La fértil y osada imaginación de Daniel Guebel lo ha llevado a cultivar, en más de 30 años de carrera, diversas temáticas entre sus escritos, de cada uno de los cuales, a su vez, se desprenden fragmentos, líneas sueltas, que pueden evolucionar, a su vez, hacia argumentos centrales de otros libros.
Daniel Guebel imagina el Versalles de Luis XIV como un preludio de Evita y del menemismo
Es el caso de su nueva novela, El Rey y el filósofo, que halló su germen en un episodio menor de El absoluto (2017), una saga familiar “recibida con vítores de obra maestra”. Allí se menciona, al pasar, un plan que le acercan al Rey Sol de Francia para invadir Egipto.
Eso se transformó, en el título que nos ocupa, en el disparador del diálogo entre Luis XIV y el filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz a través de los pasadizos, los salones, los fastos y las multitudes de aristócratas que pueblan Versalles, símbolo supremo de la monarquía europea desde fines del siglo XVII.
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La pompa palaciega va derivando, mediante una intencionada arbitrariedad, en un diálogo “argentinizado” del monarca con el pensador germano. Lo cual lo lleva a reconocer a nuestro autor que, en el fondo, “este es un libro sobre la sobre la Argentina”.
Desde Villa Urquiza, su barrio en Buenos Aires, Guebel, dueño de un humor inclasificable que es su marca, dialoga con el programa La Conversación de Radio Nihuil.
Antes de saludar a nuestro entrevistado, leemos un mensaje muy afectuoso de una oyente diciendo que La Conversación es “el mejor programa cultural del mundo”.
-Hola, buen día.
-Buen día. Es un placer estar en el mejor programa cultural del mundo (risas).
-Será porque entrevistamos a gente como vos, ¿no, Daniel?
-Claro. Vos sabés que mi hija, cuando tenía 10 años, armó un blog o algo parecido que se llamaba “Daniel Guebel, el mejor escritor del universo”, así que chocan los planetas (risas).
-Vos tenés una obra importante sobre una gran variedad de temas. ¿Por qué se te dio por poner a hablar a Luis XIV con Leibniz? ¿Por qué no, por ejemplo, a Alejandro Magno con Aristóteles o a Voltaire con algún monarca de su época?
-¿De qué nace todo esto? Cuando yo tenía 18 o 19 años, iba a la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras y leía tragedia griega y biografías de Alejandro Magno. Yo quería escribir una novela de Alejandro.
-¿Entonces? ¿Por qué no?
-Porque hay cientos, miles de libros sobre Alejandro Magno. No solo novelas: ensayos freudianos, marxistas, junguianos, etcétera. Yo no sabía bien porqué, pero había algo que sí me marca y es la idea del conquistador que termina conquistado por lo que conquista. Alejandro termina siendo un sátrapa persa.
-Fascinado por los pueblos que conocía.
-De hecho, escribí un libro de cuentos que se llama Los padres de Sherezade donde digo que, en realidad, Alejandro es el modelo de Las mil y una noches.
-El contar infinito…
-Alejandro, todas las noches, quería que los narradores persas le contaran historias para que él pudiera dormir. Entonces, los narradores persas inventaron una Sherezade que le cuenta historias a Shahriar, el sultán, para que no la mate y dure hasta el amanecer.
-Ese fue tu impulso primigenio. ¿Cómo evolucionó la cosa?
-En algún momento se me ocurre que voy a escribir, pero ya no solo la biografía ficcional de Alejandro Magno, en la cual se encontraría con Aristóteles, que era su maestro, obviamente, sino que voy a escribir una especie de novela total sobre todos los conquistadores de la historia de la humanidad. Lo cual quiere decir: los famosos.
-¿Y qué te lleva por estos rumbos?
-Por algún motivo inexplicable empiezo con Luis XIV, que, además, ni siquiera fue un gran conquistador. La mitad de las guerras que emprendió las perdió, se retiraba, era un mal militar. Y en sus escritos para el nieto que hereda el reino le dice “no te metas en guerras, no vale la pena; se gasta mucha plata y se consigue poco” (risas). Pero esta es la realidad de los hechos.
-¿Por dónde enfocaste la historia, entonces?
-Voy al encuentro de Luis XIV con Leibinz y la propuesta de éste para la conquista de Egipto, que es la conquista del oriente exótico.
-Que es por donde también anduvo Alejandro Magno, hablando de eso.
