Estaba sucia, aterrada y no sabía a dónde íbamos. La venda sobre los ojos apenas dejaba traslucir las intermitentes luces de la calle. El resto era una oscuridad sólo transferible a la noche.
El terror es nuestro: "El último milagro"
El cautiverio de una mujer culmina en un encuentro inesperado, llamado a repetirse eternamente
Los dolores eran cada vez más intensos. Iba a tener a mi primer hijo o hija sola, sin su padre, sin mi madre, sin alguna de mis hermanas que ya habían pasado por esta experiencia. Ni siquiera sabía si mi bebé y yo tendríamos la posibilidad de sobrevivir.
Mantenerse con vida
La fecha de parto era para fines del ‘77 o principios del ‘78 y sólo los primeros cuatro meses de mi embarazo los viví fuera de una celda. La confirmación de que seríamos padres fue una revelación esperanzadora y angustiante. Nos estaban buscando y si bien nuestra libertad e integridad estaban bajo amenaza, sumar a eso la responsabilidad de poner a salvo la vida de quien habíamos deseado tanto, era un peso insostenible que paradójicamente, nos hacía sentir más livianos.
Teníamos una casa rodante y durante semanas vivimos con lo justo, gracias a la ayuda de nuestras familias y amigos. Estacionábamos por las noches en ubicaciones diferentes, en barrios tranquilos y nos íbamos antes de que la actividad amaneciera y alguien reportara nuestro vehículo como “sospechoso”, porque todo cabía en esa categoría cuando era inusual.
Nos refugiábamos en lugares parecidos a la realidad que tuvimos, sin saber que los problemas del trabajo, el sueldo escaso y el calefón que se negaba a funcionar a pesar de ser nuevo, serían luego la definición de un paraíso perdido. Nuestra única ocupación por aquellos días era mantenernos ocultos, que era lo mismo que mantenernos con vida.
Desarrollamos una aprensión a casi todo aquello que nos rodeaba. El joven de campera que entraba al almacén al mismo tiempo que nosotros no nos parecía un verdadero cliente y si la mujer que caminaba delante se daba vuelta a mirarnos, seguramente lo hacía por una oscura razón. El amigo al que llamamos esa vez sonó nervioso, quizá porque alguien junto a él estaba escuchando la conversación y en ese instante decidíamos no contactarlo más. Así, cada gesto, salida para abastecernos o una breve caminata alrededor de la casa rodante, se convirtieron en puentes rotos. Perdimos contacto con todos, por temor a que nos delataran o por el terror de involucrarlos.
Corazonadas
“Es un varón”, me dijo. Me dio risa su seguridad, que él atribuyó a un presentimiento. Cuando me preguntó qué creía yo, no pude responderle. No poder imaginar a mi bebé en ese cercano futuro fue mi único presagio.
Una noche de julio, el frío me había quitado la energía, o quizá era el modo en que estaba exorcizando mi pena. Me agotaba la vida incierta, la del movimiento como regla rigurosa, la del miedo como pan cotidiano. Por eso cuando él fue a comprar algo para la cena, yo me quedé, envuelta en una frazada, armando en mi cabeza un escape que fuera posible e intentaba -con escasa fortuna- imaginar un mundo palpable para los tres. Lo esperé y casi de inmediato supe que algo no andaba bien. No sólo no volvió esa noche, sino que el abandono al que lo obligaron y al que me arrastraron, fue para siempre.
Ya habíamos hablado de qué debíamos hacer si algo como esto se presentaba. Él llamaría a sus padres y les daría la ubicación para encontrarlo, pero ni ellos ni nadie sabían dónde estaba. Recorrieron hospitales, comisarías, casas de amigos, con la misma respuesta, como si fuese un epitafio: “No sabemos nada”.
Mantuve mi promesa de mantenerme en las calles, nunca en el mismo lugar, pero sin él me desangraba en un esfuerzo insostenible y volví a la casa de mis padres. A los tres días me fueron a buscar. De madrugada me arrancaron de mi cama y de los brazos de mi madre para entregarme a una nueva noción de oscuridad.
