Betina González, en busca de la verdadera pasión amorosa, contra el amor "berreta" y "capitalista" que nos cuentan hoy en día

Escritora argentina, docente e investigadora. Es Betina González, autora de la novela Un amor sin futuro con historias "difíciles de contar"

Las atmósferas góticas de sus relatos, en particular, donde puede deambular todo tipo de criaturas, le ofrecen un amplio campo de maniobra.

En su nueva novela, Un amor sin futuro, baja a tierra firme, a un realismo llano. Pero llano solo en apariencia. Porque no hay nada más resbaladizo que salir a batirse, espada en mano, por el derecho de las mujeres a enamorarse y mantener viva su sexualidad sin ningún tipo de trabas ni flagelaciones.

Más todavía, si se trata de mujeres en la frontera de la menopausia. Y, encima, genuinamente apasionadas por alguien casi treinta años menor.

También aquí el propio realismo está puesto en duda. Subyace algo demoníaco en la historia que nos cuenta. Una persecución peligrosa de la belleza. Una rebeldía contra las normas imperantes, contra el amor rutinario, contra la “tierra infértil” que determina la vida familiar con sus mandatos.

Todo un desafío. Porque, como reconoce Betina, hoy las historias de amor son las más difíciles de escribir.

El diálogo que sigue, para el programa La Conversación de Radio Nihuil, es picante, intenso, a cara descubierta, con la franqueza e intensidad que pueden brindarse viejos conocidos.

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Betina González, prestigiosa escritora argentina.

-Hola, Betina, ¿qué tal?

-Bien, por acá, encantada de estar en el programa.

-No hace mucho hablamos con Esther Cross sobre un libro que escribieron juntas, La aventura sobrenatural.

-Bueno, también se puede hablar de ese libro, si te quedaste con ganas.

-Hermoso libro, por cierto. Aparte, ustedes dos son especialistas en meterse con los monstruos, con los seres fantásticos, con lo sobrenatural. Lo manejan muy bien.

-Nos encanta. Es un tema que no dejamos en paz.

-A vos, por eso mismo, se te considera una experta indagadora de otros mundos. Pero acá, en Un amor sin futuro, te metiste en una historia totalmente terrenal. Se puede suspirar mucho con ella, pero con los pies bien en la tierra.

-Es terrenal, pero tiene una parte diabólica. No está desconectada de la aventura sobrenatural.

-¿Por qué lado?

-Tiene toda una parte sobre el amante como un daimon, como algo medio demoníaco. Si querés leerlo por ahí, es una historia de amor con sus oscuridades también.

-Sí, sobre todo porque ahí juegan tres elementos que pueden ser terribles: la belleza, la pasión y el amor.

-Claro. Es un intento de narrar los tres volviendo a alguna cosa de filosofía clásica, la filosofía que se menciona de Pascal o de Ficino, que pensaban que la belleza era un poco aterradora porque estaba demasiado cerca de lo divino.

-Lo estremecedor de la belleza.

-Como mirar el rostro de Dios, mirar el rostro de los ángeles. También en la mitología clásica, como es el caso de Zeus. No podías mirar a los dioses de frente porque te destruía.

-Lo que pasa es que, en esta materia, lo fundamental es el punto de vista desde dónde mirás a la belleza. Y desde quién. Acá el centro de la historia es la protagonista de la novela, una mujer en la premenopausia, llegando a los cincuenta años. Y en esa edad simbólica, la belleza, la pasión y el amor adquieren un sentido muy diferente.

-No sé. Hay dos cosas ahí. Supongo que te referís a las voces sociales que están en la novela, que aparecen sobre todo encarnadas por una especie de coro griego, que son las amigas de la protagonista. Además de la gente que opina sobre la edad de las mujeres. ¿Viste que ahora estamos en una época donde no paran de opinar?

-Todo el mundo y sobre todos los temas.

-Incluso, cuando tratan de opinar positivamente sobre las mujeres de 50 plus, pongamos, siempre se dicen estupideces.

-¿Por qué? ¿De qué tipo?

-Porque la verdad es que, cuando advertimos cómo se ve una mujer real de cincuenta años, muchísimas de ellas no son la imagen que tiene la sociedad, de que empezó la vejez, de la generación silver.

"Cuando advertimos cómo se ve una mujer real de cincuenta años, muchísimas de ellas no son la imagen que tiene la sociedad", reflexiona Betina.

-¿Qué te jode de todo eso?

-Me molestan mucho esos términos que tratan de hablar de la vejez cult, porque, a la vez, te están poniendo una etiqueta de cómo te tendrías que ver o, directamente, diciéndote que ya empezó el fin de la vida; por más que sea el fin de la vida de manera cult porque vas al gimnasio o hacés pilates.

-Muy claro. Pero ahí no se agota todo.

-Es que también parece que hay como un momento de la vida de la mujer en que se acaba el deseo, se acaba la sexualidad. En fin, me tenía un poco harta, pero no quería escribir sobre eso como un tema. La novela no surgió por ese lado.

-¿Por qué lado fue?

-La novela surgió como un desafío de escribir una historia de amor. Porque una historia de amor es la historia más difícil de escribir para mí.

-¿Por qué, otra vez?

-Porque yo estudio mucho. Historias de amor hay desde el origen de la humanidad. Tenés algunas grandiosas, como La vida nueva, de Dante o Romeo y Julieta, de Shakespeare. ¿Qué cosa nueva vas a poder escribir? Desde el punto de vista de una escritora, es un desafío.

-¿Cuál fue el tuyo?

-Para mí el desafío de esta novela era escribir solamente la parte del enamoramiento. También estaba un poco harta de que te digan: mirá, acá hay una novela de amor.

-¿Y cuál es el problema?

-Las novelas de amor de hoy en día no te cuentan el amor. Te cuentan la pareja, la rutina, la crónica cotidiana, todo lo que vos ya sabés del amor. Y no cuentan el deslumbramiento, el momento en que vos te sentís interpelado, interpelada por otra persona, pero de manera esencial, que eso sería la pasión.

-La llama vívida.

-Te cuentan el amor berreta, capitalista, de... bueno, vamos a formar una familia, cuánto ganás vos, cuánto gano yo, nos mudamos juntos, nos compramos una casa, un auto. Eso a mí me parece narrativamente repelente.

-¿Por dónde saliste de ahí?

-Me pregunté por qué no hay historias de amor que cuenten solo el enamoramiento. Y encontré, en un diario de Sylvia Plath, una escena muy hermosa, en la que ella conoce a Ted Hughes. Sabemos que, después, ese matrimonio tuvo sus complicaciones. Pero cuando ellos dos se conocen es como un momento en donde chocan dos montañas.

-Un choque de planetas.

-Exacto. Entonces dije, ah, el desafío es esto que ella hace. Yo voy a intentar hacerlo en una novela. Digamos que Plath es una gran poeta y también una gran narradora, porque su única novela es increíble.

-Rechazás el amor berreta, capitalista. Y hay una frase tuya que encierra el concepto, cuando decís que a muchos les resulta imposible no pensar en "un amor que no termine en la tierra infértil de la familia". ¡Es muy duro pensarlo en estos términos!

-¿Por qué? ¿Vos creés que la familia es un terreno fértil? Si la familia es un lugar de culpas y deudas en las que siempre estamos pagando algo.

-Para algunos, sí. Pero para muchos otros, no. Todos conocemos historias de familias que son terribles y otras que son bastante dichosas.

-No, no. Todas tienen esas deudas de las que estoy hablando. Si leés a cualquier psicoanalista, como Anne Dufourmantelle, te lo explica muy bien. Incluso el mandato más libre, el padre más libre o la madre más libre, que tiene expectativas de que su hijo se desarrolle creativamente, le está poniendo un mandato imposible de sostener a ese hijo. Eso se va a dar inevitablemente. No quiere decir que seas infeliz por eso, pero va a estar en el corazón de la familia.

Betina González rechaza el "amor berreta".

-¿Es tan irreversible el designio?

-Por eso Anne Dufourmantelle dice que para poder amar a tus padres o a tus hermanos o a tus abuelos, hay que abandonar la familia y quererlos como personas; olvidar que son tus padres, tus abuelos o tus hermanos y empezar a entenderlos como las personas que son. El problema es que esos roles traen siempre los mandatos.

-Ya hemos pasado por ideas descalificadoras de la familia como esa. Podemos recordar La muerte de la familia, de David Cooper, compañero de ruta de R. D. Laing, un clásico de la antipsiquiatría de fines de los ochenta. Fue una etapa que tal vez no esté en vigencia.

-Cada tanto se vuelve a hablar de esto y aparecen ópticas nuevas dentro del psicoanálisis o en la filosofía. Yo lo sigo pensando. Vos podés pensar lo que quieras. Para mí la familia es un terreno complicado. No es un lugar donde la creatividad artística, por ejemplo, fluya naturalmente, porque es un territorio muy trabado. A eso se refiere esa frase.

-La situación de la mujer se analiza a través de toda la novela. Para hacer una prueba, a nuestras compañeras de trabajo, cercanas a la edad de tu protagonista, le mencionamos la palabra "señora".

-¿Qué te habrán dicho ellas?

-Les parecía algo atroz. Estaban aterradas. ¡Que no me digan señora!, era la reacción.

-Es que, si vos buscás la etimología de señora, viene de señor y lo primero que te dice el diccionario de la Real Academia es la esposa del señor. ¡Fatal! Repatriarcal, ¿no? O sea, es un título que viene si estás casada con un tipo, al que le dicen señor. Por lo tanto, ¿qué hacemos usándolo en una época donde ya vamos por la cuarta, quinta ola feminista? Hay un montón de minas que no tenemos ninguna necesidad de ningún señor.

-Nos queda totalmente claro.

-Después, está esa raíz que tiene que ver con sénior, senil, con ya estar en una etapa de eso. Es un recurso literario también. Aunque tampoco te vas a pelear con todo el mundo que te dice señora.

-Ahora bien, vos planteás en el texto lo siguiente: "Cuarenta y nueve años no es un número como cualquier otro. No para una mujer, ni siquiera en esta época, que todo lo que tiene para ofrecerte son tres palabras: menopausia, madurez y señora". Más adelante confirmás que la última es la peor. "Señora es un escupitajo, una sentencia de muerte, una pesadilla". Tremendo.

-Porque, ¿qué necesidad tenés de decirle señora a alguien? Si vivimos en una época reinformal y además Argentina es un país muy informal donde la gente ni siquiera se trata de usted. Señora es un epíteto que ya me parece muy demodé. Lo heredamos de los españoles. Lo podríamos olvidar.

-Anotado.

-Lo podríamos archivar. Señorita también, ¿eh? (ríe) No tenemos ninguna necesidad de decirle señorita a nadie. ¿Por qué hay que llamar a alguien por esos términos? Ya está, listo. Dejémoselos a los españoles, que les encanta.

-A nuestras tías abuelas, que nunca se casaron ni se le conocieron novio ni nada, se les llamaba señoritas hasta el último día.

-Claro. Señoritas, por no decirle solteronas. Hay que ver cómo se usa. Ahí tenés toda una serie de epítetos para llamar a las mujeres de cierta edad. Los varones no tienen ese problema de nomenclatura.

-Al expresar que cuarenta y nueve años no es un número para cualquiera, agregás que no aplica a las divas de Hollywood porque son espléndidas, posthumanas, make up free. Justo en una serie, Margo tiene problemas de dinero, figuran dos superdivas veteranas, espléndidas y muy tuneadas, Michelle Pfeiffer y Nicole Kidman. Son como mujeres que no existen.

-Nicole, perdoname, no está tan espléndida con esa cara que no puede manifestar ninguna expresión.

-Es medio de plástico, coincidimos.

-Michelle Pfeiffer me parece que conservó su belleza de otra manera. Entonces, sí, hay un doble estándar. O sea, a una mina de Hollywood, como decís, toda tuneada, que se dedica a ser bella, tiene más de cincuenta o sesenta, se aplaude que use una minifalda o que salga con alguien más joven. A nadie le parece raro.

-Estándar hollywoodense, es cierto.

-Ahora, una mina común y corriente que no se dedica a eso y se le ocurre ponerse una minifalda o salir con alguien más joven, también es señalada. Me acuerdo de un posteo de Mariana Enríquez contando que las chicas de una tienda la habían felicitado por tener su edad y vestirse con cosas cool de joven. Eso también es gerontofobia. Como que hay una especie de uniforme de vieja que tenés que usar después de cierta edad.

