Casos resonantes

El crimen del cabo Villalobos, un hombre bueno

Mendoza, 1998. Arturo Lafalla era el gobernador y la seguridad pública estaba en crisis terminal.

Robos. Asaltos. Tiroteos. En bancos. Empresas. Locales comerciales. Casas de familia. Nadie se sentía a salvo. Nadie lo estaba.

Todo esto con el agravante de que la Policía estaba seriamente cuestionada desde el crimen del estudiante bonaerense Sebastián Bordón, ocurrido tres meses antes en San Rafael.

La decisión de que las filas policiales serían conducidas por civiles ya estaba tomada. Era irreversible. Y eso era aprovechado por la delincuencia.

El día del drama

El 13 de enero de ese año era martes y desde temprano hacía un calor fenomenal.

A la siesta, en el centro no había ni un alma porque los comercios ya habían bajado las persianas pero más aun por el éxodo vacacional al otro lado de la cordillera. Eran otros tiempos.

A las 14.38, una moto se detuvo en la vereda este de calle 9 de Julio pasando Montevideo. Frente a la plaza España. Justo en el Banco Regional de Cuyo del anexo del Consejo Profesional de Ciencias Económicas habilitado para sus matriculados.

El conductor siguió montado en el vehículo de alta cilindrada un rato largo. Llamativamente sin quitarse el casco. Pese al calor.

El cabo primero de la Policía de Mendoza Juan Domingo Villalobos estaba a cargo de la custodia del banco para sumar unos pesos al sueldo de empleado público.

Tenía 42 años, 25 de carrera y su jubilación era inminente como le sucede a los policías que cumplen tantos años de servicio.

De hecho, poco antes le habían entregado una plaqueta conmemorativa por sus bodas de plata prestando servicio a la ciudadanía.

Lo último que Villalobos hizo en vida fue resistir el ataque de un hombre que le vació el cargador de una pistola calibre 9 en el cuello, el pecho y el abdomen ese martes 13 antes de subirse a la moto que esperaba en la vereda.

El cabo había tomado servicio 38 minutos antes de ser asesinado.

Dos testigos que esperaban el colectivo en la plaza España y se asustaron por los estampidos y buscaron refugio dentrás de unos asientos.

Más tarde declararon que el motociclista puso primera y desapareció a toda velocidad por la calle 9 de Julio en dirección al sur, y que transportaba a dos cómplices que salieron del banco.

Uno llevaba el dinero siniestrado de las cajas de recaudación. $8.800, según el arqueo de caja que figuró en el expendiente judicial.

El otro delincuente era el asesino de Villalobos. El cabo estaba casado y era  padre de cuatro hijos.

El dirigente peronista de Rivadavia Félix Pesce se había convertido en ministro de Gobierno de Lafalla en lugar de Ángel Cirasino después del feriado del 12 de octubre de 1997, apenas estalló la crisis de conducción de la Policía por el asesinato del chico Bordón.

La reforma policial estaba en marcha y a fines de ese año saldría a la luz. A Pesce le tocaba ser el antecesor del primer ministro de Seguridad: Alejandro Cazabán.

Aquel fatídico martes 13 las sirenas de la Policía quebraron la modorra de la siesta en el microcentro. Dos patrulleros y una camioneta blanca de la Dirección de Criminalística llegaron a la escena del crimen.

Pesce arribó caminando por la plaza España en diagonal. Venía desde su despacho, en el tercer piso de la Casa de Gobierno. Cuando vio el cadáver acribillado de Villalobos se le aflojaron las piernas.

Después recibió un dato que lo inquietó sobremanera: el banco había sido desvalijado tres semanas antes. Una gavilla se había llevado más de 20.000 pesos antes del brindis de Navidad.

A Villalobos lo habían bautizado Juan Domingo por Perón. Se sentía orgulloso de su impecable legajo y de su profesión. Dicen que era un buen hombre. Su nombre y apellido pasaron a formar parte de la larga lista de policías muertos en servicio.

Un colega suyo también sería víctima del delito poco después: Nelson Villegas, de 24 años, recibió cinco disparos en un barrio caliente del Gran Mendoza mientras estaba a cargo de una custodia.

Ambos casos quedaron impunes.

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