Hoy más que nunca la muerte debería hacernos reflexionar sobre la vida. Como decía Víctor Hugo: “Lo importante no es cuándo nos vamos a morir, sino cómo viviremos hasta que llegue ese día”. Si bien es este un tema doloroso del que muchos prefieren no hablar, en realidad, es una cuestión para los que estamos vivos que nos empuja a seguir construyendo y enriqueciéndonos hacia adelante.

Muchísima gente en todo el mundo tiene un ser querido que partió en este tiempo. Y lo cierto es que todos nos vamos a ir en algún momento. La muerte es un hecho igualitario que no respeta a nadie. No importa si nacimos en Argentina o en otro país. Se trata de algo universal que nos iguala a todos, independientemente de la edad y la condición social que tengamos.

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Los seres humanos somos los únicos que sabemos que nos vamos a morir. Los animales no tienen conciencia de muerte, a diferencia de nosotros que tenemos conciencia de finitud. Pero esto debería llevarnos a reflexionar, como mencionamos, sobre cómo estamos viviendo, sobre todo por estos tiempos donde nuestras rutinas han sido modificadas por completo.

Una pregunta que suelen hacerme es: ¿cómo deben vivir el duelo los niños? A lo que suelo responder que debemos decirles la verdad. Por supuesto, en su lenguaje, como cualquier otra comunicación que tengamos con ellos. Es importante hablar de lo sucedido cuando parte alguien cercano que ya no volverán a ver. ¿Cuáles son los principios básicos? Al igual que cuando les hablamos de sexualidad, lo ideal es contestarles específicamente lo que pregunten y no brindarles sobreinformación.

Los chicos preguntan muchas veces lo mismo porque elaboran un tema a través de la repetición. Es como la película favorita que la ven cientos de veces, aunque intentemos hacerles ver otra. Expliquémosles lo sucedido en un lenguaje sencillo, en sus propias palabras, y nunca pero nunca les mintamos. No es aconsejable, por ejemplo, decirles que la persona se fue de viaje. Los que somos creyentes, les decimos que “ahora la persona está con Dios”.

Recordemos que, hasta los 8 años, no existe concepción de la muerte. Es decir, que los niños pequeños creen que la muerte es un viaje lejano. Recién a partir de esa edad, aproximadamente son capaces de elaborar un proceso que los hace entender que la muerte es un hecho definitivo. Es fundamental que los adultos acompañemos a los menores en este proceso que, aunque sea una parte inevitable de la vida, no puede ni debe ser ignorado.

No temamos hablar de nuestro dolor. Escribir los sentimientos que tenemos suele resultar altamente terapéutico. El dolor, que debemos permitirnos transitar, no desaparece, sino que se transforma y nos transforma.