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Juan Diego Incardona, peroncho y bostero, de vendedor ambulante a consagrado "cronista del conurbano"

Juan Diego Incardona comenzó su trayectoria con la venta ambulante de todo tipo de objetos y luego alcanzó su consagración literaria

El bien ganado calificativo de “cronista del conurbano y la periferia” que ostenta, con modesto orgullo, Juan Diego Incardona (Buenos Aires, 1971), tiene como base de sustentación Villa Celina.

Así se llama su libro de cuentos, lanzado en 2008, que ha reeditado Interzona. Y así se llama su barrio, su tierra de infancia, su Macondo -o Neverland- poblado de historias y criaturas inolvidables, reales o imaginarias, que componen una verdadera mitología plebeya.

No es una colección de cuentos de hadas. Los personajes responden a la épica popular, a la base territorial, al folclore peronista y boquense, al rock and roll con aire de Viejas Locas o Callejeros.

No es casual que Pity Álvarez, amigo personal del autor en tiempos del colegio industrial Don Orione, protagonice una de las historias.

Tampoco que el propio Incardona sea parte de la galería de personajes de colección junto a su pandilla de amigotes, a su padre y su madre Celina, a su mundo íntimo transformado, a partir de este libro fundacional, en la mitológica “saga de Villa Celina” que integran otros títulos como El campito, Rock barrial o Las estrellas federales.

A punto de editar su nuevo título, ambientado en una Argentina del más allá, entre los fantasmas que habitan la cuarta bandeja de la Bombonera, repasamos una trayectoria que lleva desde la venta ambulante en las calles de Buenos Aires a la consagración literaria, en el programa La Conversación de Radio Nihuil.

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Rock barrial, dice la remera de Juan Diego Incardona.

Rock barrial, dice la remera de Juan Diego Incardona.

-Hola, Juan Diego, ¿cómo te va? Buen día.

-Hola, buen día, gracias por llamarme. ¿Cómo están?

-¿Dónde te encontramos ahora?

-Recién entro a mi casa. Yo vivo en Constitución. Ya no vivo más en Villa Celina, donde sí todavía vive parte de mi familia.

-¿Cómo es por ahí, tu nuevo lugar?

-Este es un barrio que, aunque está dentro de la Capital, tiene mucho de similar en algunos aspectos con el conurbano que yo conocí.

-Vos lo contás, puntualmente, en tu libro, en los últimos tramos. "A finales de la década del '90 me fui de Villa Celina. Primero Haedo, luego Boedo, después Flores". Así que has ido rodando por ahí.

-Sí, totalmente. Fue todo un derrotero de distintos alquileres, entre solterías y convivencias. Ahora estoy acá, a unas cuadras de Plaza Constitución.

-Las vueltas de la vida, ¿no?

-Literalmente.

-¿Y estás en convivencia o solano?

-No, solo. Por ahora, solo.

-El libro que reúne los cuentos de Villa Celina, vuelto a publicar por Interzona, ha tenido varias tapas.

-Sí. Originalmente, en 2008, salió Villa Celina por otra editorial, que ya no publica ficción, Norma, perteneciente al grupo de Kapelusz. Después, muchos de los autores incluidos en una colección llamada La Otra Orilla, fueron tomados por otras editoriales.

-¿Ahí entró Interzona?

-Interzona, en su momento, me ofreció reeditar mis libros, tanto Villa Celina como Rock barrial, que habían salido en Norma, y El campito, que había salido en Mondadori. Con esa base de tres libros, después seguí escribiendo otros ya directamente para Interzona.

-Este libro está tan ligado a vos que decís: "Celina, como el barrio, se llama mi vieja". Ella también, de paso, tiene todo un rol en los cuentos.

-Sí. Increíble. Mi mamá era Celina, de Villa Celina. Falleció hace poco, durante el Mundial. De hecho, mi último libro, que se llama Quebranto, yo digo que es el libro más triste del mundo.

-¿Por qué?

-La gente lo lee y llora. Lo cual me da una extraña gratificación. Es sobre la muerte de mis padres. Primero murió mi mamá y al año mi viejo.

-Imposible no estar triste.

-Ahí se repitió algo que había pasado con mis abuelos, uno de estos matrimonios de más de cincuenta años de casados en los que fallece uno y fallece el otro. Y en Quebranto, la temática, más allá de que tiene que ver con la muerte de mis viejos, me lleva de nuevo al barrio. Es como otro libro para la saga de Villa Celina.

