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Emilse Pizarro: la viveza criolla entendida como un acto de justicia contra el orden establecido

Emilser Pizarro es escritora y periodista. Acaba de publicar La Argentina increíble. Historias de viveza criolla en un país de novela. Allí hurga en los recovecos de algunas de sus notas y otras inéditas

Los argentinos nos sentimos inefables, únicos, en cualquier lugar del mundo por donde pasemos.

Hay muchas maneras de caracterizarnos. La viveza criolla es una de las pocas que resultan unánimemente aceptadas. Para bien o para mal.

Emilse Pizarro se abocó a retratar esta señal de identidad a partir de una serie de anécdotas que hablan por sí mismas. Dejó de lado las más famosas, para hurgar entre los recovecos de algunas de sus notas publicadas y otras inéditas.

Quedaron diecisiete capítulos reunidos bajo el título La Argentina increíble. Historias de viveza criolla en un país de novela.

Un trabajo serio, pero no solemne, como ella misma lo define, por donde desfilan Bilardo, Menem, el diputrucho, Susana, el austríaco que embaucó a Perón y un largo y jugoso etcétera.

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Periodista intensa, “puteadora”, de gráfica y de radio, dialoga con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Hola, Emilse. Da para tanto tu libro, se abre en tantos sentidos, que bien podría ser una construcción colectiva, ¿no?

-(Ríe) Es que lo es. De hecho, el libro nace como un ejercicio a la respuesta de qué es la viveza criolla; o cuando alguien te pregunta qué es o cómo es el argentino. Bueno, una parte del ADN del argentino está ahí. Tiene mucho de viveza criolla.

-De las diecisiete historias que has seleccionado, varias de las cuales tienen que ver con la política, hay una que está entre las mejores y que nos viene al pelo, ahora que estamos en clima futbolero por la Copa América y es la entrevista que le hiciste al Narigón Bilardo.

-Yo escribí durante quince años para el diario La Nación. Y quería perfilarlo, o sea, contarlo, pero no a partir de que él analizara el fútbol o hablara de la selección.

-¿Qué te interesaba contar, puntualmente?

-Lo que me interesaba guarda referencia con lo que somos todos, con cómo vivimos el fútbol. Mucho de eso lo marcó él, o sea, las cábalas, la ansiedad, la desesperación por ganar.

-Un tipo, a priori, muy particular, ¿no?

-Me decía: este tipo, que yo veo que es un obsesivo a niveles que no le está haciendo bien a su salud, ya me está haciendo mal a mí.

-¿Te fue fácil llegar a él?

-Me costó conseguirlo porque es muy vueltero. Y ahí tenés otra viveza criolla. En 2017 él tenía un programa de radio a la noche, en Radio La Red. La propuesta suya fue que yo lo entrevistara al aire en su programa.

-No te puedo creer. ¿Qué le respondiste?

-Le digo: pero no, Carlos, me van a rajar de mi trabajo si yo publico primero en tu programa lo que tengo que publicar en el lugar por el que me pagan un sueldo. Me pateó varias veces hasta que un día me dijo: ¿qué tenés que hacer hoy a la tarde? Fue así, de sopetón. Fui a su casa y estuvimos dos horas y pico hablando.

-Te quedó una entrevista modelo. Muy limpia, muy al hueso.

-Mi idea era, con preguntas muy simples, para nada grandilocuentes, intentar dibujar el perfil de esta persona.

-Ahí está el secreto, justamente, en la simplicidad.

-Es que yo creo que cuando uno va a lo chiquito, es más fácil y más sincero el retrato; es más fácil llegar a la esencia. Digamos, la idea era que se escuchara la voz de Bilardo y no la mía. La estrella era él.

-Ahora bien, asombra recordar las obsesiones de Bilardo, como cuando viajaba siempre en el mismo vagón del tren y después iba tapando, de a uno cada vez, los cubos de basura que encontraba en su camino, hasta llegar a cinco.