En 2012 Betina González gan{o el premio Tusquets.

-Cuando las amigas de tu protagonista se enteran de que ella anda en relaciones con un alumno de veintiuno, le dicen: che, podría ser tu hijo o mi hijo. ¿Tus amigas a vos te dicen lo mismo cuando leen el libro?

-Mis amigas son cool. No son esas de la novela (ríe).

-O sea, te alientan en esa dirección.

-(Sigue riendo) Yo no me rodeo de gente así. Por algo es una novela de ficción. Yo tengo una vida poco convencional y amigos poco convencionales. Pero, si vos vas a cualquier lado en Argentina, la gente, en general, tiene el dedito en alto. En la peluquería, en la panadería, ya te van a estar marcando con quién tenés que salir, cómo te tenés que vestir y qué palabras podés usar, más o menos.

-Tal cual. Pero, convengamos que la palabra menopausia no es sólo un peso, un ladrillo. Te cambia la vida sí o sí, llegado ese punto.

-Te la cambia en ese sentido, nada más. No existe la palabra andropausia para ustedes, los varones. Ustedes no tienen eso. ¿Y por qué nosotras tenemos que tenerlo? Porque la sociedad patriarcal está asociada a la capacidad de la mujer de reproducirse. Es lo único que pasa a esa edad. Que no tenés más esa capacidad de tener chicos. En cambio, el varón, sí. Eso sigue siendo terrible.

-¿Cuán terrible?

-O sea, yo no tendría problema con que marquen mi edad, que digan, mirá, le llegó la menopausia, si también dijeran lo mismo sobre la andropausia. ¿Por qué no le están preguntando sobre la andropausia a Martín Kohan, por ejemplo?

-Sin embargo, aunque no le pregunten, para el hombre la andropausia implica un cambio físico más marcado: perdés fuerza, virilidad, capacidad de erección y un largo catálogo subsiguiente.

-Pero la sociedad no tematiza eso como un problema. No hay libros que te digan ¡uy, llegaste a la andropausia!, mirá, acá tenés toda una guía sobre qué hacer. No está eso. Está para las mujeres.

-Ok, la palabra señora, como decíamos, para ustedes es una pesadilla, un escupitajo. Aplicada a un hombre le da categoría. Cuando le decís señor a alguien es sinónimo de capo.

-Exactamente. Mientras tanto, como dice la novela irónicamente, se aplaude a un médico de la farándula que tiene un hijo a los ochenta años y a nadie le parece una irresponsabilidad. Lo cual es parte de esa misma mirada patriarcal.

-¿Lo decís por Cormillot?

-Ah, no sé. Es lo que dice en la novela (ríe). Saquen sus propias conclusiones.

-Es para destacar, también, que el relato tenga, de alguna manera, el carácter de un diario personal. Esto permite la autorreflexión y sacar cuentas con la vida.

-Claro, pero no es un diario. Está en segunda persona.

-Pero la chica, por ejemplo, ve dormir a su chico y se pone a escribir sobre su situación. También das como una de las fuentes los diarios de Anaïs Nin.

-Ponele, sí, están esos diarios. Pero la segunda persona que se usa en la novela, que está escrita a partir de alguien que le habla a un vos, en realidad es como si ella se hablara a sí misma desde el futuro. Desde el futuro de una catástrofe.

-¿De qué modo ocurre eso?

-Para mí, esa segunda persona es la persona de la poesía. Naturalmente aparece en los poetas.

-Pero acá no hacés poesía.

-Bueno, yo la usé en narrativa, digamos, porque me permitía ese trabajo de interpelación desde un posible futuro catastrófico. Es una voz que todo el tiempo le está diciendo cuidado, mirá que esto no, que si haces esto te va a pasar esto otro.

-¿Cómo pesa, según vos, ese eventual futuro catastrófico?

-Generaba un clima ominoso en la novela en medio de la historia de amor que, además, ocurre en la pospandemia, ese momento tan particular.

-Coincidentemente, hace una semana hablamos con la escritora chilena Alejandra Costamagna que, en su novela Dónde puedo dejarlo, también utiliza ese mismo recurso narrativo de la segunda persona equívoca como para hablarse a sí misma.

