En Mendoza, como en todo el país, la frase se repetía como un mantra en sindicatos, comités, asambleas universitarias y afiches callejeros.  
Decía así: "¡Ay, patria mía, dame un presidente como Alan García!".

Era 1986 y en las redacciones de los diarios se la solía tomar a la chacota, con esa necesaria insolencia de los escribas, descreídos de casi todo. 

Ese inolvidable latiguillo que ungía al mandatario peruano al pedestal de un estadista libertario, era parte del parche que batía a diario la CGT que conducía Saúl Ubaldini, lanzado con desfachatez a clavar el diente en la yugular del presidente Raúl Alfonsín.

Es que mientras aquí Alfonsín trataba de poner a la Argentina dentro del estilo de la socialdemocracia europea, esto es, un gobierno liberal pero con contenido social, el peronismo, que estaba en el llano, aseguraba que había que volver a las recetas de 1945-1955 con sus nacionalizaciones, y estatizaciones mussolinianas.

Huelgas a repetición

Según aquella dirigencia gremial, que vivía conspirando contra el gobierno constitucional con paros generales a rolete, el presidente peruano Alan García, que había asumido en 1985, dos años después que Alfonsín, nos mostraba el camino ideológico que supuestamente debíamos copiar: el movimientismo nacional y popular.

Por entonces Alfonsín estaba empeñado en modernizar la política sindical para liberarla del andamiaje ya apolillado que le había dejado el peronismo, un objetivo que fracasó con ganas.

En la Argentina, el peronismo saludaba las nacionalizaciones de la banca peruana y el default que, adelantándose más de una década a nuestro Adolfo Rodríguez Saá, había decretado Alan García que de un día para otro dejó de pagar la deuda externa del Perú, acompañado por un duro control cambiario.

Al final de su mandato "progresista", Alan García, el presidente joven y anti imperialista, dejó a su país en medio de una crisis escandalosa con una hiperinflación del 3.000% anual. 

El estilo Charly

Quince años después Alan García volvió a ser electo presidente del Perú, y afrontó la gestión con descaro menemista.

Fue como si durante el fujimorismo los sindicalistas peruanos hubieran llenado su país de carteles que dijeran ¡Ay patria numen, dame un presidente como Carlos Menem!

El mandatario que volvió a ponerse la banda presidencial ya no era antiimperialista sino un admirador de las políticas liberales extremas, como las de nuestro Carlos riojano.

Esta vez el desbarranque vino porque el excelso Alan García había decidido irse con mucha plata de la función pública. La corrupción ya desbordaba con la marca Odebrecht. Y el bueno de Alan Garcìa, apodado Caballo Loco, se dejó seducir. Billetera mató al soñador.

El tiro del final

El reciente miércoles 17 de abril aquel muchacho que supo ser definido como un brillante orador, dejaba las palabras de lado y se pegaba un tiro en la cabeza para no ser detenido por un fiscal que llegaba a su casa  para apresarlo por sus tramoyas corruptas con la firma Odebrecht, en su segundo mandato.

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Como un remedo del peronismo, que en la Argentina nos ha paseado sin éxito por el liberalismo desencajado de Menem y por el izquierdismo chavista de Néstor Kirchner y de su esposa Cristina Fernández, así también Alan García no tuvo empacho en sumarse al juego cambiante de la veleta.

De la frase de Ubaldini no nos quedan para rescatar más que las tres palabras iniciales: ¡Ay, patria mía!

 

 

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