-Este ya es un problema que habla más de la entrevistadora que del entrevistador. ¿Cómo se arma un tipo que vive el fútbol así? Esto excede el fútbol. ¿Cómo se arma el hombre que provocó que yo viera por primera vez llorar a mi papá de alegría?

-¿Qué recordás de ese momento?

-En México '86 yo no entendía qué pasaba. Yo tenía seis años y lo veía a mi papá llorando frente a una tele. Y decía: no entiendo nada. ¿Está triste, está alegre? ¿Lo tengo que abrazar? Era como si... Superman estuviera conmovido.

-Es para imaginar tu vacilación de piba...

-Me decía: ¿qué pasó? Y, bueno, este tipo, Bilardo, era el que lo conmovió.

-Puntualicemos, a esta altura, que vos sos futbolera. Sos de Racing.

-Yo soy de Racing.

-¿Y sos, como la coequiper de este programa, la Turca Jalil, fanática de San Lorenza, una mina futbolera enferma, pasional?

-Sí. Te diría que irracional (risas).

-Explicate.

-Muchos te dicen, ¿cómo te hiciste hincha de Racing? O sea, ¿cómo te enamoraste? ¿Qué te enamoró?

-¿Y? ¿Qué te enamoró?

-Dicen que cuando vos podés explicar, como si estuvieras haciendo un Excel, qué te enamoró de tu pareja, bueno, no estás enamorado. Si lo podés explicar... hummm... señalando es bueno en esto, es bueno en aquello... Ahí estás haciendo una entrevista como para entrar a un laburo. No es amor. Así que, sí, soy bastante irracional con Racing.

-La Academia tiene una larga historia. ¿Quién es tu máximo ídolo?

-Rubén Paz.

-¿Rubén Paz? Mirá vos.

-Sí, sí. A veces me preguntan: ¿Milito o Rubén Paz? Son momentos diferentes. Yo creo que tiene que ver con que Rubén Paz era ídolo de Racing cuando yo tenía diez, once años y fue como mi empezar a vivir el fútbol. Entonces quedó en un lugar muy idealizado.

-Claro, porque no es un ganador muy espectacular.

-Si lo pienso, comparado con Milito o con Licha López, ellos sí ganaron más cosas. Pero en mi corazón, Rubén Paz.

-Aun así, uno hubiera esperado algunas menciones más gloriosas, como la del Chango Cárdenas o, incluso, hasta la del Pato Fillol, que es una leyenda.

-No, no llegué a disfrutarlos. Yo arranqué con las camisetas tipo la Nashua. Ahí arrancó mi amor.

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Emilse Pizarro se consideró una "hincha irracional" de Racing.

Emilse Pizarro se consideró una "hincha irracional" de Racing.

-Casi coincidió con esta entrevista el Día Nacional del Boludo, que se celebra en el país, precisamente, en honor a la viveza criolla. ¿Por qué a los argentinos nos identifica esto de siempre sacar una tajada, lo que nos diferencia, de hecho, de otras personas?

-Tengo una hipótesis que no está evaluada y contrastada con absolutamente ningún dato. Así que tómenlo así. Creo que hay mucho de nuestra inmigración y de nuestras crisis que explican la idea de que uno se siente siempre estafado.

-¿Estafado cómo?

-Siempre te estafan. Nunca estafás. Siempre el estafado sos vos, ya sea por el sistema, por la cantidad de impuestos, por el opresor de una institución; estafado hasta cuando vas al colegio, por la rectora...

-Siempre a la defensiva.

-Desde que arrancás tu vida en la sociedad, alguien te quiere hacer mal. Y me parece que también hay una explicación en el flujo migratorio que nosotros tuvimos.

-¿De qué manera, aquí, funciona la inmigración?

