Entre las cosas que leí este este fin de semana, me llamó la atención un dato perdido dentro de una crónica vendimial. Decía que en la Fiesta de la Ciudad de Mendoza había ocurrido algo singular.
Hubo gente que se retiró al finalizar el espectáculo sin esperar para saber quién salía elegida Reina. Aplaudió la puesta en escena, pero no se quedó a ver el conteo de votos.
Quizás eso no quiera decir nada contundente. Tal vez hubo muchas personas del Gran Mendoza que se acercaron a ver ese espectáculo en la noche del viernes porque era gratis, porque Capital suele hacer buenos shows, o porque se hacía en un lugar no habitual: uno de los predios del Parque Cívico, que ahora ha pasado a la jurisdicción de la Ciudad.
Al no tener parte de ese público un interés particular por ninguna de las postulantes distritales de Ciudad, podrían explicarse las sillas vacías que se vieron durante el tramo de la elección.
Es entonces aventurado afirmar que esto sea una señal de que las elecciones de las reinas departamentales está perdiendo interés. O que cada vez haya más personas que cuestionan los certámenes de belleza por ser cosificadores de la mujer.
Pero ojo al piojo. Tampoco lo neguemos. Tengámoslo ahí, en observación. Podría ser la punta de un flor de ovillo.
De chico lo fajaban
De mis lecturas de sábado y domingo rescato también la nota de la revista Noticias a Alicia Blanco Villegas, la madre de Mauricio Macri, una mujer reacia a hablar con la prensa y que ahora cuenta detalles muy sabrosos, como por ejemplo que fue muy rigurosa con la educación de sus hijos y que al actual Presidente le pegaba cuando mentía.
"Yo no tenía estudios especiales para saber como tratar a la niñez, y había recibido de mi familia una disciplina muy severa, entonces era bien a lo duro", afirma esta mujer separada de Franco Macri desde hace décadas. Baste decir que hace 38 años que ella está en pareja con el periodista Julio Landívar, un histórico de la revista Gente.
La periodista que firma la nota, Daniela Gian, cuenta que Blanco Villegas sigue lamentando aún hoy el no haber tenido una carrera universitaria. "Yo quería ser economista", asegura, y uno no sabe si es una expresión de deseos por todo lo que está viviendo su hijo en ese rubro o si realmente fue su vocación frustrada.
La muchacha y Queen
También leí bastante sobre las entregas de los Oscar pero me detuve en un terreno en el que algunos observadores hicieron foco.
Me refiero, por un lado, a las reiteradas comentarios de los críticos "pogres" contra la película Roma, del mexicano Alfonso Cuarón, a la que han buscado disminuir en su méritos porque en ese film no se presenta el conflicto de una empleada doméstica y de sus patrones de clase media como fruto de la lucha de clases.
O porque la película está producida por Netflix. O porque Cuarón ha hecho películas para Hollywood, algunas notables como Niños del hombre, agrego yo. Todo para no reconocer que estamos ante una gran obra artística.
Roma está basada en la experiencia real del director Cuarón, rescatada de cuando él era niño y junto a sus hermanos tuvieron una relación entrañable con esa especie de segunda madre, proveniente de una de las etnias mexicanas. La historia tiene como telón de fondo el convulsionado México de fines de los años 60, cuando se produjo la matanza de Tlatelolco en la capital mexicana.
Por otro lado, están los críticos que se niegan a reconocerle méritos al otro de los filmes oscarizados: Bohemian Rapsody, la historia de Fredy Mercury y del grupo Queen, dirigida por Brian Singer, aduciendo que es una película descafeínada y que no ahonda en el fenómeno del sida.
Claro, no se ha hecho foco en el sida porque el director lo que ha buscado, según mi visión, es adentrarse en la estupenda música del grupo. Y el resultado es que esa música termina diciendo más de la realidad de los ´80 y los ´90 que si el cineasta hubiera optado, en cambio, por un catecismo revelador.
