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Damián Huergo y una muy cercana historia de adicciones: "Hay algo que nos hermana a los desesperados"

Sociólogo, escritor y docente, Damián Huergo escribió "La ley primera", título inspirado en el Martín Fierro. Es una autoficción en la que cuenta los problema de su hermano Sebastián, asediado por las adicciones

Sacando partido de su doble condición de sociólogo y escritor, Damián Huergo se sumergió en una temática muy delicada porque rozaba, y mucho, su propia vida.

En La ley primera cuenta, en primerísima persona, el itinerario de su hermano mayor por un tortuoso laberinto de adicciones, desvaríos cercanos a lo delictivo, infernales rondas nocturnas y pesados aterrizajes diurnos, etcétera.

El etcétera es largo. Y doloroso. Porque termina involucrando a todo el entorno familiar de Sebastián, su hermano.

Uno de los tantos aprendizajes que debió internalizar nuestro entrevistado es que, en este tipo de problemáticas, “los familiares también son adictos”.

Así de descarnada es la instancia a afrontar.

Con un título inspirado en el Martín Fierro, con las técnicas narrativas de la autoficción, con la piel todavía erizada por el Mundial y con un nuevo libro próximo a salir, desde Longchamps, su barrio de la infancia, Damián Huergo dialoga con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Antes de entrar en tu libro, quería consultar tu interpretación, como sociólogo, como columnista, acerca de lo que pasó, entre nosotros los argentinos, con el Mundial.

-A mí me pasó algo muy significativo y fue que los días de mayor festejo, entre el 18 y 20 de diciembre, dicen mucho del 2001 en adelante. Y a partir de esa fecha, si uno se remonta hacia atrás, los diciembres siempre son una bomba de tiempo. Uno nunca sabe lo que va a pasar.

-Pero cada diciembre, cada año tiene su particularidad, ¿no?

-Este año, siendo objetivos, los indicadores no fueron buenos. Por suerte, hay diferentes contenciones como los movimientos sociales, etcétera. Pero, bueno, estaba todo dado, no te digo para un estallido como en 2001, pero, por lo menos, para generar un cierto inconformismo en la calle.

-¿Y el Mundial, entonces?

-El Mundial generó el efecto inverso. Como escribí en una crónica, si en aquel momento, el 19 y 20 habíamos copado las calles por tristeza y desesperación, veintiún años después fue por alegría y celebración que hubo este desborde.

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En todo el país, y Mendoza no fue la excepción, la gente salió a las calles a festejar el Mundial.

En todo el país, y Mendoza no fue la excepción, la gente salió a las calles a festejar el Mundial.

-Un suceso, en definitiva.

-La verdad, fue hermoso. En todo el país. Una cosa intergeneracional, interclase. A mí, particularmente, cuando la calle se da vuelta, aunque sea por unas horas, por unos días, me genera cierta vitalidad de todo el cuerpo social que celebro. Algo sigue latiendo.

-Celebraciones hemos tenido muchas y no somos nuevos como país festejando un Mundial. Pero nunca se vio tanta unanimidad. Más allá de los méritos de la Selección, había como una necesidad general de que esto sucediera, ¿no?

-Sí. Desde los primeros partidos, ya contra Polonia se veía movimiento en la calle y gente festejando. ¡Y todavía estábamos en zona de grupo! Ya se venía como tejiendo una bola de nieve de alegría que, por suerte, terminó del mejor modo. ¡Por centímetros!

-Tu libro se llama La ley primera y esto es como un mantra nuestro, porque la ley primera nos remite inmediatamente al Martín Fierro y al mandato “los hermanos sean unidos”. Pero, la verdad, nunca vi una unión tan unánime como esta que acabamos de tener.

-El efecto Messi como catalizador y aglutinador. También pasó algo, que se dio mucho en el plantel, en el plantel grande, incluso, con el cuerpo técnico, los jugadores, etcétera. Eso se derramó del plantel para afuera también. Me daba como esta sensación de: no puede ser que se nos escape uno de los mejores jugadores de la historia sin salir campeón del mundo. Había algo de frustración general de perder esta posibilidad o de que esta esta posibilidad se desvaneciera. Esa es una de tantas hipótesis posibles de porqué tanta alegría.

-Una alegría en conjunto. No es poca cosa.

