Las historias de José

El jardinero y la maestra, una mujer buena

Alejandro Cuadra y Silvia Siarri protagonizaron hace más de 20 años en Las Heras una historia trágica que culminó en los tribunales y entristeció a la escuela Recuero, en El Algarrobal

Silvia Siarri (43) era una mujer buena y Miguel Cuadra (26) un laburante todo terreno. Sin embargo, un caluroso día de diciembre del año 2002 fueron protagonistas de una historia que todavía se recuerda.

Barrio Mariano Moreno de Las Heras. Fin de año también escolar y Silvia, que era docente en la escuela Casimiro Recuero, en El Algarrobal, había planificado su día: algunas compras y ordenar la casa para luego, hacia la noche, despedir el año laboral con las compañeras de trabajo. Del jardín que daba a la calle se ocuparía Alejandro, a quien cada tanto convocaba para esa tarea.

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La maestra daba clases en la escuela Casimiro Recuero de Las Heras.

La maestra daba clases en la escuela Casimiro Recuero de Las Heras.

El jardinero era de confianza, de manos grandes y pocas palabras. También la maestra, que vivía sola en un barrio que, por entonces, estaba rodeado de una inmensidad hoy ganada por nuevas edificaciones y habitantes.

El sol castigaba como suele hacerlo en cada semana previa a las fiestas de fin de año y cuentan que Silvia se asomó un par de veces a la ventana para controlar que el jardín fuera recuperando belleza y orden gracias a la faena de Alejandro.

El hombre entraba a la casa de la maestra lo justo y necesario, sobre todo para hacerse de las herramientas de trabajo y devolverlas al final. La supervisión final precedía al pago y a la despedida hasta la próxima vez, que sería en dos semanas, porque el riego hacía crecer el pasto y obligaba al recorte.

Algunos vecinos de la zona recuerdan haber visto al jardinero haciendo su trabajo. Pocos lo vieron irse porque, claro, los rigores del verano imponen el encierro para evitar el golpe de calor o la insolación.

Sin embargo, los vecinos más antiguos del barrio Mariano Moreno recuerdan como si fuera hoy cómo una ambulancia ingresó a toda velocidad y con la sirena encendida bien entrada la tarde. Era Silvia. En su propia casa. Golpeada en la cabeza y con indicios de ahorcamiento con un cinturón.

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Médicos del SEC asistieron a la maestra en su casa.

Médicos del SEC asistieron a la maestra en su casa.

El jardinero, en el centro de la escena

Todas las pistas apuntaron al jardinero, a quien la Policía y la Justicia buscaron mientras la maestra agonizaba en el hospital Central de Ciudad. Traumatismo encéfalocraneano con pérdida de conocimiento, diagnosticaron los médicos tratantes.

Cuadra fue detenido en la calle una semana después mientras Silvia no mostraba ni un indicio de conciencia. El hombre se negó a declarar y fue imputado por lesiones graves. Con el cabo de madera de un hacha la había golpeado en la cabeza.

La escuela Recuero había cerrado las puertas por vacaciones, pero los directivos, docentes y alumnos estaban pendientes de la salud de Silvia Siarri. A ella le dedicaron prontos deseos de recuperación en las fiestas de fin de año. Con todo, la mujer seguía en estado desesperante.

Los buenos oficios del abogado defensor permitieron que el jardinero recuperara la libertad, aunque siguió ajustado a proceso, como suelen decir en el argot de los Tribunales. Se le recomendó no salir de Mendoza y que estuviera atento a una nueva citación, aunque el hombre y los suyos pensaban en algo que parecía imposible: que Silvia no muriera.

Pasó el verano y asomó lentamente el otoño hasta que la maestra despertó del letargo de varios meses. Quería hablar pero no podía. Quería moverse pero el daño cerebral sufrido había limitado seriamente sus capacidades.

En una clínica de recuperación que funcionaba en la avenida Emilio Civit le dieron un tratamiento específico. Y Silvia mostró algunos avances. Quiso escribir pero -vaya paradoja del destino- no pudo siquiera empuñar un lápiz. Justamente ella, que a tantos les había enseñado los secretos de la educación escolar y los había acompañado en esos primeros trazos, tan indispensables para la vida.

Cuentan que Silvia estaba triste e impotente. Sabía que ya no era la misma y que de ahí en más dependería de médicos y cuidadores. Su orgullo de persona libre e independiente estaba herido. La visitaban parientes, que volvían a casa desolados por ese presente tan delicado. Porque Silvia ya no era ella.

Semanas después, una mañana de agosto de 2002, el teléfono sonó en la casa de un hermano de Silvia Siarri. La muerte la había sorprendido mientras dormía.

El jardinero fue detenido nuevamente y llevado a juicio por homicidio simple.

En el año 2004, la Séptima Cámara del Crimen escuchó a los testigos, a los peritos y finalmente a Cuadra, quien tuvo la chance de decir su versión, antes de la deliberación secreta de los jueces. "Pido perdón por lo que cometí", dijo en voz bajita mientras se hurgaba las uñas, acaso para quitarse algo de tierra, acto reflejo de quienes trabajan la tierra.

O por no saber qué hacer con esas manos asesinas.

El juicio al jardinero

La sentencia salió en menos de una hora y el jardinero fue condenado a 7 años de cárcel por las gravísimas lesiones que prácticamente hundieron a Silvia Siarri en un severo cuadro de minusvalía física y mental. No por la muerte.

El tribunal estuvo integrado por Arnaldo Kletzl, Agustín Chacón y Pedro Carrizo y el debate se desarrolló en el Palacio de los Tribunales, en una de las hoy desaparecidas salas de audiencias.

Susana García fue la fiscal del juicio y defendió la teoría de que la maestra murió por una falla cardíaca -como indicó el certificado médico- y no por las lesiones. La acusación fue en esa sintonía.

El jardinero Alejandro Cuadra fue alojado en la cárcel, donde vivió su tiempo de encierro sin contratiempos. En 2007 accedió al beneficio de la libertad condicional. Hoy es hombre libre.

A la maestra Silvia Siarri muchos la recuerdan. Por su personalidad firme, por sus deseos de superación y buenas maneras. Y sobre todo, porque fue una mujer buena.

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