Desde Donald Trump a Jair Bolsonaro, o de Boris Johnson a Vladimir Putin, una creciente lista de dirigentes políticos vienen tratando de imponer la moda de la fantochada como una supuesta forma de sinceridad política.
El fantoche político es un personaje grotesco que suele comportarse -muy seguido- de maneras ridículamente peligrosas.
Hubo un tiempo en que los principales funcionarios de los países respetaban, en líneas generales, una especie de protocolo de maneras razonables. Con ellas intentaban transmitir gestos de civilización.
No se trata de propender a la hipocresía política sino de comprender el fuerte simbolismo que encarnan los que llegan a los primeros puestos de sus países. Es dicha institucionalidad la que los obliga a portar algún tinte de recato.
Hoy el personalismo extremo y chirriante, que es a todas luces un enemigo de la democracia republicana, está erosionando aquellos acuerdos anti barbarie que señalaban que los líderes políticos debían comportarse con signos de ejemplaridad.
Lo concreto es que desde hace bastante tiempo crece un reinado de dirigentes toscos que nos sorprenden a diario con ejemplos de incultura.
El vecino de arriba
Uno de los más cercanos es el presidente brasileño Jair Bolsonaro quien en una reciente visita al Amazonas aseguró que "cada vez más el indio es un ser humano como los blancos".
Este líder derechista no ha reparado, por ejemplo, en mostrar discreción alguna a la hora de analizar la realidad argentina.
En octubre pasado, cuando triunfó Alberto Fernández, Bolsonaro culpó a los argentinos de "haber votado mal", amenazó con desarmar el Mercosur por inservible y rechazó venir a la Argentina para la asunción del peronista porque tenía muchas cosas importantes que hacer. No importa que la Argentina fuera el principal socio comercial de Brasil.
Hace unas horas, al salir del palacio de Gobierno en Brasilia, un periodista le preguntó si finalmente pensaba recibir al presidente de la Argentina.
La respuesta fue:"¿Argentina? No quiero hablar de la Argentina".
Pero ante la insistencia de la prensa, dijo: "Pero sí, estoy listo para recibir a Fernández. Si viene acá será recibido como cualquier otro jefe de Estado. De la misma manera que en los próximos días debo recibir al nuevo embajador (Daniel Scioli) y al canciller de la Argentina (Felipe Solá)".
Bolsonaro ha criticado varias de las medidas económicas impulsadas por Alberto Fernández. En eso está en todo su derecho. Lo que desvaloriza sus opiniones es la forma petulante y soberbia con que las expresa.
Aquel episodio
Nobleza obliga: no podemos olvidar que Bolsonaro quedo ardido con el peronismo cuando, como parte de la campaña electoral, Alberto Fernández visitó la cárcel donde estaba condenado el ex presidente Lula Da Silva, a quien Bolsonaro acusa de ser el responsable de todos los males de Brasil. Esa vez Alberto no actuó con mirada de estadista sino de militante. Y eso se paga.
En el generoso muestrario de guasadas que ha destilado Bolsonaro quizás la más berreta sea aquella vez que dijo que la esposa del presidente de Francia, Brigitte Macron, era vieja y fea, y no como la suya que era joven, linda y rubia. ¡Marche un ordinario!
Al igual que Trump, Bolsonaro actúa como si tuviese "licencia para matar", pero con la lengua. El magnate yanqui, en cambio, usa misiles.




