Se llamaba Laura. Era esposa de Alejandro y madre de dos hijos. Era una persona común y llevaba una vida convencional. Hasta que el 14 de abril de 2007 por la noche fue asesinada en Godoy Cruz por delincuentes que le robaron el auto.
Entonces, su figura se convirtió en símbolo de lucha. Para que la Justicia encarcelara a los homicidas. Pero también para que la sociedad mendocina saliera a las calles y exigiera seguridad. Y sobre todo garantías de que no seguiríamos muriendo a manos de unos pocos. Como le sucedió a esa mujer llamada Laura Abonassar a los 42 años.
Terminaba el gobierno de Julio Cobos y Miguel Bondino era el cuarto ministro de Seguridad en menos de cuatro años. Fue tan potente la estampida sociopolítica que detonó el crimen de Laura Abonassar en las calles, en Godoy Cruz, en la Legislatura y en los medios de prensa que el funcionario nacido en San Rafael salió eyectado del sillón que ocupaba en el edificio de calle Salta de Godoy Cruz. En pocas horas se anunciarían los cambios en el gabinete.
Entonces fue la hora de Alfredo Cornejo, que se puso el traje de ministro de Seguridad por segunda vez, de manera súbita, tras dejar la diputación nacional alcanzada en 2005 en manos de Jorge Albarracín.
Cornejo dejó a un lado la construcción de la alianza con los Kirchner -en octubre Cobos sería electo vicepresidente de la Nación de Cristina Fernández- y reanudó su trabajo de ministro de Seguridad con las riendas cortas. Habló a la ciudadanía desde las calles convulsionadas. Habló fuerte y para hacerlo se valió de un megáfono. Quería ser escuchado. No solo por los vecinos, a quienes les anunciaba que Gendarmería reforzaría la prevención pública, sino especialmente por las fuerzas policiales.


