Un contenedor cayó de un buque de carga durante una tormenta y liberó cerca de 28 mil patitos de goma, junto a tortugas, castores y ranas de juguete. Eran coloridos, livianos, idénticos entre sí. Y estaban a punto de convertirse en inesperados mensajeros del océano.
Arrojaron 28 mil patitos al océano y cambiaron lo que se sabía sobre las corrientes marinas
Al principio, nadie imaginó que aquellos juguetes infantiles tendrían algún valor más allá de la anécdota. Pero el océano, con su paciencia infinita, empezó a hacer lo que mejor sabe: moverlos. Los patitos comenzaron a dispersarse, empujados por corrientes invisibles que recorren el planeta como autopistas submarinas.
Meses después, algunos aparecieron en las costas de Alaska. Años más tarde, otros llegaron a Hawái, Japón, Sudamérica e incluso al Atlántico Norte, tras cruzar el océano Ártico. Para los oceanógrafos, aquello fue una oportunidad única. A diferencia de las boyas científicas, caras, limitadas y escasas, los patitos eran miles, flotaban bien y no se hundían.
Lo que demostraron estos patos
Uno de los científicos que más atención prestó al fenómeno fue Curtis Ebbesmeyer, oceanógrafo estadounidense. Gracias a los registros de aparición de los juguetes, pudo confirmar trayectorias de corrientes oceánicas, estimar velocidades y entender cómo el hielo marino influye en el desplazamiento de objetos flotantes. Los patitos ayudaron a validar modelos teóricos y a mejorar predicciones sobre derrames de petróleo, contaminación plástica y rescates marítimos.
Pero la historia no se queda solo en la ciencia. Los patitos de goma también se convirtieron en símbolo. Mostraron cómo todo lo que cae al mar recorre miles de kilómetros. Conecta costas que parecen lejanas. El océano no es un espacio vacío, sino un sistema vivo, en movimiento constante.



