Curiosidad histórica

Blanca Sgró de Abal, la verdadera autora de los murales que decoran la cúpula del Pasaje San Martín

Durante 52 años, se creyó que las figuras angelicales de estilo gótico dibujadas en las paredes más altas del Pasaje habían sido pintadas por el reconocido artista Hernán Abal, pero en realidad fue su esposa quien decoró el ingreso al departamento familiar

El mítico Pasaje San Martín, ubicado en pleno corazón del centro mendocino, alberga muchas leyendas de ciudad. Por sus pasillos han transitado poetas, pintores, muchos jóvenes se han declarado amor, otros solo utilizaban sus recovecos para escaparse de la escuela. Sin embargo, su cúpula guarda un tesoro escondido que, además, alberga una gran historia. Poca gente sabe que sus muros están decorados con figuras góticas pintadas a mano alzada, que decoran el ingreso a lo que fue la vivienda de la familia del pintor Hernán Abal, pero menos gente aún sabe quién los pintó.

Debieron pasar 52 años para que la autoría de esos murales, siempre atribuidos al dueño de casa, fueran simbólicamente devueltos a su verdadera autora, la mujer de Abal, Blanca Sgró de Abal, o Blancabal, como ella se había bautizado artísticamente. Casi una metáfora que habla del papel de las mujeres, las grandes olvidadas de la historia universal, olvido del que el arte local no fue ajeno.

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Clara Sgró de Abal, pintando en su taller del Pasaje San Martín. Foto: gentileza Administración del Pasaje

Clara Sgró de Abal, pintando en su taller del Pasaje San Martín. Foto: gentileza Administración del Pasaje

Ocurre que Blanca también era pintora, pero además, era poeta, docente y políglota. Blanca era una maestra generosa y divertida, que pintó esos personajes irónicos y angelicales para darle vida a esa torre, y para que las personas que llegaban a su casa, casi sin aliento después de haber subido por 60 estrechos escalones, lo hicieran al menos, divertidos y admirados.

Su hija, Clara Abal, fue la que echó luz sobre la autoría de las pinturas, una investigación que comenzaron los administradores del Pasaje San Martín, Osvaldo Aruani y Leonardo Aguilera, respaldados por la licenciada Elsa Rodríguez, directora de Patrimonio de la Municipalidad de la Capital.

Clara dialogó en exclusiva con Diario UNO para contar cómo era su madre y por qué durante tanto tiempo se pensó que el único autor de los murales podía haber sido su padre.

La leyenda urbana de los murales de Abal

Tanto el administrador general, Osvaldo Aruani, como el intendente del edificio, Leonardo Aguilera, relataron cuál fue, hasta el 2022 la leyenda urbana de los murales de Abal.

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"Siempre se creyó que los murales del octavo piso habían sido realizados por el maestro Hernán Abal, profesor de la Escuela de Arte" -comenzó a relatar Aruani- Sin embargo, fue Leonardo Aguilera quien investigó y llegamos a conclusiones muy diferentes.

Al tiempo, Aguilera describió lo que se sabía, o se creía saber sobre estos murales. "Este es un relato que se fue sucediendo durante mucho tiempo, yo llevo aquí años trabajando y siempre se divulgó de la misma manera"

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Detalle de murales. Foto: gentileza Municipalidad de Capital

Detalle de murales. Foto: gentileza Municipalidad de Capital

La historia que se repetía por transmisión oral contaba que el pintor Hernán Abal vivía con su familia -su esposa Blanca, y sus dos hijas, Claudia y Clara- en el piso 8 de la torre, el que está debajo de la cúpula verde. Es el departamento N° 154. Es casi el más alto.

Abal le contaba a su círculo íntimo que él vivía en las alturas y que por vivir en las alturas, convivía con los ángeles. Por esto aparecen los primeros ángeles que esperaban que llegara a su morada. Algunos les señalaban que estaba cerca de llegar, como vivía tan alto, él tenía que subir 60 escalones, era casi como estar en el cielo. Algunos de los ángeles se habían dormido esperándolo y otros le estaban indicando que ya pronto llegaría a su casa. En la puerta, se pinta el señor Abal con su mujer y sus dos hijas, como un rey. La leyenda continúa un poco más, porque muchos de los ángeles le decían que no era él quien vivía a mayor altura, sino que había otra persona que vivía más alto que él. Esto se mantuvo vivo con esta coherencia durante mucho tiempo.

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Detalle de murales. Foto: gentileza Municipalidad de Capital

Detalle de murales. Foto: gentileza Municipalidad de Capital

"Cuando nosotros empezamos a realizar un trabajo de puesta en valor del edificio en general, más allá de desarrollar lo físico y arquitectónico, que tiene un valor en sí, nos propusimos buscar historias que representaran el capital social y cultural y hacerlo con rigurosidad. por eso fuimos a buscar a su hija, a la doctora Clara Abal".

Cuando llegaron a ella, la sorpresa fue grande: no solo los ángeles no estaban esperando a Abal, sino que tampoco había sido él quien los había pintado.

