El inicio del ciclo lectivo siempre trae expectativas. Pero para Marcelo Iramain, este comienzo significa mucho más que estrenar cuadernos en una escuela. Es el resultado de años de trabajo silencioso, de paciencia, de estrategias pensadas con amor y de una comunidad educativa que decidió acompañarlo de verdad.
Cuando la inclusión deja de ser un discurso: la emocionante historia de un niño en una escuela de Godoy Cruz
Marcelito llegó a la Escuela Cordillera de los Andes con un certificado de discapacidad y muchos desafíos por delante. Hoy, gracias a su equipo docente, pasó a la secundaria
Marcelito llegó hace muchos años a la Escuela 1-075 Cordillera de los Andes, ubicada en el barrio Vandor, en la intersección de Einstein y Nogolí, en Godoy Cruz. Tenía su Certificado Único de Discapacidad: retraso mental leve y dificultades fonoaudiológicas. Traía, además, algo que no figura en ningún papel: una sonrisa amplia y una energía imposible de ignorar.
Desde el Nivel Inicial fue parte de la institución. Allí empezó una historia que hoy, en el cierre de la primaria, se recuerda con emoción. “Llegó con una mochila llena de desafíos, pero sobre todo con una pureza y una alegría contagiosa”, cuentan sus docentes.
"Tuvimos que romper barreras pero lo logramos", dijo la maestra
Al principio no fue sencillo. El reto no era solo pedagógico. “Tuvimos que romper barreras invisibles. Lograr que el entorno se adaptara a él y no a la inversa”, explica la docente Silvana Analía Moyano, una de las maestras que lo acompañó durante años. Construir un espacio donde Marcelito se sintiera seguro, comprendido y parte legítima del grupo fue el primer gran objetivo.
“Era chiquito y me acuerdo que se nos escapaba”, recuerda Silvana entre risas y lágrimas. “Pero lo logramos entre todas. Hoy está en la secundaria, y para nosotros es un logro grandísimo”, recuerda.
Ese “entre todas” no es casual. Junto a Moyano trabajaron Susana Alcojor, Roxana Fragapane, Silvina Guiñazú, Ana Inés Rodríguez y Paulina Juárez. No era el alumno de una sola maestra. Era el alumno de toda la escuela.
La premisa fue clara desde el inicio: un niño feliz aprende mejor. Bajo ese lema, las estrategias no se limitaron a adaptar contenidos. Se trató de acompañar tiempos, de respetar procesos y de fortalecer la autoestima.
Los compañeros, aliados de su inclusión
Flexibilizaron actividades para que fueran significativas. Priorizaban la autonomía y las habilidades sociales. Utilizaron el juego y el arte como puentes. Sensibilizaron a sus compañeros, que se convirtieron en aliados naturales de su inclusión. La comunicación con la familia fue constante.
“Pero así todo, la madre, con todo su esfuerzo y el papá, lograron que ese niño esté hoy en la secundaria”, destaca Silvana. “Bailaba en los actos, completamente integrado. Verlo ahí, disfrutando, brillando, fue el triunfo de la expresión sobre cualquier etiqueta”, repasa.
La familia también atravesó sus propias dificultades. Y la escuela no solo enseñó letras y números. Fue refugio, fue oído atento, fue sostén. “Aprendimos que la escuela debe caminar junto a los padres, en los miedos y en las celebraciones”, reflexionan las docentes.
Para Marcelito, la primaria deja recuerdos concretos y simples, pero profundos. “Lo que más me gustó es cuando empecé y cuando terminé. Fue un momento muy bueno”, dice con orgullo. “Puse mucho respeto, mucha lectura, mucha matemática. Me puse a leer y un montón de cosas. Y un montón de logros”.
También habla de sus amigos. “Me acuerdo más de Romeo, de Joaco y de Tiziano. Me acuerdo con mucho cariño”. En esas palabras hay pertenencia. Hay historia compartida, infancia.
Este 25 de febrero comenzará primer año en el Colegio Cóndor de los Andes. Nada menos. Para la comunidad educativa, ese paso representa la confirmación de que la inclusión no es un discurso. Es una práctica diaria que exige paciencia, compromiso y convicción.
Marcelito se despide de la primaria y pasó a otra etapa
“La verdadera excelencia educativa no se mide solo en calificaciones”, sostienen desde la escuela. “Se mide en la felicidad de un niño que se siente capaz”.
Marcelito se despide de la primaria con miles de batallas ganadas. Algunas fueron silenciosas: aprender a concentrarse, animarse a participar, sostener la rutina. Otras fueron visibles: bailar en los actos, compartir con sus compañeros, avanzar de grado.
Hoy, en el inicio de clases, mientras otras familias acomodan guardapolvos y mochilas, la suya celebra algo más grande: la certeza de que siempre se puede cuando hay apoyo, cuando hay red, cuando hay amor profesional.
Marcelo Iramain se lleva un pedacito de la Cordillera de los Andes. Y la escuela se queda con una lección profunda: cuando el profesionalismo se une con el corazón, las barreras se transforman en puentes.
En Godoy Cruz, en una escuela pública de barrio, la inclusión no fue un papel. Fue una historia. Y ahora, es un nuevo comienzo.








