Daniel Saldaña París (México, 1984) aprovecha su impronta de caminante para trazar una compleja y nutrida ruta ciudadana que lo lleva, de su México natal a Estados Unidos, hasta los dédalos de Queens y Manhattan.
D. Saldaña París, persiguiendo la identidad de un padre biológico, se sumerge en la palpitante historia urbana de Ciudad de México
Poeta, novelista, ensayista y traductor, el mexicano Daniel Saldaña París habló de todo con Nihuil: su nuevo libro, el fútbol y hasta de su esposa norteamericana
¿En busca de qué?
En busca de una probable filiación biológica, siguiendo las obsesiones de Camilo, personaje central y narrador de su novela Los nombres de mi padre.
Todo parte de un malentendido. Un malentendido a la manera de Camus.
Camilo duda respecto de quién es su progenitor verdadero. ¿Víctor, su papá de siempre? ¿O Miguel Carnero, un amigo íntimo de la familia?
Su madre nunca ha sido taxativa al respecto. Deja flotando la duda incómoda.
De ahí en adelante, la reconstrucción de la multifacética biografía de Carnero y su entorno llevará a un repaso de las utopías políticas setentistas de su generación, a revisar el concepto y las intenciones de los grandes centros urbanos de México, a preguntarse sobre la identidad profunda de cada cual, a asumir las ambigüedades amorosas y afectivas bajo una nueva luz, más problemática.
Desde su propia Ciudad de México, adonde “siempre se vuelve”, según dice, Saldaña París, dueño ya de una profusa obra como poeta, novelista, ensayista y traductor, habla sobre su nuevo libro, pero también de fútbol y de su esposa norteamericana - Catherine Lacey, escritora también- con el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Hola, Daniel, buenas tardes.
-Hola, ¿cómo están? ¿Qué tal por allá?
-Muy bien por acá. ¿Y vos? Se ve que sos un loco de trabajo.
-Soy muy ansioso y no tengo dinero (risas). Entonces, es la combinación perfecta para tener que hacer muchas cosas.
-¿Sos viajero como el Camilo de tu novela?
-Soy bastante viajero, sí. Paso temporadas fuera de México. Y, por ejemplo, en Argentina, adonde siempre regreso, tengo muchos amigos y amigas. Además, soy entusiasta de la literatura argentina.
-En general, también nosotros somos muy seguidores de la literatura de México. Como que estamos bastante hermanados por esta vía, ¿no?
-Exacto, sí. Hay muchos vasos comunicantes por ahí.
-Hace poco hablamos con Isabel Allende, que está un poco ofendida con el boom latinoamericano porque, según dice, fue toda una cuestión de hombres, que se apoyaban entre ellos y que no les daban mucha importancia a las mujeres. Parte de ese boom estuvo asentado entre ustedes.
-Creo que sí. Uno de los polos fue México, con Rulfo, quizás, como uno de los primeros. Aunque también es necesario decir que la chilena María Luisa Bombal fue un antecedente importante para Rulfo. Luego estuvo Fuentes un largo tiempo. Y muchas personas en el exilio.
-Típico de la época.
-Es decir, el boom también fue con escritores latinoamericanos que acabaron viviendo en México y que tejieron acá una suerte de red. Hubo argentinos, pero también guatemaltecos, uruguayos, etcétera.
-Y entre los representantes mayores de México, no podemos olvidar a Octavio Paz.
-Muy grande, sí, sí, sí. Yo trabajé muchos años en la revista Letras Libres, que era la heredera de Vuelta, fundada por Paz. Así que ahí tuve mucha cercanía con su obra.
-Habrá sido toda una buena experiencia.
-Escribí alguna vez sobre Pasado en claro, que es uno de mis libros favoritos de Paz. Y me acuerdo que, de chico, a los dieciocho o diecinueve años, memoricé buena parte de "Piedra de sol", su célebre poema, catedralicio, que sí, es una de las cumbres de la poesía mexicana.
