Niños a la escuela

Vuelven las clases: bienvenidos al embotellamiento emocional del ciclo lectivo

Con las clases vuelven los autos en doble fila, los grupos de WhatsApp al rojo vivo y el estrés desde febrero. Pero también vuelve la añorada rutina

El fin de febrero llegó como llegan todas las cosas inevitables: sin pedir permiso y con despertador incluido. Basta que comiencen las clases para que la ciudad vuelva a su estado natural de colapso organizado. Autos en doble y triple fila, criaturas con mochilas del tamaño de un monoambiente y adultos caminando rápido sin saber muy bien hacia dónde, pero convencidos de que llegan tarde a algún lado.

El inicio de clases tiene algo de experimento social. Durante enero y febrero circulamos con una calma engañosa, como si hubiéramos evolucionado como sociedad. Pero apenas suena el primer timbre escolar, todo vuelve a su eje verdadero: calles saturadas, agendas imposibles y padres mirando el celular mientras avanzan exactamente medio metro cada cuatro minutos.

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Sin duda, el comienzo de clases pone más felices a los padres en busca de la calma que perdieron en verano que a los niños somnolientos y apurados.

Sin duda, el comienzo de clases pone más felices a los padres en busca de la calma que perdieron en verano que a los niños somnolientos y apurados.

Adultos sobreestimulados buscando orden

Y después están los grupos de WhatsApp en ebullición, la lista de útiles que logra lo que ningún economista pudo: concentrar todos los gastos del año en una sola semana. Carpetas, repuestos, materiales que jamás volverán a aparecer en la vida cotidiana y útiles que misteriosamente desaparecen antes de abril.

Los niños empiezan las clases, pero los adultos somos un grupo de seres sobreestimulados buscando orden. Entramos en un grado de sobreexcitación difícil de explicar. Después de dos meses sin estructura real con chicos que deambularon hasta cualquier hora de la noche y después son como zombies hambrientos "yendo de la cama al living" el comienzo de clases para mi tiene poderes curativos. Y ustedes no se hagan los tontos, que también añoran la calma dela rutina rutina más que el sueldo a fin de mes.

Cumplir con todo (aunque no sepamos bien para qué)

En estos días nos atropellamos para cumplir. Para que no falte nada, para llegar a horario, para mandar la mochila completa, la autorización firmada, la cartulina correcta el día indicado. Corremos detrás de una idea bastante difusa de responsabilidad adulta mientras el presupuesto se vuelve un pozo sin fondo y las mañanas arrancan con negociaciones domésticas dignas de una cumbre internacional: levantarse, vestirse, desayunar, salir.

Hay tironeos en la puerta de casa, bocinazos que acompañan el trayecto hasta la escuela como banda sonora inevitable de febrero. Todo parece urgente, imprescindible, impostergable.

Adolescentes - alumnos, estudiantes de Secundaria - escuelas - clases
Vuelven las clases, vuelve la rutina. Para los más chicos y para los más grandes. Foto: ilustrativa.

Vuelven las clases, vuelve la rutina. Para los más chicos y para los más grandes. Foto: ilustrativa.

Y en medio de ese movimiento constante, un día aparece una pregunta inesperada: ¿en qué momento pasó todo tan rápido?

Porque mientras discutimos horarios, útiles y meriendas, los chicos crecen. Aprenden a arreglarse solos, a manejar sus tiempos, a moverse con una independencia que llegó sin anuncio previo. La rutina escolar, esa que parecía eterna, empieza a mostrar que también tiene fecha de vencimiento.

No hace falta ponerse nostálgicos para entenderlo. Alcanza con notar que algunas escenas empiezan a repetirse menos. Que ciertos rituales cotidianos -la fila en la puerta, el saludo apurado, el “apurate que llegamos tarde”- algún día dejan de existir sin hacer ruido.

Y recién entonces uno entiende algo incómodo: todo este caos que ahora nos agota es una manera imperceptible que tiene la vida de seguir fluyendo.

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