Mendocino en España

En 1969 dejó Mendoza para empezar de cero: más de medio siglo después, reconstruye el viaje que cambió su vida

"Viajé lejos para encontrar mi lugar en el mundo", contó el mendocino que emigró con tan solo una valija, una ilusión y 50 dólares en el bolsillo

Mario Domingo Verón, nació en Mendoza en 1947 y fue uno de los jóvenes que partieron al exterior en la década de los 60. Tenía apenas 21 años, no contaba con títulos universitarios, ni un gran respaldo económico. Apenas tenía 50 dólares, una dirección escrita en un papel y la convicción de que podía construir una vida distinta en la otra punta del continente.

El 9 de septiembre de 1969 dejó Mendoza y comenzó un viaje que lo llevó por Santiago de Chile, Lima, Bogotá, Panamá y Ciudad de México antes de aterrizar en Los Ángeles. 57 años después, todavía recuerda cada detalle del recorrido. Hoy vive en España, está jubilado y decidió contar su historia con lujo de detalle.

Sin embargo, insistió en que el foco no debería estar solamente en él. "En realidad me interesa más que alguien se interese por todos esos miles de argentinos anónimos que hicieron las valijas en la década del 60", contó a Diario UNO.

Mario se jubiló en diciembre de 2011. Luego fue voluntario en la Cruz Roja Española y en la ONG Federico Ozanam. Imagen ilustrativa de una valija vintage.

Mario se jubiló en diciembre de 2011. Luego fue voluntario en la Cruz Roja Española y en la ONG Federico Ozanam. Imagen ilustrativa de una valija vintage.

Viajó para encontrar su lugar en el mundo

Mario pasó su infancia entre Ciudad y Las Heras, donde forjó amistades que todavía lleva en el corazón. La historia de la inmigración ya formaba parte de su familia, ya que su abuelo materno, Muhammad Murey Omar, había llegado a la Argentina desde Beirut, Líbano. "Parece que adopté de él su mismo destino: viajar lejos como inmigrante para encontrar mi lugar en el mundo", reflexionó.

A los 17 años ingresó al instituto militar aeronáutico CIPRA, en Buenos Aires, aunque abandonó la carrera cuando faltaba poco más de un mes para graduarse. "La atmósfera que se respiraba entonces era asfixiante", recordó sobre el contexto de aquella época.

Durante esos años era muy común tener familiares o seres queridos en Estados Unidos o Canadá, y Mario tenía tíos afincados en Los Ángeles, así que decidió jugársela y viajar.

Los tíos de Mario lo recibieron con los brazos abiertos. Imagen ilustrativa de Los Ángeles. Pixabay.

Los tíos de Mario lo recibieron con los brazos abiertos. Imagen ilustrativa de Los Ángeles. Pixabay.

"Salí de Mendoza a Santiago de Chile, el 9 de septiembre del 69’. Recuerdo que éramos siete mendocinos que íbamos a jugárnosla; curiosamente, cinco llevábamos el mismo tipo de valija, así que en Santiago alguno se equivocó con la valija de otro", contó Mario.

De Los Ángeles a Nueva York

Su familia lo recibió con los brazos abiertos en Los Ángeles: "Fue hermoso y emotivo cómo me recibieron de contentos mis tíos". Al cuarto día, Mario comenzó a trabajar en un taller que tenía contrato con una fábrica de aviones. Según contó, junto con su tío trabajaron con piezas que iban en el tren de aterrizaje delantero para el nuevo avión Jumbo 747.

En solo tres meses logró saldar la deuda pendiente de su viaje. Sin embargo, tenía una idea que no dejaba de dar vueltas en su cabeza, así que al tiempo decidió marcharse a Nueva York, pero esta vez no había familiares esperándolo.

Mario llegó a Nueva York solo. Imagen ilustrativa de la ciudad. Pixabay.

Mario llegó a Nueva York solo. Imagen ilustrativa de la ciudad. Pixabay.

Llegó de madrugada, en medio de una fuerte nevada. No conocía la ciudad, no hablaba inglés y llevaba anotados apenas algunos nombres de mendocinos que vivían en Manhattan. Primero encontró una habitación en un hotel de la calle 55. Era pequeña, tenía baño, pero no cocina. Horas después apareció un mendocino con una noticia inesperada: en un restaurante necesitaban a alguien para lavar platos.

Mario se presentó en el restaurante y fue entrevistado por el jefe, un joven griego. "Un pibe sin experiencia, sin casi plata en el bolsillo y con el miedo a la vida metido en el cuerpo. Con ganas de ganarse la apuesta a sí mismo para sobrevivir en aquella jungla de cemento", recordó Mario.

El primer día en Nueva York

Después del primer turno, el encargado del restaurante pidió hablar con él. Un compañero argentino hizo de traductor. El hombre le preguntó si estaba solo y dónde vivía. Mario le explicó que acababa de llegar a Nueva York y que había alquilado una habitación sin cocina. Acto seguido, ocurrió algo que al día de hoy lo emociona.

El encargado le contó que sus padres también habían llegado solos a Nueva York como inmigrantes. Conmovido por su historia, le aseguró que lo ayudaría.

"Le pidió al cocinero que me preparara un paquete con comida para llevar. Me dijo que desde el día siguiente, iba a dejar de lavar platos y que iba a ayudar en el comedor para ganar un poco más. También iba a comer con ellos. Le estreché fuerte la mano mientras lloraba. Él también se emocionó y me abrazó", contó que ese momento le quedó grabado para siempre.

Imagen ilustrativa de la ciudad estadounidense en invierno. Pixabay.

Imagen ilustrativa de la ciudad estadounidense en invierno. Pixabay.

Al salir de su primer turno en la madrugada, mientras nevaba copiosamente, fue hasta el subte, pero ya estaba cerrada la estación. Como no podía tomarse un taxi, "pagó el peaje de ser nuevo en la ciudad" y caminó 51 cuadras hasta que por fin llegó al hotel.

Su vida recién empezaba a cambiar y las experiencias que vendrían después superarían cualquier expectativa. En Nueva York conocería al amor de su vida y terminaría radicándose en España.

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