-No la leí. Pero, sí, hay muchos textos en segunda persona, no sé por qué nos llama tanto la atención. El cuento de Silvina Ocampo que cito en la novela, "Carta perdida en un cajón", está escrito en segunda persona. O la novela de Carlos Fuentes, Aura. Hay un montón de textos así. No quiere decir que el recurso determine los mismos efectos de sentido.

-¿Vos te psicoanalizás o te has psicoanalizado?

-No, por suerte no. No creo que un artista se tenga que psicoanalizar, porque me parece ir demasiado a la oscuridad, a echar luz en la oscuridad.

-¿Cuál es el inconveniente?

-¿Viste?, así como el amor se desmorona cuando vos tratás de narrarlo, me parece que hay algo del talento creativo que muere en el psicoanálisis.

-Justo en una misma página decís que la escritura mata el amor y, un poquito antes, ponés que a los psicólogos les molestan los pacientes enamorados. ¿A qué se debe?

-Eso está en el libro de un psicoanalista, no lo inventé yo. Irvin Yalom, en Verdugo del amor. Es un primer caso en el que llega una paciente muy enamorada y él empieza diciendo eso: ¡Uh, qué bajón! Tengo que psicoanalizar a esta persona lo que es, en realidad, matar su enamoramiento.

Betina González con su último libro Un amor sin futuro.

-Tu libro está plagado de citas o menciones de Pascal, Ficino, Pessoa, Angela Carter, Jung y un muy largo etcétera. Pero hay una frase de Marguerite Duras que queda flotando en el aire, envenenada: "Aunque sea por unos segundos, todos los hombres son asesinos de mujeres". ¡Joder!

-Genial, ¿no? Marguerite Duras, no hay nadie como ella. Realmente mi admiración no tiene límites por esa mujer. No sé cuándo lo escribió, pero está en uno de los últimos libros de su vida, seguramente en los setenta. Una cosa muy de avanzada.

-Es una línea que te deja pensando. ¿Cómo la digerís?

-Y bueno, te aconsejo que leás esa novela de Marguerite Duras, que se llama Yana Andréa. Yo no te la voy a explicar, pero, por ahí, tus compañeras ahí en la radio ya la entendieron, ¿o no?

-Es probable. Pero como tirás ese tipo de puñaladas en el texto, te aprovechamos para que nos contés qué pasa.

-Está bueno que el texto te deje con una puñalada. No vale ir a preguntarle a la autora (ríe). Tenés que digerir vos la puñalada como puedas.

-Es que, por eso mismo, al tener el privilegio de hablar con la autora, uno hace el intento.

-Claro, pero, ¿viste?, eso es como un malentendido. Los lectores creen que el autor tiene más explicaciones que dar que las que puso en el libro. Y no. Las que puso en el libro son las que hay. Se puede charlar de otras cosas, pero no se puede charlar de eso (ríe).

-Aceptado. Nueva inquietud. ¿Por qué elegiste que el pibe del cual se enamora la profesora sea un rapero? Ahí flota todo el tiempo una problemática generacional, porque también está Emily, otra alumna con la cual ella dialoga mucho.

-Ah, es muy importante ese personaje, sí.

-Hablamos de la generación veinteañera, se entiende.

-Claro. Primero, no me interesaba representar a nadie. No es una novela que busca representar la estadística. Como si dijera: así son las mujeres de cuarenta y nueve, así son los pibes de veinte. No. Me interesaba hablar de personas particulares.

-¿Entrándoles por qué lado?

-Quería poder delinear a los tres personajes dentro de su particularidad, no un estereotipo de la edad. Entonces, ¿por qué elegí que el pibe fuera rapero? Porque tenía que ser alguien a quien le importaran las palabras. O sea, para que pudiera tener un vínculo con la protagonista, que es mayor. Además, me gustaba la idea de que él la persigue a ella; él se fascina con ella, no solo físicamente, sino con su manera de pensar y de ver el lenguaje.

-Sí, está a la vista que ese era el gancho.

-Entonces, ¿qué podía hacer un pibe de veinte al que le interesaran las palabras? Y como el rap está a full, usé eso, más que nada el freestyle.

-¿Y con la otra alumna?