-¡Exactamente! Ahora bien, no me acordaba de que yo había tocado, así como quien dice, de puntín, el tema en mi novela El absoluto.
-Prácticamente lo habías hecho casi en una línea.
-Claro. Allí yo cuento la invasión de Napoleón a Egipto y menciono de pasada que esa propuesta se la había llevado Leibinz a Luis XIV y que Luis XIV no le dio bola. Digamos, escribí eso y me olvidé por completo.
-Ok. Tiempo después te reapareció el tema de repente. ¿Cómo lo seguiste?
-Me aparece y me siento a escribir, sin saber nada. Pero nadie sabe nada sobre eso. Busqué información. Leibinz le había llevado un plan. Yo no he encontrado el plan por ningún lado. Llamé a filósofos, a historiadores, nadie tenía la menor idea.
-¿Y por dónde le hallaste la vuelta?
-De golpe me encuentro el plan en un libro, una antología de textos de Leibniz.
-¿Cómo era?
-El plan es muy sencillo. Era para ocupar el Mediterráneo, joderles la navegación a Holanda y a Inglaterra, que eran las potencias marítimas predominantes, llegar a la India, quedarse con el algodón y otras cosas que no me acuerdo. En definitiva, la idea era convertirse en la potencia naviera y militar dominante.
-¿Qué pasó con esa idea inicial de Leibniz?
-Luis XIV no le da bola, como dije. Pero en mi novela, lo que se trabaja es la expectativa del encuentro, porque Luis XIV demora mucho en recibirlo a Leibinz. Y, mientras tanto, hay como intrigas, como una especie de sistema de espionaje.
-¿En resumidas cuentas, adónde apunta la trama de El Rey y el filósofo?
-Después de terminar de escribir me di cuenta de que, en realidad, este es un libro sobre la Argentina, en el fondo.
-¿Por qué? ¿En qué sentido?
-Como, durante, años, hubo intrigas respecto de carpetazos, acusaciones, filtraciones, grabaciones, etcétera, etcétera, acá pasa lo mismo. Es una intriga, pero por vía de cartas, al modelo de las novelas del siglo XVIII.
-Vos has contado que empezaste a escribir el libro como un relato en primera persona y, en un momento dado, te embolaste y lo cambiaste, hasta decantar en lo que es hoy.
-Era una narración contada por el secretario de Leibniz, que en mi novela tiene un nombre imaginario. Pero, de hecho, Leibniz tenía secretarios y tenía discípulos. Y, al parecer, por lo que leí, esos discípulos eran completamente idiotas; es decir, no entendían verdaderamente a Leibniz.
-¿Y vos?
-Yo tampoco (risas). Para ser francos, ya entendí dos o tres cosas, las necesarias para escribir el libro.
-Claro. ¡Andá a entender la Monadología!
-¡No! Yo llego a la explicación de las ideas básicas en los textos de divulgación. Y con eso me alcanza para escribir (risas). Ahora, mi novela también es “leibniziana”, en algún sentido. O sea, el personaje grande es Luis XIV, que entra, habla y arrasa con todo. Pero, como son todas versiones y posibilidades, la novela está estructurada bajo la idea de la frase más famosa de Leibniz, que fue mal entendida y que es: vivimos en el mejor de los mundos posibles.
-Concepto que entra una y otra vez en juego.
-Frente a esa idea, Voltaire escribió una novela que se llama Cándido, para burlarse de Leibniz, mostrando a un personaje que dice que vive en el mejor de los mundos posibles y le pasa una colección de catástrofes inesperadas. Es como si salieras a la calle, te patearan el culo y vos decís: “Gracias, gracias, esto me enriquece el día” (risas).
-Pero, en resumidas cuentas, ¿adónde apunta la posición de Leibniz?
-En realidad, la idea de Leibniz es una idea ligada a Dios. Dios, que lo sabe todo, lo tiene todo y ha contemplado todo, no puede menos que considerar infinidad de versiones hasta llegar a la mejor posible para este mundo que habitamos. O sea, que esa idea abre a la idea del multiverso, porque este es solo uno de los mundos posibles. Leibniz lo explica bajo la idea de Adán y Eva.
-¿Son los mejores?
-Los Adán y Eva que nosotros conocemos son la mejor pareja posible para este mundo que habitamos, pero debe haber infinitas versiones de Adán y Eva, que andá saber si habitan o no otros mundos o son versiones descartadas por Dios. Es como si yo fuera un carpintero, un pintor o un escritor que descarta versiones. ¡Es una idea muy literaria!