-También estaba esta cuestión de que los padres y madres dijimos: qué bueno que nuestros hijos tengan un ídolo como Messi. O sea, hubo un efecto rebote por varios lados que terminó generando esto inédito; pero inédito, incluso a nivel mundial, no solo en nuestra historia.

-Sí. Algo nunca visto antes en este tipo de competencias: ¡el mundo esperando que ganara Messi! Hasta los españoles lo querían.

-Sí, sí, sí… Los brasileños, los italianos, que en el Mundial '90 nos silbaban. En treinta años pasaron a gritar los goles con el corazón. No sé si los remitía a sus antepasados que habían migrado o qué, pero me llamó mucho la atención.

-Qué loco, exacto. Incluso se notó el mismo afán en muchos escritores e intelectuales, que escribieron columnas fantásticas durante el Mundial como Caparrós, Hernán Casciari, Sacheri, Leila Guerriero, etcétera. Como que ellos también estaban esperando esta reivindicación final.

-Totalmente. Ahora justo aparece un libro, en marzo, por editorial Marea, que va a reunir varias de las crónicas que salieron en estos días. Me parece una buena idea. La compilación es de Cecilia González, una periodista mexicana. Incluye un texto que saqué yo en la revista COOLT, donde trabajo.

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La Ley Primera, de Damián Huergo.

La Ley Primera, de Damián Huergo.

-Volviendo a tu novela, ¿por qué elegiste como título La ley primera? No es un asunto menor remitirte a uno de nuestros textos fundacionales, al Martín Fierro.

-El título fue como la tercera opción. Apareció ya cuando la novela estaba por entrar a imprenta. En un momento se iba a llamar Graduación, que es como se nombra a los chicos y chicas que terminan los tratamientos en las granjas de rehabilitación. Como que se gradúan.

-¿Y qué pasó?

-Después, sobre el final, no sé si porqué durante el tiempo de escritura el nombre se me empezó a gastar o qué, pero ya no sentía que representaba todo el libro sino sólo una partecita.

-¿Cómo decantó, entonces, la decisión final?

-La ley primera cayó, primero, porque en el libro, en varios momentos, se habla de leyes que se quiebran. Hay, ahí, una ley generacional, una ley de paternidad y maternidad.

-¿Cómo es eso?

-Que los hijos de esa generación que los crió en la vuelta de la democracia, con la ley de divorcio, etcétera, empezaron a ensayar nuevos modos de paternidad, porque también las familias típicas se abrían y se rompían y tenían que reinventarse.

-Como un barajar y dar de nuevo…

-Había unas leyes de crianza que se caían. También me gustaba un poco esto de que el mismo narrador interroga en un momento: ¿cuánto tiempo resiste este mandato nacional de sostener la hermandad a costa de cualquier cosa?

-Pregunta central para tu libro.

-También me pareció significativo traficar un verso de la ficción, como es este del Martín Fierro, a una novela o a un libro que todo el tiempo juega entre el límite de lo que es ficticio y de lo que no lo es. Por lo tanto, ponerle un nombre tan emblemático de la literatura y de la ficción de nuestro país me parecía seguir fortaleciendo un poco ese juego.

-Vos vas siguiendo en el relato esas dos décadas en las que tu hermano se mete en los infiernos de la noche, de la droga, del rocanrol, de las adicciones. Y en un momento te preguntás por la autoficción. No me queda claro si te gusta o no te gusta, si te sentís cómodo en un género hoy muy potente entre los escritores contemporáneos.

-Tengo una relación compleja con la autoficción, por decirlo así. Para mí no es un género que en sí mismo sea bueno ni malo. Creo que tiene un montón de herramientas, que para la época son muy valiosas.

-¿En qué sentido decís lo de la época?

-Los discursos, las grandes novelas de los Vargas Llosa, de los Fuentes, etcétera, se cayeron. Se cayeron esas novelas que inventaban lo real porque son insostenibles en la época. Incluso creo que no habría lectores para esas novelas. Obviamente siempre va a haber lectores para todos, pero no al nivel de cuando surgieron.

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Damián Huergo, sociólogo, escritor y docente.

Damián Huergo, sociólogo, escritor y docente.

-¿Qué te gusta, entonces, del género de autoficción?

-Me gusta ese pacto de “te voy a contar lo real, pero con las herramientas de la ficción”. O sea, te voy a contar lo real inventado, pero no para decirte esto es verdad, sino para tener un sustrato, un sostén, un cimiento donde vamos a caminar juntos y donde vamos a conversar. Eso, por un lado.

