Tenía 13 años cuando leí El extranjero, de Albert Camus. Fue un quiebre. Ahí intuí que mi vida giraría en torno a la escritura. No fue con la literatura porque no me daba el cuero, pero sí con el periodismo gráfico. "Escribo porque no sé hablar", me gustaba repetir citando a un escritor ya olvidado llamado Eduardo Mallea.

Con los años he aprendido a admirar el don de la oratoria tanto como el de escribir. Desarrollar ideas a través del habla es un arte antiguo y noble, pero hoy no tiene muchos cultores.

El hecho de escuchar el habla inusual de alguien y sentir una especie de fascinación es parecido a ese atavismo que guardamos desde los primeros tiempos cuando el brujo congregaba a la tribu alrededor del fuego para contar historias.

Borges, que era un escritor maravilloso pero no un orador ídem, ha dicho que "el fuego es un fulgor que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo". Tal vez sea el teatro el que mejor sigue atesorando esa magia que surge cuando oímos hablar a alguien en un ámbito casi religioso como el de una sala teatral.

Charlatanes y picos de oro

La política debería ser el ámbito indicado para hacer brillar la oratoria, pero hoy es casi un páramo. Atosigado a nivel mundial por gente impresentable como los Trump, los Maduro, o los Bolsonaro, sentimos como si fuera un bálsamo cuando en un recinto de legisladores o en una disertación oficial nos topamos con alguien de hablar fluido y atrapante que nos hace disfrutar de la inteligencia.

En la Argentina ni el Congreso nacional ni nuestra Legislatura son ámbitos donde brille esa llama. Sobran los dedos de las manos para contar a los representantes del pueblo con esas habilidades magistrales. Los hubo, pero siempre fueron escasos.

Hay muchos que son correctos, que se hacen entender bien en español, pero son muy pocos los que además de hacernos pensar con ideas no cabalgadas nos hagan -a la vez- vibrar, emocionar o que nos desaten esa felicidad que genera el talento.

Hoy es muy raro que el lenguaje político salga del trajinado lugar común, de lo obvio, de lo adocenado. ¿Vio, por caso, que a todos los funcionarios les ponen "palos en la rueda"?

Bill Pulman y Balbín

Candorosamente papelonero fue, por ejemplo, lo de ese intendente jujeño que para el 9 de Julio dio un discurso en el municipio de El Carmen el cual estaba copiado de un speech que recitó el actor Bill Pullman en la película norteamerican Día de la Independencia, para celebrar que habían derrotado una invasión exterrestre. Una torpeza imperdonable parangonable a una estafa.

Quizás la contracara sea el discurso que el radical Ricardo Balbín dio junto al cajón que contenía el cuerpo de Juan Domingo Perón. Cuando Balbín cerró su alocución con aquella recordada frase "Este viejo adversario despide a un amigo", el país entero sintió que las gargantas se cerraban de una emoción profunda y fraterna, cualquiera fuese el signo político de quienes lo escuchaban.

Nadie puede obviar que uno de los motivos del triunfo de Ricardo Alfonsín en 1983 fue que sus discursos eran un hervidero de conceptos que olían a nuevo.

Ser un gran orador es como ser un buen pianista. Es estudiar toda la vida. Y poseer un tono genético singular. Y eso no es lo habitual en la cotidianidad política. Lo habitual es la trenza o esas componendas que no tienen que ver con la prestancia del acuerdo o la dignidad del pacto.

Palacios y El Peludo

El socialista Alfredo Palacios comenzaba sus discursos en el Congreso siendo muchas veces abucheado de antemano, pero a la mitad de su relato no volaba una mosca en el recinto.

Algo similar producía la verba potente del santafesino Lisandro de la Torre, del Partido Demócrata Progresista, quien libró dialécticas batallas contra las actividades monopólicas inglesas en el negocio de la carne.

Pero así como Perón y Evita fueron oradores que hicieron vibrar a multitudes y despertar pasiones encontradas, otros presidentes portaron rarezas como las de Hipólito Yrigoyen, El Peludo, a quien casi no se le conocía la voz y de quien se ha dicho que su discurso no fue de palabras sino fruto de su gestión y del misterio que generaba.

En la última dictadura Emilio Eduardo Masera, uno de los tres sátrapas de la primera de las Juntas que deshonraron nuestra Constitución, solía ofrecer unos discursos que se diferenciaban de los que pronunciaban sus pares. Massera tenía un proyecto político para lo cual se había rodeado de algunos escribas que creyeron ver en este personaje infame a un nuevo Perón, entre ellos una escritora que terminó suicidándose.

Desde aquellos grandes oradores griegos, que redefinieron lo que era la "palabra pública", hasta los gurúes actuales que dominan el lenguaje de la virtualidad, la oralidad ha sido y seguirá siendo parte esencial de la política.

Winston Churchill, que algo sabía de esto, nos legó esta frase: "De todos los dones otorgados a los hombres nada es tan valioso como el don de la oratoria". Las escuelas y las universidades deberían prestar atención y educarnos también en esa apasionante materia.

Hoy pareciera que hasta hemos abandonado ese otro arte que es el don de la buena conversación, uno de los sostenes de la amistad.

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