Los discípulos de Angelelli estarán presentes este jueves en San Martín

“Me escapé del policía que me había acompañado al baño y me empecé a guiar por los gritos de mi papá, que venían de un cuarto del hospital. Cuando abrí la puerta lo vi. Estaba acostado en una camita y había un charco de sangre en el suelo, un enorme charco. Lo habían dejado ahí toda la noche, sin atención. Al rato una enfermera le avisó a mi mamá que había muerto”.

El relato es el de una niña de 13 años, aunque ahora esa niña tenga 55. Se llama María Rosa Pedernera y dice que “durante muchos años le prohibí a mi hija que diga su apellido materno”. Ella es la hija de Wenceslao Pedernera, un peón rural que fue ejecutado por un grupo de tareas la noche del 24 de mayo de 1976, a 20 kilómetros de Chilecito, en La Rioja, y que fue ultimado por ser parte del grupo que trabajaba con Monseñor Angelelli en la promoción social de los habitantes de la zona.

María Rosa, que hoy vive en la mendocina Rivadavia y que es el pueblo donde nació, será una de las que estará presente este jueves, a las 19.30, en el Centro de Congresos y Exposiciones de San Martín, donde se presentará el documental “Un tropiezo de ternura”, que repasa a través de testimonios y archivos históricos, la vida pastoral del obispo riojano y su gente.

En el encuentro expondrá el director del documental, Carlos Ruiz, María Rosa Pedernera y los Rafael Sifre y Carlos Di Marco, compañeros de Monseñor Angelleli en su tarea evangelizadora y social, cuyas historias fueron reflejadas por Diario Uno días antes de que Angelelli, Pedernera y los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, fueran beatificados por el Papa Francisco.

 Embed      

También estará Monseñor Marcelo Colombo, Arzobispo de la provincia de Mendoza, que tuvo una participación trascendental en el rescate de la memoria de estos mártires.

En diálogo con este medio, María Rosa Pedernera repasó su infancia junto a su padre. “Siempre nos inculcó ser solidarios. Era una persona con buenos valores y principios, a pesar de que no había terminado ni siquiera la escuela primaria”, dijo.

Contó que Wence, como le llamaban, “ponía cajones con verduras, que cultivábamos en el patio, para que la gente que pasaba se llevara lo que le hiciera falta, sin cobrarle un peso a nadie. Lo mismo cuando venía gente a buscarlo para llevar a algún enfermo, una parturienta…
Wenceslao Pedernera era obrero de Bodegas y Viñedos Gargantini, en Rivadavia. Pero, cuando conoció a Angelelli “no le importo tener su casita propia, su trabajo efectivo y una cuentita en el banco que jamás retiró. Dejó todo, no le interesó nada de eso, solo le interesó ir a ayudar a la gente necesitada, y nos fuimos a la Rioja”, cuenta su hija, la mayor de tres hermanas que, cuando mataron a Wenceslao delante de ellas, tenían 5, 7 y 13 años.

“A los tres mártires los he conocido”, dice la mujer, refiriéndose a Angelelli y a los sacerdotes. Cuenta que el obispo “jugaba con nosotras tres. Lo recuerdo jugando en el río Miranda, sentado en unas piedras y jugando con nosotras, contando chiste entre los grandes. Tengo la imagen de él en alpargates de yute, una bermuda y una camisa guayabera, dueño de una humildad tremenda”.

La noche del 24 de mayo de 1976

“Estábamos durmiendo, yo sentí varias explosiones y después escuché los gritos de mi papá. Yo tenía 13 y mis hermanas 7 y 5. Salimos al comedor y alcancé a verlos y escucharlos festejando, gritando como si arrearan animales. Mi papá estaba tirado en el piso, bañado en sangre, y nos gritaba que nos fuéramos. Pero en medio del dolor, el nos decía ´no guarden rencor, no odien, yo los he perdonado´”, recuerda María Rosa.

“Después lo cargaron en una camioneta y nos trasladaron a Chilecito, al hospital, rodeado de gendarmería y policía. Mi madre y una enfermera le cortaba la ropa con tijeras. Me acuerdo estar mirando eso, enfrente de una puerta, y que aparecieron unos hombres vestidos de verde, armados con fusiles. A las tres hermanas nos apoyaron los cañones en el pecho y nos empujaron contra una pared y nos mantenían ahí, como si no hubiéramos sido niñas, sino delincuentes”.

 Embed      

Después encerraron a la madre y a las tres niñas en una habitación, mientras Wenceslao se desangraba en otra, sin atención. “En un momento me escapé del policía que me había acompañado al baño y me empecé a guiar por los gritos de mi papá, que venían de un cuarto del hospital. Cuando abrí la puerta lo vi. Estaba acostado en una camita y había un charco en el suelo, un enorme charco. Lo habían dejado ahí toda la noche, sin atención. Al rato una enfermera le avisó a mi mamá que había muerto”.
Al par de días los militares le exigieron a la madre que se fuera de la Rioja.

“´Usted váyase de acá, si no quiere que le pase lo que le ha pasado a su esposo´, le dijeron a mi madre.

Estuvieron 7 meses viviendo en Rivadavia y después regresaron a La Rioja. “Mi madre dijo: ´vamos a la casa que su padre nos ha dejado y que Dios nos ayude,”.

Allí todavía vive Coca, Martha Ramona Cornejo, que ahora tiene 78 años. Sus hijas también vivieron allí, hasta que se casaron. María Rosa vive en Rivadavia, Susana Beatriz en la capital riojana y Estela Martha en Chilecito.
María Rosa dice que es difícil superar el miedo. Que durante estos años ha recibido amenazas, incluso algunas muy recientes. “Un día me dejaron una bala 9 milímetros, sin disparar, en la puerta de mi casa, muy bien colocada”.

Sostiene que la beatificación ha hecho que comiencen a reconocerlo en Rivadavia y que el próximo 28, en una celebración presidida por Monseñor Colombo, le entregarás las reliquias de su padre en la Iglesia de Gargantini.
Dice recuperar el cuerpo de su padre el año pasado fue un alivio. Que los forenses dijeron que tenía múltiples signos de disparos y fracturas compatibles con patadas.

Que ella está en paz, que su padre ya tiene justicia divina, pero que aún espera la humana.

El director, en un documental que tardó 17 años

Carlos Ruiz es el director de “Un tropiezo de ternura”. Cuenta que “comencé a filmarlo en 2000, por distintos momentos se fue postergando y finalmente lo terminé en 2017. Tuve la suerte de poder encontrar mucha gente que habían trabajado junto a Angelelli. Contaron la historia de primera mano. Tiene un alto valor de recopilación”.

Dice que “la realidad de aquellos años no difiere mucho de lo que pasa actualmente. Podemos encontrar muchos puntos de contacto con lo que pasa hoy, al documental podemos mirarlo con los ojos del presente”.
Sostiene que “todavía hay mucha gente que niega a Angelelli, que ha tratado de denostar su trabajo”, pero sostiene que el reconocimiento del obispo se ha dado “gracias al trabajo de muchísima gente, durante muchos años, que mantuvo la memoria viva, que es el pueblo”.