El 25 de diciembre de 1977, el mundo le dijo adiós a Charlie Chaplin, comediante, actor y cineasta inglés que alcanzó la fama en la era del cine mudo. Meses después, el cadáver del intérprete fue robado de un cementerio en Suiza.
El robo del cadáver de Chaplin: un disparate macabro y una negociación insólita
Los criminales profanaron la tumba del famoso actor en Suiza y exigieron dinero para devolver el ataúd
Chaplin nació en la pobreza y la penuria, pero se convirtió en una de las figuras más importantes de la industria cinematográfica, gracias a su genial humanización de los conflictos tragicómicos del hombre con el destino.
Aunque parezca una historia sacada de sus películas cómicas, varios meses después de su muerte, su cuerpo fue secuestrado por un par de ladrones torpes en el tranquilo pueblo de Corsier-sur-Vevey.
Una tumba profanada
Según la BBC, en marzo de 1978 desenterraron el ataúd, para obligar a la viuda de Chaplin, Oona, a pagar £400.000 (equivalente a unos U$S2,35 millones de hoy). Ella se negó a pagar, afirmando que a "Charlie le habría parecido ridículo".
Tiempo después, los secuestradores llamaron y amenazaron a sus hijos. A pesar de que la familia Chaplin guardó silencio sobre el rescate, comenzaron a circular rumores sobre el ataúd perdido.
En Hollywood se especuló que el cuerpo había sido desenterrado porque Chaplin era judío, y había sido enterrado en un cementerio gentil. Otra de las teorías hablaba de macabros y fanáticos admiradores capaces de construir un santuario secreto para adorar a su ídolo, o para enterrarlo en Inglaterra, su país natal.
Mientras tanto, la policía suiza y la Interpol, montaron una operación donde se vigilaron 200 kioscos telefónicos, además de intervenir el teléfono de los Chaplin. Ya tenían el perfil de los delincuentes, así que le rogaron a Oona que aceptara negociar o simular negociar con los profanadores.
Se hizo el arreglo y, la noche indicada, el mayordomo salió al volante del Rolls Royce familiar, con un maletín con el supuesto dinero del rescate. Esa noche, en Corsier, había decenas de policías de civil vigilando.
En aquella ocasión, las cosas no salieron bien, así que tuvieron que planear un nuevo rescate. El 17 de mayo de 1978 detuvieron a Roman Wardas, un polaco de 24 años y, a su cómplice, Gantscho Ganev, un búlgaro de 38, ambos mecánicos de autos y con muy poca experiencia en la delincuencia.




