José Luis Ramón, el del megáfono, el de la Renoleta transformada en Ramoneta, el de la cabellera frondosa, el autodenominado protector de los derechos de los consumidores, nuestro Ramón bah, estaba exultante.

Lilita Carrió armó uno de sus conocidos escandaletes en el recinto de Diputados de la Nación y, para alegría del exhuberante diputado Ramón (el calificativo es por su lengua y por su bien alimentada humanidad), esta vez le tocó ser el destinatario de las diatribas de la líder de la Coalición Cívica.

Gracias, Carrió, por darle esta oportunidad a alguien del interior, por servírsela en bandeja. Son otros 10 minutos de muy modesta fama para Ramón, pero que se van sumando al historial.

Con este ida y vuelta dialéctico entre Lilita y Ramón, recogido en videos, fotos, audios y crónicas, al de Protectora ya lo conoce más gente en el resto del país que al discreto y recoleto gobernador de Mendoza, Rodolfo Suarez.

Aunque no piensan igual, tanto ella como él son efectistas, teatrales, excesivos. Y poseen, como los jugadores, la tentación natural de redoblar las apuestas.

Lilita sobreactúa su rol de reserva moral de la República; Ramón hace lo mismo con esa impostada picardía de tierra adentro. Tengo para mí que ella lo mira en menos.

Meryl Streep, no existís

¿Vio, lector/a, que a Lilita parece fascinarle eso de indignarse en el recinto, de pararse y gesticular para que todos volteen la mirada y observen el despliegue de su temple?

Carrió te puede simular una actriz de carácter o una trágica, y al rato te hace un grotesco o una farsa con igual efectividad.

¿No es digno de un culebrón venezolano cuando Lilita simula  que se quiere ir gritándole cuatro frescas a los falsarios del Congreso? Nos sugiere que nunca va volver a esa de cueva de  hipócritas, aunque siempre retorna.

Pero lo que pasó en esta ocasión con Ramón fue una lección de suspenso. Ocurrió durante la sesión en la que el oficialismo y la oposición avalaron la propuesta de Alberto Fernández para "reperfilar" el pago de la deuda con el FMI. 

Maestra de la tensión

Cuando la verba inflamada de Ramón rociaba el recinto castigando a los macristas que habían endeudado al país ante el FMI, Lilita, sin respetar el tiempo destinado al discurso del mendocino (en realidad es de Rufino, pero lo hemos aceptado como un arrimado), comenzó a retrucarle el espiche al líder de Protectora.

Como si fuera el estudiado movimiento de una obra teatral, se incorporó y sin dejar de hablar fue caminando, sorteando bancas, hasta donde discurseaba nuestro hombre.

Desde la época de A la hora señalada, con Gary Cooper, que no se veía tal suspenso. Ocurre que no faltaron quienes creyeron que la dama lo iba a cachetear, como Graciela Camaño lo surtió a Carlos Kunkel una vez en el recinto, pero no. Ellos son excéntricos pero, joder, no son peronistas.

Lilita amonestó verbalmente todo lo que pudo a Ramón y le exigió que cuidara las palabras. Tan pronto ella. Y así, entre retruques y nulos requiebros, Ramón le pidió al presidente de Diputados, Sergio Massa, que hiciera callar a la dama, para poder completar su discurso interruptus.

Ramón le sugirió a Carrió que usara su último mes en la Cámara (como se recordará ella renunció con anticipación a partir del 1 de marzo) para dejar una imagen más civilizada. E hizo como que estaba muy afectado por haber tenido esa discusión con la dama.

En ese momento, tras haberlos visto estar tan "en vena", lo ideal hubiera sido que cayera el telón y que, espontáneos, brotaran los aplausos para que ambos se vieron obligados a saludar a su público.

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