su hijito de dos años.

Por esas épocas, conoció a quien sería su captor durante 23 años de su vida: Oscar Racco, un hombre que se desempeñaba como mecánico y, según ella misma lo describió, "parecía normal".

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Parecía, pero no lo era. Desde el día que Racco entró en su realidad, toda su existencia se volvió una pesadilla, de la que pudo despertar en 2019, cuando logró escapar con lo puesto, desorientada y sin tener idea de dónde y cómo estaba su familia.

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Cómo María Eugenia pudo escapar y cómo superó la historia de horror por ser una mujer secuestrada durante más de dos décadas por un violento abusador, es lo que dialogó pocos días atrás con Diario UNO, justo antes de partir a su Rosario natal, donde se está desarrollando el juicio contra su captor.

Abrir las puertas del infierno

"Cuando lo conocí, era muy caballero, parecía gentil, con el tiempo, me di cuenta que lo que yo veía como protección, era control", así lo describió María Eugenia. Un hombre 14 años mayor que ella, que le contó que era ex combatiente de Malvinas, separado y con dos hijos.

En un principio todo iba muy bien, aunque rápidamente, comenzó a ir muy mal. El primer indicio de que el gentil caballero era, en realidad un violento, fue al poco tiempo de comenzar a salir.

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"El me iba a buscar a veces al trabajo, y sino, me llamaba cuando llegaba a mi casa, ya que en ese tiempo no había celulares. Un día, cuando caminaba hasta mi casa, me encontré con un primo, que pasó en una moto y se paró a saludarme. Estuvimos hablando y después nos despedimos con un beso y cada uno siguió su camino". María Eugenia no lo sabía, pero fue ese el momento exacto en el que se abrieron las puertas del infierno.

"Cuando llegué a mi casa, me llamó, me preguntó cómo había llegado y me dijo que me iba a pasar a buscar para ir a comer. Cuando llegó, me preguntó con quién me había besado en la esquina de mi trabajo. Antes de que pudiera responder, me empezó a pegar".

Desde ese momento, en adelante, el maltrato y la violencia nunca se detuvieron. El mecanismo siempre era el mismo: montar una escena violenta justificada por los celos, golpes, insultos, denigración. Una sucesión de maltratos con eventos de "luna de miel", en el medio, que consistían en invitaciones y salidas, que le abrían paso a nuevos golpes.

"Me llamaba y me decía que me iba a invitar a salir, después me pegaba porque decía que lo engañaba. Me perseguía, llegaba a llamarme 20 veces en una hora".

Luego, y como es costumbre de las personas violentas que ejercen control sobre sus víctimas, comenzó, de a poco, a ponerla en contra de su familia, a amenazarla con hostigar a su padre y al resto de su familia. Su trabajo de aislarla fue exitoso. En poco tiempo, la violencia psicológica que había ejercido sobre ella, la puso frente a un callejón sin salida, tanto como para convencerla de que la única opción que le quedaba era irse a vivir con él.

23 años de cautiverio

En cuanto María Eugenia quedó viviendo con su captor, hubo denuncias policiales hechas por su familia, mientras Racco la amenazaba todo el tiempo con golpearla y lastimarla si su familia no sacaba la denuncia. Al mismo tiempo, la obligaba a decir en la policía lo que él quería que ella dijera.

El lema "Ni una menos. Vivas y libres nos queremos".

"Cuando se dio cuenta que mi familia no iba a sacar la denuncia, me pegó, me rapó y me obligó a vestirme con ropa de varón, con su ropa" contó la mujer, mientras de a poco, su voz se iba apagando hasta hacerse casi inaudible.

"No podía salir a pedir ayuda, porque él iba conmigo a todas partes, me vigilaba hasta cuando entrábamos a comprar a un negocio".

Dentro de la casa, Eugenia permanecía encadenada dentro de un cuarto, no podía ir ni siquiera al baño cuando él no estaba, tenía que hacer pis en un tarro, que tenía junto a su cama.

"Pasé varios años así, encadenada a la cama. Mi mamá puso un abogado, que luego desistió de seguir mi caso porque había recibido amenazas, él y su familia. También amenazaba a mi familia, me daba datos de mi hijo, cómo iba vestido, a qué escuela iba, quien lo llevaba. Sabía cómo y dónde se movía mi entorno".

En esos años, Eugenia perdió dos embarazos, que fueron consecuencia de los abusos sexuales que soportaba por parte de su captor. Otra de las formas de violencia de la que era víctima era la de no dejarla ir al médico. En ese tiempo nunca fue.

"Tenía el tabique de la nariz desviado por los golpes que recibía, también perdí piezas dentales. Me daba remedios pero nunca veía a un médico".

Tampoco era dueña de sus documentos, no podía llevar consigo su DNI.

"Hasta para ir a votar, me acompañaba, me daba el DNI en la puerta y me esperaba afuera, con el gendarme".

Su situación era la de reducción a la servidumbre. La hacía coser para afuera, pero la paga se la quedaba él. Nunca pudo manejar dinero.

Todo transcurría en ese antro de sordidez, con la anuencia de los padres del captor, que sabían todo lo que sucedía pero no intervenían. La madre de Oscar Racco falleció primero, y luego también murió el padre, que alcanzó a estar imputado en la causa y a tener que cumplir prisión domiciliaria.

