Salida de la cuarentena

El drama de un apicultor mendocino encerrado en un hotel

“Vengo del campo, sin haber tenido contacto con nadie, salvo una piara de chanchos jabalíes que se me cruzó en el camino. No vengo de ninguna zona roja, pero igual me mandaron a encerrar”.

Federico Pizano habla desde el hotel donde “lo encerraron”, en la calle España, entre Necochea y Las Heras.

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En las otras habitaciones hay gente que ha llegado de Chile, de España, de Brasil… Él llegó del campo.

Federico es productor apícola. Tiene colmenas en Lavalle, en San Carlos “y 200 en Córdoba, que instalé allá en una estancia, en pleno monte, por razones climáticas”. Además tiene una sala habilitada de extracción de miel, para exportación, y un socio, Horacio Leonforte, que tiene sus propias colmenas en la misma zona de Córdoba y con la que comparten gastos en cada viaje.

Las colmenas cordobesas están en la zona de Chajan, en el sur de la provincia mediterránea.

“Una vez al mes viajamos allá, turnándonos en quién pone la camioneta. Cuando se declaró la cuarentena hacía unos 10 días que habíamos regresado de allá y estábamos aguardando a ver cómo evolucionaba esto”, cuenta Federico.

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“Ya habían pasado casi 2 meses y medio desde nuestro último viaje y teníamos que regresar, porque las colmenas en Córdoba sufrieron este año una sequia muy grande, no juntaron suficiente cantidad de alimento para pasar el invierno y nosotros tenemos que hacer mantenimiento de las colmenas y aportarles alimento en forma artificial, mezclando una parte de azúcar y otra de proteínas. Es un trabajo manual, artesanal, que hay que hacer en forma directa y es indispensable para las colmenas”, explica.

Así que comenzaron a averiguar si el viaje era posible y que condiciones y cuidados debían tener. “El primer decreto nacional exceptuaba de la cuarentena a la actividad agropecuaria, que nos permite trabajar a los apicultores. También fuimos a Gendarmería y a Turismo de la Provincia, para confirmar todo y el responsable de los ingresos y egresos a Mendoza, Marcelo Reynoso, nos dijo que no debíamos hacer cuarentena al regreso, teniendo los permisos de Nación”.

Entonces los socios emprendieron el viaje. “Fuimos cada uno en su camioneta, para evitar problemas. Tuvimos que dar una vuelta grande hasta llegar Chajan y, antes, hablamos con el intendente de la zona, quien nos recomenzó que lleváramos provisiones para no tener que tener contacto con la gente del pueblo”.

Así hicieron el trabajo durante los siguientes días. El pasado jueves, con su camioneta cargada con tambores de 300 kilos repletos de miel y también algunas colmenas, Federico Pizano emprendió el regreso, mientras que Horacio Leonforte decidió quedarse unos días más.

“Pasé encapsulado por San Luis. No entré ni siquiera a una estación de servicio ni para ir al baño, fui siempre a la vera de la ruta. Llegué a las 10 de la noche a Desaguadero. Desde la posta sanitaria, antes del Arco, hasta La Paz, me encapsularon y después otros móviles nos llevaron en caravana hasta San Martín. Allí dos motos nos encapsularon hasta la Terminal de Ómnibus, de Mendoza. Éramos unos  15 autos. Nos pusieron en las dársenas de los micros y nos empezaron a controlar personal de Gendarmería y del Ministerio de Salud”.

Allí, mientras algunos opinaban que Federico no debía hacer cuarentena y otros sostenían lo contrario, se generaban discusiones y el cargamento de miel de la camioneta estaba a pleno sol y amenazaba con convertirse en un inmenso enjambre en cualquier momento, se resolvió que el apicultor pudiera retirarse con su camioneta a su casa, para descargar la miel y las colmenas y aguardar allí una decisión definitiva.

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A la mañana siguiente fue convocado a la terminal y, de allí, escoltado hasta el hotel en donde hoy permanece alojado.

“Desde que salí de Mendoza y hasta que regresé, estuve todo el viaje sin contacto con nadie, en medio del campo. La única estación de servicio donde paré fue en Vicuña Mackenna y ni siquiera me bajé de la camioneta, pagué con débito y desinfecté la tarjeta con alcohol en gel. Tomé todas las precauciones para no relacionarme con nadie, más allá de que nuestra actividad está permitida por el Gobierno Nacional. Pero ahora, en el hotel, me obligan a estar aquí 14 días, rodeado de gente que estuvo en el exterior del país, y después encerrado otros 7 días en mi casa, mientras mis colmenas corren riesgo de morir y también toda mi fuente de ingresos”.

Más allá de estar totalmente paralizado, “tengo que pagar la estadía acá, $2.000 más IVA por día, lo que significa unos $36.000. Para mí eso significa tres meses de alquiler y no tengo esa plata”, dice Federico.

Además cuenta que “en el hotel nos atienden bien, pero la limpieza de cada habitación la tiene que hacer cada huésped, con una única escoba, un único balde y una única mopa para todo un piso con 10 habitaciones”.

La desesperación de Federico es mucha y hasta pidió asistencia psicológica. A esto se suma que su socio, Horacio Leonforte, sigue en Córdoba esperando saber qué hacer, con el agravante que Horacio tiene a su padre de 84 años en Mendoza, esperando su regreso.

Todo parece riesgoso y todo parece absurdo, al mismo tiempo. Son los laberintos de la pandemia.

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