-Estoy hablando de la post-Segunda Guerra. O sea, cuando nuestros abuelos españoles, italianos, llegaban realmente sin nada. Y el llegar sin nada hace que tu creatividad se tenga que expandir al máximo para sobrevivir.

-¿Pero de qué manera eso nos justifica?

-Ahí hay una mezcla de ¿quién puede culpar a alguien que llega muerto de hambre, sin lugar donde dormir, sin tener ninguna perspectiva de futuro, de mandarse una avivada? No podés culparlo. Ahora, una vez que se asentó y tuvo su vida, ya eso es difícil de sacárselo de encima.

-Quedamos marcados.

-Es esta cosa de siempre sentir que me están cagando. Con cosas rechiquitas. Lo hablaba una amiga cuando el libro estaba por salir. Le decía: absolutamente todos hemos hecho alguna.

-¿Qué te respondió ella?

-Ella me decía que no, que no, que no.

-¿Y vos que sí?

-Pero yo le digo: la avivada, la viveza criolla, no es el político que se llevó una tajada de una partida presupuestaria. La avivada es: ¿vos no sos la que estuvo tres meses sin pagar el cable porque la empresa no te mandaba la factura?

-O si encontraste la manera de colarte en la fila.

-Exacto. Y ella me dice: pero eso es distinto. No, no es distinto. Es a otra escala. Porque vos deberías haber llamado a la empresa que te presta el servicio de cable y decir "no me están facturando". Y ella me dice: ¡ni en pedo!

-O sea...

-Bueno, ahí tenés. Eso es viveza criolla.

-Ahora bien, acá hay como una grieta. Una más. Porque la mitad de la gente se avergüenza por la viveza criolla, argumentando que esto es lo que explica nuestra decadencia. Mientras que otra mitad lo celebra. Dice: esto nos hace simpáticos y queribles. El famoso vaso medio lleno y medio vacío.

-Esto tiene algo de certero. Pero yo creo que públicamente nadie va a negar que, en nuestros adentros, alguna vez festejaste una viveza criolla ajena o propia.

-¿Por qué? ¿Qué nos avala?

-Por esto de hacerle como un hackeo al sistema o por esta cosa de una cierta sensación de justicia divina que no se dio de otra manera. Un ejemplo. ¿Se acuerdan del robo al Banco Río? Los ladrones habían dejado una leyenda, que no recuerdo bien, refiriéndose a los ricachones.

-Decía: "En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es solo plata y no amores".

-Ahí tenés. Eso nos sacó una mueca, una sonrisa, me atrevo a decir que a casi todos; a casi todos los que no tenemos una caja de seguridad con muchísimo dinero.

-Es verdad lo que decís. Hubo como un solapado crédito social.

-Eso se celebró un poco en este sentido. No hubo violencia, eran ricachones. No es que le afanaron a una abuela su jubilación mínima recién cobrada.

-¿Qué sentido general le encontrás a esto, entonces?

-A lo que voy es que hay una cosa como de inequidad que, cuando se corta por un segundo con algo de ingenio y sin que haya heridos ni muertos, se celebra un poco. Eso yo lo noté en toda la hechura del libro con muchas historias al momento de tener que elegir qué contar y qué no. Es decir, eso está presente. Está presente todo el tiempo.

-¿Y en qué nos transforma todo esto?

-Nosotros somos un país supersolidario, muy solidario. Y nos jactamos de eso con razón porque hay pruebas. Pero, a la vez, tenemos esta otra cosa del tipo: che, mirá, se abrió esta grieta, esta posibilidad, no jodo a nadie y, la verdad, que me vendría bien, por caso, no pagar el cable tres meses.

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Emilse recordó el famoso robo al Banco Río, con el que mucha gente simpatizó porque no hubo violencia y le robaron a los ricachones.

Emilse recordó el famoso robo al Banco Río, con el que mucha gente simpatizó porque no hubo violencia y le robaron a los ricachones.