-Estamos hablando de la teoría de la armonía preestablecida, que utiliza Luis XIV para hacerle bullying a Leibniz diciéndole que es suya. Pero el secretario del filósofo, Johann Georg von Eckhart, refuta el concepto con una sola frase: “Si viviéramos en el mejor de los mundos posibles, nadie nacería jorobado”.
-Claro. Le aplico al secretario de Leibniz, que es un idiota, la idea de Voltaire. ¡Cómo voy a vivir en el mejor de los mundos posibles si yo nací con joroba!
-Volviendo a la relación de tu novela con la realidad argentina, en un momento, para explicar cómo se construye el poder del Estado, Luis XIV dice: “Primero creamos un adversario. Hay que inventarlo, financiarlo, darle letra y sostenerlo contra viento y marea. No hay absolutismo posible sin la ficción de su contrario: la oposición”. ¡Es la grieta! La grieta ya estaba allí, en el siglo XVII.
-No sé si la anécdota es verdadera o apócrifa, pero lo tomé de cuando no sé qué general conquistó la India. Al llegar, ponele, al océano Índico, terminando la invasión, estaba al lado de un subordinado. Éste le dice: “General, hemos completado la tarea”. El general lo mira y le responde: “No. Ahora tenemos crear a la oposición” (risas).
-Por lo cual, Luis XIV dice, completando la idea, que a ese enemigo “lo acusamos de todo”. Algo que conocemos bien, ¿no?
-A ver, pensemos en política argentina. Alfonsín apoya a Menem para joderle la interna a Cafiero. ¿Qué pasa? Gana esa interna. El kirchnerismo inventa el macrismo porque era el enemigo idiota. ¿Quién pensaba en serio en Macri? Macri se las gana. Y así sucesivamente. Ahora, tanto el macrismo como el cristinismo, inventan a Milei, con motivos opuestos. Y Milei, me temo, les va a traer problemas a ambos y al país.
-Te recuerdo otra: Carlos Menem apoyó a la contra para joderlo a Duhalde.
-Exactamente. En el fondo, ¿sabés quién entendió eso mejor que nadie? Sylvester Stallone cuando hace Rocky. El campeón mundial elige, de una carpeta, al rival más pedorro porque le gusta el nombre, que era italiano. Y el personaje de Rocky es un boxeador al borde del retiro, prácticamente un luchador de catch. Y, sin embargo, se la pelea, porque encontró su momento.
-En el aludido párrafo de Luis XIV nos terminás dando a nosotros, cuando le hacés decir al rey que “los periodistas son esclavos del poder, y además son esclavos caros porque trafican un insumo valioso: la ilusión en la verdad de la palabra escrita”. ¡Estás anticipando, incluso, la posverdad!
-Hay una pequeña ventaja para el discurso de Luis XIV y es que está escrito para una persona que vive en el siglo XXI, que ha visto algunas cosas.
-Ventajas del anacronismo…
-Pero eso ya lo vieron todos. Luis XIV, si queremos, también inventó el menemismo (risas).
-¿De qué manera prefiguró el menemismo?
-¿Viste que se hablaba de la carpa de Alí Babá? La carpa donde Menem tenía a los enemigos adentro, para que cuando tuvieran ganas de mear, salieran a hacerlo afuera (risas). Bueno, Luis XIV inventa Versalles no solo por placer y por genialidad estética, sino porque quiere tener a la aristocracia, a los terratenientes, a los señores feudales, dentro del palacio sometidos a su disciplina ritual y festiva.
-Les hace bailar su música.
-Los hace gastar, perder toda la guita en los rituales, en las vestiduras, en el fasto. El fasto era también un artículo de exportación. La idea de Francia es ser la cuna del lujo. Y el lujo se exporta. Es un bien exportable.
-Además, mantenerlos entretenidos con el fasto sirve para que los enemigos no te jodan.
-Obvio. Cuando Luis XIV era chiquito, tenía cuatro o cinco años, la aristocracia, dividida en sus facciones, entró al Louvre donde vivía con la familia. Él y la madre tuvieron que salir carpiendo porque los mataban. Entonces Luis XIV construyó un palacio que quedaba lejos de París, de modo que pudiera ver desde la distancia si había alguna insurrección y salir rajando.
-Precavido, el hombre.
-Además, inventó un modelo de fascinación. Y voy a decir una maldad que me hará ganar muchos enemigos. Si querés, también inventó a Evita.
-¿Por qué?