-De la cual, se ve, no te vas a desprender nunca. Villa Celina, como dijimos, está fechado en 2008. Son muchos años. ¿Cómo lo ves en retrospectiva? ¿Cómo lo sentís, sobre todo, siendo tan entrañable su contenido?

-Y... para mí es un libro que me cambió la vida, en muchos aspectos. Cuando salió, yo llevaba trece años vendiendo en la calle. Era vendedor ambulante.

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Juan Incardona, autor de Villa Celina.

Juan Incardona, autor de Villa Celina.

-¿De qué?

-Había arrancado en el '95 vendiendo artesanías. Sabía soldar. Eran cosas que me había dado el colegio industrial. Y en la década del noventa, en un momento en que se cerraban las fábricas, yo era técnico mecánico. Me la rebusqué y conocí Plaza Francia, con mi primera novia. Y empecé a laburar de eso.

-¿Cómo se entiende el giro posterior?

-Bueno, simultáneamente empecé a estudiar Letras. Me gustaba la literatura. Pero la verdad es que no podía despegar. Ya estaba cansado de andar por bares, por plazas.

-Hasta que llegó "tu" libro.

-Villa Celina fue un éxito, para mí, en lo personal. Tuvo muchas notas en los diarios. Y a partir de ese momento empecé a trabajar más vinculado con la cultura, en gestión cultural o dando talleres.

-Como dijiste recién, te cambió la vida, literalmente.

-La verdad es que fue muy importante. Hoy es un libro que se lee en muchísimas escuelas. En toda la provincia de Buenos Aires hay un ejemplar de Villa Celina. La Conabip (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares) lo distribuyó a lo largo de todo el país.

-Notable itinerario.

-Pasaron cosas increíbles, como que siete personas se recibieran haciendo tesis sobre ese libro. Y yo siempre hago el chiste de que analizan mis cuentos con mi familia, con mis amigos, según Foucault, según Deleuze.

-Genial, la academia se vuelve popular.

-Pasaron cosas de todo tipo. En una cárcel, por ejemplo, de Florencio Varela los presos leyeron Villa Celina. Les gustó tanto que el profe de la escuela que está adentro del penal les dio como consigna que cada uno escribiera un cuento de su barrio.

-¿Cómo resultó la cosa?

-Fue algo tan bueno que publicaron un libro con todos los relatos de los presos. Yo fui a su presentación, ahí en la cárcel, y me regalaron un ejemplar que arranca diciendo que ese libro está basado en Villa Celina de Juan Diego Incardona. ¡Imaginen para mí lo que es eso!

-Imborrable.

-Eso después volvió a pasar en una cárcel de menores. Y así podría seguir la lista de hechos insólitos o milagrosos. Son esas cosas que te da la literatura que, en general, no te da mucha plata, pero sí viajes; viajes por el país o a otros países.

-Además de cambiarte la vida, ¿qué otra cosa te dio este libro?

-En términos creativos, Villa Celina inauguró una saga que me permitió seguir escribiendo sobre ese mismo universo otros libros: Rock barrial, El campito, Las estrellas federales, etcétera.

-Por eso suena muy ajustado cuando te definen, entre otras cosas, como el cronista del conurbano y la periferia.

-Y, en gran medida, la mayor parte de mis libros -van nueve hasta ahora- están ambientados en la zona de La Matanza, Loma del Zamora, Esteban Echeverría. Es verdad que aparece mucho el conurbano y su cultura, la cultura popular. Pero quizás Celina es un libro más realista. Después todo se va volviendo más fantástico en los sucesivos libros o incluso de ciencia ficción.

-Alcanza otro vuelo tu producción.

-Ahí un poco se mezcla lo reconocible de la realidad con elementos de la imaginación.

-Para los que no te habíamos leído antes, es de agradecer que Interzona haya reeditado Villa Celina, porque nos permite empezar desde aquí, desde la base. Haber arrancado por otro título tuyo podría provocar un gran vacío, dado que este es fundacional en tu obra y en tu persona.

-Sí, está bueno. En realidad, mi primer libro salió el año anterior. Los escribí simultáneamente. Es un libro chiquito que se llama Objetos maravillosos.

-¿A qué alude?

-Era la frase que yo decía, como una muletilla, en la venta ambulante. Es un diario del vendedor ambulante.

-¿Cómo era esa muletilla?

-Yo, al principio, era más inexperto. Decía: hola, ¿quieren ver anillos, quieren ver aros? Y todo el mundo me decía no, coma; gracias, punto. O sea, nadie quería ver nada.

-¿Y qué hiciste?

