Diario de Rosario: "Quisimos hacer un antihéroe con el que fuera más fácil identificarse"

La novela de Paloma Fabrykant cuenta la historia de Valentina, una periodista que se traslada a Rosario a mostrar cómo las autoridades pelean contra los narcos

“Sola en casa, con la valija a medio hacer y una piedra de merca demasiado grande para llegar a dormir algo esta noche”. Esa es la primera oración de Diario de Rosario, la novela de Paloma Fabrykant que, a diferencia de lo que se puede pensar con esa frase, no es la historia de un narco, aunque estos tienen mucha relación, sino que es la vivencia de una periodista que es enviada a Rosario para tomar imágenes de diferentes procedimientos policiales.

El comienzo de la novela es crudo. No hay medias tintas. La autora de Diario de Rosario no ha tenido ningún inconveniente de mostrar desde el primer momento que no se trata de una novela marcada de sutilezas. Se trata de un viaje directo para descubrir a Valentina, la protagonista, y mostrar que se trata de una persona muy valiente, pero cargada de defectos. No es la heroína ideal, es un antihéroe que podría ser cualquier persona y eso es justamente lo que hace que la novela de Paloma Fabrykant sea tan atrapante.

Nota aparte es el hecho de que la misma autora ha sabido realizar investigaciones muy complicadas sobre narcotráfico, lo que lleva a peguntarse cuánto hay de ella en la protagonista de Diario de Rosario.

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“La novela está construida con un personaje que recorre territorios que yo conozco, pero es un personaje inventado a través del deseo y la imaginación. Conozco Rosario, trabajé veinte años y recorrí muchas rutas del narco”, explicó la autora, que también sabe karate, una actividad que Valentina en la novela también sabe practicar.

“Se buscó un personaje que tuviera muchas contradicciones internas. Esta novela es una revisión a otra que escribí por encargo a Orsai, pero mis editoras me marcaron mucho la construcción del personaje. Al principio era unidimensional, ambiciosa y perfeccionista. Muy querible. Quisimos hacer un antihéroe con el que fuera más fácil identificarse”, señaló la autora de Diario de Rosario, que ya está trabajando en otra novela para Planeta y que, en ese caso, será de las peleas de Vale Todo, donde ella también tiene sus propias experiencias.

Cómo comienza Diario de Rosario

Sola en casa, con la valija a medio hacer y una piedra de merca demasiado grande para llegar a dormir algo esta noche, me preparo para empezar mi viaje. Salimos para Rosario al amanecer. Peiné la primera línea sobre una repisa de madera, al lado de los parches bordados con el escudo del Grupo Halcón que me regaló Roca. Me avergonzaría que él me viera así, pero nadie me está mirando.

Estoy acostumbrada a trabajar sin dormir, pero sé que no soy la misma persona. Cuando estoy limpia y descansada, el entusiasmo me rebalsa y salpico gotitas de luz para todos lados. Sé encontrar el gesto exacto, la palabra precisa para cada momento. Como esa vez que le ofrecí un chicle a un poli en plena requisa. El pobre tipo, hundido en la podredumbre de la villa, mostró sus guantes de látex impregnados de esa mugre indescifrable del fondo de los cajones, como diciendo “¿Qué puedo hacer?”. Ahí nomás pelé el chicle y se lo di en la boca. Vivo para esos momentos.

Rosario estalla de procedimientos. A las cuatro de la tarde empiezan las balaceras y a las dos de la mañana siempre cae algún óbito. Si hay un lugar donde mostrar el trabajo de la policía es en la capital del narcotráfico: la Chicago Argentina, con su paisaje de frentes tiroteados y su conteo permanente de homicidios.

Voy a vivir con Fuego en una casa que nunca vi, aunque conociendo a La Parrilla Producciones Audiovisuales, va a ser la peor pocilga de la ciudad. Fuego es mi cámara de territorio histórico. Un loco con una buena energía tan arrolladora que te dan ganas de pegarle. Tiene una sabiduría de pibe de barrio que las hizo todas pero no está de vuelta de nada; siempre listo para aprender la lección del día. Se pone inaguantable después de un tiempo, pero con nadie más podría vivir una aventura así. Hacemos un dúo mágico, de favoritismo con el universo. Juntos hicimos hitazos de la TV que duraron segundos en la pantalla pero hicieron historia para nosotros.