-¿Y por otro lado?

-También cierto tono en primera persona, cierto tono de sinceridad, me atraen. Pero lo que no me gusta es cuando se confunde que cualquier anécdota o cualquier acontecimiento trágico, que para uno es importante, pueda ser literatura por sí mismo

-¿Cómo se salva eso?

-Me parece que cuando no hay un trabajo sobre esa experiencia, se termina desinflando un poco la potencia que tiene el género.

-Ese coqueteo, como lo llamás vos, entre el ir y venir de la ficción a la realidad, permite ciertas travesuras. Por ejemplo, en la entrevista que le hicimos a Rosa Montero sobre su libro El peligro de estar cuerda no nos quiso decir cuál era la parte inventada. Debíamos intuirla nosotros.

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-(Ríe) Bueno, por ejemplo, en uno de los momentos de La ley primera, el narrador habla de “la familia que vengo inventando”. Y esta novela arma como una serie con mi anterior libro de cuentos, que se llama Biografía y ficción, en donde ya aparecen los personajes de La ley primera. Pues bien, en estos cuentos hay tres muertes del padre, de diferente modo, en diferente lugar y en diferente tiempo. Es un modo de jugar también.

-Un juego esencial, entonces.

-Emmanuel Carrère, uno de los referentes del género, dice que nada de lo que escribe es inventado. A mí me gusta decir que nada de lo que escribo es inventado y que todo lo que escribo es inventado.

-Nada inventado. Por eso mismo, Emmanuel Carrère tuvo un gran despiole con su mujer a raíz del libro Yoga, ¿no?

-Total. Y se nota un montón eso en el libro. Yoga es uno de los libros de él que menos me gusta. Es un libro muy emparchado.

-La peruana Gabriela Wiener también es muy jugada con sus referencias personales. Da cuenta, por ejemplo, de cómo vive el poliamor. Pone todos los nombres reales de los personajes, pero se ofende si no le aceptan que lo suyo es una novela.

-Sí, sí (ríe). La tengo leída y conversada. Incluso hace unas semanas tuvimos unos intercambios. Ella es una defensora de esa línea delgada entre la ficción y lo real. Me gusta su trabajo. Tiene un libro muy bueno (Huaco retrato), con un capítulo inicial que es una maravilla donde juega con la tradición de su tatarabuelo, que era un antropólogo colonialista.

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-Otro cultor de autoficción, Rodrigo Manigot, que, en El aire del mundo, relata su juventud en Villa Gesell, nos contaba cómo esto le sirvió para reacomodar las cargas con sus hermanos.

-A mí me pasó y fue todo un desafío cuando mi familia tuvo que leer el libro.

-¿Cómo fue el proceso?

-Durante gran parte de la escritura, que coincidió con el tratamiento de mi hermano en una granja de desintoxicación o recuperación, como quieran llamarla, yo no contaba lo que estaba haciendo.

-¿Cómo manejabas la cosa?

-Cada vez que iba a visitarlo, bastante seguido, él me preguntaba qué estaba escribiendo. Y le inventaba otra historia.

-¿Y no te sentías mal? ¿No te sentías como el traste, con algún cargo de conciencia?

-Se me juntaban varias cosas. Por un lado, no quería cargarlo con esa información en un momento tan particular como el que estaba pasando, porque después yo me iba y él se quedaba con todo eso. Y uno no sabe cómo puede rebotar esa información en la cabeza del otro, sobre todo en una situación de tratamiento.

-Aun así, el proceso de escritura seguía su marcha…

-Pero yo no tenía definido todavía si iba a publicar el libro o no. Lo escribí como si el libro no lo fuera a leer nadie. Incluso a diferencia de otros libros que escribí o que ahora estoy escribiendo, cambié el método.

-¿Por qué? ¿Cómo era tu método?

-Mi método siempre fue ir compartiendo con el entorno de amigos, de escritores, etcétera, capítulo a capítulo. Y, en este caso, hasta que no tuve una versión cerrada, definitiva o semidefinitiva, no la compartí porque necesitaba sentirme escribiendo sin la mirada de nadie en el hombro.

-¿Y en qué momento tu hermano se entera de que vos estás escribiendo sobre él y de que va a salir el libro?

