Sin querer, estamos siendo cómplices de un error histórico.
Las elecciones de la ira
Estamos yendo hacia las elecciones, mezclando la importancia del Estado argentino –lo central que es esa presencia del Estado para nuestras vidas- con la pestilencia de la clase política berreta que lo encabeza. Lamentablemente.
Hay una gran cantidad de gente –los siete millones que votaron a Javier Milei- que quieren destruir al sistema estatal como lo conocemos. Pero la Argentina de hoy está tan sumida en la ira, hay tal cantidad de enojo reinante en nuestra sociedad, que no terminamos de comprender qué es y qué no es “lo estatal”. O al menos lo confundimos bastante.
Estamos metiendo todo en la misma bolsa. Una confusión grave, pero que además nos está conduciendo a equivocaciones irreversibles.
El enojo que tenemos, la ira que marcará a estas elecciones, no es contra todo el sistema en sí. O al menos no debería serlo. Sino simplemente contra los seres que han tomado las riendas de esos mecanismos y, como surge a las claras, los han conducido mal.
Por suerte, esta semana un episodio nos ayudó a combatir ese análisis erróneo, esa mezcla incorrecta que nos hace marcar a todo -a las dos caras de lo estatal- como si fueran exactamente lo mismo:
Uno de los elementos defectuosos de ese Estado, uno de esos dirigentes burdos, salió a mostrar la hilacha con toda la “mersitud” que posible, chorreando grasa directamente. Pero permitiéndonos, al mismo tiempo –gracias, Martín Insaurralde-, hacer este ejercicio que es necesario realizar: separar la paja del trigo. Separar una cosa de la otra. Estado es una cosa y los dirigentes son otra.
El sistema público de nuestro país no puede ser reducido a la ostentación pornográfica de un par de giles. No debe ser leído, analizado, incorporado, desde esa ostentación pornográfica.
Por eso este hecho es paradigmático. Porque de la misma manera en que no deberíamos hacer eso, tampoco deberíamos conducir toda nuestra rabia, todo ese enojo que hemos ido acumulando a lo largo de décadas, hacia destruir por entero al sistema como lo conocemos. No podemos pretender que la Argentina postelectoral se transforme en un "que sea lo que Dios quiera", sólo porque nos viene defraudando esta casta rancia.
Claro, hay un segundo problema. Y es que este anarcocapitalismo que se nos viene aprovecha esa furia –bien fundada y que yo también la siento- para imponer su agenda potencialmente dañina. Para traccionar votos hacia su agenda potencialmente dañina.
A los ultraliberales como Javier Milei, que quieren el control de la República Argentina, les sirve más que a ningún otro espacio esa confusión: les sirve que creamos -que sintamos- que el Estado es esto: Martín Insaurralde y su noviecita tomando champán en la cubierta de un yate.
Y que en el mismo razonamiento, en el mismo ejercicio mental, nos olvidemos de que ese Estado es también, entre tantas otras cosas, un hospital atendiendo a alguien que no tiene un peso para tratarse una enfermedad grave.
Y que en el mismo ejercicio mental, obviemos que ese mismo Estado es también el que, casi con seguridad, formó a los médicos impresionantes que van a tratar a ese paciente desamparado.
A esos sectores les sirve mucho más la confusión y el olvido. Porque muchos de ellos llegaron hasta acá clamando que el sistema público es nuestro enemigo.
Entonces les sirve que sintamos que el Estado es un montón de políticos de cuarta, transando con los Baradel de este mundo y logrando pésimos resultados educativos. Porque al mismo tiempo estaremos olvidando que ese mismo Estado "demonio", ese "bestiario de parásitos", también es una maestra que se muere de frío en un aula, o que viaja cientos de kilómetros porque enseña en Las Loicas, en Lavalle o en cualquier otro sitio alejado de las grandes ciudades. O que duerme todas las noches lejos de su familia porque trabaja en una escuela albergue.
Y claro, no es que seamos ciegos. A todos nos tienta “implosionar” una parte de esta Argentina. Porque estamos enojados. Porque nos han salido mal las cosas. Todos, recontra llenos de ira como estamos, terminamos en algún momento mezclando al Estado con los sátrapas que lo representan.
Entramos a pensar, por ejemplo, que el Estado son sólo los “Chocolate” Rigau –el puntero político que sacaba plata de tarjetas de débito de empleados legislativos en La Plata, bien a lo clan Lobos-.
O creemos que el Estado es sólo la directora del Banco Nación, esta que contrató a “Pitty la numeróloga” y le pagaba con nuestra plata.
O –para seguir con ejemplos de esta semana- creemos que el Estado son las Lucila Crexell, la senadora de Juntos por el Cambio, que cuando tenía que ir a defender, según su bloque, “las finanzas de toda la Argentina” en la discusión de Ganancias, se fue de viaje.
O sea, Juntos decía ir a defender la economía de 50 millones de personas, ¿y pierde con una de sus legisladoras ausente por estar en otro país?
¿En la sesión más importante del año, y encima en la primera vez que los miembros de esa cámara se ponían a debatir, después de meses de rascarse?
Las elecciones de la ira nos tientan a romper todo.
Y es entendible, porque tenemos dirigentes patéticos y resultados horribles.
Pero no podemos demonizar todo el sistema sólo porque lo pervirtió una manga de corruptos e incompetentes (desde luego, me refiero tanto a oficialismo como a oposición).
Los que nos fallaron son los que agrandaron al Estado más de la cuenta; los que gastaron más de lo que había, los que lo usaron para dar carguitos a sus amigos; o para que les paguemos hasta los vouchers de la nafta cuando van a visitar a la tía.
Los que nos fallaron son los que prometían inflación cero y la devolvieron en números récord.
O los que prometieron llenarte la heladera y después te dieron diez mil pesos para que pudieras comer.
Pero el Estado no te defraudó.
Te defraudaron los políticos.
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