El peronismo pareciera estar condenado a implosionar. Esto es lo primero que a uno se le ocurre cuando ve que un personaje poco presentable y devaluado como Daniel Scioli vuelve a estar en la agenda de los sectores del Justicialismo que se dicen republicanos y razonables.
Scioli, que fue un invento político de Carlos Menem, tuvo una segunda etapa rutilante (perdón por el adjetivo burdamente irónico) desde el 2003.
Ese año se acopló a esa magnífica sociedad comercial y política compuesta por Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Fueron 12 años de una mezcla de calvario y realizaciones.
Ese, que espere
Primero fue vicepresidente de Néstor entre 2003 y 2007. Pocas veces se vio en la política argentina un maltrato tan evidente hacia un dirigente oficialista. El santacruceño le hizo de todo a Scioli para dejarle en claro a éste que no tenía ninguna posibilidad de tener vuelo propio.
Hasta el punto de que con Néstor la verdadera vicepresidenta fue Cristina, por entonces senadora nacional y gerenta no oficial del Congreso.
Néstor lo rebajó y hasta ordenó un seguimiento de inteligencia como si Scioli fuera un opositor acérrimo. Habló mal de él en público y en privado. Y en asocio con Cristina montaron un show de la humillación contra el ex motonauta.
Por entonces hasta los propios kirchneristas decían -por lo bajo- sentir vergüenza ajena por la manera en que Scioli era rebajado.
Bajo control
Ni siquiera pudo tener la independencia anhelada siendo gobernador de Buenos Aires en los dos períodos en que Cristina fue, al mismo tiempo, presidenta de la Nación.
El matrimonio Kirchner le impuso a Scioli a quien debía ser su vicegobernador, Gabriel Mariotto, una especie de gendarme político, que informaba al instante lo que hacía y no hacía el gobernador.
En sus dos gobernaciones tuvo algunos aciertos, que fueron opacados por esa actitud de dispendio que el kirchnerismo exhibió siempre con los fondos públicos. Su administración financiera dejó varios puntos oscuros que se están investigando en la Justicia bajo la sospecha de corrupción.
Ante la ausencia de candidatos kirchneristas potables para presidente de la Nación, Scioli logró en 2015, con ese empeño suyo de perro fiel, que Cristina lo bendijera como postulante presidencial no sin antes obligarlo a aceptar que su candidato a vicepresidente fuera otro gendarme de ella: Carlos Zannini.
La segunda presidencia de Cristina (2011-2015) había sido tan mala y tan extendido estaba el hartazgo social contra una administración sofocante, que se llevó puesto a Scioli beneficiando a Mauricio Macri.
Fue así que en noviembre de 2015, en segunda vuelta, los votantes argentinos frustraron el deseo de Scioli de ser presidente.
Tras la derrota
Ya en el llano, se agigantó lo que ya era vox populi y que dejó al descubierto la capacidad de Scioli para disfrazar la realidad.
Primero cayó la carpa de su matrimonio feliz con Karina Rabollini, una hábil empresaria que, como él, se había prestado para mentirle a los votantes, lo cual le sirvió a Karina para manejar ingentes fondos como titular de la Fundación Banco Provincia, la banca oficial bonaerense.
Previamente se había sabido que Scioli tenía una hija biológica, Lorena Beltrán, a la que no había reconocido ni asistido durante años, situación que lo obligó a fijar su obligación filial, y le permitió a la chica poder llevar su apellido paterno.
Pero quizá la gota que colmó el vaso fue su complicada relación sentimental con la modelo cordobesa Gisela Berger, quien lo denunció por malos tratos y por querer obligarla a que abortara.
Pero además Gisela lo acusó de lavar dinero a la vez que denunció ante la justicia que los numerosos viajes en los que ella lo acompañó a Europa no eran por cuestiones médicas, como decía Scioli, sino simplemente por placer.
Este es el personaje político venido a menos sobre el que, ahora, como se dijo al comienzo, aún hay peronistas civilizados que creen que les puede traccionar votos.