-Cuando quedó en claro que el libro iba a salir en la Colección Andanzas de Tusquets, me dije: tengo que empezar a comunicarlo y ahí empecé a conversar de qué iba. Después, ya cuando el libro estaba por entrar a imprenta, me aconsejaron que lo leyera mi familia antes, por si había alguna cosa que, para ellos, estaría bien sacar, sin afectar al artefacto, la forma de la novela.

-¡Qué peligro!

-Sí, fue un peligro. Encima, justo había pasado una situación familiar medio complicada. Mi mamá había perdido un ojo porque tuvo un cáncer de ojos. Entonces, como no podía leer el manuscrito, fuimos a leérselo, por lo que tuvimos la reacción inmediata. Fue muy emotivo.

-¿Y? ¿Qué te fueron diciendo tus parientes? Pregunto porque hasta contás cómo tu papá armó una nueva pareja con Silvia, que era muy amiga de tu mamá. Los mandás al frente.

-Que después de tanto tiempo él haya podido reinventar una vida y que el libro viniera a coronar una etapa… Me hizo acordar a algo que me contó Gabriela Wiener. Y es que su presentación de Huaco retrato sanó un montón de cuestiones familiares.

-¿Y en tu caso?

-A mí no me gusta hablar en términos muchas veces de sanar, de recuperación, de superación. Son palabras que se las apropió la literatura de autoayuda. Pero le decía a Gabriela que en la presentación de mi libro me pasó lo mismo.

-Más allá de la sanación, salieron a la luz varias situaciones de una familia que estaba dañada. ¿La publicación del libro ayudó consolidar ese micromundo familiar o lo despelotó más?

-Al contrario, ayudó a consolidar, por todo esto de poner en palabras lo que estaba roto, porque el tratamiento de Sebastián fue también un tratamiento familiar. Todos fuimos a reuniones, etcétera. Entonces, poner en palabras lo que había pasado, fue parte de ese proceso. Por lo tanto, cuando salió el libro no hubo explosión.

-¿Y hacia afuera del núcleo familiar cómo resultó la experiencia?

-Hubo una entrevista en la revista Viva. Y la nombro porque Viva excede el público de literatura muchas veces. Llega a amigos, a amigas, a familiares, etcétera, por afuera de los que abren los suplementos culturales. Y no hubo ninguna reacción negativa. Al contrario. Me llamó la atención que hubo orgullo, por poner una palabra, en el entorno familiar. Y esto, incluso, es inesperado. No pensé que la cosa iría por ese lado. Sabía que la publicación iba a generar efectos que yo no iba a poder contemplar y menos controlar.

-¿Y en tu hermano, puntualmente, qué efecto produjo? ¿Qué sintió a medida que se iba viendo reflejado en tu historia?

-Él me ha dicho que, obviamente, a muchas escenas no las recuerda así. Y, la verdad, no existieron, son como un montaje. En todo caso, son sensaciones y sumas de otras miniescenas donde eso se fue armando. Debe haber, también, algo de narcisismo en eso de verse escrito, verse reflejado. La verdad, él lo cuenta con orgullo.

-¿Lo han podido exteriorizar juntos?

-Ahora estamos intentando armar una lectura en la granja donde él estuvo con los chicos nuevos que están en tratamiento. Hay algo de la experiencia, parte del tratamiento, el paso doce, creo, que consiste en contar lo que uno hizo. Y que ese relato sea como una transmisión hacia otros chicos. En este lado hay algo positivo.

-Durante el tratamiento general, como vos contás, se les va diciendo a todos ustedes que “los familiares también son adictos”. Es parte del guion del “adicto codependiente”. O sea que vos mismo, e incluso tus padres, en algún momento se sienten parte del problema, ¿no?

-Sí. Es algo que se ha trabajado un montón. Sebastián fue el síntoma de un problema familiar, por diferentes motivos y también, seguro, por particularidades de él como sujeto. Pero el individuo, el adicto o el enfermo, nunca es enfermo por sí mismo. Hay causas sociales, causas comunitarias y causas sociales en este caso.

-Correcto. El arco es más amplio.

-Todos estábamos metidos, medio entreverados en diferentes problemáticas, lo que en Sebastián se canalizó por el consumo. Hay algo que el libro trabaja mucho y es esta pregunta: ¿por qué de hermanos que se criaron bajo el mismo techo, mismos padres, mismo barrio, misma escuela, uno sale por la puerta de atrás, otro por la adelante y otro por la ventana del altillo?

-¿Y?