Canciones silenciosas
La venda me instruyó en una desconocida forma de percepción. Mi instinto leía la realidad amplificándola por dos: tenía el doble de frío, el doble de hambre, el doble de miedo.
Intenté al menos medir los días para entender el alcance de mi cautiverio, pero al principio ni siquiera para dormir me quitaba ese antifaz grotesco, por temor a quebrar la orden impuesta y su posterior represalia. Luego, la certeza de mi absoluta soledad trajo la osadía. Con los ojos bien abiertos pude medir las dimensiones escasas de la habitación y la avaricia de una ventana que apenas dejaba entrar unos agónicos rayos de sol. Solía ubicarme en medio de esa precaria iluminación para que mi bebé sintiera el calor y que mis recuerdos de las tardes soleadas lo alimentaran de esperanza. Me daba miedo que la escasa comida y todo lo que estaba padeciendo mi cuerpo lo nutrieran solamente de horror.
Por eso mi cabeza danzaba en canciones de cuna, porque me castigaron hasta los susurros. Le contaba cómo conocí a su papá, cómo era la casa donde vivíamos, que iba a ser el primer nieto de las dos familias. Cuando el hambre lo hacía reaccionar en mi vientre, recordaba el sabor de las cerezas, el tuco que hacía mi madre con secretos no heredables, el rito del asado de los domingos y ambos, de algún modo, nos calmábamos. Lo estaba criando con migajas de vida.
Peligrosa
Me quitaron la venda cuando estábamos llegando al hospital, previa advertencia de mantener los ojos y la boca cerrados. “Ni una palabra”, me dijo una voz grave, agusanada por el cigarrillo.
Escuché voces femeninas y acusaciones mentirosas. Mis captores explicaban que me habían encontrado tirada en la calle, seguramente drogada. “Qué clase de madre va a ser, se podrán imaginar”, dijo la voz del fumador.
Ellos ingresaron al quirófano conmigo. Argumentaban que no podían dejarme sola, “porque podía ser peligrosa”. Alguien les respondió que una mujer a punto de dar a luz era un peligro que estaban dispuestos a correr y los invitaron, sin demasiada cortesía, a esperar afuera.
Las contracciones eran insoportables cuando me indicaron que podía abrir los ojos. La luz me lastimó, con la penumbra siempre a cuestas. Comencé a seguir las instrucciones sin una queja. El dolor me dictaba gritar, pero mi garganta hacía meses estaba silenciada. Cuando lo escuché llorar, me alegró saber que a él no le habían arrebatado la voz.
Era un varón. Lloré cuando me preguntaron el nombre de mi hijo. “Marcelo, como su papá”, fue mi respuesta y al instante una enfermera se ubicó a mi lado y me preguntó mi apellido y el del padre. Vi en su mirada que quería resguardar esos datos que quizá no aparecerían en ningún lado, como si nuestras existencias no contaran, como si pudiesen merced a su voluntad, esfumarnos.
En ese instante en que la vida me hacía partícipe de unos de sus mayores milagros, me alcanzó la certeza de que no vería a mi hijo crecer.
Sobrevivir
No puedo evitar advertir los cambios. Ahora puedo mantener los ojos siempre abiertos y escuchar el llanto de algún bebé, que nunca es el mío.
Nadie advierte que estoy, que sigo acá, que no he desaparecido. Solamente ella me vio y algo en mí debió despertarle cierta curiosidad, porque se marchó tranquila y volvió con otra mujer, de idéntico uniforme blanco.
-¿Ves que no hay nadie? No sé qué viste, Verónica, pero la única mujer que está en trabajo de parto está en el otro quirófano. No hemos ingresado a nadie más- dijo la acompañante de la mujer que me descubrió en el momento de dar a luz, en medio del frío de los tiempos. El hijo que no vi crecer ahora tiene más años que yo cuando me llevaron a ese hospital, hace indefinibles décadas.
No puedo irme. Elijo eternizar ese instante, donde el llanto triunfante de mi hijo me aseguró que por ese grito de supervivencia, yo estoy llamada, eternamente, a permanecer.








