El secuestro del ingeniero mendocino en Ecuador

"Comíamos todo tipo de bicho que había en la selva"

Sucumbíos es una provincia del norte ecuatoriano, ubicada en el límite con Colombia, valorada por su verdor, su belleza natural y su principal atractivo turístico: la reserva faunística de la laguna de Cuyabeno.

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Más allá de todas esas bondades del buen vivir, para el gran mundo de los negocios y los círculos de poder internacionales Sucumbíos es otra cosa. La cuna petrolera del Ecuador.

Sin embargo, para el ingeniero Jorge Osvaldo Rodríguez esa ciudad amazónica fue escenario de la peor pesadilla de su vida: casi cinco meses secuestrado en la selva a manos de bandidos que vivían de esa práctica delictiva.

Del Amazonas a Mendoza

A mediados de octubre del 2000, las agencias de noticias dieron cuenta de un episodio grave en Sucumbíos: diez empleados de empresas petroleras extranjeras habían sido tomados en cautiverio en la selva.

Los estadounidenses eran mayoría. También había franceses y un chileno. Allí también estaba Rodríguez, quien había nacido en Buenos Aires y estaba radicado en Guaymallén con familia y todo. Entonces, la noticia tuvo su costado mendocino.

La vivienda de los Rodríguez sobre calle Armando Tejada Gómez se transformó en el centro de atención de la prensa argentina. 

Se supo que tenía 48 años, que cuando se graduó como  ingeniero mecánico trabajó en la industria del oro negro -más especialmente en el área de perforaciones-, y que estaba casado con Lilia y era padre de tres hijos.

Once meses antes, la cuenca petrolera de Sucumbíos había sido escenario de otro secuestro colectivo: 12 extranjeros (de Canadá, EE.UU. y Europa) que fueron liberados tras 99 días

Con el paso de los días las noticias comenzaron a llegar más limpias desde Ecuador. Entonces se supo que dos rehenes galos habían escapado de los captores en las primeras horas de privación de la libertad.

El gobierno argentino y la gestión de Roberto Iglesias en Mendoza -con Juan Carlos Jaliff al frente, por su rol de ministro de Gobierno- se interesaron por Rodríguez y su familia.

Y las reuniones en Guaymallén y Casa de Gobierno se hicieron más frecuentes, igual que los llamados telefónicos, aunque mantener despejada esa vía era una de las órdenes más respetadas.

El 14 de noviembre de 2000, la esposa de Rodríguez dijo, según diarios de la época, que la empresa para la cual trabajaba su esposo le había informado que todo iba bien dentro de lo complejo de este tipo de asuntos.

Y hasta se animó a vaticinar que la familia pasaría un gran fin de año con Rodríguez ya de regreso. Pero el éxito de las negociaciones aun estaba lejos. Más de lo que todos creían.

El inolvidable año 2001

Casi dos meses después de la predicción de Lilia de Rodríguez, el drama estaba al rojo vivo.

Los cautivos, que seguían siendo ocho, sobrevivían en la selva pegajosa e implacable. Estratégicamente separados entre sí para limitarlos, confundirlos y engañarlos. Para tenerlos en un puño.

Mientras, en Argentina, Chile y Estados Unidos sus familias esperaban un desenlace favorable. Urgente.

Hasta que el 17 de enero los secuestradores lanzaron un ultimátum.

"O nos pagan o empezamos a arrojarles los paquetitos" "O nos pagan o empezamos a arrojarles los paquetitos"

La cuenta regresiva terminó y la paciencia también. Por eso, el último día de ese mes el secuestrado Ron Sanders fue asesinado a tiros y su cuerpo fue dejado a disposición de los negociadores. Era una prueba de muerte.

Los delincuentes exigían U$S80 millones y la vida del argentino tuvo precio: casi U$S12 millones

Forzar la situación y apurar las negociaciones era el objetivo de esa  tragedia. Para que los dueños de las empresas petroleras de capitales extranjeros paguen el rescate, explicaba una fuente internacional.

La luz

Febrero fue el cuarto mes de conflicto con epicentro en Sucumbíos pero también cuando se vislumbraron los primeros destellos de resolución. De libertad. Y de alivio.

Demasiado atrás en el tiempo quedaban las primeras noticias del drama y el interés de la prensa. Y lenta pero inexorablemente todo se encaminaba en el país al estallido de una de las crisis sociopolíticas y económicas más graves de las que se tenga recuerdo.

El jueves 22 las petroleras dieron el único paso que se necesitaba para facilitar la liberación de sus empleados cautivos: pagaron 13 millones de dólares. Y entonces, se hizo la luz.

Uno de los temporales de lluvia y viento más severos de los últimos años postergó unos días que Rodríguez y sus colegas de infortunio fueran liberados.

El 1 de marzo de 2001 los petroleros volvieron a ser libres

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Se alimentaron de monos, culebras y ratas, escribió el venezolano Mario Rocca en su libro El secuestro en Latinoamérica (2010).

La familia de Rodríguez habló en Mendoza de las penurias del hombre.

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Aquellos siete hombres estaban débiles, agotados. Física y psicológicamente.

Turbados y con problemas visuales. Con la barba larga y escasa higiene. Pero vivos. Y eso era lo único que importaba tras 141 días de pesadilla.

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De Mendoza al mundo

Rodríguez volvió a Mendoza el 12 de marzo, acompañado por familiares que habían ido a su encuentro directamente al Ecuador.

El día siguiente, a eso de las 19, arribó a Casa de Gobierno junto con la esposa en remís. Los esperaba el ministro Jaliff en su despacho.

Tras una hora y cuarto de reunión, Coco Rodríguez, con diez kilos de peso perdidos durante el cautiverio pero perfectamente acicalado, dio una conferencia de prensa. Y dijo, en tono firme:

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"Prefiero ser dueño de las palabras que callo y no esclavo de las que pronuncio" "Prefiero ser dueño de las palabras que callo y no esclavo de las que pronuncio"