Cuentos de terror

El terror es nuestro: "Los fugitivos"

Una noche sin sobresaltos se convirtió en la peor de las pesadillas para una joven mujer, atrapada en su propio hogar

Editado por Marcela Furlano
furlano.marcela@grupoamerica.com.ar

El terror -al menos en las películas que explotan el género- se nutre del aislamiento y la oscuridad como algunos de sus elementos desencadenantes. Una cabaña en el medio de un bosque tormentoso es el cliché favorito de los directores con poco ingenio, que leen en los miedos humanos sus páginas más superficiales. Pero hay ocasiones donde la víctima está rodeada de personas -en un ambiente urbano, por ejemplo- y sin embargo la noche cae con su ciclo ineludible y no puede evitar, otra vez, ser el vehículo del horror.

Espacio propio

Para Julia, elegir el departamento donde por primera vez iba a vivir sola, era un desafío de múltiples aristas. No se trataba sólo del aspecto económico, sino de que fuera seguro y -de ser posible-, al menos la mitad de luminoso y acogedor de lo que ella había imaginado.

Tuvo que sortear las inspecciones de sus padres, que querían ver con sus propios ojos si todo estaba en orden y si el complejo cerrado ofrecía la seguridad necesaria para que ellos también pudiesen dormir en paz. Después de muchas objeciones cruzadas, encontraron un lugar con el que los tres estuvieron de acuerdo.

Las nuevas rutinas se abrieron paso entre los antiguos hábitos. El olor del café ya no la despertaba, sino que ella debía comenzar el día preparando su desayuno y la mayoría de las veces, el tiempo no le alcanzaba para comenzar la mañana como ella proyectaba la velada anterior.

La limpieza, el orden, el control de los propios horarios y límites al principio fueron algo desafiantes, pero naturalmente fue imponiéndose una cotidianeidad donde se sintió cómoda.

Comenzó a forjar esa relación con el entorno más privado que todos alguna vez adquirimos. Llegar al departamento era el fin de un día variable desde lo excelente hasta lo frustrante, pero no había sorpresas al concluir ese recorrido de veinticuatro horas. Cuando algunas de sus circunstancias se volvían un tanto inestables, siempre ese espacio ordenado, con los libros que amaba y las plantas que intentaba mantener vivas, adquiría la forma de la certidumbre. A esa tranquilidad comenzó a llamar “hogar.”

El fin de los sueños

La noción de refugio se amplificaba los viernes, porque por lo general ese día se quedaba en el departamento, sin ningún plan preestablecido. Era agradable procurarse un tiempo de ocio que contemplase sus despreocupados deleites, como la lectura, esas pequeñas libertades que se disfrutan intensamente, aunque sean repetitivas.

El sueño llegó después de una cena liviana y el frío tentaba a buscar el amparo de la cama. Mientras se envolvía en los últimos detalles de la vigilia, las preocupaciones inmediatas se fueron disolviendo en una tibieza imaginada para conjurar cualquier invierno.

Al cerrar los ojos reafirmó la oscuridad del cuarto y los sueños se abrieron en un compás armónico, que no tardaría en interrumpirse abruptamente.

Alimañas

Julia no se despertó de una pesadilla, sino que se sumergió en una de ellas. Los componentes de una realidad fragmentada comenzaron a revelarse: eran ruidos casi imperceptibles y algo lejanos, como el crujir de viejos papeles. No debían estar allí. No debería existir el momento en que esos fantasmagóricos roedores estuviesen devorando, quizás, las páginas de sus libros. Pero fue una externa y manifiesta intención de silencio lo que la alarmó: el sigilo extremo no es propio de ese tipo de alimañas.

Alguien había entrado al departamento. Los pasos intentaban ser cautelosos, pero las prisas por llevarse lo que encontraban en su camino los delataba. Algo se cayó en la cocina y el ruido alcanzó a Julia como un latigazo, pero no se permitió un sonido, mucho menos un grito. Era prisionera en su propio cuarto y sólo rogaba que los intrusos no vulneraran su último espacio seguro.

No hubo palabras, pero sí un susurro indescifrable que Julia interpretó sin dudas: iban a entrar a su habitación. Escuchó la puerta abrirse y recién en ese momento advirtió que la madera crujía tímidamente, como una solapada advertencia.

Los latidos del corazón tronaban en el tórax a tal punto que Julia temió que los intrusos pudieran escucharlos y saber que debajo de la manta estaba ella, despierta, aterrada e indefensa de un modo que jamás hubiese imaginado.

Su respiración acompañaba el ritmo enloquecido de su sangre. Tenía que calmarse. El sueño apacible se ve y se escucha de una manera muy diferente. Se impuso una orden desesperada y contradictoria: en medio del caos era el momento de la serenidad.

Los ojos permanecieron cerrados y dibujó placidez en su rostro, aunque el resto del cuerpo se obstinara en un temblor asimilable al frío más extremo.

No sabía si eran dos o más, pero estaban cerca de su cama, mirándola en la más vulnerable de las circunstancias, una bella durmiente cercada por serpientes.

Un mantra se repetía en su mente, que gritaba en medio del mutismo impuesto: “Que no me hagan nada, que no me hagan nada” y cada palabra le recorría el miedo con la fe puesta en paralizarlo.

El celular estaba junto a su cabeza, en la almohada. Le pareció inexplicable presentir primero la mano acercarse a ella, con la nitidez de una imagen forjada con los ojos bien abiertos, a plena luz del día, para luego confirmarlo con el olfato, con el olor a cigarrillo que se acercaba a su rostro inconmovible, sumergida en sueños que no existían, pero que deseaba refractar para sus acechadores.

Los cómplices de las sombras no reconocieron su miedo o lo ignoraron. Se llevaron todo lo valioso de ese departamento y también lo intangible.

Cuando se fueron, Julia no supo si fueron segundos o extensas horas lo que demoró en recuperar el grito y la sensación de que la ayuda se volvía posible. Ellos eran los fugitivos del mapa del terror y lograron escapar por esos laberintos donde las pesadillas no alcanzaban para contenerlos e hicieron de nuestra realidad su último destino.

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