-Enorme. Pero la razón de sacar cuentas y de ir hacia atrás con el boom es porque tu personaje, Camilo, que tiene más o menos tu edad, hace lo propio. Empieza a recuperar las ideas de la generación de sus padres, aunque no se trate de literatura sino de militancias políticas, de utopías de izquierda, de ensueños arquitectónicos.
-Sí. En el caso de Camilo, la de sus padres se trata quizás de una generación un poquito posterior. Crecen a finales de los sesenta, principios de los setenta.
-Ya en plena efervescencia.
-La militancia más radical en México empieza a partir del '68, de la represión brutal y la masacre de Tlatelolco. Eso empuja a muchas organizaciones a la clandestinidad y, de ahí, hasta finales de los setenta, principios de los ochenta, es lo que se conoce en México como la guerra sucia.
-¿Con qué características?
-Hubo una persecución política muy fuerte. No de manera tan abierta y descarada como en la Argentina y otros países de América Latina, pero hubo desaparecidos y hubo una militancia activa de muchísimas organizaciones.
-Ese es el trasfondo de tu novela.
-Es el mundo en el que Camilo se sumerge mediante entrevistas, hablando con amigos de sus padres, pero también con trabajo de archivo, rescatando pasquines y esas revistillas que circulaban clandestinamente en la época.
-Lo que moviliza a Camilo, en su fuero íntimo, es la necesidad de saber quién es su verdadero padre biológico. Lo cual coincide con una problemática muy vigente. Venimos de entrevistar a una cocinera y periodista mexicana, Cecilia González, que vive en Buenos Aires y que cuenta en su libro cómo sus propios padres sufrieron el abandono de sus progenitores.
-Pues sí. Desgraciadamente son temas muy comunes. Mencionábamos hace rato a Rulfo y su Pedro Páramo, que es el modelo narrativo en México, viene inmediatamente a la mente. Y es la madre quien envía a Juan Preciado al pueblo a buscar cualquier señal de Pedro Páramo, un padre que nunca conoció.
-Algo parecido ocurre en tu libro.
-Es un poco la idea de Los nombres de mi padre, solo que, en este caso, sí conoció a su padre, al padre que lo crió, pero tiene la duda de que a lo mejor el padre biológico pudo haber sido Miguel Carnero, que es el personaje misterioso al centro de la novela.
-El imán.
-Digamos que la novela está construida como una serie de caminatas alrededor de esta figura enigmática, o caminatas en pos de esta figura enigmática.
-A Alberto Fuguet le pasó más o menos algo parecido buscando rastros de su tío Carlos en Estados Unidos. Tu narrador parte de México y termina en Manhattan, nada menos.
-Exacto. No me acordaba del paralelismo con Fuguet, pero es verdad. O sea, una pista lo lleva a buscar a la posible hermana biológica. Él se obsesiona con esta posibilidad.
-Una obsesión que tiene otro origen.
-Todo parte de una especie de malentendido, de una serie de alusiones veladas por parte de la madre que no dice las cosas de manera frontal. Y esa ambigüedad le permite desbarrancarse hacia el lado de la fantasía y emprender este viaje, primero a Queens, uno de los barrios periféricos de Nueva York. Ahí empieza a buscar a la posible hermana biológica.
-Un viaje hacia adelante y hacia atrás.
-Tiene que ver con esa reconstrucción del pasado, reconstrucción de los vínculos familiares y también con una especie de duelo anticipado. La madre, que está enferma, es probable que vaya a morir dentro de poco y Camilo emprende este viaje, no solo por investigar su pasado, sino también por alejarse de ella en un momento crítico.
-Sufre por estar y por no estar junto a ella.
-Le da un poco de vértigo ver la enfermedad de la madre en primera mano. Necesita una especie de pausa y se lanza a Nueva York en busca de esta historia.