-Fui a estudiar Letras, me cargué de adjetivos y un día, con bronca, me junté con mi novia y fuimos y dijimos: ¿quieren deleitar sus ojos con unos objetos maravillosos? Son anillos ansiosos de abrazar a sus dedos. ¡Tienen inmensos poderes afrodisíacos! Y ahí nos empezaron a dar bola. Fue un éxito de ventas. Ese fue mi primer libro.

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Juan Diego contó cómo fue su evolución como vendedor ambulante.

Juan Diego contó cómo fue su evolución como vendedor ambulante.

-Vos decís, precisamente, en uno los cuentos, que tus metales preferidos son la alpaca y el cobre.

-Me encantaban, sí. Los usaba mucho. Aparte vendíamos ese tipo de metales y no tanto otros que eran más caros como la plata. Ni hablar del oro, ¿no?

-¡Ni hablar!

-Eran metales para el pueblo. Metales populares como la alpaca y el cobre. Aparte, el cobre a mí siempre me gustó porque ya tenía el vínculo a partir de la electricidad y de la escuela.

-¿Cómo hace un tipo, salido de una escuela industrial, que se vuelve vendedor ambulante, para transformarse en escritor, en lo que sos ahora? Ok, estudiaste Letras. Pero son rumbos que van por carriles muy distintos.

-Fue raro. Desde chico siempre leí mucho. Me encantaba leer.

-Tu vieja era maestra, convengamos.

-Claro. Mi vieja siempre nos inculcó la lectura. Pero la verdad es que no había una biblioteca en mi casa. Había muy pocos libros. Y a veces compraba en el kiosco de diarios porque venía alguna colección como Mis Libros o la Minotauro o la Robin Hood. También había otro negocio en Villa Celina que tenía muchos libros de género. Me acuerdo de La Guerra de los Mundos, etcétera.

-Todos clásicos estás nombrando.

-También había un primo que fui a ver alguna que otra vez. Era una parte de la familia que estaba mejor social, económicamente, que nosotros y yo le robaba libros.

-¿Como qué?

-Me acuerdo haberle robado La máquina del tiempo, Viaje al centro de la Tierra. Creo que mi relación con la literatura empezó con la lectura. Fue muy fuerte eso.

-¿Pero qué siguió después?

-Después tuvo que ver el cambio de carreras, porque yo estudié de todo: ingeniería mecánica, ciencia de la comunicación. Antes de llegar a Letras fui rebotando de acá para allá. Pero en un momento empecé a escribir, a los dieciocho, veinte años, enmarcado en el espíritu de época del rock barrial.

-¿Cómo fueron esos pasos iniciales?

-Lo primero que escribí fueron letras de canciones para bandas. Había una que se llamaba Pocas Nueces, que tocaba muchas canciones con letras mías. Después hubo otras. Una que se llamaba La Guirnalda Afrodita (risas). Distintas bandas con nombres graciosos de aquella época.

-Pero hubo nombres importantes por ahí.

-También estuvieron Viejas Locas y después Callejeros, que primero se llamó Río Verde. Muchísimas bandas de aquella zona del sudoeste del conurbano. Y de a poquito empecé escribiendo cuentos, muy solemnes, me acuerdo, un poco imitando a Borges, que me tenía fascinado cuando iba a estudiar Letras. Pero, bueno, yo no tenía la Enciclopedia Británica.

-Pero tenías barrio.

-Tenía el lugar para saber por fascículos, que me había comprado en el kiosco de diarios de Villa Celina. Pero había algo que no funcionaba.

-¿Qué te hizo buscar un cambio?

-Mis amigos de la facultad, recuerdo que fueron ellos los que, cuando me escuchaban contar anécdotas de mi barrio, tenían tanta fascinación por ese exotismo cercano, pues eran todos porteños; cuando les contaba la historia del hombre gato, o de cuando explotaron todos los calefones del barrio, me insistían que escribiera sobre Villa Celina.

-Ok. ¿Y cómo arrancó eso?

-El primer cuento que escribí, "Los Reyes Magos peronistas", es una anécdota real de un día que estábamos repartiendo juguetes para una unidad básica de Celina. Se nos rompió el camión y nos subimos en carros de botelleros disfrazados de reyes magos. Fue una entrada triunfal a la villa de Las Achiras, atrás del Mercado Central.

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El primer cuento de Juan Diego fue "Los reyes magos peronistas".

El primer cuento de Juan Diego fue "Los reyes magos peronistas".

-Una entrada triunfal al mundo del cuento, también.

-Esas pequeñas anécdotas, en mi círculo de amigos, empezaron a tener tanto efecto que me entusiasmé y ahí no paré. Un cuento atrás del otro. Los empecé a publicar en nuestra revista en internet. Y después finalmente tuvieron forma de libro hasta que salió Villa Celina.

