Este viernes 11 se recuerda el fallecimiento de Domingo Sarmiento, y por ello se honra la fecha como el Día del Maestro, reconociendo el impulso que le dio el prócer sanjuanino a la educación de nuestro país. En cada aula argentina, los herederos de ese amor por la enseñanza de nuestros niños hacen honor al legado. Miles de docentes dan muestras sobradas de amor a su vocación, y por ello es difícil elegir entre millones de historias, una para retratar su labor. Pero en el Valle de Uco, hay una maestra ejemplar que ha dejado un impronta y huella imborrable, que puede llenar cientos de volúmenes contando sus experiencias y vivencias en 41 años de labor.

Graciela Álvarez está pronta a dejar de ejercer, y actualmente tiene la responsabilidad de ser la directora de la escuela 1-147 Adolfo Tula, de la Consulta, San Carlos. Sus recuerdos son dignos de ser guardados como ejemplo, ya que esta maestra tiene recuerdos que solo puede tener una maestra de frontera, que hasta fue contemporánea -y tuvo participación- en conflictos bélicos, superó obstáculos de todo tipo y ahora con firmeza enfrenta una pandemia mundial, con la consigna de que a ninguno de sus alumnos les falte nada para ejercer su derecho a la educación y recibir además el cariño maternal de las docentes, para alimentar tanto el intelecto, como el espíritu.

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Graciela tiene dos hijos universitarios, su hija es psicóloga y su hijo ya rindió su tesis de abogacía. Además es abuela de dos dos niños "que son una maravilla y la luz de mis ojos", según dice ella. Y por el espejo retrovisor se anima a mirar -con felicidad- el camino desandado. “En las escuelas se comparte no solo lo educativo. También las enfermedades de nuestros alumnos. Se comparte cuando nos enfermamos nosotros, y tenemos a toda la comunidad apoyándonos y rezando. Esas son las cosas que nos hacen ver la parte humana de la educación”, explicó.

La alegría de enseñar

Sobre su carrera como docente, maestra primero de la escuela San Rosa de Lima, a la que ingresó cuando recién tenía 19 años y estaba estudiando. “Ha sido un recorrido donde todo lo que le pasa es maravilloso para el maestro. Cuando se disfruta lo que se hace, cuando se contagian esas ganas es maravilloso. Lo triste siempre fue la pérdida de algún alumno, pero en general, la docencia es una tarea que nos llena la vida", confesó Graciela.

Cuando comencé en 1979 estaba estudiando, pero hacían falta maestras, y comencé en la escuela privada. Luego me crucé la calle y tomé titularidad en la escuela pública, en la Adolfo Tula", dijo sonriente, ya que literalmente una escuela está frente a la otra en la cuidad de La Consulta. "Soy defensora de todo lo público. Es algo con lo que tenemos que contribuir y apoyar todos a lo público. Es lo que nos da identidad", agregó con convicción la señorita Álvarez.

Consultada sobre si en su carrera tuvo ejemplos a seguir, ella lo confirmó: "Sí, hubo maestras que me marcaron cuando uno se inició, por su firmeza. Conocí a directoras como Hortensia Osorio, la famosa Yero (Cristina Verónica) Chacón, que marcaron una trayectoria en la escuela pública, que las que vinimos de atrás, tratamos de continuar”, dijo orgullosa.

Una prueba de fuego: la pandemia

Todo el modo de vida del planeta se vio severamente afectado tras la declaración de la pandemia mundial, y la posterior cuarentena en nuestro país por el coronavirus, desde el 20 de marzo. Una de las actividades más afectadas fue la educación, y sobre este flagelo Graciela contó su experiencia de directora "de batalla".

"La escuela es urbana, pero tenemos chicos viven en fincas –acá lo rural está cerquita- y hemos tenido que adaptar toda nuestra infraestructura a la realidad que nos tocó vivir. Hay alumnos que no disponen de conectividad, y entonces tenemos que concurrir a su casa y llevarle los cuadernillos. Para lograr la escolarización de todos hemos tenido que personalizar las tareas porque si no se nos quedaban en el camino. Creo que este ha sido el trabajo arduo de todos los docentes de todas las escuelas en tener a los 548 alumnos conectados de una u otra forma", detalló la directora que inculcó a sus dirigidos la impronta de ir hasta "en bicicleta o caminando" a la casa del alumno para llevarle sus cuadernillos o tareas.

Lejos de sentirse shockeada cuando se vio que el ciclo lectivo 2020 tendría que ser no presencia, ella contó: "Fue algo hermoso, no hizo falta tanto papeleo ni directivas, pronto, a pocos días de declarada la pandemia, hubo algo en que coincidimos con otros directores: al otro día ya estaban viendo de qué manera asistir a todos los alumnos. Eso nos enorgullece hoy".

"Nosotros tenemos la suerte de estar dentro de una comunidad maravillosa, donde padres de familias muy humildes hicieron el esfuerzo para poder poner wifi en sus hogares, para que los que los chicos tengan acceso a la conectividad y así poder seguir estudiando", expresó con orgullo sobre su comunidad educativa.

Postales de guerra

Cuando se le preguntó a Graciela sobre algún alumno que recordara en particular se apuró a negarlo. "No, es imposible. Todos han sido especiales para mi. Hasta recuerdo el perfume de cada y cuando los veo, ahora adultos, me viene su aroma a la memoria", dijo emocionada.

Lo que si rescató de su brillante memoria, fueron tres sucesos fuertes, donde pudo asumir con su alumnado un papel secundario en un drama como es una guerra. Al frente de alumnos en una zona de frontera como es San Carlos, y que tiene al cuartel de Campo Los Andes (Tunuyán) muy cerca, ella supo como apoyar a nuestros soldados en dos conflictos bélicos, uno que no llegó a la conflagración, el conflicto con Chile en 1978, por el canal de Beagle, y la Guerra de la Malvinas.

"Siempre recuerdo cuando con los alumnos de 7° preparamos las famosas tortas de Chichita de Erquiaga que dio una receta en la televisión donde estas duraban hasta seis meses, y se podía embalar, así que las hicimos y las mandamos a los soldados", rememoró con cariño la docente valletana.

"Otro recuerdo lindo fue cuando la crisis en el Sur (conflicto del Beagle-1978) y las fuerzas militares de la zona (Regimientos de Campo Los Andes) fueron a cuidar los pasos fronterizos con Chile. Nosotros en la escuela les escribimos cartas. Y cuando llegaron de vuelta, hicieron un gran desfile, y los soldados quisieron conocer a los chicos que les habían escrito las cartas", dijo Álvarez.

En la última anécdota de maestra valiente, contó: "La señorita Rosita Peché de Quintal, la directora de entonces, creó dentro de su escuela el grupo de Los Padrinos de la Patria. Fue para acompañar a los chicos de otras provincias, soldados conscriptos, especialmente del Norte que había movilizado el ejército aquí por la Guerra de Malvinas. Durante esos meses, los soldaditos, que eran tucumanos, chaqueños, formoseños, que se morían de frío acá, estaban siempre en el cuartel porque aquí no tenían a nadie. Entonces a ella se le ocurrió que los días domingo, cada familia de la comunidad recibiera en su casa a un soldado y almorzara con allí, compartiendo un día hermoso. Se estableció un lindo vínculo que luego se mantuvo por mucho tiempo", concluyó en su mirada retrospectiva la maestra, que bien puede ser otra maestra argentina, de las nobles que educan contra todo obstáculo a los niños de nuestra patria.