-Cuando llega a Estados Unidos, se produce una fascinación por Manhattan. Dice: "Siento que la isla tiene un magnetismo propio que me atrae sin que yo pueda hacer nada". Curiosamente, Patricio Pron expresa algo similar en su nuevo libro, pero de manera autobiográfica. ¿Qué los atrapa tanto, a ustedes dos, como autores, de Manhattan?
-La respuesta es bastante prosaica. Y es que tanto Patricio como yo tuvimos la misma beca en Manhattan, que es una maravilla.
-¡Notable! ¿Cómo fue eso?
-Patricio escribió su más reciente libro (En todo hay una grieta y por ella entra la luz) y yo este, Los nombres de mi padre, con la misma beca. Él la tuvo uno o dos años después que yo.
-¿En qué condiciones trabajaron?
-Es una beca maravillosa en la que te dan una oficina en la Biblioteca Pública de Nueva York, en Manhattan, o sea, en la Quinta Avenida y la 42, que es como en Midtown.
-Pron pondera mucho ese lugar.
-Es un edificio precioso del siglo XIX, como neoclásico. Tienes acceso a todos los archivos de la biblioteca, a un acervo infinito de mapas, de imágenes, lo que se te ocurra. Es la segunda biblioteca más grande del mundo después de la British Library.
-Un lugar soñado.
-Trabajar, escribir ahí, me permitió sumergirme también en la historia de la ciudad, tanto de Manhattan como de México, porque tienen muchísimo acervo en común. Yo creo que parte de mi fascinación fue eso.
-Pero el entorno, las calles, la gente, son también protagonistas.
-Fue descubrir, ahí sí, caminando y más experiencialmente, que Nueva York, en realidad, es una ciudad latinoamericana. Es decir, los gringos son los únicos que no lo saben (risas).
-¿Por qué lo decís?
-Todo el mundo nos damos cuenta de que es una ciudad latinoamericana. En cuanto llegas, por ejemplo, vas caminando por lugares de Queens y podrías estar perfectamente en Ecuador.
-Y uno creería que eso pasa nada más que en Miami o en California.
-¡Exacto! Los Ángeles, por ejemplo, es una ciudad mexicana, quizás. Hay muchos más mexicanos allí. Pero Nueva York es la única ciudad latinoamericana, porque todas las otras ciudades, es decir, Buenos Aires, Mendoza, la Ciudad de México, son ciudades argentinas, mexicanas. Lima es una ciudad peruana. Es decir, son primero ciudades nacionales y luego latinoamericanas. Pero Nueva York es una ciudad muy parejamente latinoamericana.
-Buena apreciación. No teníamos ese punto de vista.
-Por ejemplo, el primer habitante no indígena de Manhattan, y te estoy hablando de los años 1600, fue un negro salido de lo que ahora es República Dominicana, que hablaba español. El primer habitante que no hablaba el Lenape, hablaba español. O sea, en Nueva York se habla español desde antes de que existiera Nueva York; desde antes de que llegara el inglés o, incluso, el holandés.
-Magnífica correspondencia.
-Esa tradición fue también una de las cosas que me sedujo, que me capturó de la ciudad.
-Vos decís, en otra parte, que a los norteamericanos les da como un complejo de culpa ser monolingües, ¿no?
-Claro, sí. Pero no a todos. Obviamente, a los más progres. Siempre piden perdón. A mí me pasa mucho porque, además, mi esposa es norteamericana.
-¡Eh!, buen dato.
-Ella sí habla español. Pero me pasa mucho en conversaciones con amigos y amigas de allá que, de inmediato, te piden perdón por no saber español.
-Se entiende, en ese contexto.
-Luego, no sé cómo es en Argentina, pero en México, pues, mucha gente habla otros idiomas, ¿no? Empezando por lenguas indígenas, ya que hay sesenta y ocho. Hubo una época en que se hablaba más el francés, que era la lengua diplomática.
-¿Por qué creés vos que ocurre todo esto?
-Siento que nosotros, los latinoamericanos, como estamos en la periferia económica, estamos obligados casi a aprender más sobre el mainstream, sobre esas lenguas coloniales. Y ellos, en cambio, se pierden mucho de lo que pasa por acá.