-Porque inventó el modelo de una fastuosidad que te convierte en divinidad, de alguna manera. Y Evita era una semidiosa para nosotros.
-Totalmente. Por eso las joyas y los vestidos de lujo, también, ¿no?
-Exacto. O sea que, para mí, esta novela condensa ciertos aspectos de la Argentina en una lengua que crecientemente se va volviendo argentina, porque vos leés las cartas de Luis XIV y, por supuesto, parecen cartas escritas por un francés del siglo XVIII. Pero vos ves que está todo el tiempo inficionada por la lengua argentina.
-Sí, se percibe a medida que uno avanza en la lectura que, si bien situás la trama en el barroco francés, de repente, el rey, cuando dialoga con Leibniz, lo empieza a bardear como si fuera un canchero argentino. Es más, utilizás ahí muchos giros de nuestra habla popular.
-Claro, exactamente. Digamos, si vivimos en el mejor de los mundos posibles, alguien puede hablar en todas las lenguas posibles. ¿Viste que ahí todo el tiempo se especula? El rey dice voy a hablar en castellano, lamento no usar el francés, por supuesto no voy a hablar en latín, etcétera. Y después le pide a Leibniz que le invente una lengua artificial que sea la lengua del poder.
-Tu libro describe todo el ámbito del palacio: los personajes, las vestimentas, las comidas, las fiestas. A propósito de esto, es difícil sacarse de la cabeza, como antecedente directo, la serie Versalles que, según sabemos, vos viste varias veces.
-¡Obvio! Pero la serie Versalles salió un poquito más cara, ¿no?
-Lo bueno de tener vista la serie es que, cuando entrás a tu libro, ya lo hacés teniendo todo el palacio en la cabeza. Entrás ambientado.
-Sí. Te cuento que estuve en Francia, en París, el año pasado, dos o tres días. Fui con mi hija. Y le dije: ¿vamos a ver Versalles? “No, papá. No perdamos el tiempo”, me contestó (risas).
-¿Qué edad tiene tu hija?
-Tiene 21. Ella ya había estado a los 15. Por eso me dice: “Está lleno de gente, no se ve nada, te cansás, a vos te duele la cintura. ¡No jodas! Vamos a tomar un café frente al Sena”.
-Bueno, cualquiera que vaya al Louvre y pase frente a la Gioconda padece una experiencia similar, decepcionante. Hay una manera incesante de gente sacando fotos. No se puede apreciar nada.
-Sí, sí. Ya no tiene sentido ir a Europa hacer lo que se llama una visita cultural. Si vas a entrar a un museo, tenés que pedir turnos. Además, no podés ver nada. Recuerdo que estuve en el Vaticano hace 30 años y en la Basílica de San Pedro no había nadie. Era como un galpón desierto. El año pasado también estuvimos en Italia. ¡Y solo para entrar, había una cola de dos o tres cuadras al sol! O sea, ya no se puede nada.
-No nos quedó claro, en definitiva. ¿Vos ya conocías Versalles?
-No.
-¿Cómo te empapaste para desarrollar tu libro?
-Vi la serie Versalles que, además, no está filmada en Versalles, claramente. O sea, hay imágenes de las puertas, por ejemplo. Los jardines se nota que están trabajados con mi imagen digital.
-Del mismo modo que para The Crown nos los dejan entrar a Buckingham.
-¡Exactamente! Hay una película de Rossellini que se llama La toma del poder por parte de Luis XIV en donde casi que Versalles es un rancho. Pero no importa. Es la construcción de un verosímil. Y en literatura la construcción del verosímil es el lenguaje.
-¿Qué tipo de fuentes consultaste?
-Leí un par de libros. Y buscaba datos puntuales. Es decir, cuando yo tenía que describir la ropa que usaba Luis XIV, iba a internet buscaba “trajes franceses del siglo XVII”. Y si vos me preguntás: ¿la ropa que le hacés usar a Luis XIV es la que usaba Luis XIV? A veces sí, a veces no (risas).
-¿Y además de la ropa?
-Datos, datos. La operación de cirugía anal al rey, por ejemplo, es cierta. Pero después hay muchas cosas que no usé porque pensaba que ya eran como demasiado sabidas. Tuve la enorme tentación de hablar del origen del himno al Rey Sol, que es el himno inglés (God save the King) y está ligado a esa operación de cirugía anal. Me abstuve de poner lo que era demasiado conocido.
-Hay otro detalle muy atractivo en tu relato que apunta a una serie de inventos y artefactos extravagantes, como la bomba de vacío de Otto von Guericke para extraer y trasladar almas de una esfera a otra.
