Cuando escucho o leo que a Agustina Kämpfer la presentan como “periodista” me sobresalto porque sus antecedentes en el rubro periodístico son imprecisos.
Algo similar me pasa cuando a Florencia Kirchner la definen como “cineasta”. Que haya hecho cursos de cine, esbozado algún guión o se haya puesto detrás de una cámara para algún corto puede preanunciar, sí, a una futura directora de cine. Hoy es como si a una estudiante de Medicina le dijéramos doctora.
Vamos por partes
Veamos primero el caso de Agustina Kämpfer. Me parece que es más justo citarla como notera, panelista, personaje televisivo, o módica influencer pero, sobre todo, entiendo que ella ha sido una self made woman, esto es, una mujer bella y audaz que logró armarse a sí misma en territorios tan jodidos como el de la exposición pública televisiva o el de la política.
Su gran momento fue el romance que vivió con el ex vicepresidente Amado Boudou al que deslumbró cuando de un canal de cable la mandaron a hacerle una nota “fresca”.
De ser del montón, la Kämpfer se transformó en la “segunda dama” del país, alguien que veíamos casi a diario en los actos de la Casa Rosada haciendo la “V” de la Victoria muy cerca de la presidenta Cristina Kirchner, o en ceremonias sociales de todo tipo con su novio fachero y dadivoso.
Agustina y Amado fueron tal para cual. Ambos tuvieron en claro que ése era “su momento” y lo aprovecharon a full. Ella dirigió por entonces una revista llamada Minga!, así con un solo signo de admiración al final, como diciendo: ¿vieron lo “casual” que somos?
El eslogan de la publicación no podría haber sido más kämpferiano: se presentaba como una revista “Argentina y caliente”, hecha a su medida: es decir con pretensiones de nacional, popular, canchera, fashion, desenfadada, algo propio de una mujer de su tiempo que de repente estaba en lo más alto del poder.
Una mujer que, como de la nada, apareció como titular de un departamento en Recoleta y que pudo dar rienda suelta a su búsqueda espiritualista con rumbosos viajes a Oriente y visitas a líderes del autoconocimiento.
Boudou ya está condenado en una de las varias causas por las que fue denunciado y se encuentra con prisión domiciliaria, pero no se priva de aconsejar a gobernadores de la Argentina profunda.
Después de Boudou, Agustina tuvo un resonante noviazgo con el periodista de espectáculos Jorge Rial, un tiempo que fue de viajes y de lunas de miel.
Con los años parece haber ingresado en una zona más calma. Hoy, con otro hombre menos famoso, dice haber encontrado algo así como la paz. Fue madre y se muestra más madura, pero tiene cuentas pendientes con la Justicia.
Hace un tiempo reconoció haber sufrido violencia de género en algún momento de su vida sentimental (no con las personas que mencionamos) y hoy asegura tener una convicción más clara y feminista de lo que debe ser la lucha contra los violentos.
¿Alcanza eso para convertirla en periodista?, me pregunto. Inmediatamente la recuerdo con Boudou y Cristina cantando la Marchita y me contesto: No.
Después de Cuba
Lo de Florencia Kirchner es otro tipo de historia. Al comienzo de esta columna expliqué por qué creo que todavía me cuesta aceptar que sea una cineasta. Ojalá lo sea en el futuro. Es evidente que de todos los Kirchner es la que tiene un costado menos político partidario.
Hace unos días, en una nota que anunciaba su participación como entrevistada en una radio porteña, Florencia fue presentada no sólo como cineasta sino como “influencer literaria”.
Esta nueva definición parece devenir de su activa participación en las redes sociales con posteos en los que ella recomienda a escritoras consagradas y a otras noveles de la literatura “que publican en editoriales off mainstream”.
El “tema” con Florencia es la dificultad de analizarla como algo separado de su famosa madre o de su hermano diputado nacional o de su padre ex presidente. U olvidarse de que está procesada por la justicia en la famosa causa de los hoteles de la familia.
Leer sus comentarios en las redes sobre el talento y el sufrimiento de artistas como Virginia Woolf o Silvia Plath, e imaginarla en su casa escuchando hablar a su madre de Parrilli o de Zannini, nos obliga a ejercer doblemente nuestra capacidad de comprensión.
¿La convierte eso en cineasta? No.