En 2019, al hombre no le quedó más remedio que acompañarla a un centro de salud, porque María Eugenia tenía fuertes hemorragias. "La condición que me puso fue que dijera que no tenía hijos, ¿pero cómo iba a mentir yo, si tenía una cesárea y dos pérdidas?, pero tuve que acceder, porque sino no me iba a dejar ir".

El escape

Durante los 23 años de cautiverio, en las que no tuvo contacto con su familia, ni con su hijo, Eugenia no encontró en la realidad, pero tampoco dentro de su cabeza, la posibilidad de escapar.

Sin embargo, un día, un día fortuito, un día cualquiera, vio una hendija de luz en su prisión. Y decidió que era en ese momento, o nunca. Tenía que ser libre.

"Él tenía una manía, salir a la vereda a barrer las hojas. Era el mediodía, salimos. Cuando había pasado algunos minutos se sintió mal y entró a la casa. Me di cuenta que se olvidó de poner los candados. Entré en la casa, unos días antes había podido tomar mi DNI y lo había guardado adentro de mi zapatilla. Agarré $640 y la foto de mi hijo. Sin hacer mucho ruido, salí corriendo para el Bulevard 6".

María Eugenia corrió hacia una avenida cercana, no tenía idea sobre adónde iba, lo que sabía era que se iba. Que huía de 23 años de cautiverio.

"Una vez en la calle, pedí ayuda, busqué una guía de teléfono. No tenía ningún contacto ni datos de mi familia. logré dar con un primo, que me ayudó en los primeros momentos".

Así fue como esta mujer secuestrada durante la mitad de su existencia, volvió, de a poco, a vivir.

Por dichos de los vecinos, se enteró de que su madre y su hermana no vivían más en su casa natal. Sin embargo, las buscó, pudo encontrarlas y de a poco, recomponer ese vínculo. Inmediatamente, la hermana se ofreció a ayudarla a realizar los primeros trámites judiciales, la denuncia contra el captor y a asistirla en la primera etapa de su nueva historia.

También supo que su madre había sido operada del corazón y no dudó en querer verla. Así lo hizo y ahora comparten mucho tiempo juntas, como una forma de reparar una relación que el captor les negó.

Su nueva vida

Así como se reecontró con su madre y su hermana, también lo hizo con su hijo, que actualmente tiene 27 años.

"Actualmente hemos recuperado la comunicación. Mi hijo y yo somos muy buenos amigos, ahora él puede entenderme, y nos relacionamos muy bien".

marcha-dia de la mujer (6).jpeg (Fernando Martínez/Diario UNO)
Un grupo de percusionistas esperó en las escalinatas del Palacio Judicial la llegada de la caravana que partió desde el nudo vial, para luego sumarse a la marcha del 8M.

Un grupo de percusionistas esperó en las escalinatas del Palacio Judicial la llegada de la caravana que partió desde el nudo vial, para luego sumarse a la marcha del 8M.

Entre las cosas que fue recuperando, como si las despertara después de una pesadilla interminable, sin duda lo que más la emocionó y la conectó con las partes sanas que aún conservaba dentro de ella, fueron los afectos. La familia, los amigos.

"Lo más importante de mi vuelta a la vida, fue mi familia, tenía sobrinos que no conocía, tenía a mi mamá, a la que disfruto desde hace dos años".

Desde los primeros momentos, Eugenia se puso en contacto con el Ministerio de Mujeres, Género y Diversidad, quienes la derivaron y ahora, su psicóloga es Valeria Carrillo, con quien está absolutamente agradecida. Así se encargó de destacarlo en la entrevista.

"Me ayudaron muchísimo, de repente marcás el 144 y no sabés qué hay tanta gente que te puede ayudar, lo digo por muchas mujeres que están pasando situaciones de violencia y que no se animan a dar ese paso"

Una vez que pudo acomodarse en su nueva vida, decidió retomar sus estudios. "Terminé el secundario y me anoté en un curso de masajista. Estoy intentando ser autosuficiente, tener un trabajo, ese es mi gran deseo".

Esas son sus expectativas a futuro, pero Eugenia sabe que después del infierno que pasó, la reconstrucción es paso a paso.

La emoción

De estos primeros dos años fuera del encierro impuesto, Eugenia rescata un momento, que para ella fue como de reconciliación con la sociedad.

"Lo que más me emocionó en este tiempo, fue poder marchar el 8 de marzo del 2020 con mi sobrina de 15 años. Ahí pude decir Nunca más, que ni una más viva lo que yo viví. Porque pienso en que yo pude, yo reuní las fuerzas para salir adelante, pero hay muchas, muchísimas mujeres que no lo logran".

Por estas mujeres, María Eugenia se juró comprometerse y trabajar.

El Juicio

Actualmente, ya en medio del juicio contra su captor, ella solo pide que la condena sea justa y acorde a lo que Racco le hizo vivir.

"La condena va a ser una tranquilidad, pero a mi que él pase 18 años en la cárcel no me bastan por los 23 de encierro y vejaciones que yo pasé".

Hasta el momento se le ha tomado declaración a ella, su hermana, su hijo, un vecino de su casa materna y su mamá, que lo hizo por zoom por no estar bien de salud.

El juicio seguirá hasta la semana próxima, en la cual se sabrá cuándo se dictará la sentencia.

"En el juicio vivimos momentos muy intensos y dolorosos, pero son necesarios para encontrar la justicia que tanto esperamos.

Sé que la lucha es diaria, pero la libertad, mi libertad, no tiene precio".