-Con Emily, lo mismo, pero desde otro lugar. Es una chica que recién se asoma al mundo adulto y tiene un talento, pero no sabe que lo tiene. O sea, escribe muy bien, pero no se da cuenta hasta que no toma la clase con esa profesora. Ahí también hay una relación de deslumbramiento mutuo. Entonces, ese triángulo que se arma, es un triángulo de interpelaciones.

-Cuando vos retratás a la chica, aludís a "la fragilidad de toda una generación que siente que le tocó nacer solo para ver el fin del mundo. Su desesperanza es como una jalea negra que tiñe todo lo que hace". Incluso Emily cuenta acerca de un músico amigo que se suicidó por ansiedad. Es un dato periodístico el aumento del suicidio entre los adolescentes. Hay un toque de época ahí, ¿no?

-Sí, seguro. Eso es algo que veo mucho en los pibes de veinte, en general. En mi sobrino, en los alumnos que llegan a mis clases, hay mucha desesperanza. La gente lo ve de afuera y cree que es apatía, pero es desesperación, porque les está tocando un mundo difícil.

-Ni hablar.

-Es un mundo donde todos los que crecimos con los ideales del siglo XX nos damos cuenta de que se están acabando. Y muy rápidamente. Por lo tanto, esos pibes, que fueron educados por padres de nuestra edad que creían en esos ideales, ahora se encuentran con que ya no valen más.

Betina se refirió a los ideales de los jóvenes.

-Encuentran tierra desértica.

-Y no sólo eso. Viven en un planeta en el que la distribución de la riqueza es cada vez más injusta y además están destruyendo toda la vida natural. Entonces, es muy difícil ser joven en este momento. La verdad, la tienen muy complicada.

-Hay otro momento en el que la profe dice que prefiere imaginarlo al pibe en fiestas en las que se consume fernet y comida chatarra, rodeado de jóvenes que miran porno desde los once años, prefieren los emojis a la cárcel del lenguaje y apuestan toda su serotonina al conteo de los likes. Ahí hiciste una pintura contemporánea.

-(Sonríe) Se habla mucho en artículos de prensa o en las redes esto de que son jóvenes que han sido expuestos al sexo desde muy chicos. No necesariamente como experiencia, pero sí visualmente. Entonces, tampoco se formaron como me formé yo o la gente del siglo XX, en una sociedad más del secreto.

-¿De qué tipo, según vos?

-Había secretos, había intimidad, la gente tenía pudor. Entonces había misterio en torno a las relaciones sexuales. Ellos, en cambio, se crían sin misterio y eso paradójicamente es un problema.

-¿Por qué?

-Porque si vos a un chico muy chico lo exponés a eso, si a los once años puede ver porno, como ahora pasa porque se accede muy fácilmente, no entiende lo que está viendo, pero de alguna manera lo consume y eso pierde el valor.

-Se decolora todo.

-Lo toman como si fuera una versión realmente comercial e irreal de una relación entre dos personas. Lo toman como si eso fuera el estándar. Entonces después no entienden lo que es la intimidad.

-Una pérdida muy difícil de recuperar.

-Es que resulta muy difícil entender lo que es tener intimidad con otra persona si vos creés que eso es lo que se veía en una película porno.

-Toda la segunda parte de tu libro está dedicada a reflexionar sobre la belleza. ¿No le das demasiado peso en este momento al asunto? Incluso hay quienes se ofenden cuando uno prioriza a los seres bellos, como dejando afuera a todos los demás.

-No, para nada. No creo que le dé demasiado peso. La época nuestra le da el peso. Esta época está obsesionada por la belleza, ¿cómo no le voy a dar todo el peso?

-¿Cómo describís esa obstinación?

-Vivimos obsesionados por la belleza, desde el que se edita la fotito para sacar la arruguita, a las chicas de once años que se están poniendo cremas en la cara porque las convencieron de que hay que usarlas para no envejecer desde los diez. Es toda una cuestión de marketing la belleza en nuestra vida. ¿Cómo no le voy a dedicar toda esa parte del libro?

-Pero acá es como una especie de fin en sí mismo ir hacia la belleza pese a todos los riesgos que ello implica.

-Es una belleza falsa. ¿Sabés lo que yo hago cuando quiero ver gente linda en serio?

-¿Qué hacés?