La obra vuelve a su autora

"En mi casa había lugar y comida para todo el mundo: desde destacados artistas amigos de la familia, como el escritor Jorge Ramponi, o los pintores Antonio Sarelli o Alfredo Ceverino, hasta los alumnos de mi padre y mi madre, ya que ambos eran artistas y docentes. Era un lugar de puertas abiertas, donde las tertulias artísticas se multiplicaban día a día", cuenta Clara Abal.

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Detalle de murales. Foto: gentileza Municipalidad de Capital

Detalle de murales. Foto: gentileza Municipalidad de Capital

Si bien el lugar tiene su propia magia, cuando la familia ocupó el departamento, en la década del 60', había que decorarlo y arreglarlo. Con el tiempo, quedaron las escaleras y el ingreso para mejorar. Corría la década del 70' y la entrada nunca había sido puesta en valor.

“Mi madre quiso pintar esos murales y yo la asistí, quería que esa torre quedara decente. Fue un juego, una diversión y una forma de decorar la entrada a nuestro departamento, al que la gente llegaba casi sin aire por tener que subir los 60 escalones que lo separan de la entrada. Se tomaban, literalmente, de las paredes para subir y por eso pensamos como mamá ¿qué tal si lo convertimos en algo gracioso?", cuenta Clara.

Como se trataba de una torre y su madre tenía gran conocimiento artístico, pintó figuras góticas. Pero las hizo teñidas de humor, de hecho muchas de las figuras están en actitudes graciosas -uno de los ángeles incluso está sacando la lengua, y Clara contó que ese ángel lleva el rostro que ella tenía a esa edad. "Ese ángel soy yo", sostuvo.

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Abal

Abal "el rey" y su esposa e hijas como rindiéndole pleitesía: una humorada de la autora. Foto: gentileza Municipalidad de Capital

La pintura de los vidrios, en la que aparece Abal como un rey, y ella y sus dos hijas haciendo una genuflexión, también es parte del humor con el que se planteó el mural. Pero todo fue a modo de ironía y de mofarse de la situación de sometimiento al rey, que no era tal. Agrega en latín la frase "La Casa del Rey Hernán", y pinta en uno de los vidrios, la imagen de la Virgen de Andacoyo, una advocación que se venera en Chile y de la cuál ellos eran devotos.

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Osvaldo Aruani (derecha) y Leonardo Aguilera (izquierda) el día que descubrieron la placa en honor a la autora de los murales de la cúpula del Pasaje San Martín. Foto: gentileza Administración Pasaje San Martín

Osvaldo Aruani (derecha) y Leonardo Aguilera (izquierda) el día que descubrieron la placa en honor a la autora de los murales de la cúpula del Pasaje San Martín. Foto: gentileza Administración Pasaje San Martín

En este sentido, lo dice el mismo Leonardo Aguilera "Con esta historia aprendimos cómo muchas veces nos empeñamos en ensalzar a algunos personajes y a invisibilizar a otros. El mero hecho de ser mujer y de que el artista era el hombre de la casa, nos hizo no poder sostener a esta señora como la autora de los murales, siendo que ella era pintora, poeta, docente y políglota -hablaba por lo menos cuatro idiomas- Nos quedaba más cómodo a nuestra reproducción de la historia que sea el varón el que lo había hecho. El relato había estado atravesado por una mirada patriarcal. que merecía aprovechar alguna ocasión para realizar un resarcimiento y esto fue lo que hicimos para el día de la mujer".

Blancabal, la multifacética

Según cuenta su hija, Blanca podía con todo y todo lo hacía bien. "No era perfecta, pero le ponía el alma a su trabajo". Fue docente durante mucho tiempo en la escuela Lemos, de Godoy Cruz. Allí no se conformó con alfabetizar a los niños y niñas -cuenta Clara que prefería los grados más pequeños- sino que también comenzó a enseñarles arte. "No cobraba por hacer esto, lo hacía porque estaba convencida de que esos niños daban para mucho más".

También tenía una inmensa facilidad para estudiar idiomas. Hablaba alemán, francés e inglés. Tenía una capacidad innata para estudiar. "Ella centraba su mirada en la mitad del libro y podía leer dos páginas a la vez", destacó Clara.

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Su madre era, además, una mujer de convicciones muy firmes. "Una vez vino a casa un banquero del City Bank, porque querían comprar una obra de mi padre para poner en el salón del banco. Eligieron una que mi madre no les permitió adquirir, porque se trataba de una de las pinturas de la colección de mi padre. El banquero le tiró la chequera sobre la mesa y le dijo 'todo tiene precio, póngaselo'. Mi madre con un gesto amable, le devolvió la chequera y le dijo: 'no se confunda, no todo tiene precio'. Así era ella".

Clara insiste en reconocer que su madre no era perfecta. Sin embargo, Tenía la enorme virtud de saber pedirles perdón a sus hijas cuando se equivocaba. "A mi no me hacía falta ese gesto, porque siempre me sentí querida. Pero valoro que lo hiciera".

Hasta 1982, sus padres ocuparon el departamento de la torre del Pasaje. Luego ya cansados de tantos escalones se mudaron a una casa con jardín. Sin embargo, allí quedaron los ángeles, esperando a nuevas personas que subieran esas escaleras, quizás para burlarse un poco de ellos, acompañarlos y mostrarles nuevamente el camino a casa.

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