La primera furia masiva de internaciones en los hospitales de Madrid por el coronavirus se produjo el fin de semana del 7 y 8 de marzo mientras en Mendoza se celebraba la Fiesta Nacional de la Vendimia y un enjambre de turistas del país y el mundo -entre ellos varios ibéricos- llenaba los hoteles, bares, restoranes, calles y, claro, el anfiteatro Romero Day durante tres noches.
José Soto, gerente de un hospital madrileño, le contaría semanas después al diario El País, que el viernes 6 de marzo se retiró tranquilo porque su equipo le acababa de informar que quedaban 200 camas libres. El domingo 8 le llamaron desde el hospital a su casa, desesperados, porque los enfermos estaban llegando "por oleadas". En dos días se ocuparon casi todas las camas y colapsó la terapia intensiva.
El mismo viernes 7 a las 20 por el centro mendocino el movimiento humano preanunciaba la primera noche de festejos. Calles cortadas. Policías. Mucha gente bajando de los micros. Familias. Niños. Todos iban a por un buen lugar en las avenidas por donde pasarían los carros de la Vía Blanca.
Dos horas después las cámaras de la TV mostraban a la gente apiñada en el centro mendocino. Nadie preveía que el distancimiento social y la cuarentena estaban a la vuelta de la esquina¡Qué va a llegar ese virus chino si hasta el propio ministro de Salud de la Argentina ponía en duda que el Covid 19 arribara a la Argentina antes del invierno. !Ah, y si es que llega!
Antes del temblor
En torno a los hoteles más rumbosos, los extranjeros copaban las mesas de los restoranes para comprobar qué era esa cosa popular que llamaba tanto la atención de la gente. Españoles e italianos habían mirado a Wuham con la misma mezcla de resquemor y dudas con que los argentinos mirábamos ahora al norte de Italia y a Madrid.
Nos topábamos con norteamericanos, italianos, portugueses, ingleses, franceses. Todos parecían despreocupados, sin presentir que en días más se empezarían a cerrar los aeropuertos, y que desaparecerían de los cielos los miles de aviones que sobrevolaban el mundo distribuyendo la pandemia.
Nadie usaba tapabocas, todo el mundo se saludaba con besos y abrazos, el tomar tanta distancia del semejante era algo que hasta podía tomarse como una falta de respeto. Esas latinidades que ya no son.
Por entonces los funcionarios de Educación aún negaban que se fueran a suspender las clases, Nadie sospechaba que llegaríamos al cierre de los comercios, que una buena parte de la población debería trasladar sus trabajos a la propia casa, y que dejaríamos de ver a nuestros familiares durante meses.
Vade retro, turismo
Hemos cumplido cuatro meses de aquellos días festivos de Vendimia en los que nadie aventuraba que el turismo, que en muchos países es su principal sustento, iba a ser borrado de un plumazo en el mundo. Y que se iban a cerrar cines, teatros, estadios de fútbol, bares, hoteles, iglesias, shoppings, malls, clubes de barrio, telos y, como dijo el gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela, "hasta los cabarets".
Es como si la Fiesta de la Vendimia hubiera aprovechado la última puerta que estaba a abierta antes del vendaval del mundo.
Hoy al revisar las imágenes de esas calles abarrotadas de gente en la Vía Blanca y el Carrusel y de esas tres noches con el Romero Day repleto de espectadores en sus gradas y en los cerros, no se puede menos que agradecer que hayamos zafado de lo que ocurrió en otros países con espectáculos masivos cuando el virus ya se había enseñoreado.
