La interacción prolongada entre la fauna salvaje y las civilizaciones humanas puede tener efectos profundos en la biología de los animales, tal como lo demuestra una investigación reciente publicada en la revista Molecular Biology and Evolution. Según este estudio, la población de plantígrados que habita en los Apeninos centrales ha modificado su estructura genética tras siglos de aislamiento y proximidad con las personas, resultando en ejemplares con un temperamento notablemente menos agresivo.
Los osos pardos de los Apeninos (Ursus arctos marsicanus) han compartido su hábitat con comunidades humanas desde la época del Imperio Romano. Investigaciones previas sugieren que esta subespecie se separó de otros grupos hace entre 2.000 y 3.000 años. El aislamiento geográfico se consolidó durante el último milenio y medio en Italia, impulsado por la expansión de la agricultura y el aumento de la densidad poblacional, dejando hoy en día un remanente de aproximadamente 50 individuos en estado salvaje.
Esta situación de insularidad y cercanía con asentamientos ha transformado a estos animales tanto física como conductualmente. A diferencia de sus contrapartes en América del Norte o en el resto de Europa, los ejemplares italianos presentan cuerpos más pequeños y rasgos faciales distintivos. Sin embargo, la característica más llamativa es su docilidad, un rasgo que parece haber sido seleccionado inadvertidamente a lo largo de las generaciones para garantizar su supervivencia en un entorno dominado por el hombre.
El análisis del estudio y la selección natural
Para comprender este fenómeno, los científicos compararon los genomas completos de 13 ejemplares de los Apeninos con los de 9 de Eslovaquia y 15 de América del Norte. El análisis genético permitió identificar variantes específicas asociadas con una reducción de la agresividad. La hipótesis planteada por los investigadores sugiere que, históricamente, los humanos eliminaron a los individuos más feroces, permitiendo que solo los animales más tranquilos se reprodujeran y transmitieran sus genes a la descendencia.
Giorgio Bertorelle, genetista de la Universidad de Ferrara y coautor del trabajo, señala que las interacciones entre humanos y vida silvestre, aunque peligrosas, pueden favorecer la evolución de rasgos que minimizan el conflicto. Este proceso de selección, intencional o no, ha provocado cambios genómicos en toda la población, permitiendo que la especie persista en una franja de tierra donde la naturaleza, las tradiciones y las actividades económicas están intrincadamente entrelazadas.
A pesar de la adaptación exitosa, el trabajo científico también destaca problemas derivados del aislamiento, como una reducción significativa en la diversidad genética y un aumento de la endogamia. Esta erosión genómica hace que los animales sean más vulnerables a defectos congénitos que podrían comprometer su salud. Sin embargo, los expertos sostienen que estas adaptaciones genéticas han sido cruciales para evitar la extinción y mantener un delicado equilibrio de coexistencia pacífica.