-No es para menos ese éxito entre los amigos. En esa escena de Los Reyes Magos ustedes parecían personajes de Capusotto.

-¡Totalmente! Capusottianos totales. En esa época, a Capusotto lo había visto en Cha Cha Cha, pero no al Capusotto que vino después. Todavía no existía, me parece.

-A su vez, toda la atmósfera de tus relatos es muy rockera barrial. Por ahí le metés cumbia, pero básicamente es rockanroll lo tuyo.

-Sí. Y tango también. Quizás el tango aparece más en otros libros como El campito, también un poco en Rock barrial. Es que el rock barrial tiene mucho de tanguero.

-Y el blues, sobre todo. El blues de Manal era tango.

-Total. Además, hay otras cuestiones que van más allá de lo musical; por ejemplo, la cultura de la esquina, que fue muy fuerte en la década del noventa. Eso también proviene un poco del tango. Es como la película La barra de la esquina de Alberto Castillo.

-Qué buena relación.

-Me acuerdo de que en el barrio cada esquina tenía su banda, su grupito, jugando a la pelota, los pibes fumando, charlando. Ahí, en el medio de todo eso, algo pasó que llegaron las armónicas, llegaron las guitarras y bueno, ahí se empezó a componer.

-Un momento de transformación.

-Era otro contexto. Ya no era Tanguito encerrado en el baño de un bar, sino que los pibes componían a cielo abierto, mirando las fábricas que se cerraban, mirando el barrio. Uno puede ver en una canción como "Homero" de Viejas Locas algo así.

-Las historias son muy ricas, muy coloridas, muy llenas de detalles, pero algo que fascina de tus cuentos son algunos personajes. Dos de ellos, por ejemplo, son el Malasuerte y Víctor San la Muerte, el tipo que enterraba los bichos que morían en el asfalto. Tienen toda una mitología detrás.

-(Ríe) Al Malasuerte no lo puedo nombrar porque podría ocurrir alguna desgracia. Pobre. Era un tipo grande. No lo vi más. Cuando era chico le pasaba de todo y, bueno, lo bautizamos "el Malasuerte".

-¿Y Víctor?

-Está exagerado un poco ese cuento. Pero era como el encargado de levantar los animales muertos dentro de esa extraña cuadrilla municipal donde yo fui pinchapapeles.

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Juan Incardona, con imágenes de fondo que lo definen.

Juan Incardona, con imágenes de fondo que lo definen.

-¿Pero laburaste de verdad de pinchapapeles, como contás en el cuento!

-Sí, al costado de la autopista. Estuve unos meses con el fierro, el pinche, pinchando papelitos. Un trabajo extraordinario. Uno de mis primeros trabajos, de hecho. No el primero, porque el primer laburo que tuve en mi vida, cuando tenía quince años, fue hacer de cuentaganado para los cines con el relojito.

-En esta tarea de rescatar a estos personajes también hacés una recopilación muy jugosa de sus apodos. El "Malasuerte” es también "Gato Negro", "Lechuza", "Yeta", "Trece", "Malparido". Son una especie de esponja esos tipos, ¿no?

-Tremendo. Aparte, los apodos que se ponen en el barrio, como en la escuela, son inolvidables, para decirlo de un modo más letrado. Recuerdo a uno, por ejemplo, que le decían Carita de Auto. Un seudónimo glorioso.

-¿Y por qué Carita de Auto?

-Que vean en la cara de un pibe, un auto, le quedó para siempre.

-Por si esto fuera poco, se te nota mucho la impronta peroncha; peroncho del conurbano bonaerense. Y bostero a morir.

-Sí, las dos cosas.

-¿Seguís yendo a la cancha?

-Sí, voy a la cancha. Voy a ver a Boca, cada vez que puedo. Soy socio. Y me encanta. Soy fan. Mi mamá era muy fanática, creo que más que yo, así que hoy, todavía con ese suceso muy reciente, me emociona cada vez que voy a la cancha.

-No es para menos.

-De hecho, ahora estoy escribiendo una nueva novela, que es mi décimo libro. Tendría que entregarla este año, pero no sé si voy a llegar. Se llama República Argentina de los Muertos.

-¡Guau, qué título! ¿Por dónde viene?

-Es una novela de acción y aventura por el más allá de la Argentina.

-¿Por el más allá? ¡Qué bárbaro!

-El protagonista muere, apenas arranca el libro y se pone a deambular como un espectro por una Buenos Aires del más allá. Se empieza a encontrar personajes y en un momento va a La Boca, llega a la Bombonera y finalmente descubre lo que en el código bostero es la cuarta bandeja.

