El drama del presente, el temor del futuro, el fantasma del pasado

Inflación, tarifazos, la plata que no alcanza, son algunos de los síntomas de la situación económica, que viene empeorando desde hace poco menos de un año. Eso se traduce en pobreza y pérdida de la calidad de vida de la población en general. Encima no hay indicios positivos que generen algo de optimismo para los meses que vienen. Todavía falta que el Gobierno nacional autorice otros incrementos de tarifas justo cuando por razones estacionales habrá mayor demanda de gas para pasar el invierno.

La recesión es agobiante, el comercio sigue en picada en la comparación interanual y la capacidad instalada de la industria está en niveles históricamente bajos, con la consiguiente destrucción de empleos.

El Gobierno destaca el cumplimiento de las metas acordadas con el Fondo Monetario, como tabla de salvación, con el foco puesto en la baja del déficit fiscal primario al 2,4 por ciento en el marco de un "ordenamiento" de las cuentas públicas. Al mismo tiempo pone énfasis en que hay estabilidad cambiaria, aunque al costo de prolongar la recesión con tasas superiores al 50 por ciento. 

La macroeconomía está orientada, en el mejor de los casos, a cumplir con el pago de la deuda externa, cuestión que los mercados no terminan de comprar.

Ahora, para el ciudadano de a pie lo único que hay es un horizonte incierto, sin atisbos de recuperación de su poder adquisitivo.

Mientras, las pymes buscan sobrevivir en un marco recesivo con tasas asfixiantes.

La ilusión de la recuperación económica a través de un proyecto sustentable no estuvo en boca del presidente Macri en la escandalosa apertura de las sesiones del Congreso. Las marcas de su discurso dan muestra de que la estrategia es llegar a las elecciones en un ambiente de estabilidad económica, a través de ese supuesto ordenamiento de las cuentas y, hacía falta, mediante un incremento del 46 por ciento para los cuatro millones de beneficiarios de la AUH. Macri sigue insistiendo en que la meta prioritaria es bajar la pobreza, pero eso no se logra sólo con estabilidad. Por eso los radicales liderados por Alfredo Cornejo le están pidiendo públicamente que frene los tarifazos y que promueva incentivos para las pequeñas y medianas empresas, que las mayores generadoras de trabajo genuino.

La falta de un plan reactivador ha puesto al gobierno en un sendero estrecho que sólo lo lleva a cuidar la política cambiaria y monetaria, por eso Macri en su discurso se apoya en otros logros, como en el combate al crimen organizado, en la inversión en saneamiento, en infraestructura, y en variadas acciones que cuando la cuestión económica es acuciante pasan a segundo plano.

Lo que vendrá

El gobierno que asuma el 10 de diciembre tendrá una agenda compleja de reformas estructurales y de asignaturas pendientes. Será aquélla una gestión signada por las demandas acumuladas y con una deuda que todavía genera dudas de si se podrá pagar. Será la herencia recibida -que le llaman- independientemente de quién gobierne. Si es Macri, tendrá que hacerse cargo de lo que él mismo dejó, aunque hablará de la historia Argentina de los últimos 70 años. Si es un representante de algún espacio emergente, tendrá que afrontar los asuntos pendientes sin detenerse demasiado en el ayer, y sin excusas, porque los problemas apremian, pero tendrá que ser certero y explícito en el diagnóstico como punto de partida. Ahora, si llega a ser Cristina quien presida el país -o alguno de los suyos- será difícil imaginar cómo sale de esto, de la espiral de endeudamiento, de la inflación galopante, con los mercados en contra, con un dólar volátil, y sin caer en el fantasma de Venezuela acechando.

Hay un escenario difícil, y un país que necesita superar lo antes posible el drama del presente, ahuyentar el fantasma del pasado y regenerar la esperanza en el futuro

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