Que la carne vacuna es la preferida por la mayoría de los argentinos no es ninguna novedad -se calcula que se consumen un promedio de 65 kilos anuales por persona-, pero lo que poco se conoce es que Argentina es el principal exportador de carne de caballo al mundo. No existe ninguna prohibición para su consumo pero no es aceptada entre los paladares argentinos.
La carne equina se vende en Europa como comida gourmet -existen carnicerías de primer nivel-, y a precios altos, de 15 euros (260 pesos) por kilo, casi iguala al precio de la carne de vaca de hoy en día. En total, la industria exportadora de carne de caballo nacional suma unas 30 mil toneladas anuales, que suponen ingresos por 80 millones de dólares.
El caso genera grandes contradicciones ¿Por qué? En principio porque, paradójicamente, en nuestro país no se produce equinos para faena y mucho menos para el consumo; se podría afirmar que es algo culturalmente muy arraigado.
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En la cadena productiva del caballo existen áreas y actores delimitados claramente, pero la falta de información y el registro en las primeras transacciones caracterizan a este sector como marginal y oscuro, partiendo de que no existe producción específica para faena.
El sistema de carne de caballo sorprende por su poco conocimiento y diferencia en importancia dentro y fuera de nuestro país. Desde hace décadas, la Argentina es el principal exportador de esta carne, pero no hay cultura de comer equinos entre sus habitantes.
”Desde hace décadas, la Argentina es el principal exportador de esta carne, pero no hay cultura de comer equinos entre sus habitantes. En el 2010, nuestro país comercializó 16,79 por ciento de las 140.000 toneladas de este alimento a nivel mundial”, afirmó Eduardo Barbero, médico veterinario y especialista en el tema.
Barbero explicó que los propietarios de los caballos no pertenecen al sistema de industria cárnica ya que participan de manera casual: “descartan el caballo y no saben lo que sucede en el resto del sistema. Desde su perspectiva, todo lo que reciben es ganancia y por eso aceptan bajos precios (0,8 peso por kilo). Este primer paso es llevado a cabo por los llamados yegüeros que recorren los campos y detectan los caballos que pueden comprar”.
Luego se entrega el caballo al “acopiador”, que posee figura legal y estructura para un funcionamiento más continuo: un establecimiento, caballos declarados y registro en el Senasa, obligatorio para entrar a la industria cárnica.
Los caballos llegan en pie hasta el frigorífico y salen envasados al vacío y rotulados con las etiquetas de las cadenas comerciales europeas.
Matarifes y frigoríficos autorizados
Los frigoríficos autorizados para su faenamiento son seis, ubicados en las localidades de Trenque Lauquen, Mercedes (Buenos Aires), Gualeguay (Entre Ríos), en Río Cuarto (Córdoba) y en otras ciudades de las provincias de Río Negro y Chubut. Todos ellos se repartían entre tres grupos económicos que, en 2010, manejaron 78 millones de dólares anuales.
Al final de la cadena, a nivel internacional, también hay pocos jugadores. Bélgica compra los mayores volúmenes de carne de caballo en el planeta. Sin embargo, para el caso de la Argentina, el principal demandante es Rusia, quien paga el menor valor de mercado. En este país también es muy recomendada su carne para los enfermos cardíacos.
“Mientras que en la Argentina no se acostumbra comer este alimento, los consumidores del viejo continente cambiaron la visión de la carne de caballo hacia una delicatessen, basados en un producto proteico de alta calidad, altamente palatable, rico en minerales y vitaminas. Bélgica consume cuatro kilos anuales por habitante, seguido por Holanda con dos kilos y Francia e Italia con 1,7 kilo”, amplió Barbero.
