Esta es una historia que sirve para contar la Argentina. Incluye al peronismo, hay monumentos y grandilocuencia, pero también hazañas físicas impensadas y decisiones que solo tienen por objetivo destruir lo que se hizo antes.
En febrero de 1954, un grupo de 20 oficiales del ejército subió a la cima del Aconcagua para dejar un busto de Perón y otro de Evita. Fue una verdadera hazaña, en términos de la logística y el equipamiento necesarios para instalar los bustos, de 50 kilos, enfrentando temperaturas de 20 grados bajo cero y sin tubos de oxígeno.
Y, sobre todo, teniendo en cuenta que escalar el Aconcagua a mediados de los años 50 no era para cualquiera. El primer ascenso argentino había sido 20 años antes y, aún hoy, sigue siendo una de las montañas con más índice de mortalidad.
Pero pasaron cosas. En 1955, la Revolución Libertadora derrocó al general Perón y prohibió todo tipo de manifestaciones públicas sobre el peronismo. Cambiaron nombres de calles, derribaron estatuas y simbología que pudiera asociarse con el movimiento.
Y para ser coherentes con ese mandato, Aramburu se vio en la obligación de organizar la improbable tarea de bajar los bustos que estaban en el pico más alto de América.
Lo que iba a durar por "los siglos de los siglos" duró apenas dos años.
Un hombre, una misión
Fue Andrés López, custodio de Perón durante siete años (1948-1955), el que tuvo la idea de llevarlo al Aconcagua. Según contó en muchas entrevistas, era un homenaje necesario para el "más alto genio político del continente", como decía la placa que llevaron.
"Al General Perón, dedican los Suboficiales del Ejército Argentino este esfuerzo para que la cumbre más alta de América sirva de pedestal al más alto genio político del continente. Este busto no debe ser retirado sino que debe permanecer en esta cima por los siglos de los siglos, para que el espíritu y las ideas del constructor de la Nueva Argentina, hermane a los pueblos de América."
"A nuestra compañera Evita, Jefa Espiritual de la Nación, para que sea la cumbre del Aconcagua el altar intermedio entre nuestras plegarias de agradecimiento y el lugar de su eterno descanso. Este busto no debe ser retirado sino que debe permanecer en esta cima por los siglos de los siglos, para que el intenso amor que la Mártir del Trabajo profeso por la Humanidad se expanda por todos los pueblos del orbe."
Siempre según el relato de López, Perón no estaba al tanto de la idea. Y cuando se lo contaron, el proyecto ya estaba en marcha. "Ustedes están locos", les dijo.
López había viajado a Uspallata para contactarse con Felipe Aparicio, uno de los primeros expertos argentinos en el Aconcagua. Aparicio ya tenía siete ascensos y había instalado los primeros refugios permanentes (uno de ellos el Plantamura, en honor a Nicolás Plantamura, primer argentino que hizo cumbre). Esos refugios que todavía se siguen usando para la aclimatación a la altura.
De los monumentos se encargó Raúl Apold, histórico secretario de prensa del Peronismo: pesaban 50 kilos y eran desmontables, para poder distribuirlos en tres mochilas. Fueron construidos por la casa de platería y bronce que se encargaba de desarrollar monumentos, medallas y todo lo relacionado con el movimiento.
Del traslado del busto de Evita hacia la cima se ocupó personalmente Marcelino Severo Arballo, un hombre que sería clave en esta historia, el antihéroe necesario de toda novela.
El ascenso se hizo en dos grupos: el primero se ocupó de llevar los bustos y dejarlos en la cima. Un segundo grupo tenía la tarea de armarlos, a más de 6900 metros de altura.
En una entrevista con Tiempo Argentino, López, que por entonces tenía 90 años y seguía soñando con la idea de volver a llevar los monumentos, contó cómo estaba vestido:

