Hace algunos años escribí que lo único verdaderamente revolucionario que puede hacer un mendocino es plantar árboles. Lo ratifico cada vez que la primavera regenera las arboledas mendocinas y me las fija en las retinas para que lleguen al cerebro.
Los árboles son aquí el plan más osado en la lucha contra el desierto, que es el sistema, lo que rige naturalmente. Y plantar árboles es modificar el mandato "divino" reservado para esta provincia.
Hace unos años un turista norteamericano vertió un delicioso e inolvidable disparate al referirse a Mendoza: "¡Qué buena idea haber levantado esta Ciudad en medio de un bosque!"
El hombre había llegado llegado a Mendoza con nula información topográfica de esta ciudad situada al pie de los Andes. Creía que el bosque era lo originario, lo natural, y que con los años los mendocinos se habían dado a la fácil tarea cultural de cortar algunos árboles para abrir avenidas y levantar edificios y casas.
Niños verdes
Octubre y noviembre son de los mejores meses para caminar por la Ciudad, plagada de túneles verdes, y asombrarse con esa arquitectura vegetal. No hay ningún edificio (y hay algunos muy interesantes) que puedan competir con esos monumentales plátanos de la avenida San Martín y de otras arterias ciudadanas.
O con los variados ejemplares del Parque San Martín, esa joya majestuosa de los mendocinos, a la que el lugar común insiste en definir como el pulmón de la Ciudad, y que acaba de cumplir 123 años.
A muchos foráneos les cuesta creer que a cada uno de esos árboles de la Ciudad ha habido que cuidarlo como si fuera un niño e hidratarlo con el agua que baja de la cordillera y no con la de las lluvias generosas de otros sitios. Porque aquí casi no llueve.
Y sin embargo, de prepo, los regamos aunque sea por goteo, porque ¿sabe qué? aquí la norma es que el desierto no nos va a ganar.
También, y con justicia, se sorprenden con ese entramado de "zanjas", como escuché hace unos días que unos turistas le decían a las acequias que reparten el agua de los deshielos, el mismo líquido que juntamos en los diques para hacerla potable.
Un bisoño periodista que hacía sus primeros trabajos para una revista porteña me preguntó a fines de los´80, en su primera visita a Mendoza, por qué estaban las cloacas a cielo abierto en la Ciudad.
Para él las acequias se le antojaban cloacas. Me escuchó la explicación con cierta atención y me prometió no volver a repetir ese dislate.
Por lo menos, no en Mendoza, le pedí.
Las ciudades con personalidad tienen determinadas cosas que las diferencian del montón y las justifican, es decir que las tornan vivibles y visitables. Mendoza tiene en los árboles a su principal argumento.
Eso es lo que nos salva. Y nos vindica.