-Voy a ver videos de los Beatles de los años sesenta, cuando la gente era de verdad, no era de plástico. Porque la gente no es linda ahora. Vos ves redes, todo lo que genera la inteligencia artificial y es una belleza de mentira.

-Un mundo de la mera apariencia.

-También hecho por una industria que trata de venderte ese ideal inalcanzable, entonces te vas a tener que poner bótox desde los diecinueve años y vas a terminar con una cara monstruosa tipo Madonna. Entonces, ¿cómo no voy a hablar de la belleza si ese es un problema de nuestra época?

-Pero el pibe de la historia no representa una belleza simbólica, imaginaria. Es lindo de verdad.

-Bueno, ¿y? Por eso hay que poderlo contar. En esta época, alguien que es lindo de verdad es un lindo escándalo. Y hay que poderlo contar. Además, esa parte del libro lo que trata de pensar es la relación entre la belleza y el mal.

-No se trata de refutar el tema de la belleza en sí misma. El punto es verlo desde la contraparte, desde la gente que dice yo amo mi cuerpo, mi cuerpo es hermoso tal cual es. Como que todos somos hermosos, de alguna manera, por encima de los estándares.

-Pero, escuchame, ¿vos creés que una novela tiene que hablarle a todo el mundo? Yo creo que a esa persona que se siente hermosa con su cuerpo como sea, le habla. No siento que vos me quieras refutar, pero vos me preguntás si le dediqué demasiado y yo te expliqué porqué le dedico demasiado, según vos.

-De todos modos, Emily dice: no quiero quedar como otra pibita dark. En realidad, los dos jóvenes son medio dark, ¿no?

-Sí, por todo esto de la generación de veinte de la que estamos hablando. Pero creo que te salteaste una cosa. El pibe es lindo de verdad y la mina de cuarenta y nueve también es linda de verdad. Lo estás olvidando.

-No se trata de eso.

-En la belleza también está incluida ella. Por eso es necesario que esté trabajado en el libro. Porque, si no, parece que en realidad la conexión que tienen es platónica, que solo tiene que ver con las ideas. No, no. ¡La mina es relinda!

-Queda claro desde el principio.

-Entonces, ¿qué es ser linda?

-Gran pregunta.

-¿Qué es hoy en día la belleza? Se trata de algo que necesitaba ser trabajado en la novela que, además, tiene mucho de ensayo.

-Por eso te marcaba que el texto está lleno de referencias y de autores. Ahora bien, aceptemos que, si la mina no fuera tan linda, el pibe no le hubiera dado ni bola.

-También se trata de romper con el estereotipo de la mina más grande, porque, si te fijás, hay libros que cuentan historias de minas más grandes con chicos más jóvenes, así como hay películas malísimas.

-¿Por ejemplo?

-Lo que me pasaba con esos libros como el de Lydia Davis o el de Annie Ernaux es que la relación con ese muchacho más joven no se daba por la belleza de ella. Se daba por fines ulteriores. Como si no pudiera pasar en la realidad.

-¿Qué tipo de fin ulterior?

-Por ejemplo, en el de Lydia Davis el chico se le acerca porque quiere publicar, es poeta. Hay una segunda intención. Eso me parecía sórdido, como pasa en muchas películas de Hollywood.

-Muchas, es cierto.

-Hay pocas novelas que cuenten bien eso. Una es la de Margueritte Duras que citamos hace un ratito.

-Estamos hablando del encuentro de dos bellezas, más allá de sus edades. Pero también vale para las relaciones asimétricas, como el clásico asunto en torno a la bella y la bestia.

-Pero en este caso sí era eso. Y, como bien diste en la tecla, me parecía interesante este tema tan de época: ¿qué es realmente ser bello? ¿Y qué pasa con la obsesión con la belleza?

En pocas palabras

  • Betina González: explora la complejidad de la pasión amorosa en contraposición al amor convencional y capitalista.
  • Crítica social: la autora cuestiona la mirada social sobre la edad y el rol de la mujer, criticando términos como "señora" y la "tierra infértil" de la familia.
  • Reflexión sobre la belleza: analiza la obsesión contemporánea por la belleza, su relación con el mal y la pérdida de la intimidad en la era digital.
Resumen generado por Thinkindot AI

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