Soy de los chiflados para quienes los kioscos de diarios y revistas fueron siempre una especie de ermita ante la cual sentía la obligación de detenerme para "orar".
Puro paganismo gráfico del cual estoy orgulloso porque esa peregrinación informativa me permitía hallar revelaciones que yo intuía de origen divino.
Por ejemplo, en una cuadra de la calle San Martín descubría una revista nueva. En la otra, publicaciones del exterior o diarios de otra provincia. Como si fuesen estaciones de un anticalvario.
Los distintos kioscos me daban la posibilidad de testear todas las tapas de los diarios de Buenos Aires, o de chequear cómo iba con los fascículos de tal o cual colección.
Fueron los primeros negocios en los que tuve cuenta corriente.
Puro papel
Me crié en una panadería familiar de Palmira (abuelos, padres, tíos) a la que todos los días llegaba el diario Los Andes y una revista distinta.
El lunes Patoruzú; el martes, El Gráfico; el miércoles, Radiolandia; el jueves, una de historietas; Y así sucesivamente, incluida alguna de fotonovelas. Sin olvidar otras mensuales, como La Chacra.
Crecí en ese territorio del papel del cual nunca me he podido separar pues después de los diarios y revistas vino la instancia superior de los libros.
Con los años llevé esa pasión lectora "a ese lugar sagrado al que acude tanta gente". No tengo empacho en admitir que parte de la escasa cultura que porto la he consolidado en ese sitio, al punto que me acordaba de ponerme en pie cuando se me dormían las piernas.
Y que me perdonen Borges y García Márquez por homenajearlos allí.
Una vida de sucesos
Acabo de terminar de ver las dos primeras temporadas de esa formidable serie que es The Crown (La Corona), sobre la realeza británica, y he comprobado que muchos de los sucesos que allí se cuentan yo los devoraba todas las mañanas, diarios o revistas en mano, mientras tomaba la leche con tortitas en la cocina de la panadería.
Por ejemplo, los sonoros escándalos de la princesa Margarita o el caso Profumo, donde se mezclaba política, espionaje y sexo por partes iguales en una Inglaterra en la que estaban por explotar Los Beatles.
Trabajé desde chico en esa panadería familiar y pude cumplir tempranamente mi sueño de tener mi propia plata para comprar diarios, revistas y discos.
El Timerman bueno
Fui adolescente y joven con revistas como Confirmado, Primera Plana, Siete Días, La Semana, Gente, Atlántida. Después, ya con algo de formación ideológica vinieron otras como Crisis, Satiricón, Humor. Y los diarios, claro.
La Opinión, el periódico de Jacobo Timerman, me voló la cabeza. Estaba tan bien escrito que, creo, su lectura fue lo que me decidió a meterme en el periodismo.
Yo llegaba todos los días desde Palmira al Centro, donde estudiaba, y lo primero que hacía era lanzarme al primer quiosco para comprar La Opinión.
La actualidad
Parte de estas cosas son las que ahora me descorazonan cuando veo que cierran o mutan los kioscos de diarios y revistas.
Algunos se han transformado directamente en negocios para vender autos de coleccción. Yo mismo me he visto comprando autitos (que me gustan, no lo niego) creyendo así ayudar a que los kiosqueros de diarios no cierren.
No obstante, tengo la secreta convicción (el anhelo, mejor dicho) de que siempre habrá kioscos de diarios y revistas.
Aunque pocos, seguirán existiendo.
Me comprometo a seguir haciendo mi recorrida por la calle San Martín y a parar, devoto, en cada uno de esos escaparates que sobrevivan para dejar testimonio de mi amor por lo gráfico.
Amén.




