El puesto de flores a las puertas del cementerio tenía en María Luisa su insignia de cordialidad, pero también de dolor. Tenía una calidez vibrante en la voz al atender a los dolientes que iban a visitar a sus difuntos y al extender los ramos coloridos los miraba a los ojos, buscando la marca que los uniera. Por eso ella trabajaba allí, para estar más cerca de su hijo.
El terror es nuestro: "Los hablantes del viento"
La juventud parece ubicarse en las antípodas de la muerte, pero en el caso de esta historia que Cristian compartió en radio Nihuil, esa premisa se quebró de la peor manera

Cuentos de terror de Marcela Furlano.
Imagen generada con IA-Gonzalo PonceRealidad con leyendas
Fabián, a los 23 años, estaba encontrando la forma no sólo de ser independiente, sino de asegurarse un buen pasar para él y para su futura familia. Tenía una novia en el presente y otras tantas en el pasado, pero con su trabajo en un supermercado quería en algún momento replicar la vida que tuvo con sus padres y sus tres hermanos. Esos lazos habían sido a tal punto determinantes que incluso en ese pequeño círculo había encontrado a su mejor amigo: su hermano Cristian.
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Quería trascender su sangre y que sus propios hijos experimentaran lo que significaba crecer cuidado, seguro, amado, un capital invalorable en un mundo caprichosamente hostil.
Fue cajero, supervisor y para asegurarse un dinero extra, algunas noches solía trabajar como sereno. Sin ser supersticioso, no ignoraba que el supermercado se había instalado en una enorme y antigua estructura en la cual habían sobrevivido no sólo sus muros, sino oscuras leyendas.
Lo que escuchaba en medio de la soledad, lo inquietaba. En su mente los sonidos se traducían en imágenes: el viento obstinándose contra los vidrios, ratas que de algún modo habían vulnerado el depósito o el chisporroteo de algún tubo fluorescente en las oficinas de la administración. Pero había otros ruidos que no eran asimilables a nada que pudiese moldear su imaginación y si aparecían, eran destellos demasiado horrendos para ser sostenidos. Eran susurros leves, que lo rodeaban como el viento que se obstinaba allá afuera y le dejaban letras sueltas, palabras ininteligibles, como un mensaje imperioso destinado a no llegar nunca.
Por extraño que parezca, ese lenguaje indescifrable lo determinó a conseguirse un arma. Desde que la tenía, los hablantes del viento se habían callado.
Rumores y sombras
Cuando le llegó el rumor, en ese mismo instante se convirtió en una obsesión. Ella no era una mujer más de su pasado, era la única que importaba. No había explorado la desesperación hasta que ella desapareció de su vida, sin ninguna explicación. En ese momento la herida fue primero dolor, luego resentimiento y por último, un frágil olvido. Le aseguraban que había tenido un hijo suyo.
Cuando la conoció, ella le confesó que su familia -que vivía en un campo de Santa Rosa-, era muy estricta en imponer una regla de hierro a las mujeres de la casa: “no sólo ser, sino parecer”. El infierno debía haber caído sobre la joven y él sólo quería hacer lo correcto, no sólo por el niño, sino por ella, incomparable con cualquier otro amor que hubiese experimentado.
Un amigo lo llevó hasta ese campo que pocas veces había visitado. Le dijo que no lo esperara, que iba a encontrar el modo de volver. Seguramente quería evitarle intervenir si el encuentro no seguía los carriles deseables. Y tenía razón en eso.
Los padres de la joven no sólo no le permitieron verla, sino que negaron todo y lo echaron a los gritos. “Ella está mejor sin usted”, fue la sentencia. Cuando empezó a caminar por el camino desdibujándose en sombras, él quiso creer que lo que dijeron, no era verdad.
Desarmado
El color de la noche oscureció a Fabián, con la luna y el dolor a sus espaldas. A medida que se alejaba de la casa de quien fue su novia, se sentía cada vez más cansado.
Cada paso duplicaba el peso en sus pies. De pronto los sonidos a su alrededor se apagaron y entre el cielo y la tierra emergió un santuario con techo de árboles. El mundo no debería callarse de repente.
Ni siquiera escuchaba sus propias pisadas o su respiración y cuando quiso hablar para saber si aún existían las palabras, como un vano intento de aplacar el conjuro, sólo silencio surgió de su garganta. Entonces los escuchó.
Eran los mismos sonidos que alguna vez se callaron cuando él le dio al revólver la categoría de amuleto protector. Ahora estaba desarmado en todos los sentidos y ellos lo sabían. Primero le susurraron los fragmentos ininteligibles que conocía, pero luego se hicieron más claros y más fuertes.
Cuando llegó a la estación de colectivos estaba temblando. Los lamentos lo acompañaron hasta que un hombre se acercó para preguntarle si se encontraba bien. No sabía que nada sería como antes de esos gritos.
El último acto
Su hermano Cristian lo llevó hasta el trabajo, porque ese día Fabián era el encargado de abrir el supermercado. Tenía que preparar todo. Lo estaban esperando.
Ir a su encuentro fue el último acto de su tragedia. Las voces eran un estigma que lo habían lastimado tan profundamente, que disimular su tristeza era una acción imposible de sostener. Tenía el arma y su auxilio. Eligió ese escenario para evitar que su familia fuera quien lo encontrase sin vida.
Dejó cartas en lugares clave de su casa, para que las descubrieran cuando el dolor les permitiese entrar a su cuarto y reclamarlo en sus objetos. Los motivos que expresaba no respondieron la única pregunta que sus padres y sus hermanos se hacían. Eran indescifrables, como si los hubiese escrito en un idioma misterioso y era imposible distinguir algo de Fabián en esas líneas.
Su madre releía esas cartas intentando hallar la voz de su hijo en ellas. Conseguir un trabajo en el puesto de flores en el cementerio donde él estaba, la reconfortaba de una manera que no podía explicarle a nadie, ni siquiera a aquellos que compartían un dolor como el suyo.
No quería que pensaran que la pena la había lastimado tanto, que una fantasía alimentaba sus días desolados. Podía jurar que en algunas tardes, cuando el viento se obstinaba entre los pétalos multicolores, le llegaban lejanas y entrecortabas palabras, como de una radio descompuesta. Esos sonidos nunca se cristalizaban en un mensaje, pero María Luisa sabía que era la voz de Fabián que la abrazaba, en un suave código secreto que suplicaba su perdón y lo trascendía, con su inquebrantable amor.