-¿Cómo se llama tu esposa?
-Catherine Lacey, escritora impresionante. Tiene una novela traducida, Biografía de X, a la que le fue muy bien en Alfaguara. Aprovecho para recomendarla siempre.
-Muy bien, señor.
-Apoyen la economía familiar (risas).
-Con gusto. Vos has estudiado filosofía y, más allá de las cuestiones políticas, amorosas y familiares que vas desgranando tu novela, se nota una pasión tuya por la arquitectura. De hecho, el centro de toda la ideología de Carnero está relacionado con el desarrollo urbanístico de las ciudades. ¿Cómo te formaste en esta disciplina?
-Es un tema que me interesa muchísimo desde mis años de estudiante. Como dices, estudiando filosofía me encontré con el movimiento situacionista francés, que era una vanguardia política y artística de los años cincuenta.
-¿Qué te interesó de ellos?
-Que tenían muchos textos sobre arquitectura y que situaban el urbanismo al centro de sus intereses revolucionarios también. Y ese es uno de mis intereses sostenidos. Hubo, también, una serie de casualidades y me puse a pensar en la represión política en México, que en el '68 tuvo como escenario, principalmente, la plaza de Tlatelolco.
-Un tema con peso en tu libro.
-Claro. Allí sucedió la masacre del 2 de octubre. Pero también estaba la Ciudad Universitaria, que fue un espacio reprimido, invadido por el ejército en ese año. En fin, como se sabe, las universidades suelen ser a su vez focos revolucionarios.
-¿De qué manera se convirtió en tema de interés para vos?
-Me puse a pensar y me di cuenta de que, tanto Tlatelolco como Ciudad Universitaria, habían sido diseñadas por el mismo arquitecto mexicano Mario Pani, que casualmente también diseñó un barrio, una especie de suburbio al norte de la ciudad de México, llamado Ciudad Satélite. Y Ciudad Satélite es el barrio en donde crecieron mi papá y mi tío.
-Todos asuntos que se fueron conectando.
-Como yo iba mucho por allí de chico, me puse a investigar, me puse a rascarle por ahí a la Ciudad Satélite, que es un barrio, no es nada cultural. Hay un par de centros comerciales, cines, pero no un foco cultural importante.
-Pero tendrá su historia.
-Salió de ahí Café Tacuba, la gran banda de rock mexicano de los noventa, pero poco más.
-¿Cómo lo abordaste, entonces?
-Me puse a investigar en el proyecto original de la construcción de ese barrio, en su desarrollo. Leí libros aburridísimos sobre la expansión del urbanismo en la Ciudad de México. Y por ahí me di cuenta, como un descubrimiento mío de archivo, de que en algún momento entra a desarrollar ese barrio un ingeniero austríaco que había recalado en México en los años sesenta.
-Sí, Karl Fiebinger.
-Busqué su historia y resulta que había sido un ingeniero importante de los nazis durante la guerra, que construyó un par de fábricas subterráneas de misiles, sobre todo; pero también, muy probablemente, el crematorio de uno de los campos de concentración en Ebensee.
-Un cuadro destacado del régimen.
-Era un criminal de guerra que acabó, primero, en Estados Unidos y luego, en México. Y construyó el suburbio en el que creció mi papá, que es algo que no sabía. Esta novela me permitió descubrirlo.
-A Carnero lo llamás arquitecto reconvertido en entusiasta de las demoliciones porque su sueño es tirar abajo todas esas construcciones. Y al avanzar en la temática, desarrollás, en mitad del libro, todo un párrafo sobre los grandes soñadores de este asunto, empezando por la "ciudad sana" de Platón, para continuar con "la ciudad de Dios" de San Agustín, la Ciudad del Sol de Campanella, la Utopía de Tomás Moro o las ciudades flotantes de Buckminster Fuller. Un encantador paneo.