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Nos conocimos hace quince años en Carabela, una productora más chiquita que La Parrilla, pero igual de bizarra, donde arriesgábamos la vida por dos monedas. Nos mandaban a hacer locuras, como comprar merca con una cámara oculta para sumar recursos en un informe. Cuanto más profundo nos metiéramos en el barro más oro sacábamos: mafia travesti, gira stripper, combates de vale todo clandestino. Tenemos miles de anécdotas buscando peleas callejeras a la salida de los boliches, esquivando piedrazos de los paqueros. En esos años me hice célebre en el ambiente por defenderlo de unos matones una noche en San Miguel al grito de “a mi camarógrafo no lo tocás”. Me paré entre él y un grandote que no se animó a pegarle a una mujer. En esa época yo solamente sabía karate y nunca había peleado cuerpo a cuerpo de verdad, quizás por eso me creía invencible. Fuego se ocupó de desparramar el mito de mi valor. O de mi compromiso. De mis ganas de que me cagaran a piñas en cámara.

El plan esta vez es más serio. Vamos a cubrir allanamientos. La idea es instalar en Rosario el mismo sistema que en Buenos Aires. Periodistas laburando codo a codo con la yuta en los lugares más picantes. El mensaje: el gobierno les da guerra a los narcos. La fórmula patentada por el Tano, dueño de La Parrilla, es generar noticias lo bastante llamativas para que se repliquen en todos los medios, pero siempre apuntadas a un objetivo político: un Gobernador que busca su reelección. Campaña disfrazada de periodismo, pero no por eso menos periodismo que tantos otros. Me da la oportunidad de ver cosas a las que nadie accede, aunque deba narrarlas dentro de un esquema acotado. Un corsé que restringe mi creatividad pero me permite cierta calma. No estoy haciendo cine, ni documental, ni miradaprofunda. Aun así, mis piezas audiovisuales de baja calidad me siguen pareciendo una forma dearte. Eso me lo inculcó el Pájaro, otro viejo compañero de Carabela que me metió en La Parrilla.

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Un mediodía, a la vuelta de un allanamiento, había que titular la noticia y yo me la quería sacar de encima para irme a dormir. Ahí el Pájaro me frenó y me dijo: “No lo hagas así nomás; esta es tu obra”. Por algún motivo esa frase me zanjó la mente y desde entonces todos los allanamientos son mi obra. Rosario va a ser mi obra maestra.

Me prometí que a las dos de la mañana paraba de tomar y tiraba lo que quedara, para meterme en la cama a las tres. Siendo la una y cuarto lo veo difícil. No quiero despegarme. La bolsa de la peruana es mucho para una sola persona. No voy a pegar los ojos hasta el alba. Mi arrepentimiento va a ser infinito. Pero lo superaré. Podría haber sido peor, podría haberla cocinado.

Los últimos días estuve confundida y desencantada con el plan Rosario. Pero es algo que soñé tanto que no puedo echarme atrás. Mi mayor aventura y mi gran oportunidad de ascender. Hace años que estoy estancada en mi rol de productora de calle, que me mantiene atada con una adrenalina que no consigo en otro lado, pero un techo tan bajo que me aplasta la cabeza. No me resigno a ser solo un soldado de primera fila que da batalla en exteriores hasta el día que le entre un tiro. Necesito crecer. Que pueda ponerme unos borcegos y caminar la villa no significa que no pueda ponerme unos tacos y almorzar en casa de Gobierno. El Tano no me saca del terreno porque le doy resultado, pero yo quiero sentarme en las mesas donde se corta el bacalao.