-¿Cómo es eso?

-La Bombonera tiene tres bandejas. Y a la cuarta se dice que van todas las personas que mueren y que alientan desde allí. Entonces él va a la cuarta bandeja y ahí encuentra también todo un mundo de fantasmas.

-Encontrará a los viejos jugadores como el Tano Roma y toda esa gente.

-Ve a un jugador que está pateando en el medio de la cancha y tira pelotazos que van hacia el cielo. Le llama la atención que tenga tanta potencia. Entonces el personaje baja y resulta que es El Atómico Boyé.

-¡Boyé, nada menos! Que lo parió.

-Sí, se vuelve uno de los personajes principales. Hay muchos personajes del deporte, de la cultura, de la política, que arman una especie de pandilla. Es una novela que va a ser parecida a una que publicaron en el 2009, El campito, que vino después de Villa Celina. Y si te dan ganas de continuar leyendo mis libros, te recomiendo que sigas con ese.

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Ahora Incardona está por publicar República Argentina de los Muertos.

Ahora Incardona está por publicar República Argentina de los Muertos.

-Anotado, sí señor.

-El campito es muy entretenido. Es como una especie de El Señor de los Anillos donde se enfrentan peronistas y antiperonistas en la zona de La Matanza, pero con enanos, monstruos, etcétera. Es una locura. Y el nuevo libro tiene ese espíritu de acción que no para, pero en un mundo de fantasmas.

-Hay un concepto que deslizás en el cuento "Los rabiosos" que te define por completo. Decís: "Uno se para donde nació. Ahí está el punto de origen del observador. Y por más que renieguen, a eso no hay con qué darle. Por más que lo escondan, eso queda pegado". Y es exactamente así, ¿no?

-Es increíble, porque ya van muchos libros, muchos cuentos y has metido párrafos, frases, etcétera. Y uno no toma conciencia, cuando está escribiendo, sobre cuáles van a ser los pasajes que van a quedar. Y ese que vos me acabás de citar, yo creo que es la parte de Villa Celina que más me han citado.

-A todo esto, ¿eso de los perros rabiosos ocurrió realmente?

-Sí, es verdad. Esa pelea fue terrible y se frenó por el ataque de los perros. Había muchos perros en los basurales y empezaron a morder a todos los que se peleaban. Eso fue lo que interrumpió la pelea.

-Digamos que se trató de una pelea entre bandas, para los que no leyeron el libro.

-Sí, de bandas. Un amigo mío estuvo internado porque le habían pateado la cabeza. Fue un pasaje muy violento.

-Hay varios momentos picantes en tu libro.

-Los cuentos en general están muy exagerados. Eso lo mamé del barrio. Después, cuando estudiaba Letras, reconocí la exageración en algo que me enseñaron, que era la hipérbole, un recurso de la literatura.

-Pero lo supiste, como tal, tiempo después.

-Yo en realidad lo aprendí de la forma de contar de mis vecinos. Y lo experimenté en carne propia. Te voy a contar una anécdota breve.

-Meta.

-Cuando yo era chico, me atropelló un auto.

-¿Por qué? ¿Cómo fue?

-No le hice caso a mi vieja. Me decía: antes de cruzar mirá para los dos lados. Estábamos jugando a la pelota, en la vereda del loco Tino, otro personaje del libro. Y yo crucé. Había una Ford F100 estacionada. Vino un Peugeot 504, me levantó por el aire y caí de cabeza al piso.

-¿Y?

-Me llevaron a la salita de primeros auxilios. Estuve tres semanas en cama. Dentro de todo, zafé. El médico me dijo que la había sacado barata.

-Menos mal. ¿Qué pasó a partir de ahí?

-Yo vivía a ocho cuadras de la General Paz. Lo interesante de esto es que la gente empezó a contar, como en un teléfono descompuesto, el accidente de ese chico, el hijo de la maestra. Y a medida que pasaban las cuadras, el Peugeot era una camioneta, un colectivo de esos típicos del conurbano, el 5.520, cartel verde, ramal B, ¿no? Para estudiantes de la Cábala.

-Empezó a crecer la cosa.

-Lo mismo la gravedad del asunto. Iba perdiendo brazos, piernas, hasta que finalmente, llegando a la General Paz, yo me morí. Alguna vez me morí en el relato de los vecinos. Era ese chico al que lo atrapó en un auto cuando fue a buscar la pelota. Y toda esa exageración es algo que yo tomo también como forma de narrar.

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