La investigación del caso Nisman que compilé en un libro fue realizada bajo una insoportable presión social, judicial y política; un asedio desprendido de un murmullo ensordecedor capaz de aturdir hasta al más iluminado. Y no me refiero a las advertencias sobre el contenido de esta reconstrucción periodística, a esos llamados de tono intimidatorio que nunca faltan para indagar si la investigación incluyó a tal o cual personaje. El acoso que percibí no apunta a esos detalles naturales de cualquier trabajo que interpele al poder, sino a un interrogante supremo que barrió con todo.
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Un enigma, una pregunta, que se instaló indeleble en nuestra sociedad.
La muerte del fiscal Alberto Nisman confrontó a la sociedad argentina toda con un funcionamiento opaco e incluso oscuro hasta lo indescifrable del poder político y de las instituciones y órganos del estado argentino creadas para velar por la seguridad y la paz en la democracia, devenidas con el tiempo en fuente interminable de sospechas, conspiraciones y delitos.
¿Suicidio o asesinato? ¿Paladín de la Justicia listo para perderlo todo en esa misión judicial? ¿Héroe civil que se juega al todo o nada por la verdad y la Justicia, no importa a qué intereses afecte? ¿O agente cooptado por el FBI, en diálogo fluido con el Mossad, organizador de su propio sistema de espionaje para espiar a quienes lo espiaban? ¿Héroe de nuevo cúneo o arribista social que usó la escalinata del sistema judicial para alimentar su vanidad?
Aquella investigación, la primera sobre el caso en ser publicada, intentó escaparle a ese camino pantanoso que desde el momento del disparo se instaló en la conversación social, tergiversada por intereses y visiones sesgadas de la realidad política. La reconstrucción minuciosa del perfil del fiscal Nisman y de sus últimos días con vida pretendió ir más allá de ese juego desenfrenado de dualidades perversas que redujo a aquellos que se inclinaban por la teoría de un suicidio a una identificación directa con el entonces gobierno kirchnerista, y a los que sospechan un magnicidio seguidores ciegos de los intereses de aquella oposición macrista.
La verdad de los hechos y la materialidad de los acontecimientos en una investigación criminal van mucho más allá de las típicas especulaciones electoralistas.
El expediente sobre la muerte del fiscal federal Alberto Nisman quedó detenido y neutralizado por esa polarización que construyó un laberinto sin salida.
La única verdad es aquella que pone datos y hechos sobre la mesa mezclados con información confirmada por decenas de documentos y fuentes. Detalles milimétricos que dejan algunas certezas y buscan enriquecer los análisis para escapar a la lógica de la Argentina bipolar que se apodera estérilmente de la agenda pública.
La opacidad del poder ha convertido a la Argentina en un juego de máscaras interminable donde cada uno puede ser otro y ese otro, otro. Hasta el infinito.
¿Suicidio o asesinato? ¿Héroe o espía? Al día de hoy, y a casi cinco años de su muerte, el misterio sigue tan intacto como en los primeros días. Nada cambió. La causa entró en un letargo que nadie quiere explicar. La Justicia deberá en algún momento entregar una respuesta certera sobre una de las muertes políticas violentas más significativas de la Argentina de los últimos años. ¿Será Justicia?
Nota: Firma esta nota el autor de "Nisman, ¿Crimen o Suicidio? ¿Héroe Espía?"
Fuente: A 24.com