Son las dos de la mañana y en vez de tirar una parte apuro todo. Rayas largas que desaparecen rápido. Primero en la nariz, después en la garganta. Pienso en prolongar el placer pero en realidad quiero retrasar el horror. Me enfoco en el placer primero porque todavía estoy colocada y optimista. En el fango, donde voy a caer en un rato, las palabras dan asco, la música es dañina. No se puede ni leer.

Soy un elemento siempre alerta para salir a cumplir una misión. Eso embriaga. Los primeros años en La Parrilla fueron de pasión. Mi fanatismo por el laburo era exagerado. Agarraba cualquier jornada, incluso si no me tocaba. Bastaba que el productor de guardia no atendiera la primera llamada para que yo lo reemplazara. Había días en que quedaba tan cebada después de grabar que seguía dando vueltas sola, siguiendo patrullas a ver si pasaba algo. Si caminando por la calle veía un procedimiento, llamaba a la produ para que me mandaran un camarógrafo. Los polis habían agarrado tanta confianza conmigo que me avisaban a mí antes que al Ministerio. Y aun así el Tano no me daba un ascenso.

Acabo de tirar una piedra grande y compacta por el inodoro. Me la pasé por las encías y la despedí con un beso. Me voy a terminar lo que queda en un rato. Calculo una hora bajando. Después vendrá el momento en que realmente no quede una molécula de serotonina en mi cerebro y ahí me invadirá la pulsión de muerte. Por eso nunca quise tener un fierro en casa, a pesar de que hice los papeles, pasé el psicotécnico y pagué las comisiones para ser legítimo usuario de arma de fuego. Mejor no tener una salida tan fácil para los picos de angustia.

Lo que pasa también es que no entrené. No existe un mejor ansiolítico. Volás con subidón de endorfinas y aterrizás con el cuerpo destrozado pero la mente en paz. Es la única sana de mis adicciones. Al menos en el plano moral, en lo físico estoy hecha percha. Ya pasé tantas veces por el quirófano que no las cuento. Placer sin remordimiento justifica una fractura cada tanto.

A las dos y media solo queda una piedra minúscula. La aplasto con una tarjeta de crédito contra la madera de la repisa y forma un montoncito de polvo volátil. Armo una línea larga y finita para que dure más. Uso de canuto un billete de mil. Ahora tengo que ocuparme de preparar todo para acostarme antes de que mi última energía me abandone y dé paso al vacío. Me asusta la velocidad con la que tomé, una carrera contra el reloj que no tenía chance de ganar. Dormiré poco y cortado. Llegaré a La Parri con malísima cara. Moriré en el auto. Seré una sombra todo el día.

Después, un sueño reparador de noche completa y levantarme para ser la más encantadora de las Valentinas que se haya visto jamás. Acabo de mezclar alplax molido con lo que queda de fafa, se lo vi hacer a un peleador brasileño en Colombia, en mis épocas de reina del Vale todo, el combate extremo en jaula que fue mi razón de vivir antes de conocer la policía. La mezcla ayuda a bajar de a poco, sin estrellarse.

Acomodo los bolsos prolijos. Mi flash, que sigue positivo, me hace guardar en la valija cualquier cantidad de cosas que ni voy a usar, hasta zapatos de taco alto por si quiero hacerme la femme fatal y la riñonera muslera con parches por si quiero hacerme la fan-táctica. También un chaleco de Policías en acción por si surge meter material para el programa.

Me queda muy poquita y ahora sí la regulo como oro. La mezcla con alplax es buen plan. Estira, da ilusión de drogarse, pero su efecto atonta. Me despabila el “tang” de la notificación de WhatsApp. A esta hora solo puede ser de Patricia, la mujer de Roca. Es para ver si su macho está conmigo. Lo siento, amiga, hace siglos que no pisa estas baldosas.

Pasé solo una hora y cuarto mi límite de tiempo, gracias al acto heroico de tirar por el inodoro esa piedra grande, del que ahora me enorgullezco y en quince minutos me voy a arrepentir. Cuando dé la vida por un poco más.

Ya no queda nada. Me voy a peinar una raya de puro alplax.

Voy a ser la reina de Rosario

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