A fines de 2017, en ocasión de ser elegido Mendocino del Año, Alfredo Cornejo expresaba, en la extensa entrevista de rigor, la necesidad de apoyar al gobierno nacional: “En esta etapa, el partido es más Cambiemos que radicalismo PRO. La coalición ha ganado con expectativas estas elecciones; no por resultados económicos, que todavía no se ven”.
Según su punto de vista, la esperanza de la ciudadanía estaba puesta en la coalición misma más que en los partidos que la integraban.
Siempre supo, y lo pregonó desde su asunción al frente del Ejecutivo mendocino, que el destino la UCR estaba atado a su sociedad con la fuerza liderada por Mauricio Macri.
Y como flamante presidente nacional del partido, entendía que la razón de ser de su gestión y de su posible fortaleza a futuro radicaba en mantener integrados a los otros gobernadores afines y a figuras relevantes como los intendentes José Corral de Santa Fe y Ramón Mestre de Córdoba. A estos dos últimos, en ese entonces, los nombraba expresamente. Especialmente. Los proyectaba con énfasis.
Gran parte de este capital político se ha evaporado dramáticamente en el último año y medio. La euforia por la victoria electoral de medio término es apenas un recuerdo. José Corral viene de salir tercero en las PASO santafesinas, con menos del 20% de los votos en su aspiración a conducir la provincia.
Y lo peor ocurrió este domingo: Mestre, en los comicios generales de Córdoba, quedó en un mustio tercer lugar, a más de 45 puntos de distancia del reelecto gobernador Juan Schiaretti. Con una frutilla (envenenada) de postre: por las exasperantes, cabreadas disidencias internas de Cambiemos, la UCR perdió uno de sus bastiones más consolidados e importantes en el país, la Capital provincial, que pasó a manos del justicialista Martín Llaryola.
Podría tratarse de un combo preapocalíptico perfecto para cualquier radical, sino fuera por las evidentes diferencias que hay entre los diferentes distritos.
La UCR de Mendoza, para consuelo de sus integrantes, se despega notoriamente de buena parte de sus correligionarios del resto del país. Es un consuelo, sí. Pero también un quebradero de cabeza para Cornejo en su condición de presidente nacional del partido.
Esta dualidad, entre la UCR provincial y la nacional, viene siendo una constante de los últimos años.
Mendoza, pese a sus denodados esfuerzos, no ha logrado trasladarle sus aciertos al conjunto. Salvo contadas excepciones como el jujeño Gerardo Morales.
Un intento fallido fue el de Roberto Iglesias quien, tras recibirse de avezado piloto de tormentas durante su gobernación 1999-2003 bajo el tsunami de De la Rúa, presidió el Comité Nacional en 2005-2006. Si bien logró transmitirle la gobernación a Julio Cobos, no acertó a contagiar su temple y su pragmatismo a la UCR en el país.
Algunos de aquellos síntomas se repiten este año, como la crisis económica que envuelve a la Argentina y los desvaríos de dirigentes del radicalismo que, como ya hicieran con De la Rúa, apuntan a abandonar lastimeramente el barco ante los primeros cimbronazos severos.
La gran diferencia es que Macri, al contrario de De la Rúa, va a llegar al final de su mandato. Y metido de lleno en el juego. Antes que pensar en el helicóptero, apuesta todas sus fichas a una posible reelección, con sus espaldas cubiertas por Capital Federal y la provincia de Buenos Aires que comanda María Eugenia Vidal.
Esto le da a Cornejo un aire que Iglesias no tenía. Sobre todo pensando en la Convención Nacional del 27 de este mes en Parque Norte donde, entre otras cosas, necesitará desbravar a los cismáticos que coquetean con la candidatura presidencial de Roberto Lavagna.
Uno imagina cuál debe ser una de las peores pesadillas de Cornejo en esta instancia: no poder replicar en su partido, a lo largo y a lo ancho del país, el modelo mendocino, donde él ejerce una conducción firme y clara, donde hay disidencias naturales pero no tóxicas, donde se las ha ingeniado para acompañar a Cambiemos en el orden nacional, pero de manera crítica, sin doblar la rodilla ni inclinar la cerviz, como les tocó en suerte a los gobernadores que lo precedieron.
No hay mejor ejemplo de esto que las próximas primarias locales: Rody Suárez y Omar De Marchi librarán en Mendoza la interna oficialista que no supieron, no quisieron o no pudieron armar Mestre y Negri en Córdoba, y muchos menos los aspirantes a continuar gestionando la perdida Capital mediterránea, envueltos en una reyerta absurda que le abrió paso a Llaryola. Un consuelo, el mendocino, que seguramente no le servirá de ansiolítico a Cornejo para la enrevesada Convención del 27 de mayo. Otra pegajosa telaraña radical.