-De todos modos, hay una situación modélica que ayuda a definirnos desde lo futbolístico. Se han derramados ríos de tinta escribiendo sobre Maradona y sus goles a los ingleses. Y la mayor crítica que nos hacen los exégetas de afuera es que nosotros celebramos muchísimo más "la mano de Dios" que la otra conquista, fruto una maniobra extraordinaria.

-Lo que pasa es que también hay una valoración de parte de ellos en relación a que festejamos más ese gol que el otro.

-¿Y es así o no?

-Festejamos más ese gol que el otro... en su cara. Porque, en realidad, ahí hay una mezcla de todo. Lo que celebramos es que fue un gran partido, fueron hermosos goles todos y le ganamos a Inglaterra. Y aquí entra el contexto. O sea, qué significa Inglaterra para nosotros, aún hoy, pero sobre todo en ese momento.

-Sí. Era un momento histórico caliente.

-Era un equipo que salía a la cancha, dicho por el capitán, pensando en Malvinas. Entonces eso tenía todo un valor distinto; es, por un segundo, hackear un poquito lo que parece que es un orden establecido y que nosotros creemos que es injusto.

-Hay un matiz que pocos han pensado. Nos manda un mensaje el doctor Alejandro Morales Ciancio, que viene de hacer una larga especialización en Londres y dice: "Los ingleses no pueden superar la mano de Dios. No pueden. Y mis amigos escoceses lo aman".

-Ese es un buen ejemplo. Yo subí varios informes, que me causaban gracia, sobre los hinchas escoceses, ahora, durante la Eurocopa. Les preguntaban quién era más ídolo, si un jugador local, de ellos, o Maradona. Y todos te contestaban Maradona. ¿Por qué? Por el gol a los ingleses.

-Tal cual, como decíamos.

-Bueno, ese es un escocés festejando la viveza criolla, pero porque siente que está oprimido por los ingleses hace años y años. Pero es eso. Su pequeña venganza, su segundo de justicia, viene a través de un tercero y es un gol con la mano.

-¿Podríamos decir también hoy que otro ejemplo cultural a la carta de la viveza criolla es la serie El encargado, con Francella como el típico argentino?

-¡Sí! Total, total. Es un personaje que encarna absolutamente todo.

-¿Cómo vas a manejar el voluminoso material de la viveza criolla de aquí en adelante?

-La idea, con la editorial, es que esto sea una saga, después de este primer libro. Y como vos decías, hay material todo el tiempo. Yo voy anotando, con una sonrisa y con un poco de dolor también.

-¿Dolor de qué tipo?

-Por ejemplo, hace unos días, la votación de los senadores para subirse las dietas, a plena luz del día.

-Vos tenés anécdotas de este tipo en tu libro. Como la del diputrucho, en 1992.

-Eso pasó en la Cámara de Diputados. Hubo un tipo que votó la privatización de Gas del Estado. No era diputado y se sentó en la banca. Y cuando alguien lo descubrió dijo: es que me sentía mal y me senté. Pero levantó la mano y votó (ríe). Bueno, eso es cíclico.

-También figura un episodio relativo a la reforma constitucional.

-Fue una situación no tan conocida, en el '94, cuando se hace la nueva Constitución, que fue un acuerdo que buscaron peronistas y radicales porque había intentos de golpes militares bastante seguidos. La democracia era bastante frágil.

-¿Cómo fue el asunto?

-Cuando se imprimen todos los acuerdos a los que habían llegado, faltaban tres renglones que eran fundamentales. Y la duda era si se habían hecho los vivos o si había sido un error de tipeo como le puede pasar a cualquiera. Bueno, eso pasa todo el tiempo. Me atrevo a decir que todo es cíclico.

-Podríamos agregar, como símbolo, la mano chiquitita de Lousteau votándose el aumento en el Senado. Lo cual nos lleva a pensar que el Congreso es uno de los templos, la catedral de la viveza criolla.

-Es que ahí se dan muchísimas cosas. Es un lugar en el que hay negociación, un lugar en el que se supone que vos estás como diputado o como senador defendiendo los intereses de una provincia y te eligieron para eso, pero se mezclan también los intereses personales. ¿Cómo negociás?

-¿Cómo?

-(Sonríe) Ahí se despliega la creatividad, por decirlo de alguna manera, de la viveza criolla. Pero, sí. Se ve todo. Es como el estadio de la viveza criolla.

-Para vos, ¿quién ha sido el presidente más pícaro, el más vivo, desde el '83 para acá?

-Carlos Saúl Menem.

-Estaba cantado.

-Sí, sí. Es que, de Menem, hay tanto, tanto, que, de hecho, tuve que tomar una decisión: ¿cómo lo cuento?

-¿Por qué te costaba tanto?

-Porque este hombre es inabarcable en cuanto a viveza criolla. Podríamos dedicarle un libro solo a Carlos Menem sobre este tema.

-¿Cómo hiciste para encuadrarlo?

-Recordé un documental sobre Maradona dirigido por Asif Kapadia. Lo que él hace es un recorte de la vida de Diego. Elige solo su estadía en Napoli. Entonces me dije que yo tenía que hacer lo mismo.

-¿Cuál fue tu recorte, en definitiva?

-Tomé un viaje para contar cómo era un presidente de la Nación. Y fue el que hizo desde la Quinta de Olivos hasta Pinamar, que está a trescientos y pico de kilómetros, en una Ferrari que le habían regalado.

-¿Qué tipo de regalo era?

-En realidad, era un soborno de un empresario italiano. Lo hizo rompiendo todas las reglas de tránsito porque llegó en la mitad del tiempo que utilizaba cualquier auto. Son muchísimas las cosas que tenían que ver con la viveza criolla las que contamos en ese capítulo y que lo te lo pintan al presidente.

-Claro, que exceden a la Ferrari.

-Por ejemplo, el conductor de uno de los principales programas políticos, Bernardo Neustadt, estaba internado por una operación del corazón. Y Menem, que era un asiduo visitante del espacio, va y lo conduce esa noche que no está Neustadt. O sea, ¡el presidente en ejercicio conduce un programa político en la noche de la televisión argentina! Es inaudito.

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Emilse Pizarro no dudó en contestar que el presidente de la Nación más pícaro fue Carlos Saúl Menem.

Emilse Pizarro no dudó en contestar que el presidente de la Nación más pícaro fue Carlos Saúl Menem.

-Ojo, porque Milei, que tiene alma de panelista, está a un paso a hacer lo mismo.

-Por eso a veces me preguntan si ahora estoy juntando material. El tema es que yo necesito, para contar esas historias, que empiecen y terminen. Con Milei hay cosas que arrancaron, pero no terminaron, como anécdotas, gestualidades y demás.

-Hay algo más pequeño todavía, un gestito de Menem que lo define todo. Es cuando dice "me equivoqué de discurso". Eso solo lo puede hacer un pícaro, porque para cualquier otro presidente resulta un papelón. El tipo salió con un gag extraordinario.

-Lo que tenía él, y eso yo creo que no se construye, es que era muy, muy carismático. Hay un libro que aprovecho a recomendarles, además de La Argentina increíble, por supuesto, que se llama Olivos, de la periodista Soledad Vallejos.

-Se refiere a la quinta presidencial, obviamente.

-Lo que cuenta es, precisamente, la Quinta de Olivos. Allí hablan empleados que estuvieron veinte, treinta, cuarenta años y, obviamente ¿qué sucede? Que todos eligen como preferido a Menem.

-Debe haber un rico anecdotario.

-Cuenta intimidades de cada uno: cómo vivían, desde Videla hasta Cristina Fernández de Kirchner. Cuenta todo. Y en las entrevistas con los empleados, el que destacan en forma unánime era Menem.

