Análisis y Opinión

Fernando Iglesias, de actor de reparto a estrella de la compañía de variedades

El macrista Fernando Iglesias es figura de la semana a raíz del cabaret político sobre las visitas a la quinta de Olivos. Fue trotskista y entrenador de vóley

El diputado nacional Fernando Iglesias trepó por estos días a lo más alto de las marquesinas. De actor de reparto pasó a encabezar, por unos días, la compañía de variedades de la oposición. Este macrista, que en sus inicios políticos en los años '70 fue trotskista, no es la versión con pantalones de Lilita Carrió. Es otro tipo de disruptivo.

Algunos en Juntos por el Cambio dicen por lo bajo que el legislador Iglesias "es un problema sin solución", transformándolo en un incorregible, pero ya se sabe que ese calificativo está reservado desde hace mucho tiempo para peronistas. Iglesias vendría a ser un self made man en el rubro de los inclasificables.

Es licenciado en Alto Rendimiento Deportivo y fue muchos años entrenador de vóley, metier que lo llevó a vivir y trabajar en Italia. Militó en asociaciones de derechos humanos, hizo estudios periodísticos en el TEA, y ha publicado varios libros sobre temas políticos al igual que columnas de opinión tanto aquí como en el exterior. Asumido como liberal entró primero a la Coalición Cívica y luego pasó al Pro.

Las feministas del kirchnerismo no aceptan que se lo denomine como "un provocador", porque eso significa darle entidad intelectual, perfumarlo. Gabriela Cerruti, ex periodista y líder de las legisladoras que exigen echarlo de la Cámara de Diputados, prefiere calificarlo lisa y llanamente de "violento sistemático, portador de expresiones de odio, con un discurso misógino, machista, y maltratador psicológico".

Las legisladoras oficialistas agregan que Iglesias arrastra "un prontuario de violencia simbólica" y reclaman que de una vez por todas alguien lo frene. Algo así como lo que se hacía desde el kirchnerismo cuando se propugnaba similares castigos divinos para Lilita Carrió a quien acusaban de "extraviada, de pirucha y de no tener todos los patitos en línea".

Lo que mal comienza...

El caso empezó siendo una denuncia penal de Republicanos Unidos sobre cómo se habrían violado en la propia residencia oficial de Olivos las disposiciones de la primera y muy estricta cuarentena establecida por el propio presidente de la Nación. Se aludía concretamente a la realización de reuniones sociales y fiestas de cumpleaños a las que habrían asistido personas "no esenciales" para la tarea oficial.

Eso se terminó transformando (en la versión del legislador Iglesias) en supuestas fiestas sexuales que habrían tenido lugar en momentos en que los argentinos no podían ni siquiera despedir a sus muertos. Iglesias está convencido de que la partuza sexual es parte del ADN del peronismo en el poder.

La actriz Florencia Peña, la modelo Sofía Pacchi y la panelista Ursula Vargués quedaron en el ojo del huracán. La primera por haber asistido (en aquellos días de estrictas prohibiciones para circular) a una reunión con el Presidente para tratar la situación de los actores por el apagón de los espectáculos. Y las otras dos aludidas por sucesivas visitas a Olivos, incluso en horarios nocturnos.

¡Un oriental ahí!

También apareció en esta novela, como para salpimentar el tema, un empresario taiwanés, novio de Pacchi, quien tras esas visitas ganó licitaciones para proveer de cámaras de seguridad y elementos de informática a entes oficiales. Un cóctel que en cualquier país no dictatorial debe ser motivo de investigación. Varios días después el Presidente salió -este viernes 6 de agosto- a desmentir la denuncias de jolgorio y a desvincularse del empresario de Taiwán.

Todo eso, que rigurosamente tratado podría haber significado un dolor de cabeza para el Gobierno, terminó sin embargo desbarrancando hacia un puterío barrial cuando Iglesias utilizó Twitter con mensajes indirectos para Sofía Pacchi, más propios de un jodón de secundaria que de un representante del pueblo en el Congreso de la Nación, en los que aludía a supuesta sesiones de felaciones en Olivos.

A esa jodita se prendió luego otro diputado de Juntos por el Cambio, Waldo Wolf, quien también hizo chistes de doble sentido, sin nombrar a nadie en particular, pero aludiendo a supuestas sesiones de sexo oral. Fue imposible no vincular a Sofía Pacchi. Por esas horas ya habían explotado en las redes decenas de fotos osadas que esa modelo había hecho para la desaparecida revista Hombre, donde entre otras cosas Pacchi se refería a sus experiencias con el sexo anal.

La petera

En esos comentarios aún no entraba la figura de Florencia Peña. Pero al día siguiente los trolls que supimos conseguir iniciaron campañas en las que aludían a esta actriz bajo el hastag "la petera del presidente". Se armó entonces un bolonqui total, sobre todo a partir de que Peña usó su programa matutino de Telefé para desligarse de las versiones de fiestas sexuales y llorar ante las cámaras.

El descargo de Peña encendió a las legisladoras kirchnerista, a la ministra de la Mujer, Elizabeth Gómez Alcorta, e incluso, cuándo no, a la titular del Inadi, la nunca bien ponderada -y con razón- Victoria Donda. Gabriela Cerruti llegó a afirmar que Iglesias "nos vive tratando de putas en el Congreso, ¿hasta cuándo lo vamos a permitir?".

Gómez Alcorta dijo lo mismo ("putas y taradas") y agregó que eso es una costumbre "de la derecha", caracterización ideológica que los kirchneristas colocan en todas las oraciones cuando se refieren a Juntos por el Cambio. Eso dio a pie a que Iglesias asegurara que él nunca había tratado de puta a ninguna mujer y que esas imputaciones "son propias del kirchnerismo que se ha apropiado de un feminismo trucho que busca encubrir las vergüenzas y desastres del Gobierno". Aseguró que está a disposición del juez ya que "jamás le he dicho a ninguna mujer las cosas terribles que la propia Florencia Peña dice de ella misma".

Lo dicho: otro cabaret político que se ha salido de cauce por pendejadas y que en lugar de echar luz sobre el accionar de nuestros representantes seguramente servirá para enlodar lo que debería ser más transparente.