-Es una pregunta que nos hemos hecho todos los hermanos. Y los padres nos la empezamos a hacer cuando vemos a nuestros hijos.

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Damián Huergo contó, en autoficción, la problemática de su hermano adicto.

Damián Huergo contó, en autoficción, la problemática de su hermano adicto.

-El libro, como vos decís, trabaja sobre la familia y sobre los hermanos. ¿Es una temática habitual?

-Hay pocos libros sobre los hermanos, según estuve viendo. En todo caso, lo que hay es sobre hermanos que se crían en ambientes separados. Pero sobre hermanos del mismo ambiente, bajo el mismo techo, hay poca literatura y pocas películas, incluso.

-¿Qué está haciendo ahora tu hermano, a qué se dedica?

-Trabaja en una metalúrgica. Antes hizo limpieza en un hipermercado.

-En un momento del relato hablás del tobogán de cocaína, alcohol, depresión y bardo que los había alejado. Uno se tienta de hacer un parangón con Breaking Bad, donde se aprende que, pese a los tratamientos, es muy difícil terminar de curarse de las adicciones. Como que se camina por el filo de la cornisa todo el tiempo.

-Los coordinadores de estos espacios por lo general todos fueron adictos y quizás ya pasaron veinte o veinticinco años de su proceso de graduación y no consumen, pero saben que es algo que te va a acompañar toda la vida.

-Siempre en alerta, sería la consigna.

-Algo que también traté de reflejar en el libro es que tampoco la granja es una panacea. Y se dan situaciones muy particulares por las cuales a unos los pueden ayudar y a otros no. Incluso a algunos pueden ayudarles un tiempo y después vuelven a recaer.

-¿Tenés testimonios puntuales sobre esto?

-Me ha pasado que, por el libro, me han escrito por Instagram lectores con situaciones muy particulares. Yo llenaba de matices la respuesta. En primer lugar, siempre respondí, porque entiendo la desesperación del otro. Hay algo que nos hermana a los desesperados, a veces.

-Complicado, todo, porque el mundo trabaja cada vez más nuestras adicciones, no solo al alcohol, a la droga, al consumismo sino también al teléfono o a la compulsión por ver series en la tele. ¿Qué te dice esto, como sociólogo?

-Es que el mundo está muy difícil. Los chicos que tienen que salir para la reinserción social lo hacen en trabajos súper explotados, lejos de su casa, para vivir con dos pesos. Es difícil encontrar el amor y armar comunidades en el mundo en el que estamos.

-Como un constante camino lleno de espinas.

-Con esto no quiero justificar cosas, pero, como mínimo, uno tiene que transmitir un poco de empatía y entender también que uno va encontrando un poco de vitalidad y en función de vida, donde puede. Muchas veces esos lugares con el tiempo se van oscureciendo muchísimo.

-Hubo un momento en que una bandera de rebeldía era “droga, sexo y rocanrol”. Por eso mismo vos hablás de la cultura del posreviente, como que aquello ya fue. Pero hoy hay nuevos revientes, ¿no? ¿Cuáles serían entre los pibes de hoy?

-Como sociólogo trabajo dando cursos para docentes en diferentes temas socioeducativos. Y hay una pregunta que nos hacemos un montón: ¿la escuela que les ofrece a los pibes? ¿Qué futuro les ofrece?

-¿Entonces?

-Entonces, ante la oferta de no-futuro, una cosa son nuestros hijos de clase media, con posibilidades, con redes sociales, etcétera. Pero, incluso, hay chicos también de clase media que no tienen redes positivas y están ahí, medio en un limbo. Por lo tanto, el reviente u otros desbordes siempre son una posibilidad. Y eso siempre es seductor, aparte.

-Lo sigue siendo, claro.

-Es que muchas veces se habló de reviente de modo muy romántico. Y a mí me parecían medio caretas algunos libros de escritores que hablaban de sus novelas de iniciación, a los 20 o 25 años; y lo contaban desde su lugar ya aburguesado.

-Como en aquella recordada onda de la Beat Generation.

-¡Claro! Es muy difícil construir modos de vida adultos no caretas (risa). Pero está bien hacerse la pregunta.

-¿Cuál es tu próximo libro? ¿Qué nos espera?

-Estoy con una crónica de investigación junto con Fernando Krapp, un amigo escritor, también, y cineasta. Lo estamos para entregar. Es una historia del ácido lisérgico y del psicoanálisis en la Argentina.

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