-¿Por qué? ¿Qué resaltan de él?

-Que comía con ellos en la cocina, que les iba a hablar, etcétera. Como decíamos, era muy carismático.

-Lo dice, también, en tu libro, el mozo Carlos Gómez, que trabajó atendiendo presidentes desde 1971, cuando gobernaba Lanusse. Entre sus preferidos está Menem.

-Es que era muy cercano, un seductor que excedía la seducción romántica o seducir, por ejemplo, a Graciela Alfano o a Xuxa, a la que invitó a Olivos. Todo el tiempo estaba seduciendo absolutamente a todo el mundo.

-Pero además tenía conquistas que despertaban muchas envidias, como cuando se enganchó a Cecilia Bolocco, una chica no solo linda, sino también aristocrática.

-Yo creo que él tenía una actitud que reflejaba que medía un metro ochenta y ocho, y de ahí no lo bajaban. Y él estaba convencido de que realmente era un partidazo y un hombre hermoso.

-Convengamos que si alguien puede competir en picardía política con Menem es Perón. Por eso llama poderosamente la atención la historia del caso Huemul, en la cual un científico austríaco le vende al General el buzón de la fusión nuclear. ¿Cómo se entiende?

-Fue un científico austríaco, que venía recomendado, supuestamente muy conocedor del manejo de la energía nuclear. Le prometió a Perón que él podía lograr lo mismo que hizo la bomba de Hiroshima. Era una generación de energía potentísima que podía mantener controlada.

-Como proyecto, era una primicia mundial.

-Hoy, si eso hubiese funcionado, tendríamos energía nuclear abasteciendo nuestras casas a un precio ínfimo. Perón le creyó.

-¿Cómo pudo ser posible?

-Lo sorprendente es que a alguien tan pícaro y avispado como Perón, lo que le pasó, creo, es lo que le pasa a cualquier mortal. Y es cuando uno decide creer. Fue, “el elijo creer” de Perón, un acto de fe mezclado con un contexto mundial.

-¿Por qué? ¿Qué lo motivaba a Perón?

-Estaba preocupado, después de la Segunda Guerra, porque había un tema en torno a la búsqueda de la soberanía energética. Entonces, decías: esto te da poder; si vos tenés tu propio gas, tu propia electricidad, te convertís en proveedor de otros y te posiciona.

-Ok, se entiende esa búsqueda del gobierno de Perón. Pero ¿por qué no lo chequearon?

-Es que este tipo prometía cosas que, al día de hoy, año 2024, todavía no se lograron. Pero Perón le creyó, le armó un laboratorio a pedido, gastó muchísimo dinero en la Isla Huemul.

-Un lugar que no todos registran.

-Mucha gente piensa que es una cosa escondida. Y no. Es en Bariloche. Cuando uno se para en la costa, en el kilómetro cinco, que se llama Playa Bonita y uno mira para el lago Nahuel Huapi, se ve un montículo. Esa es la isla. Bueno, ahí funcionó un laboratorio supersecreto durante casi dos años.

-Mucho tiempo, ¿no?

-Claro. Pero sucedió que los resultados no venían, no llegaban, no había nada y él decía: “Estoy trabajando. Ahora logré tal cosa”.

-Hasta que en el gobierno se hartaron.

-Entonces, en un momento, Perón estaba acechado por sus colaboradores más cercanos. Le dijeron: quizás tenemos que enviar una comisión evaluadora.

-Es cuando llaman a Balseiro.

-Claro. Lo llaman a Balseiro, que para nosotros hoy es un instituto, pero fue una persona. Él estaba fuera del país y viene para hacer esa revisión. Y el informe es lapidario.

-Se acabó el cuento.

-Balseiro dice, prácticamente, que el austríaco no tiene nociones básicas de física nuclear.

-Lo cierto es que el austríaco, don Ronald Richter, fue más vivo que todos nosotros. Pero tenés otra historia deliciosa venida del extranjero, la del jamaiquino Max Higgins, ¡que nos vendió un Disney World criollo!