-Claro, para matar gente y para extraer almas. Ahí hay algo central. Si para Leibniz vivimos en el mejor de los mundos posibles y de cada cosa hay infinitas versiones, ¿dónde están las otras? ¿Dónde están las almas de los muertos? ¿Cómo hacerlas circular y, en este caso, cómo detectar la mujer ideal para casarse con Luis XIV?
-En algún momento dijiste que cada libro es como una burbuja y un mundo del que se van desprendiendo otros. Acá, desde una historia que real derivaste a otra completamente ficticia. ¿Cómo hiciste para relacionar estos dos planos, incluyendo tu particular humor?
-Desde mi novela El absoluto tengo la impresión de que, en buena parte de lo que escribo, se va desprendiendo un texto de otro como si fueran burbujas que van creciendo y desarrollándose. Para darte el ejemplo que tengo más claro ahora, el último libro que escribí y que tardaré dos o tres años en publicar, porque yo escribo más de lo que me publican; este libro, decía, que por ahora se llama Tratado de teología fantástica…
-¿Por qué ese título?
-Porque son directamente mundos imaginarios, también con la idea de la expansión, la burbuja, etcétera, etcétera. Y ese libro se desprende de un comienzo de capítulo de El Rey y el filósofo que no escribí. Tenía que ver con una descripción de los jardines de Versalles a mano de Luis XIV.
-¿Por qué pasó eso?
-Porque, cuando lo volví a leer, dije esto es otra cosa. Esto no sirve para esta novela. Lo guardé y un día lo fui a visitar y se amplió en un texto distinto que ya no tiene nada que ver con Versalles y sin embargo se desprende de ahí.
-Lo tuyo se desarrolla sobre un tapiz histórico, pero vas haciendo tu propia fantasía. Ahora bien, ¿por qué te parecen un bodrio las novelas históricas? ¿Por qué no te gustan?
-Porque me parece que hay una especie de servil sumisión a los datos de la realidad. Y, la verdad, es que no he leído novelas históricas que me satisfagan. ¡Me aburren! Me parecen, sobre todo, aburridas, carentes, en principio, de imaginación, de diversión, de humor y ligadas a una cierta idea o estatuaria de los próceres; o, de lo contrario, desmitificadoras. Me parecen dos operaciones simétricas poco interesantes.
-¿Ninguna, pero ninguna te ha copado?
-No. No recuerdo nada. La única, que es una de mis novelas favoritas de toda la vida, es Sinuhé, el egipcio, pero que no es una novela histórica. Construye un universo ficcional en el antiguo Egipto. Adentro de este libro vos leés el Quijote, leés el mito de Teseo, etcétera, sumando operaciones literarias.
-¿Qué te atrae, específicamente, de esta fórmula?
-Lo que me gusta es la potencia de la literatura extremada en todas las dimensiones de lo posible.
-Entonces, ¿qué tipo de novelas elegís vos para para leer?
-Primero leo las novelas de mis amigos generacionales, que todas me gustan. Y después busco muy azarosamente. Yo no estoy corriendo detrás de la novedad. Dejo que eso decante. Y leo mucho, también, para escribir.
-¿Cómo es eso de leer para escribir, en tu caso?
-Busco textos que me sirvan para escribir lo que tengo que escribir. Entonces, como lector soy un poco parcial.
-¿Qué leíste este año que te haya llamado la atención?
-Básicamente, dos autores argentinos. Luis Sagasti, que publicó Lenguas vivas y Juan Becerra, que publicó una novela que se llama Amor. Son autores completamente disímiles, muy interesantes. Y hay un ensayo, también muy interesante, sobre el fin de las vanguardias literarias de Damián Tabarovsky, que se llama Lo que sobra.
-Hablando de autores, uno imagina a los escritores trazando todo un plan minucioso para el desarrollo de su novela, un mapa a seguir. Sin embargo, vos, en este caso, fuiste escribiendo e improvisando como si fueras un músico de jazz.
-Concuerdo con la descripción. Porque yo me siento a escribir sin saber nada. Y después voy llenando los agujeros, porque los elementos de la realidad que yo tomo, son siempre singulares y parecen inverosímiles.
-¿Y cómo lo hilvanás?
-Tomo la realidad inverosímil y trato de volverla verosímil dentro del texto. Es como una operación de la que, recién ahora, hablando con vos, me acabo de dar cuenta (risas).
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