“Es culpa del femicida, peeero Agostina Vega subía fotos semidesnuda en redes sociales”. “Es culpa del femicida, peeero Florencia Romano hablaba con hombres mayores”. “Es culpa del femicida, peeero…”. Los años pasan, los argumentos se replican y los femicidios se repiten.
Ahora le tocó a Agostina Vega. La adolescente de 14 años desapareció hace algunos días en Córdoba. Su cuerpo apareció desmembrado. Una secuencia tan cruenta como repetida en distintos puntos del país, en diferentes épocas temporales y atravesando cualquier clase socioeconómica.
Porque si hay una característica que distingue a un crimen motivado por la violencia de género es que atraviesa a toda la sociedad. Hay femicidas ricos y pobres, instruidos y analfabetos, poderosos y marginados.
El contexto social, cultural, académico y económico de Agostina Vega parece pertenecer más a un estrato bajo. Sospechas de adicción a las drogas por parte de su madre, un sospechoso barrabrava que está detenido, una menor vulnerable dentro de una familia disfuncional. Y en ese punto encontraron su argumento, una vez más, los que prefieren poner la lupa en otro lado menos en la persona que descuartizó a una adolescente de 14 años.
Sin todavía existir una reconstrucción oficial del hecho y sabiendo que la madre de Agostina Vega no tiene ningún tipo de imputación penal hasta el momento, en la cloaca de las redes sociales y -peor aún- en algunos medios de comunicación comenzó a germinar una idea que no es nueva: parte de la culpa fue de la víctima o su entorno.
Que Agostina Vega subía fotos con ropa provocativa a sus redes sociales (un refrito del viejo “usaba la falda muy corta"). Que su madre le presentó a su novio barrabrava que después la terminó matando. Que nadie la retaba. Que nadie le puso un límite. Y, en gran parte, por eso fue asesinada.
Agostina Vega y Florencia Romano, dos femicidios distintos pero iguales
No es la primera vez que se corre la lupa y se apunta con el dedo acusador a la víctima de un femicidio. A fines de 2019, Florencia Romano también fue asesinada en Maipú. Al igual que el caso en Córdoba, fue abordada por un hombre mayor, fue llevada a un domicilio, fue degollada, calcinada y descuartizada. Al poco tiempo, Pablo Arancibia fue condenado a prisión perpetua tras admitir el crimen. El hombre había contactado a la víctima a través de Facebook y, aprovechando que él tenía 33 años y la menor 14, la convenció de que fuera a su casa.
Florencia Romano no subía fotos “provocativas” a sus redes sociales. Tampoco rozaba el mundo del narcotráfico. Pero también fue asesinada. Sin embargo, para algunas personas también hubo responsabilidad de sus padres al no cuidar bien de su hija.
Así lo dijo en una conferencia de prensa el entonces jefe de la Policía de Mendoza, como también el propio Gobierno provincial a través de su abogado que rechazó una demanda millonaria porque “50% de la culpa fue de los progenitores porque han incumplido abiertamente con las obligaciones que la responsabilidad parental ponía a su cargo”. El Estado no sólo perdió en la causa civil sino que también fue condenada una policía por su inaccionar tras llamados al 911 que podrían haber evitado el femicidio. Es decir, el propio Estado que le echaba la culpa a los padres tenía un grado de responsabilidad en el crimen -tanto civil como penalmente-.
Basta de correr la lupa
Como a Agostina Vega y Florencia Romano, a cientos de mujeres las han asesinado en los últimos años. Todos casos distintos en su modus operandi, pero iguales en un sentido: son motivados por la violencia de género.
La violencia de género jamás debe ser relativizada. Un claro ejemplo es el falso discurso de los últimos años sobre una ola de “falsas denuncias” que realizan mujeres contra hombres. Los datos oficiales, difundidos por Chequeado en un reciente informe, indican que ese número no alcanza ni el 1% de los casos judiciales. Por el contrario, lo preocupante es que casi el 80% de las mujeres que sufren violencia nunca realizan la denuncia formal.
Un femicida actúa porque es un asesino que aprovecha su preeminencia sobre una mujer. No porque la víctima tenga cierto acceso a las redes sociales, porque tenga mayor o menor vulnerabilidad, porque tenga mejores o peores cuidados por parte de sus padres. Seguir señalando y revictimizando en forma incorrecta tiene sus consecuencias: vuelven los viejos discursos machistas, se cuestiona la figura de “femicidio” en el Código Penal, se sigue apuntando contra las mujeres sin dejar de cuestionar qué rol y responsabilidad tenemos como hombres –muchos padres de mujeres- dentro de esta sociedad.
Si la primera reacción ante un femicidio es indagar en la vida de una adolescente asesinada antes de exigir respuestas a los distintos resortes del Estado, antes de interpelarnos para dejar de brindar un contexto de comodidad a los pensamientos machistas, nunca nos sentiremos incómodos, nunca nos cuestionaremos y nunca cambiaremos.