-Ahí tenés otro “elijo creer”. Max Higgins es un jamaiquino que llega a San Pedro, un pueblo de la provincia de Buenos Aires que tiene las costas sobre el río Paraná.

-Hace un desembarco espectacular, según contás.

-Llega un día, baja de un helicóptero con una comitiva de supuestos inversores árabes. Se reúne con el intendente de San Pedro. O sea, esto tuvo un tinte oficial. Y dice que va a instalar allí un parque temático de Disney World.

-Un notición.

-Es decir, el primer Disney que sale de Estados Unidos, en América, se iba a instalar en San Pedro.

-¿Y por qué le creen?

-La situación de San Pedro era realmente desesperante en cuanto a desempleo. Esto fue en el 2007. Cuando los cultivos frutihortícolas pasan a los campos de soja, queda muchísima mano de obra, que había llegado de otros pueblos para trabajar allí, desempleada.

-De todos modos, lo promesa era demasiado grande.

-Y… bueno… capaz que sí, se decían. Y había algo que le daba sustento. Max Higgins, meses antes, había hecho un reality show en Mar del Plata para encontrar al mejor jugador de fútbol de Argentina. Lo condujo Sergio Goycochea y participó Diego Maradona. Entonces, ¿por qué no iba a ser real lo de Disney si, evidentemente, era un tipo que tenía dinero?

-Esto no duró tanto como lo del austríaco.

-Lo que se comprobó, con el paso del tiempo, un muy corto tiempo, era que él estaba haciendo estafas en otros países y acá también. Hacía “esquemas Ponzi” y después, cuando ya no podía devolver la guita, desaparecía y se la jugaba y avanzaba hasta donde podía.

-Convengamos que avanzó bastante por estos pagos.

-Hasta había alquilado una Ferrari para el evento que hizo con Maradona. Le exigían que la devolviera y él se mostraba como que era propia. Bueno, era un tipo que pasó de vivir en la habitación de un hotel muy precario en Constitución a alquilar un piso en Puerto Madero.

-Hasta que capotó.

-La historia es tremenda porque hoy está en situación de calle y duerme en la puerta de uno de los principales shoppings de la ciudad de Buenos Aires.

-Una oyente habitual, muy buena lectora, María Rosa, dice “qué bueno encontrar periodistas que combinan profesionalismo y frescura”. Da en el clavo, porque esta era tu idea original, ¿no?

-¡Oh, María Rosa! Me vas a hacer llorar. Es una búsqueda que tengo desde que arranqué en periodismo.

-¿A qué edad?

-Arranqué a los veinte. Tengo cuarenta y cinco años. Y en mi fuero íntimo y personal, soy muy insultadora.

-¿Sos puteadora!

-Muy puteadora. Altísima puteadora.

-Como buena futbolera.

-¡Exacto! Nos estamos entendiendo perfectamente. Yo laburo en radio hace un par de años con Matías Martin en un programa llamado Todo Pasa y ahora los oyentes me bautizaron Bronquita porque, de repente, me caliento y digo algo.

-¿Y en la gráfica cómo eras?

-Yo quiero volcar un poco de humor. Pero, en la gráfica, mi miedo era que no me tomaran en serio. Entonces, durante muchos años busqué el equilibrio entre ser seria, pero no solemne. Una búsqueda que puede salir bien o puede salir mal.

-¿Y? ¿Cómo lo fuiste resolviendo?

-Quien me aventuró a animarme fue alguien que yo conocí, primero, como lectora y que después tuve la suerte de que fuera mi editor, el editor de este libro: Juan José Becerra.

-Un capo. Ha pasado varias veces por este programa.

-Él escribe así. Es serio, pero no solemne. Incluso tiene unos insultos espectaculares. Juan, para mí, es lo más, en todo sentido.

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