-Es un tema que me interesa mucho, según decía. Desde los griegos, la ciudad fue, además de un espacio físico, un espacio mental donde se proyectaba una idea de la política. Creo, pues, que fue siempre el horizonte la política. Digamos, está en el origen de la palabra. La polis es la ciudad. Me interesaba entonces rastrear esta idea de las ciudades imaginarias que nacieron en la escritura como modelos de una postura política, desde La República de Platón, como mencionas.
-¿Y trasladado esto a nuestro territorio y nuestro tiempo?
-Mi sensación es que Pani era también un idealista, a la manera platónica; alguien que pensaba que, si tú modificas la ciudad, vas a modificar el comportamiento político de sus habitantes. Es decir, que, depende de cómo hagas el trazado urbano, va a modificar la forma en la que se relacionan entre sí los habitantes de una ciudad.
-¿Es tan determinante?
-La idea tiene algo de utópico, pero, digamos, es una de las líneas importantes del urbanismo moderno. Ese es el sustrato teórico de la novela. Luego tiene una parte más casi detectivesca, de reconstrucción del pasado. Me gusta que haya esos niveles de lectura: una parte, a lo mejor, más teórica, más ensayística; y luego otra parte más de una historia de secuestros, detectives, desaparecidos y demás.
-Hay una refutación para hacerle a Carnero cuando apunta contra Pani, Fiebinger y compañía porque, según dice, sus concentraciones urbanísticas tienen un fin represivo por parte del capitalismo. Esos mismos conglomerados de edificios se hicieron también en el bloque soviético, en China o en Alemania Oriental como solución habitacional.
-Sí, totalmente. En todo caso, lo propio del capitalismo sería la invención del suburbio, que nace en Nueva York, en 1947; digamos, el suburbio a la manera americana, que surge como una especie de proyecto para darles casa a todos los veteranos de la Segunda Guerra Mundial que regresan y que quieren construir una familia y tal.
-¿Y a partir de ahí?
-Efectivamente, bloques del estilo de Tlatelolco, al que se le cayó una parte en el terremoto del '85, tienen una estética bastante soviética. O sea, si ves la planta desde el cielo, es como algo de Europa del Este.
-¿Cómo te llevás con el fútbol?
-Pues, fíjate que tuve la desgracia de crecer yéndole al Atlante, que es un equipo que hasta hace poco estaba en la segunda división.
-Todo un apostolado.
-Cuando yo era chico, jugaban en primera. Luego, bajaron a segunda. Durante muchos años en México no hubo ascenso; es decir, la Liga Mexicana eliminó la posibilidad del ascenso. Y el Atlante se quedó condenado ahí hasta este año. O sea, ahora es el primer año en el que ha regresado a primera.
-Lo cual habrá condicionado tus simpatías.
-Como crecí yéndole a un equipo caído en desgracia, nunca fui súper futbolero. Es decir, veo el Mundial, veo la Champions, de vez en cuando, pero no soy un hincha fanático.
-¿Y cómo viviste este Mundial?
-Obviamente yo iba con Argentina. Y en la final, sin duda, pero, bueno, a veces no se puede.
-El tema tiene que ver con que a Carnero, tu personaje, antes de volverse loco por la política y la arquitectura, lo ponés a jugar al fútbol en los suburbios de México.
-Es que, para eso, sin ser autobiográfico, sí tomé muchos datos sobre la historia de la vida de mi padre.
-¿Cómo sucedió con él?
-Mi papá creció en ese suburbio al norte de la ciudad de México y él sí era súper futbolero. Mi papá jugó en el Atlante, en las Fuerzas Básicas. Él y mi tío jugaban en canchas llaneras, como les decimos acá, llenas de piedras y tierra. Y hace poco volví hacia allá, hacia Ciudad Satélite, con mi tío, a que me llevara a ver los lugares donde jugaban. Mi papá falleció mientras yo escribía la novela, de hecho.
-Recuperaste parte de su legado, entonces. ¿Y cómo viste lo de México en el Mundial, el rollo con los argentinos y todo eso?
-¡Ay, pues, me puso muy nervioso! Me dio mucha tristeza.
-¿Por qué?
-Porque creo que hubo, por un lado, una campaña muy orquestada.
-¿De qué tipo?
-Cualquier campaña que tenga como fin la división de los países latinoamericanos y también la distancia también emocional entre ellos no nos beneficia a ninguno. Al contrario, tendría que haber un esfuerzo de jalar juntos.
-De acuerdo por completo.
-Y luego, circulaban ideas que son totalmente falsas, como que la propia Argentina se pone en un lugar más cercano a los europeos o cosas así, cuando, por lo menos, mi experiencia siempre ha sido la de ir a Argentina y sentir totalmente Latinoamérica ahí. O sea, es evidentemente latinoamericana.
-Por supuesto, es un asunto que nos compete a todos.
-La huella europea existe también en todos nuestros países. En México, por ejemplo, si te vas a caminar por Reforma, pues sí, es una avenida trazada al estilo de los grandes boulevards franceses por un dictador del siglo XIX. Pero eso no tiene nada que ver con nuestro presente, ni con la identificación que tengamos nosotros como latinoamericanos. Por eso me dio mucha tristeza.
-Qué bueno que diga todo esto alguien desde más allá de nuestras fronteras.
-Yo acá vi muchos partidos. Hay muchos amigos argentinos que viven en México, con quienes tengo cercanía, tallereamos textos juntos.
-Hermosa experiencia, suponemos.
-Una querida amiga argentina tiene una librería, La Americana, en la Ciudad de México. Ahí nos reuníamos a ver los partidos de Argentina y de México. Entonces, hubo también solidaridades resistentes en medio de esta mugre.
-Te consultaba al respecto porque toda esta mugre, como la llamás, los obligó incluso a ustedes, los escritores, a expresarse al respecto. Hasta Arturo Pérez Reverte, un amigo de años de nuestro país, se vio en la necesidad de publicar una columna titulada "El día que odié a la Argentina", como reflexión sobre un comentario suyo que lo había convertido en nuestro enemigo público número uno.
-Sí, fíjate que yo jamás hablo de fútbol públicamente. Me gusta irlo a ver con amigos, pero no soy un escritor que escriba de fútbol ni nada. Tuve una vez, hace muchos años, en un Mundial, una columna futbolística paródica, donde yo fingía ir por Belice, que obviamente no participaba en el Mundial.
-¿Belice! Qué loco.
-Era una especie de broma que nadie entendió, en el fondo. Pero, sí, fue un fenómeno muy generalizado esta onda de los discursos antiargentinos. Luego, mezclados con política. Ahí todos hacen unas generalizaciones bastante burdas, porque, al interior de cualquier selección, habrá unos que sean más de izquierda, otros más de derecha, qué sé yo.
-Inevitable. Pero no siempre se comprende esto.
-Me parece bastante sucio equiparar la política de un país o los dirigentes de un país con su selección futbolística.
-Antes de terminar, vale destacar que menciones a los chiltepines, unos chiles chiquititos que pican como el diablo y que son parte del alma mexicana, ¿no?
-Totalmente, sí, esos chiles bravos. Siempre creí que yo aguantaba bastante bien el picante y ahora resulta que mi esposa estadounidense lo aguanta mucho mejor. Me humilla públicamente en México todo el tiempo. Entonces he dejado de presumir demasiado el tema.
En pocas palabras
- Daniel Saldaña París: el escritor mexicano presenta su novela "Los nombres de mi padre", que explora la búsqueda de identidad y la historia urbana de Ciudad de México.
- Temática central: la novela aborda la filiación biológica, las utopías políticas de los años '70, la arquitectura y las ambigüedades afectivas, entrelazando la vida del protagonista con la historia de su país.
- Experiencia neoyorquina: el autor relata su fascinación por Manhattan, influenciada por una beca y su percepción de la ciudad como un espacio latinoamericano con profundas raíces históricas hispanohablantes.





